Los límites a la “primarización”

Rodolfo M. Irigoyen
Mayo de 2018

La historia económica del Uruguay se vertebra en torno a la producción de alimentos y fibras, los que con el correr del tiempo fueron incorporando las primeras fases de los procesos industriales que aseguraban su conservación y mejoraban la eficiencia de su comercialización y traslado a sus lugares de consumo final en el país y, crecientemente, en el extranjero.

La lana, que originalmente se exportaba sucia, a fines del siglo pasado llegó a exportarse en su casi totalidad en forma lavada y peinada. La producción vacuna, en sus inicios extractiva (“vaquerías”, cueros, sebo) completó en el mismo período el proceso de faena local de toda la producción con venta de diversidad de cortes y creciente nivel de calidad.

La lechería, que durante décadas apenas cubría el consumo interno, para volverse mayoritariamente exportadora tuvo que mejorar la eficiencia productiva y la calidad del producto, y por lo menos deshidratarlo para no exportar agua. En definitiva, nuestras cadenas de producción de granos, de madera, de cítricos, en la medida que aumentaba la eficiencia de la fase primaria, se volvían exportadoras y para ello desarrollaban las imprescindibles primeras etapas de sus procesos de industrialización.

Pero luego de ese primer eslabón agroindustrial, el desarrollo de la cadena se detiene. Cortes de carne sí, pero pocos productos cárnicos más elaborados, y el incremento de valor por incorporación de nuevos atributos al producto primario (bienestar animal, carne orgánica etcétera) tampoco han tenido un desarrollo continuo y de importancia. Lo mismo para el arroz, pelado y pulido sí, pero hasta ahí. Tops de lana sí, pero no casimires o prendas. Leche en polvo sí, pero poco queso o manteca y nada de yogures, helados o lácteos más sofisticados. Troncos o chips sí, pero no muebles; celulosa sí pero no diferentes tipos de papeles o cartones.  Grano de soja por supuesto, pero no aceite o tortas proteicas.[1] Y los intentos de profundizar esos procesos, por lo general tuvieron corta vida, con “los ingresos corriendo de lengua afuera atrás de los costos”

Misiones posibles e imposibles

Porque ese es uno de los temas más recurrentes en nuestra economía: a medida que se avanza en las sucesivas fases de las cadenas productivas y nos alejamos de la base primaria donde reside nuestra competitividad (intensificándose la participación del Estado por vía cambiaria, impositiva, salarial, previsional, de tarifas, con carencias infraestructurales y de inserción externa y excesos burocráticos) el nivel de dicha competitividad se derrumba, los números se vuelven rojos y los reclamos para que “se agregue valor industrializando el producto primario” pierden todo sentido.

Por eso (entre otras cosas referidas nada menos que a la tecnología, las escalas productivas y la inserción internacional, porque los contrarios también juegan) resultan utópicas y trasnochadas las propuestas industrialistas en boga en los años 50 que sin embargo aún hoy tienen defensores en nuestro país. Aunque se trate de una “misión imposible”.

Pero si en algo hemos insistido a lo largo de los años, es en el hecho de que esa base primaria y agroindustrial es la plataforma más adecuada para el desarrollo económico de nuestro país, y que intensificarla aumentando el volumen y la eficiencia de sus procesos productivos, empezando por los primarios, es la mejor forma de agregar valor, de crecer y desarrollarnos, dado el elevado coeficiente multiplicador del sector primario sobre el resto de la economía. Esa es la misión posible e imprescindible, porque se trata de hacer más y mejor aquellas cosas en las que tenemos condiciones y experiencia en saber hacer. Que es lo que el mundo demanda y demandará.

Insistencia que también ha incluido la afirmación de que la baja participación del sector primario en el PIB no es indicador de poca importancia, sino de dinamismo, porque cuando crece la producción primaria, crecen en forma más que proporcional el valor de la producción y el volumen y calidad del empleo en la industria (que es agroindustria) y en los servicios de apoyo a los sectores primarios y secundarios, lo que reduce la participación relativa del sector primario en el total del producto y del empleo, aunque en términos absolutos haya crecido [2].

Además, a ese complejo agroindustrial se han sumado en las últimas décadas los servicios turísticos e incipientes desarrollos de las tecnologías de la información y las comunicaciones, actividades estas en nada contrapuestas, sino más bien complementarias (en particular las TICs) del desarrollo agroindustrial.

