La extranjerización de la tierra

Rodolfo M. Irigoyen
Febrero de 2019

A la memoria de mis abuelos vascos
Jean Pierre Irigoyen y Marie Vidart,
los primeros extranjeros que conocí.

Hay temas conflictivos que atañen al conjunto de nuestra sociedad, pero que por su transversalidad, no encuentran solución por la vía electoral. Suelen ser de contenido ético o religioso (despenalización del aborto, erección de estatuas religiosas en lugares públicos, etiquetado de alimentos transgénicos), pero también los hay instalados fuera del ámbito de la moral individual, involucrando aspectos trascendentes de nuestra identidad nacional. Uno de estos temas es el de la extranjerización de la tierra.

¿Y porqué esto es “un problema” que genera tantas controversias? Es obvio que la condición de extranjero per se no implica ningún demérito (salvo algún brote de xenofobia del que ningún país está libre) en particular en Uruguay, un país donde “todos somos nietos de emigrantes”. La buena acogida que damos actualmente a los miles de venezolanos y cubanos que llegan así lo demuestra.

Otra cosa es el juicio que nuestra sociedad emite sobre los extranjeros cuando eligen nuestro país para invertir en él. Puesto en jerga económica: cuando el extranjero aporta “el factor trabajo”, es en general recibido con beneplácito, cuando lo que aporta es “el factor capital” automáticamente entra, por lo menos, en la categoría de sospechoso. Con frecuencia se lo considera  directamente un usurpador de nuestras riquezas, y se lo suele caricaturizar con parche en el ojo y garfio en lugar de mano.

Parafraseando a Orwell en su genial “Rebelión en la granja”, podemos afirmar que todos los extranjeros son extranjeros, pero,  algunos son más extranjeros que otros. Con este caldo de cultivo, proliferan los estereotipos y nos empantanamos en dicotomías que enmascaran la realidad. Es lo que ocurre, en definitiva, cuando se entreveran las buenas tradiciones cívicas de un país de emigrantes, con la nefasta herencia de “Las venas abiertas…”

No renegamos del turismo porque el dueño del hotel sea estadounidense, ni de la actividad financiera porque los dueños del banco sean canadienses. Como que a esas actividades las viéramos más ajenas, y no violaran nuestro territorio como un argentino que siembra soja, un brasilero que inverna novillos o un chileno que planta eucaliptus.  

Es el viejo concepto de que la soberanía reside en la propiedad del territorio y que cualquier enajenación del suelo con fines productivos opera en desmedro de la misma. No importa que la nacionalidad del inversor sea cada vez más difícil de determinar, con la proliferación de sociedades anónimas, fideicomisos y otras formas jurídicas de propiedad, ni que el extranjero sea mejor productor o más cuidadoso del ambiente que su antecesor uruguayo.

Pero el nivel de extranjerización de la tierra no debe ser analizado con independencia de la estructura productiva de nuestro agro. En repetidas ocasiones hemos expresado que el factor más determinante de la viabilidad de una empresa agropecuaria, es la dotación de capital, incluyendo en él la tecnología y el gerenciamiento. Y lo hemos ejemplificado con un predio de 500 hectáreas, con 3 niveles hipotéticos de capitalización.

El primero, con hasta, digamos, 200 dólares por hectárea, se lo debe tipificar como un predio de subsistencia, de muy baja productividad. Un segundo nivel, con una capitalización del entorno de los 1.000 dólares por hectárea, puede definirse como un predio ya de mediano porte (en la escala uruguaya), económicamente viable en un régimen de libre competencia por los factores productivos.

Finalmente, el mismo campo, pero con una dotación de capital del orden de los 5.000 dólares por hectárea, puede constituir una gran empresa rural. El primero estará condenado a una ganadería extensiva de baja productividad, el segundo podrá ser una empresa ganadera eficiente, el tercero podrá elegir o combinar los rubros de mayor productividad y mejor resultado económico.

El extranjero inversor, dada su dotación de recursos, adopta mayoritariamente los modelos productivos agropecuarios de más alto nivel de capitalización y productividad.  Y en nuestro país, los procesos de crecimiento en el sector primario tienen un importante efecto multiplicador a nivel de la industria y los servicios asociados, generándose, cuando se dan esos procesos, un mayor valor agregado en el conjunto de la economía. Y ese mayor nivel de actividad abre nuevas oportunidades para pequeños y medianos inversores nacionales.

