Más y mejor globalización

El País Agropecuario
Abril del 2010

Hay palabras que nacen connotadas negativamente. Es lo mismo que les pasa a algunas personas que sufren de una fama injusta, y por más que hacen esfuerzos en demostrar que se trata de un prejuicio equivocado, no logran que esto sea socialmente aceptado. Seguro que la connotación negativa solo desaparecerá cuando la palabra caiga en el olvido, y sea sustituida por un sinónimo libre de esa connotación. “Globalización” es una de esas palabras.

¿Qué es la globalización? Según el diccionario, es la “Tendencia de los mercados y de las empresas a extenderse, alcanzando una dimensión mundial que sobrepasa las fronteras nacionales” Sin duda que el avance de las comunicaciones ha sido condición fundamental para que esta tendencia se consolidara, en particular desde la revolución de la electrónica en la segunda mitad del siglo XX, y en forma muy particular, desde la liberación de Internet en 1995, uno de los hechos más democratizadores de que se tenga memoria. Si a este proceso se le suma el derrumbe del imperio soviético a inicios de los años 90, llegamos a la situación actual en la que, salvo contadas y económicamente minúsculas excepciones como Cuba o Corea del Norte, la economía mundial es, en los hechos, básicamente liberal, sujeta a las reglas de mercado, y sin fronteras para el movimiento de capitales.

O sea que la globalización no es un riesgo ni una esperanza, no es un peligro o una oportunidad, no depende de nuestra aprobación o rechazo: es un hecho consumado. Claro que ese carácter fáctico no es suficiente para que cuente con nuestro apoyo, una peste también puede ser un hecho consumado. Para emitir un juicio aprobatorio o condenatorio, debemos analizar las características básicas de la globalización.

Algunas características de la globalización

La primera de ellas es la promoción de lo que constituye el valor supremo del hombre: la libertad. Aunque siguen existiendo regímenes totalitarios que ocupan una parte no menor del planeta, el avance de la globalización ha ido en paralelo con un aumento de las libertades individuales.[1] El aumento de la libertad en términos económicos, ha evolucionado en paralelo con la democratización y la consolidación de las libertades individuales. Hasta hace 3 o 4 décadas América Latina era una cadena de dictaduras, hoy, con alguna excepción, son democracias, con economías mucho más abiertas al mundo. Y donde esas libertades no existen o están recortadas, de ninguna manera puede sostenerse que ello sea consecuencia de la globalización, sino lo contrario: lo están a pesar de la globalización. Se trata de países cuyos gobiernos limitan la libertad de acción de sus agentes económicos privados (cuando estos existen) y la libre circulación de las personas, las mercaderías y los capitales. En la misma línea de acción, se limita o se quiere prohibir el acceso a Internet.

La segunda característica que define a la globalización, es la del crecimiento. Como nunca antes en la historia, la riqueza mundial aumenta. Claro que existen ciclos, que son inherentes a la actividad económica, y por consiguiente también crisis. Por supuesto que algunos ganan y otros pierden, pero las pérdidas son relativas, porque el conjunto gana. En las últimas 2 a 3 décadas, en el mundo han salido de la pobreza entre 500 y 800 millones de personas, y como tendencia, el ingreso global crece sostenidamente, a pesar de las crisis como la del 2008.  La buena economía es la que da resultados positivos.

La tercera característica es la del cambio sustancial en el papel del Estado. Ni el liberal más ortodoxo se atreve a negar la necesidad de la presencia del Estado en la economía, pero las funciones de este han variado radicalmente. El sector público productor de bienes y servicios deriva estas actividades, vía las privatizaciones,[2] hacia el sector privado. Con esto se gana en eficiencia y se disminuye el riesgo de corrupción y mal manejo del poder político. El Estado se auto-limita en el manejo de las políticas monetarias, delegando esta responsabilidad en bancos centrales relativamente independientes del poder político, renunciado así a una herramienta cuyo manejo solía generar inflación, el peor impuesto a los sectores populares. La política fiscal se hace menos progresiva, relegando  a un segundo plano –siempre hablando de tendencias- su propensión redistribuidora (otra fuente potencial de corrupción e ineficiencia) para priorizar el estímulo a las inversiones. Según algunos historiadores económicos, en América Latina la reivindicación del papel redistribuidor del Estado se ha impuesto a la del crecimiento, como una herencia cultural del proceso colonizador. Por eso ha sido, históricamente, el continente con menores índices de inversión.