Se da vuelta la taba

Descartada la opción de “país industrial”, y con el sector agropecuario cada vez más jaqueado por la caída de sus precios de exportación que en mayor o menor medida se diera a partir del 2014, sin que los costos de producción se ajustaran en el mismo sentido, los engranajes económicos empezaron a girar en sentido opuesto a lo que habían hecho en la primera mitad de la década, cuando la bonanza proveniente de los precios externos disimulaba nuestras carencias. Empieza a gestarse un ciclo recesivo.

Cuando esto ocurre, se genera globalmente menos valor, se produce menos o de menor calidad porque se invierte menos, pero se logran disminuir los costos unitarios de producción, conservándose eventualmente la viabilidad de la unidad microeconómica, de las empresas, a las que no se les puede pedir que se inmolen en aras del bienestar del resto del país.

Y ese “ajuste extensivo” (proceso al que, con perdón de la semántica, hemos denominado de “primarización”) se da por la razón del artillero: nuestra estructura de costos nos obliga al mismo, dado que la mejora tecnológica necesaria para revertir el ciclo e incrementar la producción, es intensiva en los insumos más caros y sufre la creciente y extractiva participación del Estado.

Y esto se produce tanto a nivel rural como industrial. La producción ovina acosada por la inseguridad e intensiva en mano de obra, no deja de reducirse en el campo, y a nivel comercial la mitad de la lana se vuelve a exportar sucia, luchando las pocas peinadurías sobrevivientes para no cerrar sus puertas. En la carne vacuna, quizá nuestro rubro más competitivo, crece la exportación en pié de terneros que se dejan de criar y engordar en nuestro suelo, una actividad que ha dinamizado a la cría pero que es resistida por la industria frigorífica.

La agricultura ha reducido su área de siembra en una tercera parte, las plantas lecheras de menor escala cierran o caminan por la cornisa mientras los tamberos “achicaban” enviando vacas lecheras a faena. La cadena arrocera, durante décadas orgullo del país por su productividad, su integración agroindustrial, su cuidado ambiental en integración con la ganadería y su industrialización de subproductos, está al borde del colapso, con reducción del área sembrada de 200 mil a menos de 150 mil hectáreas, con productores que liquidan la empresa y emigran buscando nuevos horizontes. Y el panorama es similar en los otros cereales, en la vitivinicultura[3], en la producción forestal de madera para aserrado, que exporta troncos porque es imposible exportar los árboles en pié.

Y tras cuernos, palos. Porque nuestros industriales ven con envidia las condiciones que se le brindan a las transnacionales de la celulosa, e ingenuamente solicitan las mismas medidas para la industria nacional. Como si ellos también tuvieran la posibilidad de exigir las condiciones que necesitan para funcionar normalmente, manejando (ante un gobierno hambriento de inversiones) la promesa de invertir 3 o 4 mil millones de dólares, usando el convincente argumento  de “lo tomas o lo dejas”[4].

El difícil equilibrio

Llegamos así a la necesidad estratégica de desarrollar y consolidar un equilibrio en el desarrollo de nuestras cadenas agroindustriales, que reconozca la imposibilidad objetiva de profundizar los procesos de industrialización, sin caer por ello en la opción opuesta, el retroceso de los mismos hacia su base primaria. Porque esa caída significaría una crítica disminución en los niveles de producción y empleo del país, en paralelo con un grave deterioro de su balanza comercial.

A título de ejemplo, consideremos el caso de la exportación de ganado en pie, tema particularmente conflictivo entre los intereses de la ganadería de carne y los de la industria frigorífica. Lo primero es dejar muy en claro que la autorización de la realización de dicha práctica comercial ha sido muy beneficiosa, constituyéndose en un elemento dinamizador del conjunto de la cadena, lo que implica, entre otras cosas, que probablemente no haya disminuido la oferta final de ganado para faena (permanente temor de la industria frigorífica) al compensarse lo exportado en pie por el aumento de la productividad global de la ganadería. Si esto hasta ahora ha sido así (como creemos que efectivamente ha ocurrido) no habría motivo de preocupación.

Lo que preocupa es la tendencia. Porque en los inicios de esta práctica comercial se podía estimar –mejor dicho, hemos estimado- que el número de cabezas exportadas en pie podría no superar el 10% del total de la faena, sin embargo en 2017 ya alcanzó al 15% [5] de ese total. Si las distorsiones de mercado de los países importadores (actualmente Turquía, que grava con altos aranceles a la importación de carne pero no la de animales vivos) y continúan los problemas de competitividad de nuestras agroindustrias, ese porcentaje podría seguir subiendo.

