Sobre crisis y gurús

El País Agropecuario
Diciembre del 2008

En qué andamos…

Con los poetas no se puede. En una reciente audición radial, al Serrano Abella le hicieron una pregunta que no sabía o no quería contestar, y respondió, con voz profunda, pausadamente: “el duende de la explicación se escapa…” Pero al resto de los mortales, a los que no disponen del don de la poesía, se les debe exigir un poco más de precisión en las respuestas.

El asunto viene a colación porque, desde que a mediados de julio el dólar se empezó a recuperar en los mercados mundiales, y concomitantemente, empezaron a caer los precios de los productos primarios, consecuencia, ambos fenómenos, del impacto sobre las economías reales de la crisis inmobiliaria-financiera en EEUU y Europa, los responsables de la conducción económica de nuestro país aseguraron que Uruguay no iba a ser afectado por la misma. Posición coherente con la previa, de atribuir todos los méritos del reciente crecimiento, no a la demanda externa, sino a las políticas del Gobierno. Ahora que la crisis llegó, el responsable sí es el sector externo.

Y empiezan las acusaciones cruzadas. Desde los partidos de la oposición al partido de gobierno, reprochándole su lentitud de reflejos para tomar medidas de defensa de nuestra competitividad, por visualizar solo el componente financiero de la crisis, desestimando su impacto sobre la demanda real de nuestros productos de exportación. Como ejemplos, en el trimestre setiembre/noviembre, mientras el real brasileño –nuestro principal socio comercial- se devaluó el 50%, nuestro peso solo lo hizo en un 25% (generando una inflación solo del 5%), mientras el precio del petróleo cayó en más de un 50%, el “gasoil productivo” solo se abarató en poco más del 10%, y así por el estilo, con el evidente deterioro de nuestra competitividad.

A la inversa, desde la izquierda se acusa, principalmente a los técnicos y analistas de  una “derecha” genérica, de que, enfervorizados por el gran dinamismo de la economía, no previeron el derrumbe económico mundial y sus repercusiones sobre nuestra economía. Las críticas se basan en argumentos emparentados con lo ideológico, llegando, en casos extremos, a un alborozado anuncio del cercano final del sistema capitalista, del que esta crisis sería el primero pero inequívoco síntoma. ¿Y ahora qué dicen, eh? ¿No era que todo iba bárbaro, y que se trataba de cambios permanentes? “La avaricia globalizada de los grandes países capitalistas nuevamente nos hace sus víctimas” son preguntas y comentarios cotidianos, con el común denominador de siempre: “la culpa la tiene el otro”

La imposibilidad de predecir

El asunto de fondo radica en un tema recurrente: el de la existencia de las crisis económicas, y sobre la posibilidad o no de preverlas. Y las posiciones radicalizadas, “desde la derecha” que trata de minimizar su frecuencia y profundidad, y “desde la izquierda” que las visualiza como lo más característico y permanente del capitalismo. Crítica “al sistema” que no se acompaña de ninguna opción económica alternativa.

El objetivo de este artículo es, modestamente, el de indagar un poco en el hecho de por qué cada cierto tiempo es necesario reescribir la “crónica de una muerte anunciada”: ¿No se pudo prever esto? Lo primero a considerar es que no se trata de una duda producto de la ignorancia o la falta de calificación de los interlocutores. Esta pregunta, que no tiene respuesta en un diálogo entre la vecina y el feriante, es la misma que le espetó la Reina Isabel II en noviembre a los catedráticos de la London School of Economics, o la que le siguen haciendo los gobernantes de los principales países del mundo a sus asesores.

La hipótesis del “error de cálculo” no puede ser tenida en cuenta. Porque la inconmensurabilidad del “error” y lo ecuménico de su ocurrencia son, sencillamente, imposibles. Y además, mucha gente predijo que la crisis “se venía”. Claro que a esta gente hay que separarla en dos clases muy diferenciadas: los que seriamente predijeron esta crisis, y los que viven anunciando crisis, y solo recuerdan los inevitables aciertos, y no los numerosos errores. A estos últimos se les suele llamar “agoreros”, o “catastrofistas”. Y a los aventurados “predictores”, en general, gurús. Según Peter Drucker el término “gurú” se popularizó porque el de “charlatán” era demasiado largo para un titular de prensa.[1]

Otro error muy difundido en algunos ámbitos, es el de asociar la posibilidad de error o acierto en la predicción, con la simpatía o antipatía que se le profese al sistema capitalista. Si alguien anunció tempranamente esta crisis fue George Soros. Si hay gente que ha anunciado crisis terminales que nunca se han concretado, son los que desean presenciar el derrumbe de dicho sistema.