Como contrapartida a esta pérdida de importancia en sus funciones tradicionales, el Estado se vuelve cada vez más esencial en una serie de actividades relativas a las regulaciones de muchos procesos, a la garantía en el cumplimiento de las reglas, a la mayor transparencia en el acceso a la información por parte de todos los agentes económicos, independientemente del tamaño de éstos. Simultáneamente se le sigue reconociendo su papel en la permanente búsqueda del objetivo de la justicia social, pero con nuevos instrumentos, que pasan más por los factores antes mencionados (seguridad, transparencia etcétera) que por las herramientas tradicionales, como la política monetaria, tributaria o fiscal. La economía de mercado no funciona sin una garantía, y la mejor garantía es el Estado. Pero conviene que la garantía sea lo menos onerosa posible, cuanto menor sea el costo, más próspera será la economía.

El equilibrio entre estos dos tipos de funciones, las “vinculadas al mercado” y las del “servicio público” pasa a ser un elemento central de la acción del Estado, pero sin que ello implique una renuncia a los principios tutores de la economía globalizada. Simplificando, podríamos afirmar que el Estado productor está moribundo, pero el regulador, cada vez más vigoroso. Flaco favor le hacen los estatistas al Estado cuando lo quieren mantener en las mismas funciones que cumplía hace un siglo, y sin atender o negando la importancia de las que la sociedad moderna le reclama.

Las críticas a la globalización

Si se admite que los conceptos anteriores sobre la libertad, el crecimiento y el nuevo papel del Estado son compartibles ¿de dónde le viene la mala fama al término “globalización”? ¿Por qué tanta gente, que vive objetivamente mejor con el nuevo modelo económico global, se declara su enemiga? Los motivos son variados, trataremos de esbozar algunos de los más recurridos.

El primero, es que, como ya se mencionó, aunque el conjunto gana, a su interior algunos pierden, y por lo tanto son enemigos del proceso. Por lo general se trata de sectores protegidos, o poco competitivos, a los que la liberalización vuelve inviables. Para el que pertenece a ese sector, la situación puede ser dramática. ¿Pero cual es la alternativa? Conservar el status quo perjudica al conjunto de la sociedad, lo que además de ser injusto, hace que se pierdan oportunidades de crecimiento. Y además  debe tenerse en cuenta que si bien la liberalización vuelve inviables algunos sectores o actividades, simultáneamente genera posibilidades de reconversión que pueden ser muy favorables. En nuestro país, que está viviendo un proceso de gran incremento de la producción agropecuaria, el ejemplo de los pequeños agricultores reconvertidos a exitosos empresarios de servicios agrícolas, es claro en este sentido.

El segundo motivo radica en que la globalización, según sus críticos, hace bajar los salarios. Pero aunque esto en algunos casos sea cierto, es indudable que la globalización ha sido determinante en la caída de la inflación en todo el mundo, al provocar la competencia abierta entre las distintas economías y monedas, lo que ha llevado a un aumento general de los salarios reales. Por supuesto que la competencia de los productos importados de menor precio que los nacionales determina, en ciertas ocasiones, el cierre de fábricas y la caída del empleo o de los salarios, pero en paralelo se generan oportunidades de actividades nuevas y mejor remuneradas. Y la prueba en contrario la da la experiencia: la protección de los sectores no competitivos internacionalmente, disminuye el crecimiento, lo que lleva a la baja del conjunto de la masa salarial. Nuevamente, el interés sectorial no puede estar por sobre el general. Y cuando todos los sectores pretenden ser “la excepción”, lo que se logra es el cambio de las reglas del juego, la salida del “círculo virtuoso del crecimiento” para regresar al estancamiento, con sus secuelas de marginación, y en el caso de Uruguay, emigración.

Otro motivo de rechazo es el de los temores de riesgos ambientales, que los enemigos de la globalización plantean como certezas nefastas. Pero nada es tan contaminante como la miseria. Es cierto -sobre todo en etapas iniciales del desarrollo de los países- que ante el aumento de la demanda de energía, se intensifique el uso de fuentes contaminantes como los combustibles fósiles, y que ante la mayor demanda de alimentos, se deforesten los montes para producir carne o granos. El caso de los BRIC [3] es paradigmático. En su descargo se aduce que el aumento del ingreso lleva a una mayor preocupación por lo ambiental, que se prioriza una vez superada aquella etapa inicial de desarrollo, pero habría que ver cuanta naturaleza queda para ese entonces. Este sin duda es otro ámbito donde el Estado debe hacer primar los intereses globales de largo plazo por sobre los empresariales de corto, pero preservando el equilibrio antes mencionado entre funciones vinculadas al mercado y las de servicio público.