Resumiendo: el crecimiento económico se da en asociación con la inversión extranjera, por compra de empresas ya existentes o creación de nuevas, entre ellas algunos grandes emprendimientos. Pero ese mismo crecimiento, en simultáneo, genera nuevas oportunidades para inversores nacionales, principalmente en servicios de apoyo a las cadenas agroindustriales. Entonces, la extranjerización de la tierra no debe verse como la causa de los problemas, sino como la consecuencia del crecimiento de una economía que se desarrolla en un mundo globalizado.

Planteadas así las cosas, como país deberíamos tener claro cuál es la opción política que preferimos: la del crecimiento y el desarrollo que, con altibajos, hemos recorrido en el último cuarto de siglo, con la condición sine qua non del aumento de la extranjerización de la tierra (y del conjunto de la economía inherente a la globalización de la misma) o el retorno al país de hace 25 años, más “soberano” según la óptica de los que reclaman el combate a la extranjerización.

Se impone entonces una evaluación de las consecuencias que dicha elección tendría. Si se elije libremente, se debe asumir responsablemente las consecuencias (aunque este ejercicio haya caído en desuso) de esa elección. La facilita mucho el hecho de que conozcamos los dos modelos: el actual, con 16.000 dólares de ingreso per cápita y el de un cuarto de siglo atrás, en la que ese ingreso solo alcanzaba a 5.000 dólares. Aunque la cifra actual sea en cierta medida consecuencia del atraso cambiario, en términos reales, su poder de compra no debe ser menos del doble del anterior.

Y una muestra del modelo anterior lo seguimos teniendo a la vista con el Instituto Nacional de Colonización, “modelo productivo” que podríamos  asimilar, aproximadamente, con el primer nivel de capitalización del predio en el ejemplo anterior. En él, se priorizan absolutamente los aspectos sociales por sobre los económicos de la tenencia y propiedad de la tierra, con muy bajos niveles de capitalización y por consiguiente de productividad, pero con propiedad nacional (estatal) y usufructo a través de arrendamientos a pequeños productores a precios subsidiados (a la mitad o menos del valor de mercado) y por supuesto, sin extranjeros a la vista.

En la comparación de nuestra sociedad actual con esa otra anterior de, digamos, no un tercio pero si la mitad del ingreso real actualmente disponible, debemos imaginar un país con mayores carencias en infraestructura, con una educación, una salud, una seguridad con la mitad de los recursos de los que dispone la sociedad actual. Y lo que se aplica al gasto social, extendámoslo al de las familias. Adiós a los 20.000 “Cero km” anuales, menos viajes, mayor desocupación, salarios y jubilaciones muy disminuidos. Pero eso sí: ¡“tolerancia cero a la extranjerización”! Cuando se discute el tema que nos ocupa, estas implicancias no pueden quedar afuera del análisis.

Para finalizar, párrafo aparte merece el gran hito extranjerizante que está hoy sobre la mesa, y que tanto ilusiona pero a la vez complica al gobierno nacional, al chocar con su discurso tradicional de rechazo a la extranjerización, que su “ala dura” no deja pasar un minuto sin recordarle. Y que también (relictos del pasado) divide las aguas de la oposición: la planta de UPM2.

Quienes se oponen a su instalación lo hacen desde distintos planos. Uno es el del reclamo ya mencionado de pedir igualdad de condiciones para las empresas nacionales, otros al alarmismo ecológico (no alcanzó la experiencia de las plantas anteriores que iban a matar al río Uruguay, disparate permanentemente desmentido por una década de controles oficiales). Pero el argumento más frecuente es el tradicional “se la llevan toda”, ignorando la “que queda” por dinamización y crecimiento de toda la cadena forestal, ni la que los extranjeros pueden dejar enterrada acá, si las cosas no les marchan bien.

Como que los finlandeses tuvieran un gen de maldad. Ocurre que tienen ojos, y ven. Ven el estado calamitoso de nuestra infraestructura vial, ven la pasividad (cuando no complicidad) oficial ante el chantaje sindical que padece, por ejemplo, la industria láctea uruguaya, ven el nivel de precios y la calidad de los servicios que brindan los monopolios estatales, ven, en fin, la burocratización, el ausentismo, las carencias en educación básica y técnica. Y saben que así, las cosas no funcionan, por eso exigen (sí, exigen, no dejemos de recordar que planean invertir miles de millones de dólares) que esos problemas los solucione quien corresponda, o la inversión no se hace.

