Por qué somos “llorones”

Rodolfo M. Irigoyen
Noviembre de 2012

En la escuela no nos enseñaron mal, pero nos enseñaron la mitad. Aprendimos que el Uruguay tenía un clima templado, pero en realidad tiene un clima errático. Pero como el promedio de errático suele ser más o menos el mismo que el de templado, nos quedamos con la visión que mejor se acomodaba a nuestra idiosincrasia anti extremista.

Las razones para ambas visiones son igualmente sólidas. Entre los 30 y los 35 grados de latitud, con 18ºC y 1200 mm anuales de temperatura y  precipitaciones promedio, indiscutiblemente el país pertenece a la zona templada. Pero a esta verdad indiscutible, se contraponen otras no menos contundentes.

El nuestro es un territorio donde se encuentran e interactúan 3 grandes fuentes de variación climática. Por un lado, desde el lejano Pacífico nos llegan los efectos de la variación de las temperaturas del agua en la superficie oceánica, que determina, cuando estas son mayores a las normales, vientos húmedos que generan primaveras y veranos probablemente más lluviosos de lo normal, lo que se conoce como la influencia de “El Niño”.

A la inversa, cuando esas temperaturas son inferiores al promedio, los vientos son más secos, y son mayores las probabilidades de que la primavera y el verano también lo sean, y en ese caso estamos ante un año “Niña”.[1] Pero estamos hablando solo de probabilidades. Y no debemos olvidar que lo que da sentido al concepto de probabilidad, es la posibilidad de que lo poco probable ocurra.

Una segunda fuente de variación, independiente de la anterior, son los vientos que pueden llegarnos desde el Planalto brasileño. Estos por lo general son cálidos y húmedos, y aumentan las temperaturas promedio y las probabilidades de lluvia.

Y la tercera nos llega desde el Sur, en forma de corriente marina fría originada en la Antártida, con efectos contrarios al anterior. Y nuestro territorio es el campo de batalla donde estos efectos aleatorios interactúan, con los resultados erráticos que antes mencionamos.

Y así nuestras precipitaciones promedio son de 1200 milímetros anuales (1200 litros de agua por metro cuadrado en el año) pero ese es un promedio de muchos años. Porque de un año para el otro puede llegar a caer un 50% lloviendo solo 600 mm o aumentar otro tanto y llover 1800 mm. Es decir uno de sequía y otro de inundaciones. Y nuestro promedio de temperaturas, de 18 grados, puede variar 2 o 3 grados promedio hacia arriba o hacia abajo, y un año “caen” 10 heladas en Julio y Agosto y al otro caen 100 desde  Mayo hasta Octubre.

Y si bien las variaciones anuales no suelen ser tan bruscas, “de los casi 100 años de datos de precipitaciones que tiene registrados La Estanzuela, no hay ninguno cuya distribución de lluvias coincida con la del promedio. Por lo tanto, estadísticamente se puede afirmar que la ocurrencia del “año promedio de lluvias” es un evento de probabilidad de ocurrencia igual a cero” (Dr. Walter Baethegen, conferencia en INIA Tacuarembó)

Pero a nuestra población, mayoritariamente urbana, no solo por lugar de residencia sino, principalmente, por un desarrollo cultural centenario sesgado en ese sentido, estos fenómenos por lo general solo le llegan  (y está convencida que solo le afectan) cuando hay sequía en el Sur de Brasil, bajan las represas y UTE le sube las tarifas eléctricas, o cuando el verano es llovedor y le estropea la temporada de playas.

Los efectos sobre los procesos productivos

El clima templado da cabida a una amplia gama de procesos productivos de base animal y vegetal. Las crecientes posibilidades que abre la tecnología para “artificializar” la producción adaptando las interacciones entre las especies animales y vegetales con el ambiente modificándolo en el sentido que se requiera, amplía aún más el abanico de rubros explotables.

Por otra parte, la diversidad de tipos de suelos existentes en el Uruguay es muy grande en relación a la superficie del país, lo que determina aptitudes productivas también diferentes. Los mejores, los de aptitud agrícola, se ubican preferentemente en el Litoral Sur pero aparecen salpicados también por casi todo el país[2]  Los intermedios, de aptitud ganadera, son la mayoría, encontrándose, con muchas variaciones a su interior, en todo el país.

Finalmente los de menor aptitud productiva, que se destinan a producciones ganaderas de menores requerimientos y a la forestación, también se los encuentra dispersos en todo el país, pero son los más frecuentes en el Norte y el Este. En definitiva un crisol de suelos que permite hacer diferentes cosas en casi todos lados, aunque variando la eficiencia y sostenibilidad de los procesos productivos en función de la calidad del suelo que se trate en cada caso particular.

