La resiliencia de la cría vacuna

Si se superó la indiferencia (cuando no el rechazo) del lector urbano ante el título de este artículo, ya se habrá logrado algo. Porque es hora de que en este país-pradera, las sociedades rurales y urbanas que lo integran tomen definitivamente consciencia de que su futuro como nación depende en gran medida de que, por encima de las naturales diferencias culturales, sean capaces de articular un proyecto de desarrollo integrador, y no antagónico como ha sido el predominante a lo largo de nuestra historia.

Yendo al tema. La mayoría de los técnicos vinculados a la producción animal –agrónomos y veterinarios- considera que el histórico porcentaje de procreos (cantidad de terneros logrados anualmente en relación al total de hembras destinadas a la reproducción, expresado como porcentaje) del rodeo vacuno nacional, del orden del 65% como promedio anual, es un indicador de ineficiencia que no logramos superar sino esporádicamente, en años excepcionalmente favorables. Y se lo exhibe como el epítome del rezago tecnológico de nuestra cría vacuna (y por extensión del conjunto del agro) ya que, aunque diagnosticado hace más de medio siglo, y conocidas y divulgadas las medidas tecnológicas para mejorarlo, el rezago, contumaz, se mantiene.

 Empecemos por recordar que la gestación de la vaca tiene una duración de 9 meses, y en los 3 meses posteriores al parto tiene tiempo suficiente, con buena alimentación y sanidad reproductiva, para superar el anestro post parto y nuevamente entrar en celo y quedar preñada, mientras simultáneamente mantiene la lactancia con la que alimenta a su anterior ternero. De esta forma se puede obtener un intervalo inter partos de un año, por lo que, alcanzado con todas las hembras del rodeo, se podría llegar  a un máximo del 100% de procreos anuales.

Por supuesto que este es un máximo teórico, y nadie en su sano juicio puede plantearlo -y de hecho nadie lo plantea- como posible, no solo a nivel nacional sino incluso al de un rodeo comercial. Eso es debido a diversos factores, como vacas con algún problema reproductivo que no se detecta (y por lo tanto no se la refuga como correspondería), pérdidas embrionarias, mortalidad neonatal, problemas de fertilidad en algún toro, y otros factores que, aún con el mejor nivel tecnológico, difícilmente permitan superar un máximo real de, digamos, el 90% de procreos. Pero sí existen ejemplos de productores excepcionales, con alta especialización en la cría, que promedian a lo largo de los años guarismos superiores al 80% para el conjunto de su rodeo.

Y con estos datos, se empiezan a hacer cuentas globalizadoras, que pretenden cuantificar el impacto del “problema de la cría”: “Se puede mejorar un 20% la tasa nacional de procreos y así el país tendría un 10% más de terneras para incrementar el rodeo de cría, y un 10% más de terneros para producir novillos. Llevando todo a kilos finales de machos y hembras, y multiplicando por el respectivo precio de novillo y vaca para faena, y sumándolos, alcanza un monto de varios cientos de millones de dólares, que se dejan de generar. Y todo esto es acumulativo”.

O, siendo más prudente y para no incluir el costo por el uso de los insumos productivos para criar y engordar los animales adicionales, “si se hace el cálculo solo para los kilos y precios de los nuevos terneros y terneras al destete (cuando se los separa de la madre, aproximadamente a los 6 meses de edad) da más o menos la mitad de lo anterior, pero con costos mucho menores. Pero se sigue hablando de cientos de millones de dólares que se dejan de producir anualmente. La tecnología se conoce y está disponible, pero no se aplica”

Como no estoy de acuerdo con lo anterior, para ver si nos entendemos vayamos hacia atrás en la causalidad del “problema” de la reproducción animal, y para acotarlo, remitámonos exclusivamente a la de los mamíferos. Lo primero a recordar es que la tasa reproductiva de estos, en todos los parámetros que la determinan, como la duración del intervalo entre partos, el largo de la gestación o la prolificidad (el número de crías por camada) es en todos inversamente proporcional a su tamaño físico y metabólico.

