¿Será nena o será varón?

El País Agropecuario
Setiembre del 2010

Sobre el final del invierno, ganó la calle, impulsado por los comentarios periodísticos, el anuncio de que “la primavera y el verano próximo serán secos” Y como disminuir la incertidumbre climática en un clima errático como el uruguayo, es determinante del resultado económico de las explotaciones agropecuarias a cielo abierto, la confirmación o no de dicho pronóstico pasó a ser preocupación, y en muchos casos motivo de angustia, para mucha gente. Los comentarios subieron de tono cuando a principios de setiembre el Director de Meteorología anunció, ante las Comisiones de Ganadería y Agricultura de Diputados y Senadores, que sobre fin de primavera y principios de verano padeceríamos una importante sequía. Ante este anuncio cundió la alarma, por lo que parece pertinente indagar en el asunto.

Antecedentes

El fenómeno ENOS (El Niño Oscilación Sur) hace referencia a una temperatura de las aguas de la región ecuatorial del Océano Pacífico superior a la de la media histórica, a lo que se asocia un nivel de precipitaciones en nuestra región superior al promedio (“El Niño”).  Cuando esas temperaturas son menores a las del promedio histórico, las precipitaciones tienden a ser inferiores al promedio (La Niña). Se trata de fenómenos cuya probabilidad de ocurrencia es estimada por medio de modelos matemáticos desarrollados en el hemisferio norte, y adaptados a nuestras condiciones.

Durante el 2009, y principios del 2010, estuvimos dentro de un escenario “Niño” o sea con precipitaciones superiores a las normales. Pero en Mayo pasado, debido al enfriamiento de las aguas del Pacífico el escenario pasó a definirse como “neutral”, y a partir de Junio como “Niña”, aunque eso no impidió que tuviéramos un invierno llovedor. El pronóstico que difunde la Unidad GRAS del INIA para el trimestre Setiembre-Octubre-Noviembre estimó una probabilidad del 25% de que las precipitaciones fueran superiores a las normales, del 35% de que fueran normales y de 45% de que fueran inferiores a las normales. En relación a la temperatura, dicho informe no previó, para el período indicado,  desviaciones significativas respecto a los promedios históricos. Para la primavera y el verano próximos, para nuestra región, el informe del instituto de la Universidad de Columbia (EEUU), define porcentajes mayores al 70% de ocurrencia de la Niña, con restablecimiento de la “normalidad” para el próximo otoño.

Hasta acá alguna información objetiva disponible, que como puede observarse, solo habla de probabilidades, nunca de certezas. Con dos agregados fundamentales: cuando se dice “inferior a la normal” no se cuantifica esa disminución. O sea que un año se define como Niña tanto si llueve 10% menos del promedio, como si llueve 60% menos. Y se habla siempre del conjunto del territorio en términos promedio, es decir que puede haber seca en una región, y estar normal en el resto del país. Las implicancias de la combinación de estas posibilidades, son muy diferentes, a pesar de que el rótulo general sea el de “Niña”

Las gráficas adjuntas muestran las series históricas, desde 1930 al 2000, de los acumulados de precipitaciones de Octubre-Noviembre-Diciembre, período de mayor impacto del fenómeno del Niño, para las Estaciones de Salto, Melo, Paso de los Toros, Colonia y Rocha, intentando dar, así, un bosquejo algo más detallado que el simple promedio, de lo ocurrido en el conjunto del país.

Lo primero que se observa, es la tendencia creciente (recta con pendiente positiva) del nivel absoluto de precipitaciones, en las 5 Estaciones, es decir que el clima se va haciendo más lluvioso con el paso del tiempo. Lo segundo, es la gran dispersión de los puntos, dentro y entre Estaciones, lo que muestra la gran variabilidad de los niveles de las precipitaciones, distinta a su vez, en cada punto del país. Según todos los anuncios de Cambio Climático, esa variabilidad habría incluso aumentado en los últimos 10 años, que no aparecen en las gráficas.

Y lo tercero, es que cierto porcentaje de años Niño (amarillo en las gráficas) que se preveían lluviosos, se comportaron como Niña y fueron secos, que cierto porcentaje de años Niña (rojos en las gráficas) que se preveían secos se comportaron como Niño y fueron lluviosos, y que los años que se preveían “normales” (azules en las gráficas) y que se deberían ubicar cercanos a la recta de tendencia, tienen también grandes niveles de dispersión, comportándose a veces como Niño, otras como Niña y otras como debían de ser, es decir como “normales”.

