Respuesta a un amigo ecologista

Rodolfo M. Irigoyen
Agosto 2007

¡Qué desperdicio, hermano! Cuanto talento, cuanta buena formación, cuanto altruismo, cuantas buenas intenciones, que pluma tan precisa y elegante. Que construcción teórica tan redondeada y en apariencia tan seductora, que a muchos idealistas y/o desprevenidos no les deja percibir su “pecado original” (esta expresión es una concesión a tus caídas místico-religiosas): la ignorancia de aspectos básicos de la naturaleza humana, lo que implica un supuesto falso que transforma toda la teoría en un castillo de naipes. Ignorancia de esos aspectos que son la base del éxito planetario del capitalismo.

Porque el ser humano es un mal bicho. Egoísta, insaciable, antepone sus deseos (a los que también llama necesidades) individual y colectivamente (generacionalmente) a los de los demás, sin hacer balances globales del óptimo social de largo plazo. La más somera mirada a la historia lo demuestra hasta el cansancio. Contó José Saramago en el Paraninfo de la Universidad, que un filósofo amigo suyo decía que había encontrado al fin el “Eslabón Perdido” entre los primates y el homo sapiens. Y este no era otro que lo que actualmente conocemos como especie “humana”, que, en consecuencia, no sería tal sino el vínculo entre el mono y la verdadera Especie Humana, que es algo que aparecerá en el futuro. Porque nuestra especie, en su actual grado de desarrollo, no amerita el calificativo de “humana”. Creo que es una buena viñeta que pinta algo de lo que quiero expresar.

Y esa es la realidad real (parece una redundancia pero no lo es), la que está en nuestro “código genético colectivo”. Por supuesto que no está en todos los códigos genéticos individuales, y el tuyo es un buen ejemplo. Esas excepciones, y su imaginario, dan forma a lo que llamamos utopía. Y a todos los más o menos bien nacidos nos gustaría que las cosas fueran así. Pero la sociedad no lo permite, entre otras formas, por su empecinamiento en reproducirse y seguir aumentando el número de habitantes del planeta, que después que nacen quieren comer, vestirse, educarse, viajar, depredar, contaminar, consumir, consumir, consumir. Y eso es lo que se impone, por aplastamiento.

¿Cuál es la actitud progresista (favor no confundir con autodenominaciones de carácter político-electoral) ante esa realidad que nos rompe los ojos? ¿La tuya, que apela a modelos superiores de carácter casi místico, ignorando, o pensando que puede interrumpir el curso de la historia, o la que trata de orientar, en la medida de lo posible, ese curso en el sentido deseable para los valores que sin duda compartimos? No tengo duda que la segunda. Con un agravante nada menor: al “carro” idealista se suben muchos indeseables, exiliados de patrias condenadas, fundamentalistas de variada laya, que enturbian tu discurso y lo hacen menos creíble aún.

Además, en tu imaginario ideal, siempre apelás al retorno –o al mantenimiento- de un ambiente mejor al que nos propone el cambio que se esté manifestando. ¿Pero cual es la etapa anterior a la que hay que tender? Aparentemente a nuestra pradera actual, con su biomasa rica en diversidad. Pero si aplicamos el principio subyacente que todo tiempo anterior fue mejor, ¿por qué no priorizar el objetivo de volver a nuestra vegetación clímax aparentemente arbustiva, pre-Hernandarias?¿o a otra anterior, que no se como era, donde reinaba el mamut? Europa era un gran bosque, talado en su 95% por y para el actual desarrollo de esa región. ¿No habrá que reforestar todo para mejorar el desarrollo europeo?

Los ejemplos serían infinitos, aunque no necesariamente todos pertinentes. Lo que te quiero expresar es que ese conservadurismo ambiental tiene mucho de arbitrario, y no he visto ninguna propuesta que aceptando la arbitrariedad, la procese y postule un balance lógico entre conservación y desarrollo. Algo así exponía el viernes pasado el Decano de la Facultad de Agronomía,  “el Gaucho”  García, en relación a la intensificación agrícola en un seminario que tuvimos en Facultad.

Tu proposición de ejemplos del “bien y el mal” (o el yin y el yang como decís porque te has vuelto orientalista) a los dos modelos que visitamos en Tupambaé, sintetizados en la pradera sustento de una ganadería “fuertemente imbricada en nuestra historia natural, social, económica y cultural” enfrentada o más bien “herida mortalmente por el cincel, esperando que  árboles foráneos lleguen a consumar su violación, que transformará o eliminará totalmente ese bioma desarrollado durante miles de años”  se presta más bien a interpretaciones psicoanalíticas de imposibles retornos a la juventud, que a una descripción objetiva de la realidad.

Pero además comete errores gruesos: después de “nuestra historia” debería decir “reciente”; en el desarrollo durante miles de años de ese bioma, también influyó el hombre, y notablemente en los últimos cientos de años. “Foráneas”  al igual que el pino y el eucaliptus, también lo son muchas de las especies integrantes de nuestro “bioma de pastizales”, en especial las que vos mismo llamás “mejoradoras”, y las de animales domésticos (vacunos, ovinos, yeguarizos) que las pastorean.

Finalmente, la definición de “muy contrastantes” para los dos “modelos” tampoco se apiada mucho de la realidad. Uno es ganadero y el otro de silvopastoreo (2/3 forestal y 1/3 ganadero con abundante abrigo y sombra), como creo que quedó bien demostrado por algunos comentarios de los anfitriones que describían la situación con bastante objetividad y neutralidad, sin ocultar su vocación ganadera.

El segundo me parece económica y socialmente más atractivo, dado que produciría algo así como la mitad de la ganadería anterior, preservaría por lo menos el 40% de la “biomasa de pradera” (incluye los mejores suelos), y además agregaría una importante producción maderera. Y el balance de empleo (primario y secundario) no dudo que también sería favorable respecto a la situación anterior. Definir estos dos “modelos” como “muy contrastantes” solo se explica por un fuerte prejuicio antiforestal.

No tengo ninguna duda, que a mi también me gusta más el modelo ganadero, porque como vos dijiste “la mayoría de nosotros tenemos una experiencia de vida y de formación vinculada a la naturaleza” (no le veo nada antinatural a los árboles). Pero gustos son gustos, y otra cosa es la realidad, con sus exigencias que suelen resultar desagradables.

Bueno esto va muy largo. La dejo por acá, con el abrazo de siempre

 (Lo anterior forma parte de un intercambio entre los visitantes a los predios ganadero y forestal-ganadero administrados por los hermanos Alejandro y Mauricio Costa en la zona de Tupambaé, Cerro Largo)

 

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