Recapitulando sobre la cría

El País Agropecuario
Octubre del 2006

 El autor presenta aquí, a pedido de El País Agropecuario, un compendio de seis de sus artículos sobre la cría vacuna publicados en la revista. Además, incorpora nuevas reflexiones y comentarios.

 

Compleja, por muchas razones

En “Cuatro vacas locas”, de Agosto del 97, discutíamos el enfoque del Programa Vaca Cuatro, que presuponía el desconocimiento por parte de los productores criadores de las condiciones fisiológicas necesarias para un óptimo comportamiento reproductivo. El diagnóstico en que se basa el Programa es que la cría constituye el cuello de botella para el desarrollo de la Ganadería, que ya ha instrumentado respuestas tecnológicas para la recría y la invernada, pero recién ahora lo hace para la etapa que es el cimiento del conjunto de la actividad.

A la pregunta ¿por qué no se hace? referida a las medidas a tomar para mejorar los procreos, se respondía que no se reconoce el problema, o no se sabe cómo solucionarlo. Definíamos nuestra visión del asunto en estos términos:

“A nuestro juicio la explicación de porqué no se hace es bastante más compleja y no puede encontrarse sólo dentro del campo biológico, ni con voluntarismos económicos. La ganadería es un sistema complejo de interrelaciones económicas, condicionado por lo biológico, lo climático y lo social. La cría vacuna es particularmente compleja por muchas razones, imposibles de discutir en este espacio. A título de ejemplo, podemos mencionar algunas.

La vaca en su estado 4 puede calmar los apetitos del toro, pero también -en particular desde que se exporta carne a Norteamérica- el de los consumidores de hamburguesas. El hecho de ser simultáneamente máquina productiva y producto final hace que el destino último de la vaca pueda cambiar abruptamente, dependiendo de los precios relativos, de las expectativas, de la situación forrajera, etcétera.

Lo que ocurre con la vaca también ocurre con la base forrajera que sustenta el manejo propuesto. Aunque los mejoramientos se realicen pensando en aspectos reproductivos, cambios en el contexto pueden llevar a que se los destine a invernar las mismas vacas u otras categorías, vacunas u ovinas. Porque no se puede ver la cría vacuna como una actividad aislada, dado que es sólo un componente de un complejo sistema, con interrelaciones entre diferentes actividades vacunas y ovinas. (…)

Como en la vieja definición de economía, el recurso escaso -el forraje- tiene usos múltiples. Cada uno de estos usos compite con los otros. Si la cría -al igual que la oveja- es relegada generalmente a niveles nutricionales inferiores, es porque de las otras categorías (…) se esperan retornos económicos mayores.

Cuando la demanda de terneros sea lo suficientemente alta y permanente como para elevar su precio sostenidamente en el tiempo, se le dará a la vaca de cría mejor alimentación y manejo, y entonces sí llegaremos a 80% de destete.

Todos estos son aspectos que tienen que ver con una actividad cuyo resultado económico se basa no sólo en la creación y en el mejoramiento de la eficiencia biológica de los flujos productivos, sino también en las interrelaciones económicas entre éstos y, sobre todo, en el manejo de stocks. Toda recomendación técnica, por buena que sea, está condenada al fracaso, si no se la ubica en el contexto correcto.”

 Adopción de tecnología y contexto económico

 En “¿Tecnología para la cría?, de noviembre del 98, decíamos: “En los últimos tiempos ha tomado cuerpo la idea de que en la producción de carne existe una propuesta tecnológica válida para la invernada, incluso para la recría, pero no para la cría, donde los coeficientes productivos no han variado, o lo han hecho en mucho menor medida que los vinculados con las otras fases productivas mencionadas. Se está volviendo un lugar común en los diagnósticos sectoriales aquello de que ‘ahora el problema está en la cría’. Me voy a permitir discrepar con este enfoque, por las razones que paso a mencionar.

En términos biológicos, comparando en forma global un sistema criador y uno invernador -a igualdad de todas las demás variables que entran en juego, como nivel zootécnico, alimentación, sanidad, etc.- la cría es menos eficiente que la invernada. Porque por cada kilo de producto ‘cría’, por ejemplo de ternero destetado, el sistema requiere de un mayor nivel de insumos energéticos –para el mantenimiento de la vaca- que el requerido por el sistema invernada para la producción de un kilo de novillo gordo.

Pasando al terreno económico, lo anterior determina que, para que ambas fases estén en equilibrio, el kilo de ternero debe valer más que un kilo de novillo, para compensar ese mayor costo. (…) quizá este ‘plus’ no debería ser menor a 10%, lo que determinaría relaciones de precios ‘normales’ de reposición/gordo de no menos de 1.1, tal como ocurre en países con sistemas ganaderos desarrollados y globalmente eficientes. (…)

A inicios de esta década, una serie de factores …-de política económica, estatus sanitario, reducción del stock ovino-…favorecieron a la producción de carne, mejorando las perspectivas globales del sector.