Entonces, si es imposible un error tan generalizado, y las explicaciones ideologizadas muestran un claro divorcio con la realidad ¿por qué, nuevamente por qué, las crisis siempre “sorprenden” tanto al feriante como a la Reina, pasando por todos los estamentos sociales, económicos y políticos intermedios?

No es por cierto una pregunta de fácil respuesta, ni pretendemos darla. Solo esbozaremos algunos elementos que consideramos pertinentes para entender el porqué de estos fenómenos. Lo primero a considerar, bastante obvio por cierto, es que, desde que nació el capitalismo hace 500 años, siempre ha habido crisis, y también que siempre se han superado. Claro que en cada período de bonanza aparecen los anuncios del “fin de la historia”, del definitivo acceso a una especie de Nirvana económico. De estos dogmáticos, lo mismo que de los de sentido opuesto mencionados anteriormente, la realidad tampoco se apiada. O sea que se sabe, que venir, va a venir.

Lo que nunca se sabe, es cuándo va a llegar, ni qué profundidad va a tener. Ni tampoco cuándo va a terminar. Y esto no se sabe por la sencilla razón de que es imposible saberlo. Es imposible predecirlo. Se puede acertar o errar en un pronóstico, lo mismo que un “predictor” del clima acierta o no acierta cuando anuncia que el próximo verano va a ser seco o lluvioso. Pero no hay elementos objetivos que permitan predecirlo con certeza. Sí existen para plantear diferentes escenarios y a lo sumo, asignarle distintas probabilidades de ocurrencia. Tanto en economía como en el clima.

Porque los cambios en las tendencias, que determinan el inicio o el final de una crisis, son el resultado de innumerables decisiones individuales, que sumadas, definen un descenso o una mejora del nivel de confianza -de los inversores en primer lugar, pero en definitiva del conjunto de la sociedad mundial globalizada- en el desempeño de la actividad económica. Aunque los acontecimientos que siguen a los cambios de tendencia se dan con velocidades diferentes: las caídas son mucho más abruptas que las recuperaciones.

Otro elemento determinante de la imposibilidad de la predicción, es que un gran número de los operadores –de todos los tamaños económicos- hacen los máximos esfuerzos por mantener la artificialidad de la situación precrisis, porque realizan (o intentan realizar) ganancias mientras aquella no llegue. El que especuló con inmuebles o con los precios futuros de los bienes primarios, mientras no reventó la burbuja, pudo seguir ganando.

Algo similar ha ocurrido muchas veces en nuestro país, cuando, en el inicio de un proceso de atraso cambiario, alguien mantiene sus ahorros en una caja de ahorro en dólares con un interés bajísimo, despreciando, por temor a la devaluación, las altas tasas de interés de los depósitos en pesos. Años después, cuando la devaluación finalmente se produce, queda satisfecho con su precaución. Claro que no saca las cuentas de todo lo que perdió por no aceptar una cierta dosis de riesgo.

Si se supiera la fecha de la devaluación, o la de la explosión de la burbuja, ninguna de las dos cosas ocurriría, porque el mercado, si es libre, descontaría las ganancias a futuro a su valor presente. Pero todo el mundo tiene esperanzas de salir del negocio a tiempo, aunque si sale demasiado temprano pierde la posibilidad de hacer buenas ganancias. La relación entre rentabilidad y riesgo, siempre es inversa. Aún en junio pasado, solo el 13% de las recomendaciones de las principales casas de bolsa del mundo aconsejaba vender. Y también por supuesto, juegan los conflictos de intereses. “Vender optimismo” puede ser un buen negocio, aunque se sepa que ya no existen motivos para el optimismo. Mientras la piola no revienta, se sigue tirando.

Para no alargar demasiado la lista, el último elemento a destacar en el sentido de la imposibilidad, o por lo menos la gran dificultad de la predicción, es el del miedo a ir contra la corriente, un mal bastante difundido entre los académicos. Como reconocía un economista en una reunión reciente en el Latu, “pertenecemos a una especie gregaria, que caza en manada” O como ironizaba un analista del exterior: “fuera del consenso hace mucho frío”

¿Y ahora qué?

