La genuina distribución del ingreso que hace el Agro

Rodolfo M. Irigoyen
Setiembre de 2020

En la mezcla de ignorancia y mala fé que caracterizó al tratamiento recibido por el campo argentino durante el gobierno de Cristina Fernández, la mandataria utilizó con frecuencia un argumento que pretendía justificar los impuestos confiscatorios que su gobierno imponía a la producción agropecuaria: “¿Si el Gobierno no distribuye el ingreso, quién lo va a hacer?”

A nadie debería escapar, y menos a un profesional de ciencias sociales como es la abogada Cristina Fernández, que la “Distribución del Ingreso” es una de las ramas de estudio fundamentales de la Economía, de tanta importancia como la “Generación” del mismo. Distribución que se fundamenta en la forma y cuantía con que el libre funcionamiento de las variables económicas retribuye el aporte que hacen a dicho funcionamiento los diferentes agentes económicos involucrados: salarios, ganancias o tasas de interés, para trabajadores, empresarios o rentistas, por mencionar a los más importantes.

El paso siguiente, este sí tarea del Gobierno, es el de la redistribución. El prefijo “re” demuestra que ya existía una distribución “natural” (de la Economía) a la que se suma, modificándola en el sentido que desee, la acción “social” del Gobierno: impuestos, tarifas, subsidios, pensiones etcétera. No confundir estas dos fases que determinan, la primera lo que cada persona genera y la segunda lo que efectivamente recibe como retribución a su aporte (presente y pasado) a la Economía del país, es esencial en cualquier discusión sobre estos temas, incluyendo la del posicionamiento político que adopta cada ciudadano.

Pero la discusión sobre la distribución no debería hacerse, como en general se hace, con independencia del nivel de generación. Porque una distribución bastante uniforme o “progresiva” (coeficiente de Gini con valores cercanos a 0, que indica baja concentración) puede ser producto de un alto nivel de ingreso distribuido con equidad como es el caso de los países escandinavos, o puede, si el ingreso total es raquítico, ser muestra de que la miseria es pareja, como en algunos países africanos o caribeños. En cambio una concentración alta o “regresiva” (coeficiente de Gini más cercanos al valor de 1) cuando el valor absoluto de lo generado es también elevado, no implica necesariamente que los de menores ingresos sean pobres. Si la torta es muy grande, aún las menores tajadas son abundantes.

El sector agropecuario produce principalmente lo que en economía se denominan “bienes intermedios” (animales en pie, porotos de soja. troncos de árboles, trigo o arroz cáscara, leche cruda, lana sucia, etcétera) porque no son para consumo directo sino para abastecer a industrias que los transforman en bienes de consumo final.

Esto hace que como sector económico tenga un alto poder multiplicador sobre los demás sectores de la economía. Porque la mayoría de nuestras industrias dependen del agro para abastecerse de materias primas, y gran parte de los servicios se desarrollan para cubrir diferentes necesidades del propio sector primario y de las agroindustrias.

En el año 2009, un equipo de técnicos del Departamento de Economía de la Facultad de Ciencias Sociales de la UdelaR liderado por la economista Inés Terra, trabajando en base a la matriz de insumo-producto de la economía uruguaya disponible en el momento, midió estas interrelaciones, concluyendo que el agro es el sector con mayores efectos multiplicadores sobre los demás sectores de la economía, con diferencias entre subsectores agropecuarios en relación con su impacto en el ingreso y el empleo.

Lo que quiere decir que tanto el sector secundario (industrias) como el terciario (servicios) tienen, en la economía uruguaya, una elevada dependencia del sector primario en sus niveles de  generación de ingreso y creación de empleo. De donde se concluye que el agro es determinante (no directa pero sí indirectamente) de que el conjunto de nuestra economía genere más ingreso y genere más empleo, y en consecuencia es un sector clave para que nuestro país sea más rico, pero además, para que esa riqueza se distribuya en forma más equitativa. Por eso lo de “genuina distribución del ingreso”: porque el agro distribuye multiplicando, no recortando.

En su discurso de cierre de la Exposición del Prado del sábado 19, el Presidente de la ARU, Ing. Gabriel Capurro, detallando los aportes del agro a la economía en su conjunto, mencionó que “muchos productores utilizan distintos mecanismos de distribución de ingresos con sus trabajadores” enumerando a continuación distintos tipos de retribuciones “en especie” en paralelo con el sueldo correspondiente (ayudas para adquisición de vehículos y bienes inmuebles, tenencia de animales en el campo, envíos de carne y leche para la familia del trabajador etcétera).

Costumbres estas bien conocidas en campaña, pero que a mi juicio vienen siendo cada vez menos frecuentes, con los cambios de los sistemas productivos y las relaciones laborales, el aumento de la movilidad de los trabajadores con la proliferación de las motos, que  hacen posible que el trabajador viaje casi a diario a su casa, y no como antaño cuando lo hacía semanal o quincenalmente (y llevaba “carne y leche” de la estancia), con el acceso universal a las comunicaciones y los medios de pago electrónicos y la bancarización de operaciones.

Además, las “ayudas” implican una complicación contable (deben computarse como retribuciones monetarias frente al BPS) y una fuente de reclamos (y posibles conflictos) de los trabajadores nuevos que no las reciben. Las nuevas generaciones de empresarios en general optan por “pagar más pero evitar complicaciones”.

No habían pasado 48 horas del discurso cuando ya en tertulias ciudadanas se hacía mención al tema, usándolo como argumento probatorio de que el agro no distribuye ingresos, al afirmar que “en el campo se confunde distribución del ingreso con caridad”. Y que lo justo sería que mejoraran los sueldos para que el trabajador fuera libre y no dependiera de la eventual benevolencia del patrón.

Ojalá las discrepancias solo fueran producto de la semántica, pero la historia de las relaciones entre nuestro campo y nuestra ciudad perduran, probando lo contrario. El vacío conceptual que genera el desconocimiento de los sistemas productivos e incluso de las costumbres, de la  cultura del campo, tiende a ser ocupado por los prejuicios. Y el prejuicio de que el agro genera poco valor (desconociendo los factores multiplicadores antes descriptos) y paga bajos sueldos (porque algunos empleados de mayor antigüedad y confianza reciban complementos “en especie”, que, por otra parte ellos prefieren) también perdura, inmune al paso del tiempo y los cambios en las estructuras productivas.

Pero la lógica y la mecánica de las variables macroeconómicas también son inmunes al talenteo políticamente correcto y su habitual menosprecio por la actividad rural. “Corrección política” que, por ejemplo, nunca se ha tomado el trabajo de explicar cómo, siendo Uruguay un país de economía con neta base agropecuaria, ocupa uno de los tres lugares entre los de mayor PBI per cápita de América Latina y, simultáneamente, otro entre los tres países con mejor distribución del ingreso del continente. Y no en la coyuntura actual, sino en forma permanente, y desde hace décadas.

Los artículos del autor están en www.rodolfomartinirigoyen.uy

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