Un caso de numerofobia

Rodolfo M. Irigoyen
Octubre de 2020

El fenómeno está muy extendido. Y ya no se trata del desconocimiento pasivo producto de la ignorancia. El repudio “a los números” al que aludo en el título, se manifiesta a pesar de la universalización de la educación básica, como una especie de apostasía a la mensura necesaria para definir la real importancia de ideas o pensamientos. Y además de existir se lo exhibe, no sin orgullo, por gran parte de nuestra intelectualidad. 

Pero solo me referiré a “un caso” por dos razones: la primera, por no correr el riesgo, al generalizar, de estar cometiendo alguna injusticia más o menos flagrante. Y la segunda, porque para el desarrollo del tema me viene bien tomar como referencia a una querida amiga, que no por entrañable deja de personificar, a cabalidad, al monótono fenómeno que pretendo describir.

Con un “mirá que atrás de los números hay personas” me previene cada vez que intento respaldar un posicionamiento respecto a alguna idea de carácter social o político con datos de la realidad objetiva. Como si los números no pudieran ayudar, o incluso ser imprescindibles, para definir la magnitud o el sentido de la relación costo/beneficio de la idea en cuestión.

Además, a las operaciones básicas con números (de las que se ocupa la aritmética) mi amiga las denomina “las matemáticas”, error que se origina en la propia escuela primaria, donde suma, resta, multiplicación y división así son denominadas por las maestras y los programas oficiales. “No se me dan bien las matemáticas” se convierte así en una excusa elegante cuando no se sabe calcular un porcentaje.

¡Y andá a explicarle a mi amiga que las matemáticas, más que realizar operaciones básicas con números, manejan en realidad abstracciones! Como considerar que cuando se enseña el abecedario, se está haciendo literatura. Aquello de “condición necesaria pero no suficiente” para ella no tiene ningún sentido.

Pero así como me resulta imposible eludir las discusiones con alguien que confunde con tanta tenacidad lo objetivo con lo emocional, tampoco puedo evitar el recurso al sarcasmo, para el que, según dicen, tengo facilidad natural. Porque la ridiculización siempre termina por ser contraproducente al provocar en el  interlocutor, como reacción defensiva, la radicalización de sus posiciones, con independencia de lo absurdo de las mismas.

Mi amiga es tenaz apostadora al “5 de Oro”, con el agravante de “seguir” una determinada combinación de números que, sospecho, le evocan alguna fecha u otro recuerdo para ella grato. Y digo agravante no porque esa combinación de números tenga menor probabilidad de salir premiada, sino por la esclavitud que implica la obligatoriedad de la apuesta ante el terror de olvidarse a hacerla ¡y justo ese día salga! Lo que implica un reforzamiento de la adicción y, por supuesto el aumento del monto apostado y sin duda perdido, sin que el contumaz “seguimiento” mejore las esmirriadas probabilidades de ganancia respecto a otra combinación de cinco cifras cualesquiera dentro de las 48 disponibles.

Las probabilidades de sacar el pozo milagroso es algo que la tiene sin cuidado mientras exista la posibilidad, por aquello de que “alguien lo saca”. Inútil argumentar que los grandes pozos son producto de la acumulación de muchos sorteos en los que nadie acierta (bueno, sí la Banca que lo administra y el Estado que lo grava). Y más que inútil, contraproducente el cálculo de la probabilidad de acertar con una apuesta simple, que es de 1 en 1:700.000 en el pozo de Oro y de 1 en 340.000 en el de Plata. Porque mi amiga considera que esas posibilidades remotas no son más que números cuya única utilidad es la de marear a la gente.

