La reinserción del pecarí

Rodolfo M. Irigoyen
Setiembre 2017

Estimados: las almas sensibles (alguna hay dentro de mis lectores)  seguro se habrán emocionado, como me ocurriera a mí, viendo hace pocos días por televisión, la liberación de 100 hermosos lechones pecaríes, por parte del Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y  Medio Ambiente (MVOTMA). Dicha liberación se realizó en una “reserva privada”, anunciando los técnicos responsables que de esta forma el Pecarí se “reinsertaba en el medio rural”.

Aclaremos que el Pecarí o Pecarí de Collar (Pecarí tajacu), pariente más chico del Jabalí europeo, es originario de América, pero en Uruguay está parcial o totalmente extinguido, de donde deriva la preocupación de las autoridades medioambientales por su reinserción en nuestro territorio.

Pero junto con la noticia de la liberación, se supo gracias a una denuncia, que a los tres o cuatro días de dicha liberación se detuvo a un cazador que ya había matado a cuatro de los cien lechones, uno de los cuales ya estaba en el horno. “Así que este es el famoso pecarí” habría comentado el cazador viendo el fruto de su acción, lo que descartaba el argumento de la ignorancia como justificación de la misma.

Las sanciones fueron “ejemplarizantes”. Le requisaron el vehículo, las armas y los perros, creo que no se salvó ni el horno con la asadera. Probablemente se tratara de un cazador habitual de jabalíes, cuya caza no solo está permitida sino incluso promovida, dada su condición de plaga particularmente dañina para la ganadería y la agricultura. Hasta acá, todos de acuerdo.

Pero quiero centrarme en el “operativo” oficial, sin duda lleno de buenas intenciones. Lo primero a recordarle al MVOTMA, es que liberarlos no implica su automática reinserción en el medio rural, como este Ministerio proclamó. Sino que la liberación es el inicio de un difícil proceso de readaptación, del cual quiero destacar el riesgo derivado de la presencia de predadores de cuatro patas, además del de dos ya mencionado.

No se aclaró si el predio donde se liberaron tiene alguna defensa o control (no parece si al toque cazaron cuatro) que genere condiciones mínimas de sobrevivencia para la nueva especie introducida. Y de entrada se me ocurren dos predadores: el ya mencionado jabalí y en particular los perros asilvestrados, tan dañinos como los anteriores, que se vienen extendiendo por nuestra campaña amparados en su supuesta condición de “mascotas”.

Pero la pérdida de esta condición –si es que alguna vez la tuvieron-  no es reconocida por una serie de colectivos (humanos) que se caracterizan por su desconexión de la realidad y por consiguiente por su absoluta irresponsabilidad. Pero mucho ojo para el que se le ocurra criticarlos, es políticamente muy incorrecto y el hereje resulta despedazado en las “redes sociales” o incluso demandado ante la Justicia. Así que pongo mis blancas barbas en remojo y la dejo por acá.

Yendo al tema de fondo, creo que la liberación debería estar precedida por un proceso educativo que generara la conciencia ambiental necesaria para valorar la preservación de nuestra fauna autóctona. Dicha conciencia, además, debe generarse en armonía y no de manera antagónica al normal desarrollo de nuestros procesos productivos, como ocurre con cierto irresponsable ambientalismo de barricada que soportamos habitualmente. Pero nadie le pone el cascabel al gato.

Y luego de esta etapa previa indispensable, deben encararse todas las complejidades que implica una intervención ambiental que procura regresar a un estado de cosas que pertenece al pasado. Porque el ambiente es dinámico, y en el interín, ocurren muchas cosas que hacen que las respuestas simples a los problemas complejos resulten, como siempre, equivocadas. Un par de ejemplos, uno del exterior, el otro nuestro.

En la región del Mercantour, en los Alpes franceses, hace algunos años se llevó adelante un programa de reinserción del lobo, extinguido en Francia, “importándolo” desde la cercana Italia. Para ello se contó con la tecnología más moderna, insertándoles a los animales chips electrónicos con GPS, monitoreando todos sus pasos para promover su reinstalación y reproducción.

Pero los modernos intereses ecologistas se enfrentaron con los tradicionales de la producción ovina familiar, cuando los lobos reinsertados empezaron a diezmar las majadas de los campesinos de la región. El objetivo ambiental siempre implica desafíos socioeconómicos de resolución más compleja que el propio proceso de reinserción.

La Quebrada de los Cuervos, en el departamento de Treinta y Tres, lo mismo que otras zonas serranas del país, desde antaño albergó poblaciones de chivos silvestres. Y era tradición que los acampantes en la zona cazaran algún chivito para comerlo asado. En épocas de la dictadura militar nadie se atrevía a portar armas largas y de grueso calibre, como las necesarias para tiros de distancia, por lo que la caza se redujo o desapareció.

Por este y seguramente algún otro motivo que desconozco, la población de chivos fue aumentando hasta volverse una amenaza para la supervivencia de las palmeras de la quebrada, ya que se comían sus rebrotes. Dos objetivos ambientales que, fuera de cierto nivel de equilibrio, se vuelven antagónicos.

Cuando se planteó la posibilidad de autorizar la caza del chivo para disminuir la presión sobre la reproducción de las palmeras, no faltaron organizaciones ambientalistas que, fieles a su tradicional postura de “lo quiero todo y lo quiero ya” salieron en “defensa de la cabrita” desconociendo la complejidad del problema.

Volviendo a los pecaríes, me parecería más efectivo que la liberación directa de los lechoncitos, el mantenimiento de una población inicialmente reducida, en condiciones de semi cautividad,  que asegurara la no extinción y sea la base de una futura multiplicación, pero defendida de un ambiente que nada tiene que ver con el que existía cuando los simpáticos chanchitos correteaban por la “penillanura levemente ondulada”.

Me temo que se avecinan tiempos de frustración para los técnicos del Ministerio. Ojalá me equivoque.

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