La cría es la clave

Rodolfo M. Irigoyen
Agosto de 2020

Aclaremos (como dijo el vasco mientras le echaba agua a la leche): este artículo no está destinado a perinatólogos y pediatras, como su título puede sugerir, aunque a un nivel suficientemente general seguramente ellos también estarían de acuerdo con la afirmación, dado que como explican los expertos en el tema, gran parte de las potencialidades futuras del ser humano se definen durante su gestación y primeros años de vida.

Se refiere a la cría vacuna. Pero tampoco a los aspectos fisiológicos de la misma, terreno reservado a la medicina veterinaria, sino a las implicancias de esta primera fase de la cadena cárnica, en primer lugar agroeconómicas, y en definitiva atinentes al desarrollo socioeconómico general del país

El “destino” agropecuario del Uruguay está, para bien o para mal, suficientemente diagnosticado, por lo que no abundaremos en el tema. Un somero repaso de algunos macro indicadores del potencial productivo del país en relación con el resto del mundo lo confirma en plenitud. Por ejemplo, Uruguay dispone de 5 hectáreas de buenos suelos productivos de pradera por habitante, nivel 15 veces superior al  promedio mundial.

Sobre esos suelos se pueden desarrollar, sin limitaciones en cantidad o distribución de otros recursos naturales básicos como agua y sol, toda la amplia gama de producciones de clima templado sin que sean obstaculizadas por accidentes geográficos, sísmicos o climáticos de importancia, salvo alguna sequía ocasional, y con excelente salida al mar a solo 500 km de la región productiva más alejada. Y lo que no es menor, esta dotación de recursos ha sido la base sobre la que se ha desarrollado, desde la Colonia hasta el presente, una sociedad rural con fuerzas productivas, valores culturales y desarrollo empresarial e institucional sin los cuales la dotación de recursos naturales vería muy limitadas las posibilidades de manifestar su potencialidad.

O sea que estamos en muy buenas condiciones, y en el mejor momento histórico -salvando tropezones sanitarios como el actual y como consecuencias del mismo también económicos- que esperemos se empiecen a solucionar en los próximos meses cuando se cuente con las vacunas necesarias para detener la epidemia del covid19. Porque la demanda de alimentos crece en cantidad y calidad: en el mundo somos unos 7.600 millones de habitantes de los cuales, según los últimos datos de la ONU, un 9% sufre de desnutrición, cuando hace 50 años éramos 3.000 millones y los desnutridos llegaban al 35%. El gigantesco aumento constatado en la producción mundial de alimentos (que muchas personas hagan un mal uso individual de los mismos es otro tema) no cesa de acelerarse y los uruguayos salimos particularmente beneficiados por el mismo. Porque en el mundo aumenta exponencialmente la demanda en cantidad y calidad, precisamente de lo que sabemos hacer y estamos en condiciones de producir más y mejor.

En su excelente análisis de la época de oro del fútbol uruguayo “Del Ferrocarril al Tango” Aldo Mazzucchelli afirma (pág. 283) que “En 1924, en Colombes, Uruguay se demostró y le demostró al resto del mundo que hay una carta que cualquiera puede jugar, que es la carta de la excelencia”. Se dirá que la cita es traída de los pelos, pero creo que es muy pertinente, porque se aplica directamente a nosotros, y en algo que nos llega muy de cerca.

Claro que tenemos muchos problemas, en cantidad y calidad de los alimentos que producimos, y me estoy refiriendo en particular a la carne vacuna. Pero quizá en ningún otro sector hemos avanzado tanto y tenemos tan alto potencial para seguir avanzando en una producción de excelencia (algunos de esos problemas y potenciales los analicé en “La resiliencia de la cría vacuna” de febrero pasado en esta misma página).

Porque en la medida que el sector se desarrolla generando más valor y empleo en el propio sector y en la industria y los servicios asociados, a la cadena cárnica se le agregan nuevos eslabones que atienden a la creciente tracción que sobre la misma ejerce la demanda internacional. Son nuevos procesos, nuevas opciones de producción que tienen en común la dependencia, en última instancia, del primer eslabón de la cadena: el de la cría. Cuantas más opciones de productos intermedios y finales en relación con diferentes edades, tiempos de producción, atributos físicos y ambientales del producto y mercados de destino, más “clave” se vuelve el proceso inicial que provee de la materia prima necesaria para todas esas opciones. De “la cría problema” a “la cría oportunidad”.

Y esta confluencia dinamizadora sobre el proceso de cría es la forma genuina de lograr la mejora de los coeficientes productivos del mismo. Décadas de “medidas de promoción de la cría” a través de la investigación y la extensión agropecuaria con este fin, y seguíamos  sin producir más terneros. Porque las cadenas no sirven para empujar, sirven para tirar. Los datos preliminares de existencias vacunas del 2020 recién publicados por el MGAP indican que se habría superado “la meta” de los 3 millones de terneros destetados (el discreto encanto del número redondo).

