“Te pasaste, Fany” (Carta a Fany Puyeski)

Mayo 1989

Fany: soy lector ocasional de tus notas. Más de una vez he estado tentado de contestarte, pero hasta hoy no me había resuelto a hacerlo. Básicamente porque considero a todos los fanáticos –del signo político, religioso o cultural que sean– casos perdidos. No porque eventualmente no pueda compartir la defensa del objeto de tu fanatismo, sino porque considero que la estrategia empleada en dicha defensa, es producto de una racionalidad esencialmente patológica (Fromm tiene páginas esclarecedoras sobre el punto) y, en definitiva, contraproducente.

Que hoy haya cambiado de parecer, y te escriba, se debe al hecho de que en tu nota “Mujeres verdes y amarillas” (“Punto de Vista”, LA REPÚBLICA, 27/4/89) superaste todas las marcas establecidas en torno a una defensa fanática del feminismo. Sin entrar en las relativizaciones del caso, porque no cambian la esencia del planteo, de tu nota surge en definitiva, que el “mérito” del voto femenino verde lo tienen las mujeres, y la “culpa” del voto femenino amarillo, los hombres. La línea divisoria entre el verde y el amarillo no pasa por lo ideológico, lo político, lo social, por la información o desinformación, por las distintas estrategias para conseguir el común (para la gran mayoría de los uruguayos) objetivo de la paz. El corte pasa por el sexo.

Es difícil encontrar una perla dentro del dogmatismo reduccionista, del calibre de ésta. Decís: “La Campaña de la Comisión Nacional encontró en sus tres presidentas la encarnación de la voluntad popular que, más allá del resultado, abre camino a una nueva forma de hacer política… que se asemeja mucho a la que concebimos las mujeres, y que estas tres mujeres ejemplares han logrado poner en práctica. Una verdadera política para todos y todas, horizontal no verticalista ni jerárquica…”, etcétera.

Si la voluntad popular se encarna en las tres mujeres presidentas de la Comisión, al explicitarse la diferencia sexual, deja implícito que los integrantes masculinos de la Comisión encarnan otra cosa. Lo primero que se me ocurre, es que tal vez encarnen la voluntad impopular o antipopular. Si el corte no va porque sean mujeres sino por ser presidentas, se cae en el argumento jerárquico, asimilado líneas más abajo a la condición masculina, dado que la forma de hacer política horizontal (cuidado Fanny con las asociaciones inconscientes), no verticalista ni jerárquica, es la que conciben las mujeres. A esta altura, Fanny, te creo capaz de todo, por lo tanto no me extrañaría que dijeras que escribo todo esto por resentimiento, ¡porque la presidencia no la ocuparon tres hombres! (por las dudas dejo constancia de que me pareció muy acertada la designación de esas tres personas y su gestión enormemente valiosa)

Siempre me ha llamado la atención el hecho de que una notoria militante de un partido político que enarbola las banderas del respeto por la opinión ajena, del pluralismo y la tolerancia –es decir de la democracia– lleve adelante, en un terreno también político como es el de nuestra estructura social, una actividad tan dogmática e intolerante. Esta actitud esquizoide –dicho con todo respeto- creo que atenta contra la consecución de los objetivos perseguidos. Porque al enfocar invariablemente cualquier hecho político, social, deportivo, etcétera con la perspectiva maniquea de la dicotomía hombre-mujer, le hace perder credibilidad, al caer en el mismo esquematismo deformante de, por ejemplo, nuestros dictadores (seguridad nacional vs. marxismo internacional); nuestros energúmenos de la Amsterdam y la Colombes (Nacional o Peñarol vs. Peñarol o Nacional) o nuestro vicepresidente (revanchismo y caos: verde vs. paz y progreso: amarillo). Dicho sea esto sin querer comparar, pero en el fondo, comparando. Así somos de contradictorios los hombre y las mujeres.

Me considero feminista (además de porque me gustan las féminas, como dice un chiste machista) por las mismas razones por las que me considero socialdemócrata, y en ese sentido comparto tu planteo de que una cabal liberación femenina pasa por la superación de determinadas estructuras sociales de dominación, y, agrego, por una cabal liberación masculina. Pero este planteo, sólo puede ser avalado por una actitud igualitaria y no revanchista.

Y no es otra cosa que revanchismo (aunque en el discurso se niegue) lo que trasuntan artículos como el que me ocupa (asumo el riesgo de usar el término revanchismo, para que hagas los símiles que quieras). Me dejo cortar una mano (o la parte que se te ocurra de mi anatomía) si la mayor parte de tus incondicionales no harían con los hombres, si pudieran, lo mismo que los hombres hacen con ellas. Y esto no lleva a mejorar la situación, sino a perpetuarla, a cambiarle de signo o de sentido, pero manteniendo alguna forma de dominación. Si esto es así, pasa a ser respetable la opinión de muchos hombres en el sentido de que no hay razones para “regalar” una posición que nos favorece, pero que no elegimos, sino que heredamos. Opinión compartida por muchas mujeres cómodas con el statu quo, dicho sea de paso.

Contestando a tu interrogante del final del artículo, soy hombre, me considero de izquierda y apoyo con los dichos y los hechos todos los cambios tendientes a la igualdad de oportunidades entre el hombre y la mujer, y lo que no es menos importante, entre los hombres y entre las mujeres. Pero también creo, que la importancia del objetivo de la igualdad, amerita una prédica más objetiva y constructiva que la tuya, dicho esto sin menoscabo de tu capacidad y honestidad, de las que no dudo.

Te saluda atentamente

Rodolfo M. Irigoyen

Suplemento “Mujeres” de “La República”

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