Buscando darle a los números una expresión más vinculada con la vida humana, le explico que esas probabilidades equivalen a que, con 6 sorteos semanales, haciendo una jugada simple por vez, en promedio una persona sacará el Pozo de Oro una vez cada 5.500 años, y el de Plata una vez cada 1.100 años, con un gasto anual de unos 9.200 pesos en el primer caso y de unos 12.500 en el segundo. Pero mi amiga cree firmemente que estos cálculos pueden ser válidos para mí porque los hago, pero no tienen nada que ver con ella, a la que en cualquier momento le puede sonreir la fortuna. Cuando reconozco que eso, por poco probable que sea, en teoría puede ocurrir, me responde con una sonrisa sobradora que me deja sin palabras.

En la clásica división cultural entre humanistas y cientificistas, mi amiga, demás está decirlo, toma ferviente partido por los primeros. Porque para ella la división puede resumirse en gente con corazón, y gente sin él. Y como ella es gente con corazón, un pensamiento que la preocupa es el del hambre en el mundo. En este punto coincidimos, pero cuando le afirmo que las cosas van mejorando y que en poco tiempo (en términos históricos) el problema desaparecerá, me acusa de oscuras complicidades con “el sistema”.

Y me veo obligado a volver a los números. Según los últimos datos, explico, la población del planeta ronda los 7.700 millones de personas de los cuales cerca de 1.000 millones tienen problemas de desnutrición, número que se mantiene sin cambios significativos durante el último medio siglo. O sea que la afirmación de que el hambre en el mundo perdura, es correcta. Hasta acá vamos bien.

La cosa se complica cuando le afirmo que es imprescindible, para entender cabalmente el problema, sacar la cuenta complementaria: en el mismo período ¿cuántas personas tuvieron una alimentación suficiente? Hace medio siglo éramos 3.000 millones y 1.000 eran desnutridos, por lo tanto se alimentaban bien 2.000 millones (2 de cada 3 habitantes), y esa misma cuenta en la actualidad -ahora con algo menos de 1.000 millones de desnutridos- nos arroja un número de suficientemente alimentados de algo más de 6.700 millones (6 de cada 7). O sea que en 50 años aunque el número absoluto de desnutridos disminuye poco, el de los que tienen una alimentación suficiente se multiplica por 3,35, es decir crece un 235%.

El gesto de hastío que mi amiga mantuvo durante mi explicación, no cesa con la conclusión de la misma. En tono despectivo me aclara que ella no entra en ese terreno, y me pregunta si considero a la obesidad y a la comida chatarra como una buena alimentación, y no acepta que una cosa es lo que se produce y otra el uso que se hace de esa producción. “El sistema” generó el milagro productivo que permitió que la población mundial más que se duplicara, sostengo, con la misma libertad para procrear que para elegir las cantidades y componentes de los alimentos consumidos (con las obvias relativizaciones económicas).

Y como el avance tecnológico que permitió ese crecimiento no solo sigue creciendo sino que lo hace cada vez con mayor velocidad, el hambre pronto será asunto superado El tema es de educación, le insisto, pero cierra la discusión con un “¡cómo se nota que vos nunca pasaste hambre!” Y de nuevo tengo que darme por vencido.

Mi amiga le tiene “miedo a los aviones”, lo que no la ha privado de hacer sus viajes, pero sufriendo de picos de estrés en despegues y aterrizajes. En uno  que compartimos, observé que era la primera que rompía a aplaudir cada vez que el piloto depositaba el avión en la pista. Pero más estresado quedé yo cuando durante el vuelo, y para mitigar sus temores, intenté convencerla de que el avión era, por kilómetro recorrido, el medio de transporte más seguro, y que más peligro corríamos en el viaje en auto hacia o desde el aeropuerto a la ciudad, que durante el vuelo.

Pero con el argumento de que si el avión se cae morimos todos, ella mataba las estadísticas de accidentes y riesgos relativos de distintos medios de transporte. La estocada final me la dio recordándome que los terroristas cuando ponen una bomba en un avión matan a cientos de personas, y cuando realizan un atentado mediante un auto, difícilmente mueren  más de 4 o 5 personas. Juré no viajar más con ella.

