En memoria de Juan Peyrou

Rodolfo M. Irigoyen
Noviembre 2018

Se fue Juan.  Y que difícil decidirse entre poner por escrito algo de todo lo que se podría recordar de él, lo que siento como obligación o seguir encerrado, llorando y a las puteadas por cosas que van a seguir siendo tan inmutables como las injusticias de la vida o la maldita puntería de la muerte, que es lo único que tengo ganas de hacer.

Pero por primera vez, ahora que está muerto, Juan me obliga a algo. Y ahora, tan luego ahora, obliga y además pone condiciones. Porque no se puede escribir algo sobre Juan recurriendo a lugares comunes o cursilerías.

Pero a riesgo de caer en ellas, no puedo dejar de decir algo sobre su voz, porque la vi y oí sorprendiendo a Zitarrosa, hipnotizando a los niños, haciéndole un nudo en la garganta a los hombres o en el corazón a las mujeres. O al revés, vaya uno a saber.

Ni dejar de decir algo sobre su guitarra, digna compañera de nuestros grandes poetas, como la de Numa para interpretar a Osiris, como la de Chalar para interpretar a Risso. Pero también para ponerse al hombro todo el talento de una familia de músicos, acompañando al Flaco Fossati, cuarteando a La Tribu de los Soares de Lima, en dúo con su hermano Beto o inspirando a Patricio Echegoyen, además de acompañar y estimular a cuanto gurí, propio a ajeno, que “pintara”, o al menos tuviera ganas de entreverarse y aportar algo a la música de la tierra. O de la ciudad, daba lo mismo. Esa gran generosidad que le heredó la Pilarica.

Y en otros planos, lo mismo. Recorriendo el espectro político en busca de su verdad, sobre cada momento en lo temporal, sobre cada sector en lo social, sobre lo rural o lo urbano en lo territorial. Pero en todos los casos con esa honestidad que llegaba a ser abrumadora, tan generadora de anécdotas como inhibidora de rencores.

O en el plano técnico, donde nos peleamos tantas veces, cuando uno no terminaba de acomodar el cuerpo ante la intuición genial y el argumento disparatado, ante las emociones expresadas como “verdad objetiva” o el fundamento sólido disimulado bajo un dicho campero.

Pero en definitiva, todo se resume en lo humano. En el recuerdo que deja en las que fueron sus compañeras de vida, en sus hijos que lo proyectan en el tiempo a través de la sensibilidad de Santiago, la fortaleza de Martín o la conmovedora fragilidad de Maite.

Fue, como dijo en algún momento Yupanqui “rico de lindas riquezas, guitarra, amigos, canción” y ese es su mayor legado, a toda su familia y sus innumerables amigos.

Ya se Juan que te merecías  algo mejor, pero te aseguro que no es changa esto de escribir a moco tendido. Un abrazo Caballo, nos vemos en cualquier momento. Catalán

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