En los últimos 5 años, nuestra economía, liderada por el sector agropecuario, creció con tasas inéditas en nuestro país. Todos coincidíamos en que este crecimiento tenía fundamentos estructurales, derivados del aumento de la demanda de alimentos y materias primas producto del acceso a los mercados de consumo, de cientos de millones de personas en todo el mundo, en particular en los grandes países asiáticos (China e India representan un tercio de la población mundial). Pero también reconocíamos la presencia de un componente especulativo que sobre estimulaba la suba de los precios.

En este mismo medio decíamos en abril pasado, hablando de los precios de productos e insumos agrícolas que …“esto implica una situación de riesgo alta, dado que a cualquier baja de los precios internacionales, que disminuye inmediatamente el valor de la producción, nos puede hacer quedar en números rojos, por la menor elasticidad a la baja de los componentes de los costos” Y en agosto último, recordábamos que “Los expertos esperan una probable estabilización, una vez desaparecidos los componentes especulativos hoy existentes, en una “meseta”  a niveles equivalentes a los existentes hace 3 o 4 décadas”. Como suele ocurrir cuando el desastre es grande, las predicciones se quedaron cortas. La crisis, que de lo inmobiliario y financiero se trasladó a lo económico, no solo afectó a los mercados de nuestros bienes de exportación, sino que a alguno de ellos simplemente los cerró. En octubre Uruguay no vendió un kilo de carne vacuna, a ningún precio.

La baja en los precios al productor de casi todos nuestros principales productos, alcanzó al 50% respecto a los máximos históricos de meses atrás, bastante más del 30 a 40% que se estimaba podía responder a los mencionados componentes especulativos.[2] Cuando la cadena tiene más de un eslabón a nivel primario, como es el caso de la carne vacuna, la caída en las primeras fases –ganado de cría- fue aun mayor.

Como decíamos anteriormente, la baja de los precios de los insumos fue, en el mercado interno, bastante más lenta, y sigue sin alcanzar el nivel de caída de los precios de los productos. Los importadores de esos insumos, a los que la crisis sorprendió “estoqueados”, tratan de frenar la caída de los precios, para hacer promedio y disminuir las pérdidas.

Pero los zapallos no se han acomodado en el carro. En los momentos de grandes variaciones en los precios absolutos, las variaciones en los relativos son aún mayores. Es muy probable que haya un “efecto rebote”, porque así como se especula cuando los precios van en alza, también se especula con la baja, y eso está seguramente ocurriendo ahora. Cuando se agoten los stocks intermedios, y tengan que comprar para satisfacer la demanda de alimentos que por más crisis que haya va a seguir existiendo, los precios de los productos en alguna medida se recuperarán. Así mismo, cuando se licuen los stocks de insumos comprados caros, sus precios se estabilizarán a niveles acordes con las funciones de producción factibles de realizar.

Cuando todo esto ocurra (¿cuándo, en 6 meses, un año, dos?) los valores de la tierra, tanto para venta como para arrendamiento también se habrán actualizado, y se podrán restablecer los flujos productivos hoy cuestionados. “Desensillar hasta que aclare” debe ser la consigna para los que hoy no les cierran las cuentas. Porque los factores estructurales siguen estando presentes, y nuestro futuro como país agroindustrial, apostando a la innovación y la productividad, sigue estando plenamente vigente.

El asunto es que muchos no pueden esperar que aclare, y hoy están vendiendo sus haciendas y equipos a precios de ruina. La acción del Estado en estos momentos y para esos sectores es importante. Los candidatos de los distintos partidos políticos a asumir su conducción el año próximo tienen una excelente oportunidad de impulsar desde el Parlamento medidas paliativas –crediticias, impositivas, cambiarias- de esta situación de crisis. Además de ser su obligación, seguramente les rendiría mayores réditos políticos y electorales que el de dedicarse a mirar de reojo y hacer zancadillas a su competidor por “la fórmula”.

 

[1] Citado por El País de Madrid

[2] El cordero pesado es una de las pocas excepciones, recién a fines de noviembre registró una baja del orden del 15%

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