Para que quede más claro, ilustrémoslo con dos ejemplos extremos: la gestación de la elefanta dura dos años, nunca pare más de un elefantito por vez, y su intervalo entre partos es de unos cinco años. En cambio la gestación de la rata dura algo menos de un mes, pare 5 o 6 veces al año (intervalo inter parto de unos dos meses) y su tamaño de camada es de entre 8 y 15 crías. Pero la enorme elefanta vive más de cincuenta años, y la pequeña rata apenas si llega a uno.

Las especies domésticas de interés económico se ubican en un rango intermedio. La gestación de la yegua dura 11 meses, la de la vaca 9, la de la oveja 5, la de la cerda casi 4. Centrándonos en las de vacuno y ovinos, base histórica de nuestra producción ganadera (carne, leche, lana, cueros), la vaca pare únicos (o muy excepcionalmente mellizos, en mi larga experiencia campera solo vi un caso, y he oído de algún otro, no más) mientras que en la oveja son muy frecuentes los mellizos, existiendo razas que pueden procrear trillizos y en algún caso hasta cuatrillizos. Claro que una oveja tiene un tamaño físico y metabólico de aproximadamente la décima parte del de una vaca (dependiendo de razas, estados corporales etc) y vive más o menos la mitad.

Las implicancias económicas (que es adonde queremos llegar) de estos diferentes potenciales reproductivos de vacunos y ovinos, de los respectivos “techos” de sus tasas de procreo, es enorme. Por ejemplo en los ovinos, la tasa de procreo óptima es muy diferente según la especialización productiva del predio o del país. Si el objetivo es la producción de lana fina con una raza como la Merino, un procreo del 70-80% será funcional a una explotación eficiente, pero si el objetivo es la producción de carne ovina en base a corderos, es más eficiente el uso de razas carniceras prolíficas para, entre otras cosas, alcanzar procreos superiores al 120%. Algo de este tipo hacen Australia y Nueva Zelandia, respectivamente.

Resumiendo: en los vacunos, las variaciones que se pueden inducir en la tasa de procreos del rodeo (más/menos 10%) no tienen, por sí solas, la magnitud suficiente ni son excluyentes para generar un cambio sustancial en el sistema productivo. Porque existen además otras variables factibles de mejora de similar importancia, y la propuesta tecnológica que las englobe, con la ponderación que cada variable requiera, será la que optimice el resultado final del predio. Porque de la eficiencia de la que estamos hablando es la económica, que es el ineludible objetivo final de cualquier emprendimiento productivo.

Este largo preámbulo es necesario para explicar un asunto esencial: para mejorar el resultado económico de su empresa, el productor dispone de diferentes herramientas: genéticas, nutricionales, sanitarias, de manejo o cualquier combinación de las mismas. La inversión necesaria para lograrlo la puede orientar a aumentar el número de terneros mejorando la famosa “tasa de procreos”, pero también aumentando el número de vacas en el rodeo, o el peso de los mismos terneros vendiéndolos más tarde con 50 kilos adicionales, o recriarlos y venderlos al año siguiente como novillitos con 100 o 120 kilos agregados, o priorizar el engorde y venta para faena de las vacas “falladas” o de las vaquillonas excedentes -una vez cubierta la reposición del rodeo de cría-. Porque cualquiera de estas acciones agrega valor al proceso.

No se debe olvidar que, en contrapartida, cualquiera de estas opciones y sus posibles combinaciones requiere de inversiones adicionales, principalmente en el plano nutricional. Y que cualquier inversión que se realice en uno de los ítems mencionados, tiene el “costo de oportunidad” de dejar de hacerla en otro de esos mismos ítems. O sea que hay que elegir, y cada productor elegirá su eventual inversión de acuerdo con sus necesidades y posibilidades, y verá si con ella aprueba el “examen de microeconomía”: el de superar con los nuevos ingresos generados, a los costos en que haya incurrido. Para dejarlo bien claro: bienvenida sea cualquier mejora de los procreos, pero es un indicador parcial y no global del resultado económico, y su nivel promedio actual no impide el agregado de valor al conjunto del rodeo mediante otras mejoras tecnológicas.

La cría vacuna es un proceso complejo, con productos finales muy parecidos, y económicamente sustitutos. Porque la carne de novillo o de vaca, de un animal joven o no tanto, solo tiene diferencias en atributos de calidad (cambios en la proporción de los distintos tejidos, terneza, color, etcétera) pero en esencia se trata del mismo producto: carne vacuna para consumo humano.