Y la pregunta obligada es ¿hasta cuándo? sin que ello implique un deterioro irreversible de nuestra estructura industrial. Porque una crisis generalizada de la industria sería un golpe terrible para el conjunto de la cadena cárnica, como ya lo ha experimentado nuestra ganadería en el pasado.

Y al menos como hipótesis, cabe plantearse la posibilidad que esto ocurra, por ejemplo si algún gran país productor decide incrementar sus existencias vacunas y maneja con ese fin herramientas cambiarias y/o arancelarias  contra las que una economía pequeña como la nuestra no podría competir. No se debe perder de vista el hecho de que nuestro actual estatus sanitario -que nos enorgullece en una comparación regional- podría operar en ese caso en sentido opuesto, al impedir la importación de terneros de otro origen para compensar la caída de nuestras existencias [6].

Por supuesto que la defensa de nuestra estructura agroindustrial de primera transformación no nos libera de los siempre latentes conflictos al interior de estas cadenas, entre los productores primarios y la industria, se llamen estas frigoríficos, peinadurías, industria láctea, molinos o bodegas. Y los intentos de los productores de transformarse en industriales (incluyendo organizaciones cooperativas) para captar los supuestos excesivos márgenes de los frigoríficos han sido en general un fracaso. Con “ejemplos garrafales”.

En definitiva

Se trata de un tema muy delicado, con susceptibilidades a flor de piel, incluyendo prejuicios que operan en forma automática, porque no se puede negar la existencia de razones históricas para que esto ocurra. Pero es imprescindible usar las luces altas, y entender que los objetivos generales que a todos involucran, deben priorizarse frente a cualquier reivindicación de aspectos sectoriales, por fundados que estos sean.

Y siempre está la tentación de pedir que el Estado arbitre, según unos con autorizaciones irrestrictas o según otros con límites arbitrarios, incluyendo “cajoneos” temporales de las autorizaciones para la exportación. También la historia nos demuestra que, en casos como este, son peores los remedios que la enfermedad.

A nuestro juicio el único remedio válido para alcanzar el equilibrio en el que se dinamiza la fase primaria de la producción de carne sin comprometer por ello la viabilidad de la industria frigorífica, lo que maximiza el resultado económico de toda la cadena, no pasa por las limitaciones o las prohibiciones, sino por las imprescindibles medidas macroeconómicas tendientes a mejorar la competitividad del conjunto del complejo agroindustrial.

Si esto se consigue, la exportación en pie deberá continuar, sin otra restricción ni apoyo que los que le brinde el libre funcionamiento económico, se trate de algún nicho de mercado externo o de su condición de “válvula de escape” ante eventuales problemas comerciales.

Seguirá cumpliendo así el papel dinamizador que hasta ahora ha desempeñado, sin que llegue a implicar un riesgo para la industria frigorífica, cuya existencia y buen funcionamiento es imprescindible por tratarse de un sector económico clave para nuestro desarrollo.

[1] Y en todos los alimentos, ni soñar con los probióticos o la nutrigenómica, ni en general con los actuales avances en el campo de la bioinformática.

[2] El Producto Bruto Interno mide la producción de bienes y servicios de uso final, mientras que el agropecuario es un sector productor de bienes de uso intermedio.

[3] Empujada en la rodada por la absurda  “Tolerancia cero”

[4] Adjudican a Al Capone la siguiente frase: “un argumento, con una pistola en la mano, es mucho más convincente que el argumento solo”  Dicho con todo respeto, solo para poner un poco de humor.

[5] Como se exportan en general solo machos,  el porcentaje de disminución de novillos para faena en Uruguay  puede ubicarse en aproximadamente el doble de dicha cifra.

[6] Como si puede hacer la industria topista, que importa lana de la región para compensar las exportaciones uruguayas de lana sucia.

Un pensamiento en “Los límites a la “primarización””

  1. Efectivamente, casi un año después, se dió vuelta la taba y de tal forma que ya se escucha el “rumrum” de la importación de ganado en pie…”aunque no para exportar, por nuestro status sanitario”…y a decir verdad, quién iba a decir que asimismo, las caravanas iban a terminar siendo una especie de protección para nuestros productores ante el empuje de la industria frigorífica.
    Lo que siempre está claro que el futuro es imprevisto, aunque hay mentes brillantes que lo preveen. Chapeaux

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