Al menos quien esto escribe, no ha visto ninguna solicitud finlandesa pidiendo que esas soluciones no alcancen a los empresarios uruguayos, seguro si llegaran a todos, también las empresas extranjeras saldrían beneficiadas. Pedir “que se nos dé a los uruguayos lo mismo que a los finlandeses” es una ingenuidad, porque no es un tema de nacionalidades, es de modelos macro económicos: para que eso ocurriera, tendría que cambiar el nuestro, dejando de priorizar el consumo para pasar a privilegiar la competitividad.

Y eso implicaría darle oxígeno a la economía pero, nada más ni nada menos que a costa de alejarse de los votos, es decir del poder. Y esos sacrificios se hacen excepcionalmente, solo cuando el que lo “solicita” pone sobre la mesa de negociación un argumento con nueve ceros.

La confusión primaria

Rodolfo M. Irigoyen
Enero de 2019

Se suele calificar a nuestra estructura productiva de base agropecuaria como generadora de modelos de desarrollo que se definen  con expresiones del tipo de “destino pastoril” o “productores de bienes primarios no diferenciados”. Lo que implica una percepción bastante peyorativa sobre los procesos productivos que la integran. Según este diagnóstico, estaríamos amarrados a un destino de simples reproductores de formas arcaicas de producción, de escasa generación de valor y baja demanda tecnológica, lo que nos impediría alcanzar los estándares de bienestar propios de las economías industriales con elevada participación de los servicios en la producción global. Entre ese diagnóstico y la conclusión de que es imprescindible la superación de la estructura productiva de base agropecuaria para que nuestra economía se desarrolle y modernice, hay un paso. Y la necesidad de darlo, parece estar en el código genético de la gran mayoría de los uruguayos.

Quienes comparten este difundido diagnóstico, suelen además asignarse la condición de adalides del desarrollo tecnológico y la modernidad. Proclives a las dicotomías simplistas, nos advierten que se agota el tiempo para optar entre vacas y computadoras, y que seguir prefiriendo los rubros tradicionales de la producción agropecuaria antes que, digamos, el desarrollo de la inteligencia artificial, nos aleja cada vez más de la virtuosa senda que conduce al primer mundo.

Y visto de lejos, o cuando no se conoce el real funcionamiento de las piezas que lo componen, el modelo resulta atractivo, legitimado por un formato de actualidad, correctamente estructurado, políticamente correcto. Pero como tantas veces ocurre en Economía, la falla está en los supuestos, en los preconceptos que se dan como verdad revelada y que están en la base, y contaminan, toda la racionalidad posterior. El resultado es recurrente en nuestra historia económica: “buenos modelos”, apadrinados por la cátedra y socialmente aceptados, pero que no funcionan.

A nuestro juicio, la “confusión primaria” radica en confundir primario con extractivo, conservando una visión malthusiana de los procesos agrícolas, donde la productividad de los mismos es constante, porque no se incorpora al análisis el resultado del cambio tecnológico. Cuando se define a priori al empresario rural como conservador, priorizador del rentismo por sobre la tasa de ganancia empresarial, con alta aversión al riesgo y por lo tanto de nula o muy baja propensión a la incorporación de tecnología (sin entrar en detalles en relación a si la inversión que la misma requiere es rentable) el “destino pastoril” deja de ser una hipótesis para convertirse en un dato de la realidad. Nuestra historia económica, en particular de la primera mitad del sXX, es determinante de esta interpretación de la realidad.

Sin desconocer la existencia de productores agropecuarios con ese perfil (en un universo de más de 40.000 integrantes, hay ejemplos de todo tipo) una cosa es la casuística, el argumento basado en el caso particular, y otra la respuesta global que da el sector ante las condiciones económicas a las que se ve enfrentado. Porque como sostiene Umberto Eco, “todo problema complejo tiene una solución simple, y está equivocada”.