Entre el 20 y el 30% de los años, el desvío respecto a la media es el inverso del esperado (se anuncia lluvioso y es seco, y viceversa), dentro de los conjuntos de años “Niño” y “Niña” las dispersiones son también muy grandes, y también es alta la dispersión hacia más secos o más lluviosos respecto al promedio, de los años que se preveían “normales”.

Hasta este momento (mediados de setiembre) la situación hídrica es óptima: todos los suelos del país están a capacidad de campo (con su capacidad de retención de agua colmada) y todas las represas y cursos de agua completos. Un inicio ideal de la primavera, totalmente diferente al de la última sequía (2008-2009) cuando en la primavera del 2008 ya la situación de estrés hídrico era importante.

Implicancias

La gestión del riesgo es una de las claves del éxito económico en las empresas agropecuarias de un país ubicado en un “cruce de climas” como es el Uruguay, influido por los fenómenos atmosféricos que vienen desde el Pacífico por el Oeste, pero también por los que vienen del Planalto desde el Norte, y desde el Sur por las corrientes marinas que vienen de la Antártida.

Claro que hay otros riesgos además del climático, para los que existen herramientas para gestionarlos, como son los mercados a futuro, los de seguros, la cobertura geográfica, etcétera. Pero los de futuro son incipientes –solo operan para 2 o 3 productos agrícolas que cotizan en la bolsa de Chicago- y el país no tiene los volúmenes de transacciones necesarios como para instrumentar los propios.

Los seguros agropecuarios en Uruguay tienen un largo historial de intentos de instrumentación de alcance muy limitado, dado que la variabilidad del clima eleva mucho las primas, y el mecanismo clásico de promoverlas, consistente en subsidiarlas, no es socialmente aceptado tratándose de las actividades más competitivas que tiene el país. A la cobertura geográfica solo tienen acceso las grandes empresas agrícolas de alcance regional, porque siembran decenas o centenas de miles de hectáreas en toda la región, y “hacen promedio”.

Así que no queda otra de vérselas con el clima, cara a cara y a cielo abierto. Y el nuestro es errático, aunque el promedio dé “templado” como nos enseñaron en la escuela. Pero el “año promedio” en relación a las lluvias no existe, como lo prueban los 95 años de datos de que dispone La Estanzuela.

“Se sabe que se viene una sequía y no toman ninguna medida preventiva” afirma el analista urbano refiriéndose a los productores agropecuarios. A lo que su interlocutor responde “claro, si después lloran y entre todos les pagamos los platos rotos”. Diálogos de este tipo, capaces de crispar al santo Job, abundan por estos días. Y son difíciles de rebatir porque a partir de los mismos se desata una serie de equívocos, prejuicios, confusiones y muestras del mayor desconocimiento de la realidad de los procesos productivos, que resulta imposible desenmarañar.

En primer lugar, porque “lo único seguro es que quién sabe”. Claro que puede venir una sequía, pero también puede no pasar nada, e incluso ocurrir lo contrario, como se mostró anteriormente. Claro que las probabilidades son diferentes, pero son probabilidades. Ahora, si la sequía se concreta ¿qué medidas se deberían tomar, que ya no estén tomadas? Acá se complica el partido, porque son muy diferentes los volúmenes de agua necesarios para satisfacer las necesidades de bebida del ganado, que los que se necesitan para la producción normal de las pasturas para su alimentación (relación aproximada de 1 a 1000) o la que requieren los cultivos. Y muy diferente el impacto de la escasez según el momento del año, según el estado de las pasturas o los cultivos, según la región del país.

La del agua para beber, está en general resuelta, no es problema salvo situaciones muy extremas de esas que se dan una vez cada 10 o 20 años, donde no tienen solución, porque cualquier reserva se agota, y las medidas son desesperadas (acarreo de agua en pipas, etc). Las referidas a las pasturas son las más complicadas. No tanto por la disponibilidad de agua, que en Uruguay es abundante y relativamente fácil de embalsar por nuestra “geografía ondulada”. Sino porque lo difícil es volver a distribuirla en forma técnica y económicamente viable, ya que suelen ser procesos intensivos en inversión y energía, técnicamente complejos, y con posibles efectos negativos asociados (erosión, riego de malezas etc).