El conjunto de estos factores, su permanencia en el tiempo y la creciente estabilidad económica, mejoraron las expectativas y, con ellas, la inversión y la adopción tecnológica. Y por supuesto que la inversión se concentró en la fase de mayor y más rápido retorno económico, la invernada, adoptando, recién ahora, la tecnología que estaba disponible desde hacía mucho tiempo.

¿Esto quiere decir que la tecnología disponible es ‘para la invernada’ pero no ‘para la cría’? Rotundamente no. Hay tecnología para la cría lo mismo que para la invernada. Desde los trabajos pioneros de Jaime Rovira en la Facultad de Agronomía sobre manejo del rodeo de cría, pasando por la afirmación perogrullesca de que las mejoras forrajeras también pueden destinarse a las vacas en vez de a los novillos, y por las tecnologías específicas para la cría, la inseminación artificial, el trasplante de embriones, la ecografía, etc., todo apunta a que si la cría no supera sus coeficientes productivos tradicionales no es por carencias en la disponibilidad de tecnología. (…)

Cuando la creciente demanda local y regional de terneros elevó su precio, llegando en este año a relaciones reposición/gordo de 1.2, inéditas en este país, aceleradamente se comenzó a invertir en la cría. (…)

Si estas relaciones se mantienen, y el resultado económico de la cría se afirma, en pocos años seguramente aumentará el porcentaje de procreo y del entore a los dos años, así como en los últimos años bajó la edad de faena de los novillos y aumentó el porcentaje de extracción del rodeo.

Porque la adopción o no de tecnología depende del contexto económico. Intentar que sea al revés es un voluntarismo de resultados generalmente nefastos, quizá no para el técnico, pero sí para el empresario.”

El tercer vagón

Los artículos anteriores son del 97 y 98, período de auge ganadero. Si visualizamos a la demanda externa como la locomotora que tira del tren ganadero, a la industria como el primer vagón, a la invernada como el segundo y a la cría como el tercero, cuando la locomotora va acelerando (97-98) se generan dudas sobre si los vagones acompañan, sobre todo respecto al último, porque ante el incremento de la demanda los terneros empiezan a ser más escasos. Entonces  “la cría” se vuelve un problema, se reclaman soluciones tecnológicas específicas para ella, el tema se pone de moda, y, los que opinamos diferente, contestamos.

Cuando la locomotora, por distintos motivos, va frenando (1999-2001, el “trienio negro” de la carne), los vagones de atrás en vez de ser tirados empujan, nadie se acuerda del “problema de la cría” porque sobran los terneros y los problemas son otros. Cuando a partir de 2003 la locomotora empieza a acelerar fuerte, vuelven las miradas de reojo hacia los vagones, en particular al más lejano, y vuelve “el problema de la cría” a estar sobre la mesa, y volvemos a responder…

En “La faena de vacas preñadas”, de setiembre de 2004, suponiendo un ciclo completo en relativo equilibrio como lo es el conjunto del país, mostrábamos gráficamente cómo, a medida que aumentan los porcentajes de destete, también aumenta el número de hembras que se destina a faena y, simultáneamente, disminuye la edad promedio de éstas. Y discutíamos la racionalidad o irracionalidad de que muchas de esas hembras que se faenaban estuvieran preñadas. Decíamos entonces:

“Las vacas de cría que se refugan para invernada están, por lo general, en edad reproductiva (pueden haber ‘fallado’ el año anterior), y más lo están cuanto más elevada sea la tasa de procreos. O, si se quiere, cuanto más elevado sea el nivel tecnológico del establecimiento. Si están en edad reproductiva, cuando alcanzan un buen estado corporal, entran en celo, lo que ‘aliviana’ la vaca, la hace perder quilos, retrasando el proceso de invernada. Por el contrario, si en ese momento la vaca es servida y queda preñada, la ganancia de peso se acelera.

Basándose en lo anterior, muchos productores entoran sus vacas de invernada dos o tres meses antes de terminar el período de engorde, basados en el cálculo de que los quilos que le restarán en frigorífico debido a la preñez en el momento de la faena serán menos que el ‘plus’ de carne que la vaca obtuvo por empezar a gestar. Y si esto es así, dado que esa preñez temprana en nada menoscaba la calidad de la carne, la práctica está plenamente justificada.”