Para rebatir el diagnóstico anterior, remitámonos, como no puede ser de otra forma, a los hechos concretos. Escribíamos en 2010: “En los últimos 20 años, la productividad promedio (en Kg por hectárea) de la agricultura creció al 3,7% anual, pero a partir del 2002/03 lo hizo al 7,8% anual, duplicándose en menos de una década. En el mismo período, la edad promedio a la faena de los novillos bajó de 4 a 2,5 años, sin disminuir el peso de la res y mejorando la calidad de la carne. La lechería (de 1500 a más de 2500 litros/hectárea) y el arroz (de 5 a más de 8 ton/há) también prácticamente duplicaron su productividad diversificando y mejorando la calidad de sus productos finales en apenas dos décadas. En tanto la forestación implantó 800 mil hectáreas de nuevos montes (5% de nuestro territorio productivo), plataforma primaria para las dos mayores inversiones industriales del país”

Este dinamismo continuó en el quinquenio siguiente (2011-2015) -el de mejores precios de exportación recibidos por nuestro país desde que se tienen datos- hasta que a mediados de la década se inició el derrumbe de esos precios internacionales (50% en el caso de los lácteos, entre 20 y 30% en los granos) que dejaron en evidencia que el nivel de nuestros costos de producción, mayoritariamente determinados por la política económica, era incompatible con una estrategia de país competitivo, o “agrointeligente” como empezó a denominarse a dicha estrategia.

Los procesos que determinaron este dinamismo del sector primario, en Uruguay y cualquier otro país del mundo, tienen un común denominador: son cada vez más intensivos en capital y en conocimiento. Esto no es novedad en lo referido al capital inmobiliario y al necesario para la inversión en equipos e insumos productivos: capital semoviente, infraestructura, fertilizantes, semillas, agroquímicos etcétera.  

Lo novedoso (si se puede usar este adjetivo en un proceso que se viene desarrollando durante el último cuarto de siglo, pero que corresponde porque dicho proceso aún no ha llegado a oídos de los numerosos defensores del diagnóstico descrito inicialmente) es el hecho de que nuestro agro, cuando existen al menos las condiciones económicas mínimas para que exprese su dinamismo, es un activo demandante de las TICs (Tecnologías de la Información y las Comunicaciones), nave insignia, paradojalmente, de los que declaran a ese agro como arcaico y “vía muerta” en una estrategia de desarrollo sostenible.

La actividad agropecuaria materializa un enorme volumen de conocimiento existente sobre las más variadas disciplinas, que el hombre ha acumulado a lo largo de su historia, pero que ha crecido exponencialmente en el último medio siglo. A título de ejemplo, y en titulares, mencionaremos algunas de esas disciplinas.

El mejoramiento genético convencional de animales y plantas, basado en modelos matemáticos de manejo informático, se complementa, cada vez en mayor medida, por la ingeniería genética y los marcadores moleculares. Una cosechadora, y en general toda la moderna maquinaria agrícola, es manejada por una computadora, y esta por un operador calificado. Y estos equipos, manejando programas georeferenciados, multiplican sus funciones ajustando los trabajos a niveles cada vez más detallados, mejorando la eficiencia en los rendimientos y la economía de tierra, agua e insumos.

Las prácticas agronómicas exigen crecientemente de un manejo informático calificado, demandando técnicos de alta capacitación y de software y otros insumos intensivos en conocimiento. Además de las incipientes agricultura y ganadería de precisión, las mismas demandas tecnológicas se manifiestan en las ramas industriales de preproducción, como los fertilizantes, las raciones, la ingeniería de riego, o las proveedoras de equipamiento para las industrias molineras, láctea, frigorífica, forestal, textil etcétera, son también cada vez más intensivas en el uso de las TICs. Recíprocamente, para las empresas nacionales de esta rama, la demanda de sus productos por parte de procesos agroindustriales es fundamental. Lo que existe es simbiosis, no antagonismo.

La lista de los servicios de post producción intensivos en conocimiento también es difícil de agotar. Las tecnologías de secado o maduración, de diferenciación de productos, de conservación y empaque, los requerimientos de infraestructura y logística de almacenamiento y traslados, y un largo etcétera, demandan y a su vez generan continuamente nuevo conocimiento que se incorpora al conjunto de los procesos productivos de los bienes de origen primario. Y la mayor eficiencia en estos procesos, no se alcanza siguiendo un protocolo o un manual de procedimientos importado, es el producto de una larga acumulación de conocimiento y experiencia local, que si no se usa, se pierde.

