Parámetros y sistemas

Rodolfo M. Irigoyen
Agosto de 2012

Los números muestran que en los últimos 20 años el valor de la producción de la ganadería de carne uruguaya ha crecido sostenidamente, como no lo había hecho por lo menos en el medio siglo previo (10% anual en todo el período). Los desconfiados (siempre es buena una cierta dosis de desconfianza) ante este hecho argumentan que eso es efecto-precio, pero que en volumen físico, la cosa es muy diferente. Y lo es, pero no tanto, porque en volumen físico, también ha crecido sostenidamente, aunque, por supuesto, con tasas menores (entorno al 2% anual), porque los precios han aumentado. Cuando la dosis de desconfianza llega al máximo (o el desconocimiento es completo) se llega a decir que todo es efecto-precio, que nada ha cambiado. Pero el objetivo de este artículo no es el tratamiento de los casos de ceguera económica.

Los cambios en los rubros

No hay duda de que la agricultura viene haciendo crecientes aportes al aumento de la producción ganadera. Los cultivos forrajeros –principalmente el maíz, el sorgo, el raigrás y la avena- ya sea para pastoreo o ensilaje, y la elaboración de raciones para los engordes a corral, han crecido sostenidamente en los últimos años, sustituyendo parcialmente a las praderas artificiales, los mejoramientos de campo y otras formas de complementar e incrementar la producción natural de pasturas.

La contracara de esos aportes, son las tierras que la agricultura ha ocupado y que antes constituían buena parte de las invernadas ganaderas. Otro tanto, aunque a menor escala, ha ocurrido con la forestación, que en algunos casos brinda sombra y abrigo al ganado, pero que ha ocupado cerca de un millón de hectáreas de campos antes destinados a la cría.

Todo esto es conocido. Si la agricultura triplicó su superficie, si se desarrolló la forestación, y se sigue produciendo la misma cantidad de carne vacuna, necesariamente la productividad por hectárea ha crecido. Pero no se sigue produciendo la misma cantidad de carne, se produce más. Hasta mediados de la década pasada el total producido seguía creciendo, a partir del trienio 2005/2007 ese crecimiento se detuvo, e incluso decreció levemente.

Es cierto que la caída de las existencias ovinas, que comparten la superficie ganadera con los vacunos, ha compensado parcialmente aquellas pérdidas, pero eso ocurrió mayormente en la década de los 90. Posteriormente las pérdidas de superficie destinada a la producción vacuna por aumento de otros rubros superaron a las ganancias por reducción de los ovinos, estimándose que la superficie ganadera neta en los últimos 20 años se redujo en un millón y cuarto de hectáreas.

El asunto a discutir

 Cuando se discuten estos asuntos, y se habla de la “agriculturización” de la ganadería, con un tono de voz un poco más bajo se reconoce que, aunque la producción de carne, y en particular su valor, crecen, la “producción por hectárea” lamentablemente sigue estancada. Como muestra el cuadro adjunto, esto es un error (crece al 2,4% anual en los últimos 20 años) lo que pasa es que en realidad se hace referencia a la “producción por hectárea de campo natural”.

Carne Vacuna. Tasas de crecimiento anual del Valor de las Exportaciones, del Volumen Físico de la Producción y de la Productividad

Trienios móviles, 2000-2012

Valor de las exportaciones Volumen físico de producción producción/ hectárea
1991-1996 9,3% 3,7% 3,7%
1996-2001 -1,5% 1,6% 2,5%
2001-2006 24,3% 3,9% 3,9%
2006-2011 9,4% -1,5% -0,4%
1991-2011 10,0% 1,9% 2,4%

Fuente: en base a Dicose, Inac y Opypa. Trienios móviles, 2012 estimado.

 

La productividad del campo natural es bastante aleatoria, dependiendo básicamente de algo impredecible como el volumen y la distribución de las lluvias (en particular de las precipitaciones durante la primavera y el verano) y en segundo lugar por el tipo de suelos. Dados estos “datos”, todos más o menos sabemos como aumentar la productividad del campo natural: agregándole fósforo, sin sobrepastorearlo, vaciándolo en los momentos de semillazón de sus especies más valiosas, desmalezándolo etc.

Cuando alguien se lamenta de que el campo natural no produce más, debería tener en cuenta que las acciones para lograrlo, cuestan plata. En efectivo, como en las actividades que implican mayor uso de insumos o trabajo, o por el costo de oportunidad, cuando implican dejar de usar temporalmente el recurso. Y también debería tener en cuenta que ese dinero tiene otras opciones productivas para la consecución del objetivo final de lograr un mejor resultado económico de la empresa. Y el empresario no debe conformarse con elegir una buena opción económica, sino que debe optar por la mejor entre las que estén a su alcance.

Quizá –manéjeselo como hipótesis- la mejor forma de rentabilizar la empresa y a la vez preservar el campo natural, consista en quemar (con glifosato) el 20% del mismo y en esa superficie implantar cultivos de alto rendimiento destinados a la alimentación animal, lo que permitiría aliviar sensiblemente la presión de pastoreo sobre el 80% restante, con las consabidas mejoras del manejo y la sostenibilidad del recurso.

Porque si la carne se pagara, por ejemplo, en función de la biodiversidad del alimento consumido por el vacuno, que es máxima en el campo natural, las posturas mal llamadas “conservacionistas” tendrían mayor asidero en la economía real. Pero no se paga más, sino que incluso se paga bastante  menos que un ganado “de verdeo” o terminado a grano. Y la diferencia es creciente. Lo mismo puede decirse para la carne “orgánica”, cuyo costo unitario de producción es mayor, pero no recibe un sobreprecio que justifique las restricciones productivas que impone.