El aumento de la cantidad de terneros no proviene de una hipotética mejora del  porcentaje de procreos, sino del aumento de vientres en el rodeo, con procreos entorno al promedio histórico, con las naturales oscilaciones derivadas del efecto año. Crece la ponderación de la cría porque se entoran más vacas, porque no se espera que las vaquillonas tengan 3 años para entorarlas mejorando así el PER (parámetro de eficiencia reproductiva: relación entre el total de hembras en edad reproductiva efectivamente entoradas en relación al total de cabezas del rodeo).

Pero por encima de precisiones tecnológicas, el dinamismo de la cría es el mejor indicador para el conjunto del sector, no solo para los productores criadores. También para los de ciclo completo, para recriadores, invernadores de machos y hembras de distintas edades tanto a campo como a corral, para trabajadores, industriales, comerciantes y proveedores de servicios de pre y post producción. En definitiva, para la salud de la economía, cualquiera sea el parámetro que se considere: el PBI, el empleo, el balance fiscal o las exportaciones.

Si este dinamismo sectorial se consolida y se solucionan las restricciones de origen sanitario, aumentará también la presión por la importación de terneros. Y esto se visualiza como un riesgo, como una “competencia desleal” por muchos productores, y con seguridad lo es para aquellos de menor capacidad de competencia.

Si se concreta la importación, es probable que se creen condiciones de segmentación del mercado, abasteciendo al consumo interno y a los destinos de exportación de menores exigencias de calidad con animales producidos en base a terneros importados y los nacionales de menor competitividad. Y a un mercado externo de excelencia (junto al interno de mayor poder adquisitivo) se destinaría la carne producida sobre la base de los terneros más competitivos, ya sea por genética, sistema de cría y engorde, escala y atributos ambientales, conformando el segmento que consolidaría  la imagen de Uruguay como proveedor de carnes de excelencia. Es un proceso que ya se ha iniciado con la importación de cortes, pero que se generalizaría con la de animales vivos.

Y como siempre ocurre con los “dolores del crecimiento”, algunos productores de menor nivel económico y tecnológico, y/o de nuestra franja etaria “en situación de riesgo”, no estarán en condiciones de acompañar el proceso. Pero el dinamismo que se genere les creará, a los más jóvenes o emprendedores, otras opciones laborales, como ocurrió en el boom agrícola del 2012-14. Demás está insistir con la importancia de la mejora de nuestra política de comercio exterior, para lograr acuerdos comerciales (con o sin el Mercosur) que disminuya el nivel de los aranceles que pagamos, dejando así de “regalar competitividad” a nuestros competidores. Otra herramienta para paliar dolores de crecimiento.

Pero también es necesario recordar que la cría, clave en la dinamización ganadera y en definitiva económica que hemos bosquejado, es, dentro de la ganadería, el proceso productivo más complejo, sin duda el que exige mayores conocimientos, no solo técnicos sino también de experiencia, de saber hacer las cosas pues requiere de un manejo ponderado y simultáneo de aspectos de distinta naturaleza, con imprescindible atención directa del conjunto del proceso.

Por lo tanto no es multiplicable a escala, y aunque es intensivo en capital, en este proceso no todo “se soluciona con plata”. A nivel microeconómico entonces, los riesgos, al igual que los potenciales beneficios económicos, son también altos, lo que deberá ser tenido en cuenta por los nuevos inversores sin experiencia previa en el conjunto del proceso de cría vacuna.

Y poniendo las luces largas en relación al conjunto de la cadena cárnica, por el lado del volumen de la demanda futura, no hay techo. Los miles de millones de personas que han salido y están saliendo de la pobreza en el mundo, satisfechas sus necesidades básicas, quieren mejorar su dieta, y eso se llama más y mejores proteínas, en especial de carnes rojas, mal que le pese a los que han renegado de nuestra condición de omnívaros.

Y por el lado de calidad, la nutracéutica y otras ciencias emergentes nos muestran que estamos en pañales. Cada vez más los alimentos serán también medicamentos. Cada vez hay más ingeniería genética de productos y de procesos que aumentan la eficiencia y la calidad de todo tipo de atributos, cada vez más las TICs permean todos los procesos productivos involucrados, y un largo etcétera.

Y como colofón, el mantra que nos obsesiona: toda esta visión, que pretende aportar a una ineludible estrategia nacional de “país agro inteligente”, seguro será denostada, de un plumazo, por quienes siguen sosteniendo que agro es sinónimo de atraso. Porque como dijo Churchill “Un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión, y no quiere cambiar de tema”

Los artículos del autor están en www.rodolfomartinirigoyen.uy

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