¿Y cómo evoluciona el Valor Agregado sectorial y total con los aportes tecnológicos incorporados? En 2011, el autor realizó un trabajo sobre el tema para el caso de la cadena arrocera, para las 4 décadas previas: años 70s, 80s, 90s, y 00s. En ese período, la producción promedio por década a nivel de chacra pasó de 4 a 7 toneladas por hectárea, y el área sembrada de 44 a 165 mil hectáreas. Los principales hitos del desarrollo de la cadena productiva, además del aumento de la superficie y la eficiencia primaria (que involucró enormes avances en la mejora genética y las tecnologías de manejo y preservación ambiental) fueron el de pasar a exportar el 100% de la producción en forma de arroz procesado (años 70s), el desarrollo del proceso de parbolizado (años 80s), de la producción de aceite (años 90s) y del uso de biomasa para la producción de energía eléctrica (años 00s)

Todo ello determinó que el Valor Agregado Bruto del conjunto de la cadena pasara, tomando como 100 el valor en el promedio de los 70s, a 827 en el promedio de los 00s, mientras que la participación del VAB de la producción primaria (a pesar del espectacular crecimiento de su producción física) fue cayendo, en las 4 décadas, del 56, al 52, al 47 y al 44% del total de la cadena. Y los mismos cálculos (también en base a datos oficiales fácilmente constatables) pueden hacerse para las otras cadenas agroindustriales, y los resultados son parecidos.

Entonces, cuando se duplican los volúmenes y la eficiencia en las producciones de arroz, trigo, leche o carne, cuando se desarrollan desde cero grandes producciones de soja o celulosa, el producto, en esencia, no ha cambiado (aunque haya mejorado su calidad, como ha ocurrido). Más que el producto final, lo que cambian son los procesos para alcanzarlo.  El churrasco, la leche, el grano de arroz o la harina siguen presentando sus características tradicionales, pero se producen en forma económicamente más eficiente, con menos tierra e insumos por unidad de producto generado, y con menores costos unitarios. ¿Cuánto del enorme caudal de conocimiento antes mencionado se incorporó para multiplicar la eficiencia de esos procesos productivos? Ser el más eficiente ¿no es también un “activo especializado”?

Y dejando lo tecnológico para pasar a su expresión en las Cuentas Nacionales, el tan meneado fantasma de la “baja participación del Agro en el Producto y en el Empleo” es muestra de dinamismo y no de baja importancia, como lo evidencia nuestro ejemplo del arroz y cualquier comparación internacional que se realice. La concepción original de las Cuentas Nacionales presupone un sector primario con posibilidad de crecimiento puramente horizontal, porque cualquier intensificación y/o encadenamiento de los procesos productivos implica una “fuga” de los resultados de los mismos hacia el sector secundario o al terciario, es decir hacia la industria o los servicios.

Y lo que ocurre con el Producto, también se expresa en el nivel de Empleo.

El sector primario se desarrolla reduciendo el número de trabajadores directos (empresarios y empleados), requiriendo mayor capacitación y otorgando mejores remuneraciones. Pero los aumenta en forma más que proporcional (al Producto y al Empleo) en forma indirecta en la industria y los servicios asociados, por tener el mayor poder multiplicador de nuestra economía (Red FAO-Mercosur, Fac. Ciencias Sociales, UdelaR, Inés Terra coord.)

Por eso, las opciones de reinserción laboral para los desplazados por el avance tecnológico, no deben ser visualizadas como necesariamente ajenas al sector, porque un agro dinámico genera demandas de nuevos empleos en la industria y los servicios, económicamente más atractivas y culturalmente más cercanas, y que en principio no exigen modificar el “sistema de vida” del involucrado y su familia.

Por todo lo anterior, un camino de desarrollo basado en nuestra “agrointeligencia” debería ser un objetivo nacional y como tal, ser encarado por el conjunto de la sociedad. No es promoviendo el antagonismo entre segmentos de esa misma sociedad que vamos a alcanzarlo.

Las cuentas que lo demuestran son muy sencillas, pero mucha gente no las entiende. Existen incluso Ingenieros que no las entienden. Si será grande la ignorancia. O peor aún, si será grande el poder de los prejuicios.