La similitud (económica) queda demostrada en los precios relativos de esos mismos productos finales. Según el Instituto Nacional de Carnes (INAC), para el período 2000-2019, los precios por kilo que recibe el productor por vacas es del 83,3% y por vaquillonas del 91,1% del de los novillos. Se observa que las vacas (que antes de engordarse para faena cumplen con un variable período de su vida destinadas a la reproducción) solo valen un 16 a 17% menos por kilo que los novillos, y las vaquillonas (hembras jóvenes que no se destinan a la reproducción sino el engorde para faena) solo un 9 a 10% menos que esos mismos novillos.

O sea que los precios finales de las distintas categorías (bienes sustitutos desde el punto de vista del consumo) no son muy diferentes y sus relaciones se mantienen más o menos constantes a lo largo del tiempo, lo que refuerza las posibilidades de elección de las distintas formas de mejora tecnológica mencionadas.

Por otra parte, la usual caracterización de los productores en criadores, ciclo completo e invernadores, definida con parámetros vigentes hace medio siglo, presupone una rígida especialización a la que el dinamismo ganadero de las últimas 3 décadas ha tornado obsoleta. Hoy el “criador” es también invernador de vacas, apareció el “ciclo semi completo” o criador/recriador, la invernada crecientemente se completa a granos en corrales de engorde pertenecientes a nuevos agentes económicos, etcétera. Considerar, por lo tanto, a la tasa de procreos como el indicador global que mejor caracteriza al desarrollo de nuestra ganadería, es una simplificación a la que probablemente nos induzca la facilidad de su cálculo. Con el agravante de la connotación negativa que sobre el desarrollo sectorial produce ese alcance injustificado.

Hoy, una caracterización de la economía ganadera uruguaya no debe iniciarse lamentando “el bajo” porcentaje de procreos, sino valorando el nivel genético de sus rodeos, la reconocida transparencia de su sistema sanitario, el enorme potencial de simbiosis entre agricultura y ganadería (aún en competencia por los buenos suelos); las oportunidades o limitaciones que surgen de las variaciones en las relaciones de precios de carne y granos; las posibilidades de exportar animales en pie o de atraer capitales a través de nuevas formas societarias; los nuevos atributos de calidad como los del bienestar animal y todos los vinculados a la sostenibilidad ambiental y la biodiversidad; y permeando todo este escenario, las oportunidades que brinda el incontenible avance tecnológico y la cada vez más firme (al margen de accidentes sanitarios o comerciales) demanda mundial por carne. Mucho se ha logrado, siempre es más lo que queda por alcanzar.

“La vaca les gana” dijo Jorge Batlle, y la frase con el tiempo se transformó en símbolo para la caracterización de nuestra economía. Se refería por supuesto a que la producción de carne vacuna era el sector de mayor competitividad del agro y por extensión, del país. El atávico “65% de procreos” con el que se la caracteriza con tono de denuncia, de atraso tecnológico, no ha impedido que, en una superficie decreciente por competencia de otros sectores -como el agrícola y el forestal- haya mejorado su eficiencia global y sobretodo la calidad de sus productos, promoviendo el agregado de valor y el empleo, en conjunto con los servicios asociados y su industria de primera transformación.

El término “resiliencia” hace referencia a la capacidad de adaptación de un sistema, o a la de recuperar su estado original cuando cesa una perturbación exterior. Nuestra ganadería de carne es un ejemplo de ambas acepciones. Se ha adaptado a todos los vaivenes de nuestra historia como nación, recuperando su estado original (o casi) ante perturbaciones tan disímiles como sequías, epizootias o atrasos cambiarios. La asignatura pendiente, es la de lograr que el conjunto de nuestra sociedad asuma como proyecto-país, el de la realización de todo este potencial.

Que de una buena vez, aceptemos, con hechos no con palabras, que nuestro futuro se vertebra en torno a la opción de “país agro inteligente”. Lo que no implica desconocer -por lo contrario, se complementa- con el aporte de modernos sectores emergentes.

Escrito en Febrero de 2020

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