Pasando raya

Rodolfo M. Irigoyen
Agosto de 2018
(Última edición de “El País Agropecuario”)

Llegamos al final de una etapa. Con independencia de recuerdos, nostalgias y buenos deseos de futuro, es el momento indicado para pasar raya e identificar aquello que hoy consideraría esencial, en el centenar largo de artículos que he publicado en esta revista a lo largo de su cuarto de siglo devida.

Tarea nada sencilla por la diversidad de aspectos tratados, la mayoría del palo agronómico o económico, pero también del ambiental y en general, sobre nuestra ruralidad y su dinámica social. Pero la restricción que implica para el desarrollo de una sociedad de base agropecuaria como la nuestra, las diferencias de visiones, realidades y posibilidades entre el campo y la ciudad -el mal llamado “divorcio”- creo que es el tema más permanente. Porque con distintas formas y manifestaciones, permea todos los estamentos socioeconómicos de nuestro país desde su inicio como nación hasta el presente.

A medida que el tiempo pasa…

Dice el filósofo español Fernando Savater: “Como me tengo por un ser racional, me alegro de haber cambiado de ideas a lo largo de mi vida. Lo asumo todo, pero que pongan siempre la fecha abajo” Doblemente sabio, porque está bien que cambiamos, pero debe existir el lógico y necesario correlato entre el cambio y el contexto que lo determina. O dicho en otra forma, con la época en que se vive.

La primera tentación del agrónomo es darle a los problemas productivos una solución tecnológica. En general para eso estudió y está bien que actúe de esa manera. Y no le faltan recursos para ello, porque la oferta tecnológica crece más allá del más agorero y malthusiano de los diagnósticos. Todavía no podemos siquiera vislumbrar donde está el techo de la bioinformática o de las TICs, o hasta adonde llegará la agricultura y la ganadería de precisión, pero todo hace pensar que la brecha entre el conocimiento técnico disponible y el efectivamente utilizable, no dejará de crecer.

Pero el optimismo inicial, y las visiones sectoriales que de él derivan, pronto sufren sus primeros revolcones. Porque a la solución tecnológica, por más eficiente que sea en sus resultados físicos, se le debe exigir que “salve el examen de microeconomía” y el técnico agropecuario no puede mantenerse al margen de dicha exigencia. Los más veteranos hemos visto demasiados fracasos económicos, en cuyo origen hubo una atractiva propuesta técnica, para no percibir los peligros del productivismo extremo.

Pero también la experiencia nos enseña (si antes ya no lo hizo nuestra propia extracción social) que no solo importa la viabilidad económica en el sentido empresarial del término, sino que las implicancias sociales de los procesos productivos no pueden pasarse por alto, en un sector rural donde las tres cuartas partes de los predios corresponden a productores familiares. Asunto de muy compleja resolución, dado que el avance tecnológico –y en muchos casos también las escalas productivas- definen funciones de producción en las que es cada vez más intensivo el uso del factor capital, si se pretende generar y mantener la competitividad imprescindible para cualquier economía, en particular una pequeña como la nuestra.

Y a las problemáticas tecnológicas, económicas y sociales, se les ha sumado en las últimas décadas la ambiental. Porque crece la población mundial y con ella la presión sobre los recursos naturales, que son finitos. Pero además, crecen también los niveles de consumo y de los desechos que de él derivan. Y en consonancia con estos fenómenos inherentes al desarrollo económico, toma cada vez más cuerpo la consciencia social sobre la necesidad de un creciente cuidado ambiental, para nosotros y para las generaciones futuras. Y como los animales también forman parte del ambiente, también nos preocupa ahora el bienestar animal -para los domésticos- y la preservación o no extinción de las especies silvestres.

¿Qué nos queda?

En alguna medida, con mayor o menor énfasis según nuestra educación y nuestras convicciones, todos transitamos las diferentes etapas antes bosquejadas. Pero como en el cuento del tesoro al final del arco iris, la meta se nos aleja a medida que creemos acercarnos a ella. Hasta que el tiempo, el implacable, nos obliga a pasar raya, a llegar, con las ponderaciones que consideremos pertinentes, a una visión integradora entre la base agropecuaria de nuestra economía, con los valores y la forma de vida de una sociedad altamente urbanizada, dado que el 70% de los uruguayos viven en el área metropolitana de Montevideo.