Carta abierta a veganos, animalistas y afines

Rodolfo M. Irigoyen
Diciembre 2018

Empecemos aclarando los tantos para evitar malos entendidos. Respecto a las explicaciones sobre el origen y el desarrollo de la vida en la Tierra, existen dos grandes líneas de pensamiento, el creacionismo y el evolucionismo. Como es sabido, la primera, que constituye una creencia (dado que no reclama ni admite comprobaciones) postula que tanto la materia inerte como los animales y las plantas, fueron originados tal cual son en un acto voluntario de un ser superior, omnipotente y eterno. En cambio la segunda, constituye una teoría científica (que no solo admite, sino que está obligada a probar sus postulados) desarrollada inicialmente por Charles Darwin a mediados del sXIX y que explica el desarrollo de las especies animales y vegetales a través de la evolución, determinada por un proceso natural de selección. Mi posicionamiento personal claramente se inscribe dentro de esta segunda línea interpretativa y con esa perspectiva realizo estos comentarios.

El mundo tal cual lo conocemos, es el resultado de uno de estos dos procesos, el creativo o el evolutivo, aunque con frecuencia se observan mezclas de ambas interpretaciones, en general como resultado del intento de las religiones de aggiornarse ante el imparable avance de la ciencia, que prueba, sin espacio para la duda, que la evolución es un proceso tan innegable como permanente y determinante del estado actual del mundo en el que vivimos.

El proceso evolutivo se desarrolló sin intervención consciente del hombre desde el inicio de los tiempos hasta hace unos 10 a 12 mil años, cuando los humanos iniciaron el proceso de domesticación de animales y plantas. Empieza así el desarrollo de la agricultura en base a lo que se denomina “selección artificial”, proceso por el cual el hombre permite que solo se multipliquen determinados animales y plantas, los más adecuados para la satisfacción de sus necesidades.

Y esta participación del hombre en los procesos naturales ha sido determinante del desarrollo de estos. No solo en las especies de animales y plantas que domesticó, diversificando y mejorando sus características productivas, sino sobre el conjunto de las especies vivas al ir modificando, con el correr de los siglos, el medio ambiente al que la vida debe adaptarse para seguir existiendo.

La magnitud de estos cambios y su velocidad de procesamiento, es difícil de imaginar. En un período de tiempo equivalente apenas al último 5% de la historia de su evolución como Homo sapiens, los humanos multiplicaron por mil su número sobre la Tierra. Y todo sigue creciendo: la población mundial, que actualmente es de 7.600 millones crecerá, según los modelos poblacionales, hasta unos 9.000 millones, para luego estancarse y posteriormente empezar a decrecer. Pero además, la duración de la vida humana es cada vez mayor: aunque con tasas diferentes, aumenta en los cinco continentes. Y la cantidad y calidad de los servicios de que la humanidad dispone tampoco dejan de multiplicarse en todo el mundo. Mil veces más población, con vida mucho más larga y necesidades infinitamente mejor satisfechas. En tanto las revoluciones tecnológicas y sociales (agrícola, industrial, institucional, informática) que son el motor de todos estos procesos, se suceden y aceleran.

Estos son datos, reales y constatables, no una opinión interesada ni el imaginario actual de alguna creencia. Con independencia de la discusión ambiental que estos procesos conllevan (que merece capítulo aparte) es innegable que en el contexto actual, las invocaciones de “retorno a lo natural”, de la “alimentación sana” de “respeto a los animales” y otras por el estilo, nos hunden en un abismo de indeterminaciones solo sostenibles negando los postulados de la evolución, y sustituyéndolos por principios creacionistas que no requieren, o mejor dicho rechazan, cualquier tipo de racionalidad.

Porque ¿a que naturaleza queremos retornar cuando en relación con ella lo único permanente es el cambio? ¿A la de nuestros abuelos, emigrantes que huían del hambre y las pestes? ¿A la antigüedad donde solo se disponía del trabajo esclavo para apenas mantener una población veinte veces menor a la actual? ¿O más atrás, a las cavernas y la lucha con el mastodonte? ¿Dónde poner el límite?