En cuanto a la magnitud del fenómeno, concluíamos que “la información de frigoríficos (…) muestra valores (de preñez) de entre 10 y 15% del total faenado”. Magnitud que, en el contexto anterior, no debe escandalizarnos, ni significa una amenaza para el futuro de la cadena cárnica y mucho menos una expresión de atraso de ésta. Más bien, un componente lógico de su normal funcionamiento”

El meollo del asunto

En abril de 2005, en “La cría no es el problema”, repasábamos varios aspectos de la problemática de la cría. Trabajos de DIEA-MGAP mostraban que “existe una elevada concentración de vientres en establecimientos de tamaño considerable: 47% del total de las vacas se encuentran en establecimientos cuyos rodeos tienen más de 500 vientres, mientras que 75% del total está en establecimientos de más de 200 vientres.

Relacionándolo con la superficie explotada, se puede estimar que ese 47% de las vacas de cría está en los establecimientos de más de 1.650 hectáreas y que alcanzan un promedio de 3.250 há, y 75% está en predios de más de 650 há y con 1.800 há de superficie promedio. Es falsa, por lo tanto, la percepción general de que a la cría la desarrollan los predios chicos.

El hecho de que muchos establecimientos chicos se dediquen a la cría (según nuestra hipótesis, por los menores requerimientos de capital que conlleva, al menos hasta el momento) no quiere decir que “la cría la hacen los chicos”.

Otro dato interesante surgía del análisis del resultado económico de los predios participantes en la encuesta realizada. Se definía un grupo A con alto Valor Bruto de Producción (mayor a U$S 35/há/año) y un grupo B con bajo VBP (menor a U$S 35 há/año), promediando en el primer caso U$S 55 y en el segundo U$S 20 há/año. Ambos grupos eran similares en lo referido a número de predios, superficie, número de animales, etcétera.

Pero, a pesar de las importantes diferencias en el nivel de ingresos entre ambos grupos, los porcentajes de destete no difieren significativamente: 74,1% el grupo A contra 72,5% del grupo B. En una palabra: el resultado económico es prácticamente independiente de la obtención de un mayor o menor porcentaje de destete. O sea que mejorar el destete no mejora el ingreso, como sería esperable si el problema son los bajos procreos.

Un trabajo de 2004 de Opypa, en el que se comparó la estructura por tipo de explotación entre 1989 y 2003, muestra que el número de establecimientos criadores aumentó en ese período de 34 a 63% del total, mientras que los de ciclo completo cayeron de 35 a 22%, y los invernadores de 31 a 15%.

Parte de este “corrimiento” hacia la cría se debe al hecho de que el tipo de explotación se define en base a la relación novillo/vaca y, al disminuir la edad de faena, al “rejuvenecerse” todo el stock, su estructura varía en el sentido de hacerse más criador. Pero igual parece claro que en los últimos 15 años aumentó la especialización en la cría, tipo de explotación que mostró, además, los mayores niveles de incremento de inversión en pasturas (aunque en términos absolutos los invernadores tienen los mayores porcentajes de mejoramientos), lo que no sería un indicador de que se trata de una “actividad problema”.

A la luz de toda esta información, y evaluando las decisiones del ámbito privado (desde el punto de vista del interés social puede ser diferente), ¿con qué consistencia puede afirmarse que “el problema está en la cría” y que “los bajos porcentajes de destete” así lo prueban?

En primer lugar, convengamos que el porcentaje de destete es un indicador muy pobre como parámetro para estimar la eficiencia reproductiva global de un rodeo. En este sentido, un indicador correcto es la relación entre el número de terneros logrados (o, mejor, los quilos totales de ternero logrados) respecto al total de vientres aptos para la reproducción existentes en el rodeo (se entoren o no), el denominado Parámetro de Eficiencia Reproductiva (PER).

Pero además, se mida mejor o peor la eficiencia biológica de la fase reproductiva de la producción vacuna, ¿en base a qué elementos se supone que, automáticamente, la máxima eficiencia biológica coincide con la máxima eficiencia económica, que es lo que le importa –como no puede ser de otra forma- al productor?

Acá está el meollo del asunto, y ésta es la discusión que hay que dar, ciñéndonos a los datos de la realidad. Quizá “descubramos” que el invernar la vaca de descarte, en vez de venderla flaca, tiene mayor retorno económico que aumentar unos puntos el porcentaje de destete, y que ambas actividades compiten por el mismo recurso escaso: el forraje.

Los mejores resultados económicos están asociados a mayores niveles de capital por unidad de superficie, como son la mayor proporción de mejoramientos, la mayor relación novillo/vaca, la menor relación ovino/vacuno, y no necesariamente a un mayor porcentaje de destete”.

Decisión de inversión

En febrero de 2006, en “Destinos y destetes”, se presentaban resultados de modelos de simulación (Caputi y Murguía, 2002) que mostraban que “la eficiencia productiva del conjunto de la ganadería de carne, medida por medio de los principales parámetros que la determinan (tasa de extracción, edad a la faena, hembras en edad reproductiva entoradas), aumenta hasta los mayores niveles sin que el porcentaje de destete se incremente significativamente, manteniéndose dentro del rango de nuestros promedios históricos.