No faltará quien nos acuse de estar guiados por la búsqueda de un “lucro excesivo” en detrimento de la sustentabilidad ambiental. A nuestro juicio, es todo lo contrario. Primero porque existen las tecnologías para intensificar la producción mejorando la rentabilidad en forma “amigable” con el ambiente. Segundo, porque solo una empresa con niveles de ingreso aceptables en función del valor de los recursos insumidos, puede ser cuidadosa de la sostenibilidad de esos mismos recursos. Las que no alcanzan esos niveles de ingresos, antes de desaparecer como tales, le extraerán al recurso natural todo lo que puedan sacarle, comprometiendo irreversiblemente su productividad futura.  La historia agrícola del país brinda abundantes ejemplos.

¿Debe entenderse, a partir de los razonamientos anteriores, al campo natural como la parte atrasada del sistema ganadero, como una “asignatura pendiente” cuya productividad por hectárea debería crecer sustancialmente, en sintonía y como sustento del desarrollo de la  producción de carne? O en oposición a esta postura ¿debe priorizarse la conservación intacta del recurso, adaptando el funcionamiento de la empresa a esa restricción en los procesos productivos?

A la segunda interrogante la descartan las leyes de la economía, que nos guste o no nos guste, a la larga o más bien a la corta terminan imponiéndose. Sobre la primera, en cambio, existe un cierto consenso positivo que no compartimos, porque a nuestro juicio es producto de un planteo en el que se utilizan parámetros que ya no son los adecuados para evaluar el sistema productivo al que se siguen aplicando.

Los parámetros también envejecen

Medir la eficiencia de la producción ganadera por medio de los “kilos de carne por hectárea” conlleva la concepción de que la superficie es lo determinante en la actividad productiva. Pero ya hemos visto que eso es cada vez menos cierto en lo que a la ganadería se refiere. No es un absurdo como lo sería por ejemplo en la horticultura de invernáculo, pero ya no es un indicador plenamente confiable de la productividad en la ganadería.

La causa de este “envejecimiento” es, como hemos analizado, la creciente importancia del aporte nutricional a los vacunos que no previene del pastoreo de pasturas naturales, sino de cultivos forrajeros o de derivados de granos de distinto tipo, también en este caso de dentro o de fuera del predio. Lo que cambia es el sistema de producción, y ese cambio no puede ser valorado por un parámetro que se diseñó para un sistema diferente.

Algo similar ocurre con las tipificaciones de productores en “criadores, ciclo completo e invernadores” que se basa en el parámetro “relación novillo/vaca”. Ese parámetro y los límites de los valores del mismo entre un tipo y otro de productor, se definieron hace cerca de 40 años, cuando el 80% de los novillos se faenaban de boca llena, y hoy solo alrededor del 30% del total alcanza esa edad. Por esa razón la proporción de novillos en el total del stock es ahora menor, y la tipificación se sesga hacia la cría, cuya importancia aparece sobredimensionada en relación al ciclo completo y la invernada.

Los cambios en los sistemas de producción no son compatibles con la inercia de parámetros diseñados para realidades ya superadas. En el caso que nos ocupa, lo determinante de la eficiencia del sistema de producción es el cociente entre los kilos totales de carne producida, en relación a los nutrientes totales (kg de materia seca incluyendo parámetros de calidad) ingresados al sistema. Por supuesto que su determinación es mucho más compleja, pero en los sistemas más intensivos es cada vez más necesaria su estimación.

En conclusión…

… ¿esto implica “la partida de defunción” del campo natural para la producción de carne? Absolutamente no. Los cambios en los sistemas de producción modifican la naturaleza de los aportes del campo natural. En contrapartida con su pérdida de importancia como proveedor de alimentos en forma permanente, el campo natural se convierte en un proveedor estratégico en algunos momentos del año en los que su productividad es más elevada. Además, y no menos importante, pasa a ser “el pulmón” que flexibiliza todo el sistema, al permitir modificar sobre la marcha las relaciones entre distintos orígenes de los alimentos ante cambios en sus precios relativos.

Pero además de lo vinculado a la alimentación de los vacunos, el campo natural permite, sobre todo en algunos tipos de suelos y topografías, una explotación mixta con ovinos, ya sea para lana o carne, que mejora tanto el uso y manejo de las pasturas como el resultado económico global del sistema. Y en el plano comercial, el componente “campo natural” es importante en relación a la caracterización de nuestras carnes en función de atributos de calidad que los mercados reconocen y valoran.

Por último, en el plano de la sostenibilidad ambiental, no se debe olvidar que el de nuestro país no es un ecosistema de uso principalmente agrícola, por lo que un porcentaje importante de suelos deberán, para asegurar su conservación, mantener un uso básicamente pastoril. Si bien los avances tecnológicos modifican los usos potenciales permitiendo niveles crecientes de intensificación de los mismos, esas innovaciones tienen,  en cada escalón tecnológico, sus propias limitaciones.

En definitiva, la actualización de los parámetros debe ir en concordancia con los cambios en los sistemas de producción, porque su uso fuera del contexto para el que se los ha definido, induce a una visión errónea sobre la eficiencia de los factores de producción involucrados. Es responsabilidad de “la academia” el que estos elementos evolucionen en forma armónica y apuntando a evaluar el resultado económico global de la empresa.

De lo contrario, en vez de evaluar objetivamente los sistemas productivos, seguiremos encontrando chivos expiatorios, como “la baja productividad del campo natural” o “el bajo porcentaje de procreos”, que no son otra cosa que indicadores parciales de sistemas complejos. Usar una parte para evaluar el todo, es el origen de diagnósticos erróneos, cuando se procura  evaluar al sistema productivo en su conjunto.

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