Pronosticar el pasado

Rodolfo M. Irigoyen
Noviembre de 2020

A la barra del boliche de los viernes,
en sus 35 años de vida y discusiones

Alguien, de quien no recuerdo el nombre pero sí su espíritu crítico, afirmó que “los estadísticos, como los pintores, tienen la mala costumbre de enamorarse de sus modelos”. Y esta irónica comparación puede generalizarse de los estadísticos a cualquiera que trabaje con probabilidades, como los economistas, y, más recientes en el tiempo, a los predictores del clima. Que siempre los hubo, pero que, como en tantos otros ámbitos, han evolucionado a lo largo del tiempo desde la superstición a la artesanía, y de esta a las metodologías de base científica. De los arúspices a Flammarión, y de la observación del cielo y las nubes, a la modelización de los parámetros meteorológicos monitoreados desde observatorios terrestres y con sensores remotos instalados en aviones y satélites.

Pero por extraordinario que sea el avance científico, es imposible hacer predicciones sobre el estado y la evolución del clima con absoluta certeza. Son tantos, tan diferentes y tan interrelaccionados los parámetros meteorológicos a considerar en cada momento y lugar del planeta, que es imprescindible el uso de las probabilidades en los pronósticos de ocurrencia de cualquier evento climático. Y como es lógico, el rango de probabilidades de dicha ocurrencia se va ampliando en la medida que el pronóstico va aumentando su plazo de ocurrencia. El estado del tiempo del día puede determinarse con mucha exactitud, pero a medida que pasan los días, semanas o meses, la precisión disminuye exponencialmente.

Y como las comunicaciones son ya, además de instantáneas, de acceso universal, el uso de la información meteorológica que hace un siglo solo importaba a los campesinos, se ha difundido al conjunto de la población, y por lo tanto atiende a necesidades tan variadas como la de los procesos productivos (en particular a los desarrollados a cielo abierto, como los agrícolas), pero también a todo lo vinculado con la vida cotidiana de la gente, ya sea en cómo vestirse o cuando salir de vacaciones.

Centrándonos en los procesos agropecuarios, la utilidad de las predicciones climáticas está directamente vinculada con los ciclos biológicos de las especies vegetales y animales involucradas. En un cultivo hortícola, el anuncio de la posibilidad de una granizada en las horas subsiguientes puede ser de vida o muerte; en un cultivo cerealero como el trigo u oleaginoso como la soja, cuyos ciclos completos abarcan un semestre (centrados aproximadamente en invierno-primavera para el primero y en verano-otoño para la segunda) los anuncios deben cubrir esos períodos, con mayor inmediatez para las épocas de siembra y de mediano plazo para otros momentos claves como los de llenado del grano o cosecha.

En producciones ganaderas, las diferentes fases de los ciclos productivos requieren a su vez de plazos variados en los pronósticos: muy cortos como la posibilidad de un temporal en el momento del pico de parición de las ovejas y en forma más general, de mediano y largo plazo en las sucesivas fases o eslabones de la producción vacuna. Y por supuesto, de una visión global de largo plazo para la forestación y de plazos variados para toda la gama de producciones frutícolas.

Resumiendo: con los pronósticos meteorológicos nos enfrentamos con algo parecido a una definición de la Economía, que enuncia: “administración de necesidades ilimitadas con recursos escasos” refiriéndose en este caso la escasez, a las posibilidades de dar la mayor certeza posible a dichos pronósticos.

Hace 10 años, en un artículo sobre este mismo tema (“Será nena o será varón” El País Agropecuario, Set/2010) explicábamos “El fenómeno ENOS (El Niño Oscilación Sur) hace referencia a una temperatura de las aguas de la región ecuatorial del Océano Pacífico superior a la de la media histórica, a lo que se asocia un nivel de precipitaciones en nuestra región superior al promedio (“El Niño”).  Cuando esas temperaturas son menores a las del promedio histórico, las precipitaciones tienden a ser inferiores al promedio (La Niña)”

Tanto se han popularizado desde entonces los términos de “Niño” y Niña” para referirse a la probable ocurrencia de años con lluvias mayores o menores a las “normales”, que ya se los usa como sustantivos, ajenos a la connotación probabilística que les es inherente. Es decir que si tuvimos un año relativamente  seco se habla de que tuvimos un año Niña, o que fue Niño en el caso opuesto. Por lo que, cuando se retorna al carácter predictivo, la confianza se fortalece, porque sicológicamente se lo asocia a un hecho consumado, y no a una probabilidad como es en realidad.

Por otra parte el año “normal” o “promedio” no existe en la realidad, más que como un dato estadístico. En más de 100 años de registro de lluvias en La Estanzuela, no hay uno solo en el que el volumen y la distribución mensual de las lluvias coincida con los que arroja el promedio de todo el período, lo que da la pauta del carácter errático de nuestro clima.