La visión bucólica de la vida es una ilusión. Quien hoy lo dude, que se interne -sin ir más lejos- en los montes del Río Negro, del Queguay o del Tacuarembó, haga contacto con algunos de los montaraces que viven en y de esos montes, y evalúe esa forma de vida. Porque hacerlo el fin de semana de turismo, con camioneta, conservadora con hielo para comestibles y bebestibles, carpa con mosquitero, motor de luz y la civilización disponible en un rato, es hacerse trampas al solitario.

¿Y la alimentación sana consiste en no comer carne, cuando nuestra especie ha evolucionado durante millones de años con ella como base de su alimentación, hasta llegar a ser el omnívoro que somos? ¿Y sin lácteos, siendo mamíferos? ¿Cambiar nuestro mapa genético para satisfacer una moda? ¿Pensamos que el camino a seguir para vivir mejor o incluso sobrevivir como especie es el de imitar al amigo de Liza Simpson que no comía “nada que produjera sombra”? ¿O manifestando contra los transgénicos, indispensables para alimentar a la humanidad? Como dijo un científico norteamericano: “los que se oponen a los transgénicos, deben hacerse responsables de las consecuencias de sus opiniones y definir quienes serían los mil millones de personas que morirían de hambre si esa tecnología no existiera”

Y vinculado con lo anterior, el “respeto” ¿a qué animales? A todos, imposible, porque no pararíamos ni al llegar a los virus. Si se refieren solo a las mascotas, el criterio es demasiado restrictivo, quedarían libradas a su suerte y su eventual desaparición todas las demás especies, desde la abeja a la ballena. Algo parecido ocurriría si solo se “respeta” a las especies de interés económico, hayan sido domesticadas o permanezcan silvestres. Y así podríamos continuar indefinidamente, sin poder ponernos de acuerdo en los límites del colectivo animal al cual dirigir nuestra protección.

Pero hay algo más grave que esta dificultad logística en relación con el “respeto animal”. Se trata del hecho de que las mascotas y demás especies domésticas no son naturales en el sentido de “no hechas por el hombre” sino todo lo contrario. Naturales son los ancestros, pero los que queremos proteger, son “artificiales”. Natural es el lobo, pero a los perros que derivan de él los hizo el hombre, desarrollando el olfato para crear al perdiguero, la velocidad para llegar al galgo, el instinto de defensa para el ovejero alemán o el de ataque para el doberman. Entonces, cuando se exige la protección de las especies domésticas o de las mascotas, no se protege lo natural, sino lo artificial, lo creado por el hombre. Y si el  hombre los hizo, el hombre tiene derecho a usarlos con los fines para los cuales los creó.

Que la vaca lechera produzca 30 litros diarios, es producto de la inteligencia, porque el hombre trabajó y trabaja desde hace varios siglos para que ese fenómeno se produzca, y gracias a él la humanidad dispone de leche. Porque la exigencia “natural” para la alimentación del ternero se satisface con la décima parte de esa producción. Y el mismo razonamiento se aplica a infinidad de productos como los diferentes tipos de carnes y demás alimentos, o a la enorme variedad de aptitudes de las diferentes especies animales (y vegetales, dicho sea de paso) desarrolladas por el trabajo y la inteligencia del hombre con el fin de satisfacer los requerimientos de la sociedad humana. Otro asunto es el “como” se realizan esos desarrollos, y en ese sentido enfoques modernos y de creciente actualidad, como el del bienestar animal, también merecen capítulo aparte.

En definitiva, los postulados animalistas como defensores de la naturaleza, no tienen ninguna consistencia. Si solo quedara lo natural, en el sentido de no producido por el hombre, las especies domésticas y de interés económico desaparecerían como tales, conservándose como especies solo con magnitudes equivalentes a una milésima parte de la actual, en forma de relictos ancestrales refugiados en sus áreas geográficas de origen.  Y la misma línea argumental se puede desarrollar para las especies vegetales.

Asimilar como lo único natural a la forma actual que muestran los seres vivos en el mundo, es un posicionamiento reaccionario, negador de la evolución y el progreso, y que implica aceptar los postulados creacionistas: las cosas son, y deben seguir siendo, tal como dios las creó.