Y desde el fondo de nuestra historia como nación, el resultado que  hemos alcanzado, más que por su carácter integrador, se ha caracterizado por el enfrentamiento entre dos interpretaciones antagónicas respecto al tipo de país que tenemos y el que querríamos tener: al manido “divorcio campo-ciudad”, al que en repetidas ocasiones nos hemos referido desde estas páginas. La insistencia con el tema radica en la importancia que le asignamos, pues consideramos a ese antagonismo como una de las mayores restricciones el camino de desarrollo socioeconómico de nuestro país.

Decíamos en diciembre de 2016: “Dicho antagonismo (campo/ciudad) en su versión más primaria, es comprensible por las diferentes condiciones de vida, por los distintos contextos, que promueven en un caso la socialización de los problemas y las oportunidades, y por otro el aislamiento que genera individualismo, asociado a la convivencia con los riesgos derivados de la dependencia de fenómenos naturales poco controlables… pero en los países más desarrollados esas diferencias ancestrales se han ido moderando hasta alcanzar equilibrios de intereses y posibilidades,  sobre los que se asientan la prosperidad y la justicia social para el conjunto de la población…en cambio en la sociedad uruguaya siguen vigentes las visiones antagónicas”

Y no logramos superar ese forcejeo que neutraliza gran parte de los esfuerzos que, en un ambiente de mayor simbiosis social, darían un sustancial impulso a nuestro trabajoso camino de desarrollo.

En definitiva

Al pasar raya al final de esta etapa, vemos que algo de razón tuvieron en el pasado y continúan teniendo en el presente, cada una de esas visiones sobre nuestra sociedad rural. Pero cuando intentamos una síntesis, observamos que el total es diferente a la suma de las partes, porque en definitiva, se trata de un problema cultural. Y que es normal que las diferencias culturales existan, de que no se trata de superar una cultura para acceder a otra, ya que la vida urbana y la rural son esencialmente diferentes. Y esto ocurre acá pero también en los países que más progresan y de mayor desarrollo social.

El campo con su cultura y la ciudad con la suya, pero tratando de igualar en la medida de lo posible las condiciones de partida y las posibilidades de desarrollo de los habitantes de ambas realidades, sin tratar de eliminar las diferencias que son inherentes a cada una de ellas. Y por supuesto que muchas cosas pueden y deben hacerse en los planos ya mencionados, pero el denominador común esencial es el de la educación.

En la educación formal por supuesto, desde la escuela, preparando a los jóvenes para el mercado laboral, dándoles una base cultural y los principios básicos del orden social en que viven. Una educación pública de excelencia es la base para reducir las diferencias de partida, y para todo el desarrollo socioeconómico posterior. Y una parte no menor de la (buena o mala) educación, es la que se recibe a través de los medios masivos de difusión.

Al respecto denuncia el científico canadiense Steven Pinker: “El periodismo tiene un problema inherente: se concentra en acontecimientos particulares más que en las tendencias. Y le resulta más fácil tratar un hecho catastrófico que uno positivo. Hay un hábito muy extendido entre intelectuales y periodistas que consiste en destacar solo lo negativo, en describir el mundo como si estuviera siempre al borde de la catástrofe. Los periódicos podrían haber recogido ayer la noticia de que 137.000 personas escaparon de la pobreza. Es algo que lleva ocurriendo cada día desde hace 25 años, pero que nunca ha merecido un titular. Esto acaba generando una visión distorsionada del mundo”

No pretendamos igualar las condiciones de vida del campo y la ciudad, así no superaremos el “enfrentamiento” que dificulta nuestro desarrollo. Porque cada uno de esos dos segmentos de nuestra sociedad, responde a una cultura particular, y muchas características de las mismas no son intercambiables. Desarrollemos sí, como parte de la educación, la cultura de entender la realidad analizando datos objetivos, que muestren todo lo que nos queda por hacer, sin desconocer el valor de lo que ya hemos hecho. Esa capacidad de análisis es, junto a la honestidad intelectual, los atributos básicos de la prensa de calidad, la que realmente forma parte del proceso educativo.

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