Quien no haya vivido la angustia de ver comprometida la satisfacción de las necesidades básicas de su familia (e incluso la vida de sus animales) por causas absolutamente ajenas a su responsabilidad; o quien, sin haberlas vivido personalmente, las haya leído en los clásicos sobre la cultura campesina española, italiana o francesa de donde provienen nuestros abuelos, o incluso en obras de autores nacionales como por ejemplo “Raíz al sol” de Eliseo Salvador Porta sobre la sequía, difícilmente comprenderá el valor que representa la posibilidad de reducir la incertidumbre en relación con los eventos climáticos.  

Y trascendiendo el ámbito campesino, que por aproximación, en nuestra sociedad rural se identifica con la producción familiar, toda forma empresarial de producción gana en competitividad en la medida que logre disminuir esa incertidumbre. Claro que existen medidas paliativas, pero el costo de las mismas también entra, ponderado por eficacia y oportunidad, en el cálculo económico del cual depende la sobrevivencia de la empresa. Y esto, con las relativizaciones del caso, es válido a cualquier escala de tamaño físico, económico o tecnológico.

El pronóstico de ocurrencia de Niño, Normalidad o Niña, y sus matices, siempre se expresan en porcentajes, y los mismos por definición son mayores que 0 y menores que 100, es decir que nunca se afirma terminantemente (porque es imposible hacerlo) que se va a concretar o no, alguna de estas 3 posibilidades. La certeza absoluta no existe, cada una de las 3 opciones tiene su probabilidad de ocurrencia, mayor que 0 y menor que 100, y la suma de las 3 da 100. La metodología es muy clara, e inevitablemente probabilística, en función de la complejidad mencionada con anterioridad.

Pero su aplicación en la práctica es muy relativa, porque la posibilidad de que lo poco probable ocurra, es lo que da sentido al concepto mismo de probabilidad. Dicho crudamente, puede pasar cualquier cosa, el dato “estadístico” no da ninguna garantía de ocurrencia. Además, la suma de las dos opciones menos probables suele ser mayor que la más probable (por ej. con un 40% de probabilidad de  Niña, la suma de Normal y Niño con 30% para cada uno, da 60%) y cualquiera de las dos opciones “minoritarias” le pueden servir a quien tiene que tomar una decisión trascendente.

Cada uno maneja el riesgo a su modo, y hay argumentos para todos los gustos. Pero si el anuncio no aporta algo significativo, termina funcionando como un “placebo climático”. Esto no significa una crítica a la metodología que estamos analizando, eso tiene que quedar bien claro. Significa sí un reconocimiento a sus limitaciones porque no alcanza con decir que todo es probable, eso ya es sabido.

A nuestro juicio no habría mejor forma de confirmar o desechar la supuesta correlación positiva entre los desvíos de la temperatura del agua en el Pacífico ecuatorial y el nivel de precipitaciones en nuestro país (sabiendo que existen y son importantes otros fenómenos que influyen en el nivel y oportunidad de dichas precipitaciones) que usando la información sobre los anuncios realizados en todos los años desde que la metodología se utiliza, y comparándolo con lo que realmente ocurrió a posteriori.

Con la misma herramienta estadística con que se determinó la correlación, se puede confirmar o rechazar su validez. Porque ahora, cuando un pronóstico no se cumple, se argumenta que era solo una probabilidad (lo que es obvio) y se hace un nuevo pronóstico para el próximo trimestre. Quizá un estudio de ese tipo ya esté hecho y yo no lo conozca, pero si así fuera, esa confirmación o rechazo a partir de los hechos consumados, merecería la mayor difusión.

Pronosticar es sinónimo de predecir, de anunciar, y por lo tanto implica un vínculo indisoluble con el futuro y la incertidumbre. El pasado en cambio es conocido y queda cada vez registrado con mayor detalle. Lo de “pronosticar el pasado” debe interpretarse entonces como un oxímoron, que es el uso de dos conceptos de sentido opuesto, generando un absurdo que obliga a entender el sentido metafórico de la expresión, induciéndonos a no dejar de lado las enseñanzas que nos brinda la experiencia. 

El matemático John Allen Paulos afirma que en la vida “La única certidumbre es la incertidumbre, y la única seguridad es aprender a vivir con la inseguridad” Esto no lo podemos cambiar (quizá para nuestro bien) pero si la tan difundida metodología del fenómeno ENOS mostrara una confirmación fáctica de sus postulados básicos, aumentaría la confianza en sus anuncios, mejorando, en la medida de lo posible, el manejo del riesgo en nuestras actividades productivas. Y para eso, nada mejor que pronosticar el pasado.

Los artículos del autor están en www.rodolfomartinirigoyen.uy

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