A todos nos gusta el progreso…

…por eso los detractores de la globalización, usufructúan de buen grado los beneficios del progreso que de ella deriva. El progreso que, como dijo Miguel Delibes “calienta el estómago pero enfría el corazón” avanza, porque el 95 % de la gente prefiere el estómago caliente, si entendemos por tal a la satisfacción de las necesidades materiales, respecto a los valores emocionales simbolizados por el corazón. Y esto es válido independientemente de la valoración que hagamos respecto al carácter de esas necesidades, las consideremos básicas o superfluas. Pero estas preferencias no deberían implicar, per se, la pérdida de nuestros valores, el “frío en el corazón”. Para preservar esos valores, lo que necesitamos es más y sobre todo mejor educación. Los países que mejor preservan sus valores, son los de mayor nivel educativo, no los que reniegan del progreso técnico o de la adopción de los procesos productivos modernos.

Los militantes anti globalización solían reunirse en el “Foro Social Mundial” más conocido como “Foro de Porto Alegre”.[4] Muchos eran gente bien intencionada, convencida de que con eso alcanza. ¿Quién puede estar en contra de pedir la paz mundial, el fin de las desigualdades sociales y la protección del medio ambiente? Las demandas utópicas se mezclaban con las insensatas, como la prohibición de los transgénicos, a las que la mezcolanza dignificaba. La mayoría de los participantes, urgida por la necesidad de reponer a sus dioses desaparecidos, compraron cualquier cosa, y terminaron alimentando a una nueva burocracia internacional “globalifóbica”, beneficiaria de las mismas prebendas de que disfrutan sus pares del denostado “sistema capitalista”. La libertad suele ser dolorosa, porque obliga a elegir, y elegir implica pérdida, por lo que cobijarse en dogmas protectores simplifica mucho las cosas.

Probablemente estas conductas deriven también de la herencia cultural del proceso colonizador. Los españoles se hundieron en siglos de subdesarrollo social y productivo y en el fanatismo religioso, echándole siempre la culpa de sus males a los más poderosos, como “la pérfida Albión y la taimada Galia”, mientras que ellos (los españoles) a los más débiles, los masacraban.

Y en nuestro agro…

El capitalismo es el sistema económico imperante en nuestro sector agropecuario, por lo menos desde el último cuarto del siglo XIX, aunque a algunos estudiosos el siglo y medio transcurrido desde entonces no ha sido suficiente para convencerlos, y siguen sosteniendo que se encuentra en una etapa de desarrollo “precapitalista”. Y para el nuestro, que es el país del mundo con mayor potencial de producción agropecuaria por habitante,[5] el destino exportador es obligado, y por consiguiente las ventajas de la apertura económica mayores que para cualquier otro. Sin embargo, seguimos gastando cuatro veces más en defendernos del resto del mundo, que en relacionarnos con él.[6]

Por eso lo de más y mejor globalización. Más, porque nuestra economía se ve excepcionalmente favorecida por la misma. Y mejor, porque los riesgos existen, en particular en el ámbito social, y debemos saber administrarlos en forma inteligente. No poniéndole el palo en la rueda al progreso en aras de “blindar” un sector, sino adoptando las medidas que viabilicen su desarrollo, que no puede ser ajeno a lo que pasa en el resto del mundo. La reciente medida de inicio de apertura del sector avícola es un buen ejemplo en este sentido.

El 80% de nuestros productores agropecuarios han sido definidos como “productores familiares”, lo que no implica negar el carácter capitalista de sus empresas, pues las mismas operan en los mercados de tierra, de trabajo, de insumos y de productos. Pero el sector presenta implicancias sociales particulares, por la escasa dimensión económica de la mayoría de estas empresas, lo que en muchos casos condiciona su viabilidad. Y es en este terreno en particular, donde todo lo anterior adquiere gran relevancia, porque es mucho lo que podemos avanzar, en beneficio del país y de su gente, si nos adaptamos con creatividad e inteligencia, es decir dejando de lado nuestros añejos prejuicios, a las grandes oportunidades que el mundo hoy nos brinda.

 

[1] China constituye la excepción más notoria. Un régimen totalitario de partido único, con creciente liberalismo económico

[2] En el tema privatizaciones, la discusión tampoco no debe ser de “si o no”, sino de “cómo”.  No es lo mismo privatizar  “a la inglesa” que “a la argentina”.

[3] Sigla que identifica a los 4 grandes países  con fuertes procesos de crecimiento: Brasil, Rusia, India y China

[4] Lo organizaban y difundían por Internet, ese invento del ejército de los Estados Unidos posteriormente liberalizado por el gobierno de ese país.

[5] Ver el artículo “El país terrateniente”en el número de Agosto del 2007 de esta misma revista

[6] El presupuesto 2009 del Ministerio de Defensa fue de 5.481 millones de pesos, y el de RREE de 1.376

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