Con una gama amplia de producciones posibles por tratarse de un clima templado, sin restricciones importantes desde el punto de vista topográfico (el escolar “suavemente ondulado”), con una diversidad de suelos que cubre toda la escala de aptitudes productivas, con una muy buena irrigación natural en condiciones “normales” y, finalmente con la ya descripta variabilidad climática de corto plazo, podemos concluir que en Uruguay se puede producir “casi de todo” pero con resultados que nunca son completamente predecibles.

Pero conviene reiterarlo: los modernos desarrollos tecnológicos como la agricultura de precisión, los nuevos sistemas de riego, las diversas aplicaciones de la ingeniería genética, los sistemas de protección hortícolas y frutícolas, etcétera, además de ampliar la gama de producciones posibles, aumentan la eficiencia productiva en cantidad y calidad, disminuyendo la aleatoriedad proveniente del ambiente. Pero no son simples “agregados” a los sistemas productivos tradicionales: implican sistemas integralmente diferentes, con niveles de inversión muy superiores y exigencias tecnológicas y gerenciales hasta hace pocas décadas desconocidas en nuestro campo.

Y los efectos sobre la gente…

Un colectivo integrado por unos 50.000 productores [3] con sus familias y sus personales de apoyo, es, necesariamente, variopinto. Hay gente optimista y la hay pesimista, hay trabajadores abnegados y otros “que hacen la plancha”, hay muchos héroes y algunos villanos ladronzuelos, hay gente que ve la oportunidad y otra que ve el problema, hay gente que ante todo prioriza sus obligaciones y otra que vive hurgando en busca de un nuevo derecho.

En fin, como es lógico, hay de todo. Pero en general, con las peculiaridades que determina el contexto y las excepciones inherentes a todo gran grupo humano, la población rural sigue constituyendo, a pesar de su decrecimiento cuantitativo en décadas previas, un conjunto medular de la sociedad uruguaya, capital en términos de capacidad de producción, de generación de riqueza y de empleo para todo el país y en la ocupación física de su territorio.

Esta breve reseña de actores y posibilidades en un contexto de elevada aleatoriedad de los resultados, intenta poner en evidencia la absoluta imposibilidad de que en algún momento las condiciones ambientales sean favorables para todos los rubros de producción. Y conste que no estamos incluyendo en el análisis la variabilidad en los resultados proveniente de los ámbitos políticos ni comerciales. No es de extrañar entonces que en todo momento se escuchen “llantos”  de algún afectado, que en oídos urbanos suenan a “lamento general”.

De los 50 mil productores, unos 30 mil son ganaderos, y dos terceras partes de ellos desarrollan simultáneamente las explotaciones vacunas y ovinas.

Si el año es llovedor,  mejora la alimentación porque crecen más las pasturas lo que relativamente favorece más a los vacunos que las requieren altas, mientras los ovinos “comen abajo”. Pero además, las lluvias abundantes (y las temperaturas altas) favorecen la proliferación de  parásitos, particularmente los gastrointestinales a los que los ovinos son particularmente susceptibles. A la inversa, si el año –y en particular el verano- son secos, los vacunos lo sufren mucho por carencias nutricionales y en algunos casos de agua para beber en cantidad y calidad suficiente, mientras que los ovinos se ven favorecidos  por la mejora en la sanidad. O sea que en cualquier circunstancia muchos tienen motivos para quejarse.

La otra producción ganadera, la lechería, le caben las generales de la ley mencionadas para los vacunos, pero si las lluvias son excesivas, se forman lodazales en las zonas de mayor tránsito de las vacas, lo que genera problemas de manejo y riesgos sanitarios y de calidad de la leche.

En la agricultura, también la abundancia o escasez de las lluvias y las desviaciones en las temperaturas esperadas afectan drásticamente los resultados productivos. En los cereales de invierno, como el trigo y la cebada, cierto nivel de lluvias en momentos estratégicos como la floración, son claves para alcanzar buenos rendimientos, pero un mes después ocasionan ataques de hongos que deterioran la calidad del grano. En oleaginosos de verano como la soja y el girasol y forrajeros como el maíz y el sorgo, aunque en niveles superiores de precipitaciones, los excesos generan problemas sanitarios y disminuyen los rendimientos, pero en el caso de escasez o ausencia de lluvias, las pérdidas pueden ser muy altas o totales.

Los inviernos llovedores, en particular aquellos en que las precipitaciones además de abundantes son torrenciales, no perjudican a todo el mundo: los arroceros están de parabienes, porque se llenan las represas lo que les permite maximizar el área sembrada. Pero si sigue lloviendo en la primavera, se dificultan las labores y se atrasan las fechas de siembra. En el verano las lluvias permiten ahorrar agua de riego, lo que disminuye los costos de producción, pero si están asociadas a muchos días nublados, los rendimientos caen por falta de radiación solar. Y si llueve en el otoño, aumentan los problemas sanitarios y se dificulta la cosecha.