Pero su aversión “a las matemáticas” no le impide usar términos estadísticos puestos de moda con fines ajenos a su significado: por ejemplo “exponencialmente” como sinónimo de importante. Cuando cometí el error de hacérselo ver, e incluso sugerí que dicho uso delataba la ignorancia del correcto sentido del término, no le cayó bien. Ella sostenía que el término era correctamente usado cuando hacía referencia a un hecho de alcance internacional.

Para no meterme en el berenjenal que implicaría hablar de funciones, bases y signo de los exponentes, me limité a decir que un crecimiento exponencial de cualquier variable puede ser desde muy importante a muy pequeño, y que incluso lo  anterior también puede ocurrir pero con signo negativo, o sea ser decreciente en lugar de creciente. Y que por lo tanto el comportamiento exponencial no implica necesariamente importancia, pero sí que la tasa de variación es creciente en términos absolutos. Es decir, que crece o decrece, mucho o poco, pero cada vez más rápido.

Y como ejemplo puse la evolución del covid19, que en ausencia de controles crece, inicialmente con lentitud pero acelerándose la difusión con cada día que pasa. Era lo que ella estaba esperando. Salteándose impúdicamente lo esencial del asunto, y asumiendo un tono reflexivo, me dijo que no le extrañaba que yo justificara las exorbitantes ganancias que el covid19 brindaría a las transnacionales farmacéuticas, interesadas como era obvio que estaban, en que la pandemia se expandiera.

Pero sus preocupaciones de alcance planetario lejos están de agotarse con  la pandemia: el cambio climático es otro de sus preferidos. Cuando le expongo algunas dudas al respecto y le afirmo que me preocupa más el estado de nuestra ciudad por la basura en las calles y los contenedores desbordados, y que el planeta bien o mal se las arregla solo y así lo seguirá haciendo, no puede creer lo que oye. ¿Te parece poca prueba el hecho de que la temperatura que era de 10 grados a  las 8 de la mañana, a las 2 de  la tarde ya sea del doble?¿Un 100% de aumento en apenas 6  horas?

Lo que pasa en un día –normal por otra parte- se refiere al estado del tiempo, le digo. El clima lo determina el promedio de las principales variables en el largo plazo, por ejemplo 30 años. Se mide en años, no en horas. Y por otra parte, si la temperatura hubiera pasado de 1 a 2 grados, según tus cálculos también se habría duplicado, también habría crecido el 100%, pero ni nos habríamos percatado de un cambio tan extraordinario.

Cuando empieza a decirme que lo que pasa es que yo no soy friolento, la interrumpo para explicarle que la escala centígrada es una escala relativa (100 intervalos iguales entre los puntos de congelamiento y de ebullición del agua) pero no una escala absoluta de temperatura, con la que puedan determinarse proporciones, como son los porcentajes. Y que esta escala se inicia en el cero absoluto, equivalente a -273 °C. Haciendo las sumas y divisiones correspondientes, el cambio de 10 a 20 grados equivale a un crecimiento del 3,35% y el de 1 a 2 grados del 0,36% por lo que nos resulta imperceptible. Con lo que trato de advertirle contra el uso indiscriminado de los porcentajes. Porque por más que aritméticamente estén bien calculados, su utilidad siempre estará condicionada por el contexto en el que sean usados.

Como hace siempre que le conviene, mi amiga cambió de tema, diciéndome que a ella lo que la preocupada era su salud, ya que andaba con un fuerte dolor en las cervicales. Y que cuando el médico le preguntó de cuánto era en una escala de 0 a 5, ella le había contestado “4”. Supongo en que coincidirían, le dije, en que 0 era la ausencia de dolor, pero ¿cómo definían el 5? “obvio, como el máximo” respondió. Me quedé con la curiosidad de saber cuánto daba el máximo dividido 5, porque cuando se  lo pregunté se levantó furiosa, me gritó que cada día estaba más facho, y se despidió con un portazo.

Los artículos del autor están en: www.rodolfomartinirigoyen.uy

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