En la agricultura o la lechería, que requieren niveles mayores de inversión en los procesos productivos, se justifica en algunos casos el riego por aspersión (pivotes y otros sistemas), con elevado nivel tecnológico, en cultivos de verano. Estos sistemas ya existen en el país y no dependen de un anuncio de sequía para instrumentarse. Son actividades incipientes, realizadas por productores “de punta”, que lo empiezan a hacer porque estiman un retorno económico positivo en el promedio de varios años. La mayor difusión de estas técnicas no depende de que alguien les abra los ojos avisándoles que se puede hacer, sino de la disminución del elevado “costo país” (energía eléctrica y combustibles, autorizaciones y trámites burocráticos, disponibilidad de personal capacitado, restricciones logísticas, etcétera). Sin duda el país tiene en este plano un gran potencial a realizar. Dejamos de lado el caso del arroz, que como se sabe solo se hace con riego por gravedad.

Resumiendo, tendríamos 3 “grupos de problemas” derivados de una sequía: el del agua para beber el ganado (mayor en los tambos) que en general no es problema, salvo casos extremos. Y que, cuando es problema es factible de solucionar. En el otro extremo está el riego agrícola, donde el mayor problema es el económico, y para cuya generalización se necesitarían grandes inversiones en tendidos eléctricos de UTE y disminución general del “costo país”. Se trata de sistemas permanentes no solo utilizables en los años de sequía, y es el que tendría mayor impacto económico para el país.

Y al medio el gran problema, que podría alcanzar al 75% de la superficie del país, y que es el de la producción de forraje para la ganadería y lechería. Si bien en algunos predios se podrían paliar los efectos adversos con una pequeña superficie regada de un cultivo forrajero  para alimentar al ganado, esto seguramente sería solución (biológica pero no necesariamente económica por lo aleatorio de los plazos de amortización de las inversiones) para pocos productores con buena capacidad económica y tecnológica. Y quien diga que esto se soluciona con emprendimientos colectivos, pasa por alto las enormes dificultades que las mismas conllevan, tanto desde el punto de vista legal como de su organización, lo que las hace de muy dudosa viabilidad.

En conclusión

La última estimación de la probabilidad de una sequía este verano, es del 40%, y estamos en inmejorables condiciones para enfrentarla, desde el punto de vista de la disponibilidad actual de agua, en caso que se produzca. Ocurra o no, tenemos deberes que hacer. El agua para el ganado, es responsabilidad básica de los productores, no debería ser mayor problema en términos de riesgo de vida de los animales, pero sí de caída de la producción por la falta de comida.

El de la producción es el gran problema, y es absurdo restringir sus posibilidades de resolución a la interna de los predios. Hoy la producción de forraje, granos y raciones está felizmente difundida en toda la región, y existe experiencia para su suministro al ganado. Las grandes dificultades surgen a nivel de la logística de importación y los traslados. Lo que se agrava sustancialmente cuando el Estado quiere organizar todo y hacer las cosas, en lugar de facilitar todo para que los privados lo hagan según sus necesidades y su leal saber y entender.

Los trámites tienen que ser rápidos y sencillos, un camión con raciones no puede quedar detenido durante días en la frontera, tiene que circular por carreteras transitables, con combustibles sin impuestos, y un largo etcétera. La DGI y las empresas del Estado tienen que entender que se trata de una emergencia nacional –no el problema de productores poco previsores- y en consecuencia aplacar sus ansias recaudatorias. Y para aquellos productores de menores recursos, un BROU que ayude a solucionar un problema grave, con la agilidad y flexibilidad que el mismo requiere.

Y que cada productor adopte, a su cuenta y riesgo, la solución que entienda más conveniente: vender ganado o apostar a retenerlo, racionar o no, hacerlo con forraje o con grano, a alguna categoría o a todas, a nivel de sobrevivencia o con buena productividad, etcétera. Porque cada uno conoce sus problemas y posibilidades mejor que nadie: que disponga de información y asesoramiento, pero que no le impongan una solución.

En nuestro territorio felizmente no se producen terremotos, ciclones o tsunamis, pero si alteraciones climáticas graves (sequías e inundaciones) sin un patrón definido de ocurrencia. Deben entenderse como emergencias nacionales, a encarar racionalmente por el conjunto de la sociedad. Las soluciones paternalistas tienen una racionalidad clientelística, son ineficientes y caras, y por lo general injustas. Porque dentro de los 50 mil productores agropecuarios, los hay de toda laya, y a veces llora y se beneficia quien no lo necesita o merece, generando la “mala prensa” para el conjunto, polarizando las posiciones y profundizando el divorcio urbano-rural que tanto limita a las genuinas capacidades de desarrollo que tiene el país.

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