La horti y la fruticultura no son excepciones, en el sentido que tanto el exceso como el déficit de lluvias o las temperaturas extremas son siempre perjudiciales, aunque coyunturalmente se pueden favorecer ciertos rubros. Las heladas tardías son nefastas para los frutales de hoja caduca que ya brotaron a inicios de primavera, lo que puede hacer perder toda la cosecha. También los cítricos están sometidos a estos riesgos, y en otros momentos del ciclo los temporales y el granizo producen grandes destrozos y pérdidas

En la horticultura ocurre algo similar, con reducción de rendimientos por carencias de lluvias o temperatura, y pérdidas y problemas sanitarios por exceso de las mismas. Estas variables están controladas para algunos cultivos (tomate y morrón en invernáculos, frutilla y hortalizas de hoja en túneles y otras formas de protección) y el riesgo climático en estos casos proviene de temporales y granizos. Pero otros cultivos más extensivos como la papa, el boniato, la cebolla o la zanahoria, se hacen a cielo abierto.

En definitiva

La interacción entre la aleatoriedad de nuestro clima, la diversidad de procesos productivos desarrollados, los distintos tipos de productores y la heterogeneidad de la población rural, propia de cualquier colectivo social de esa magnitud, determinan un escenario de enorme variabilidad en lo que a resultados productivos y económicos se refiere.

Como es de esperar, los actores sociales afectados –que en todo momento los hay- tratan de hacer oír sus reclamos, tratando de obtener compensaciones, principalmente por medio de la acción del Estado, por lo que consideran pérdidas injustas. Y esas quejas llegan, vía los medios, al conjunto de la sociedad. Y como siempre alguien tiene motivo para quejarse, las quejas se vuelven continuas, generando la fama “de llorones”.

Porque el observador urbano no diferencia el tipo humano y mucho menos  las circunstancias del chacrero o el arrocero, del ovejero o el tambero, del invernador o el citricultor.

Para él son todos “canarios” o algún otro denominador similar. Y entre “llorón” y “garronero” no hay mucha diferencia, por lo que la mala fama perdura y se retroalimenta. Que se le reclame algo al Estado –aunque este para controlar la inflación utilice el atraso cambiario, no genere la infraestructura imprescindible para la producción y cobre el combustible y la energía eléctrica más altas de la región- se lo ve como un reclamo indebido, como una factura que se le pasa al conjunto de la sociedad  “que no tiene nada que ver” con los problemas generados por una sequía o una granizada.

El manejo del riesgo es una de las claves de la producción agropecuaria, y con nuestro clima, el riesgo es alto. Las soluciones “cantadas” para un observador externo –el riego, los seguros[4] etc- no son por el momento soluciones generalizables, por algo muy pocos pueden usarlas. Entender este tipo de cosas y aceptar que en todo momento es natural que algún sector de productores agropecuarios se queje y se lamente, sin ser por eso alguien que busca ventajas indebidas, es básico para disminuir antagonismos ancestrales, y coadyuvar para el logro de una sociedad mejor integrada.

En los países desarrollados de base agraria, estas cosas están claras, y constituyen un pilar de la organización social. Cualquier ciudadano por más urbano que sea, conoce muy bien las vicisitudes de la producción agraria, valora los esfuerzos que hacen sus habitantes para superarlas, y  se siente parte, aunque sea en forma indirecta, de los éxitos y fracasos del agro, porque sabe que lo son de todo el país.

En Uruguay estamos lejos de alcanzar ese nivel de entendimiento. Todo esfuerzo en el sentido de armonizar esas visiones, de limar esos antagonismos, debe ser promovido, porque constituyen avances, por pequeños que sean, en el camino del desarrollo de nuestro país,

 

 

[1] La denominación de “Niño” o “Niña” tiene sentido en un contexto predictivo. Decir “tuvimos un año Niña” si hubo una seca, es decir usar el término como denominador, fuera del contexto probabilístico, no tiene sentido pues genera una asociación determinista inexistente, al dar una idea de infalibilidad que la predicción no tiene.

[2] Desde el punto de vista de las clases de  aptitud agrícola los suelos del país se clasifican en “Marginales y no aptos” 10,7 millones de hectáreas, “Medianamente aptos” 2,5 millones y “Muy aptas y aptas” 4,1 millones (Souto, G. Anuario Opypa 2011)

[3] En la era de la información satelital y las comunicaciones instantáneas, la información censal con que por el momento cuenta el país,  tiene 12 años de antigüedad

[4] Todas las medidas precautorias que las aseguradoras exigen para que las primas sean accesibles, suelen volver al proceso productivo económicamente inviable en condiciones normales.

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