Los modelos muestran que la eficiencia global del proceso de cría, directamente determinada por el PER, crece linealmente del sistema “Tradicional” al “Mejorado”, sin que el porcentaje de destete lo haga en la misma forma. Lo que, en buen romance, quiere decir que se puede aumentar la eficiencia del proceso de cría con un porcentaje de destete constante. Por lo tanto, podemos mejorar la productividad de nuestro rodeo vacuno sin que nuestros actuales porcentajes de destete se vuelvan limitantes.

Esto no quiere decir que a un productor criador no le convenga –y así lo manifiesta- obtener un porcentaje de destete mayor al que normalmente obtiene, pero lo desea siempre y cuando ese incremento se logre sin un esfuerzo mayor en inversión, en tecnología, en trabajo.

Porque no alcanza con demostrar en el papel que invertir para aumentar el porcentaje de destete en vacunos es un buen negocio. Es necesario demostrar que es la mejor decisión de inversión, comparándola con las otras inversiones alternativas que el productor puede hacer en su predio”

La actual estructura del rodeo

En agosto de 2006, en “El rodeo de Don Jaime” recordábamos las enseñanzas del Ing. Rovira respecto a “la enorme pérdida que significaba para el país el tener una estructura del rodeo de cría muy alejada de la que optimizaría la eficiencia biológica de los vacunos de carne: baja proporción de vacas de cría, alta proporción de novillos debido a la elevada edad de faena de éstos y, acorde con los dos elementos anteriores, bajos coeficientes reproductivos.

La evolución del stock en los últimos 15 años muestra un crecimiento del número de vacas entoradas, caída de la relación novillo/vaca (por lo anterior y por disminución de la edad de faena de los novillos) y aumento de los futuros vientres, lo que denota una apuesta al crecimiento de largo plazo.

Los datos muestran que el rodeo de cría está, desde 2002, estabilizado en 4,1 a 4,2 millones de vacas (se estima en 2006 entre 4,2 y 4,3 millones) mientras que los futuros vientres, que entrarán en la fase reproductiva gradualmente en el período 2006-2008, alcanzaron en 2005 el récord de casi 3,8 millones de cabezas, 500 mil más que el promedio del período considerado.

¿Que puede existir cierta escasez relativa de novillos de reposición en 2007? Es muy probable. Opypa estima una caída en el número de novillos de 1 a 3 años de 2,1 millones en 2005 a 1,9 millones en 2006. Si se mantienen las condiciones favorables –sanitarias y de mercados-, esa escasez relativa debería expresarse en un aumento del precio de las categorías de reposición, lo que ya se está constatando.

Y la suba del precio de los terneros es una buena noticia para los criadores, para los pequeños productores y para el porcentaje de preñez, motivo éste de permanente desvelo para muchos técnicos y burócratas.

¿Pero debe considerarse a esta escasez como una amenaza para el futuro del conjunto de la cadena cárnica? De ninguna manera. Los datos muestran que el suministro de categorías de reposición será creciente en el mediano plazo, aunque en el corto -2006/2007- pueden generarse algunos ajustes que pongan en dificultades a los invernadores y a las plantas frigoríficas menos eficientes.

En definitiva, la actual estructura del rodeo nacional –la que Don Jaime promovió durante tantos años desde la Cátedra-, la más eficiente desde el punto de vista biológico, la que produce más y de mejor calidad, se ha logrado por la progresiva caída de los obstáculos que se interponían en su desarrollo. Y, en la medida en que esos obstáculos no reaparezcan, esta estructura es la que asegura un crecimiento de largo plazo de la producción, dado que existe una amplia frontera tecnológica para su expansión.

Muchos empresarios o productores familiares menos eficientes y/o de menor tamaño económico, imposibilitados de acompañar la creciente incorporación de tecnología necesaria para mantener el proceso de crecimiento –con las exigencias financieras, de conocimientos e incluso culturales que implica-, se verán marginados de su actividad productiva actual.

Pero esta inevitable consecuencia socialmente negativa, estos dolores del crecimiento, es preferible que se den en un contexto sectorial dinámico, generador de nuevas oportunidades en el área de los servicios vinculados, o en nichos productivos específicos derivados de la diversificación y aceleración de todos los procesos involucrados.

Apoyar esos procesos de re inserción laboral para que resulten lo menos traumáticos y lo más eficientes en términos económicos para los productores que lo requieran es, a nuestro juicio, el principal desafío para las políticas sectoriales. Porque, en lo estrictamente productivo, “el rodeo de Don Jaime” se las arregla solo”

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