Entonces, muchachos y muchachas que motivan esta carta, por favor un poco de coherencia. Asuman las implicancias de sus creencias, elijan el credo que mejor las represente, y empiecen a ejercitarse en el cumplimiento de sus preceptos. Como todo converso, convendría que, al menos en sus inicios, se mostraran más realistas que el rey, y empezaran eligiendo algún precepto cuyo cumplimiento les resulte particularmente penoso. Por ejemplo, podría ser el de limitar vuestra actividad sexual a los estrictos límites del matrimonio, y, ¡ni que hablar! practicándola exclusivamente con el sexo opuesto. Como es natural.

En memoria de Juan Peyrou

Rodolfo M. Irigoyen
Noviembre 2018

Se fue Juan.  Y que difícil decidirse entre poner por escrito algo de todo lo que se podría recordar de él, lo que siento como obligación o seguir encerrado, llorando y a las puteadas por cosas que van a seguir siendo tan inmutables como las injusticias de la vida o la maldita puntería de la muerte, que es lo único que tengo ganas de hacer.

Pero por primera vez, ahora que está muerto, Juan me obliga a algo. Y ahora, tan luego ahora, obliga y además pone condiciones. Porque no se puede escribir algo sobre Juan recurriendo a lugares comunes o cursilerías.

Pero a riesgo de caer en ellas, no puedo dejar de decir algo sobre su voz, porque la vi y oí sorprendiendo a Zitarrosa, hipnotizando a los niños, haciéndole un nudo en la garganta a los hombres o en el corazón a las mujeres. O al revés, vaya uno a saber.

Ni dejar de decir algo sobre su guitarra, digna compañera de nuestros grandes poetas, como la de Numa para interpretar a Osiris, como la de Chalar para interpretar a Risso. Pero también para ponerse al hombro todo el talento de una familia de músicos, acompañando al Flaco Fossati, cuarteando a La Tribu de los Soares de Lima, en dúo con su hermano Beto o inspirando a Patricio Echegoyen, además de acompañar y estimular a cuanto gurí, propio a ajeno, que “pintara”, o al menos tuviera ganas de entreverarse y aportar algo a la música de la tierra. O de la ciudad, daba lo mismo. Esa gran generosidad que le heredó la Pilarica.

Y en otros planos, lo mismo. Recorriendo el espectro político en busca de su verdad, sobre cada momento en lo temporal, sobre cada sector en lo social, sobre lo rural o lo urbano en lo territorial. Pero en todos los casos con esa honestidad que llegaba a ser abrumadora, tan generadora de anécdotas como inhibidora de rencores.

O en el plano técnico, donde nos peleamos tantas veces, cuando uno no terminaba de acomodar el cuerpo ante la intuición genial y el argumento disparatado, ante las emociones expresadas como “verdad objetiva” o el fundamento sólido disimulado bajo un dicho campero.

Pero en definitiva, todo se resume en lo humano. En el recuerdo que deja en las que fueron sus compañeras de vida, en sus hijos que lo proyectan en el tiempo a través de la sensibilidad de Santiago, la fortaleza de Martín o la conmovedora fragilidad de Maite.

Fue, como dijo en algún momento Yupanqui “rico de lindas riquezas, guitarra, amigos, canción” y ese es su mayor legado, a toda su familia y sus innumerables amigos.

Ya se Juan que te merecías  algo mejor, pero te aseguro que no es changa esto de escribir a moco tendido. Un abrazo Caballo, nos vemos en cualquier momento. Catalán

Tus risitas, Joel…

Rodolfo M. Irigoyen
Junio 2018

Sintonicé Del Sol FM a las 9 y poco sin acordarme que Darwin ya debía estar viajando al Mundial de Rusia. El Profe Geyerabide, “quedado especial” rellenaba el espacio como podía. Y el lío de ayer en la Ancap de Santa Clara estaba en la tapa de los diarios, era noticia. Resumiendo: el día del Raíd hípico, es decir el de la fiesta anual del pueblo, la única estación de servicio existente fue bloqueada impidiendo la venta de combustible, por el sindicato correspondiente, a los efectos de realizar una asamblea (de siete personas, el delegado sindical y los 6 empleados) para discutir el despido –por “notoria mala conducta”- de dicho delegado. Ante la aglomeración de vehículos en espera de combustible, los ánimos se fueron caldeando, se corrió la voz por el pueblo y se aglomeró gente exigiendo ser atendida, derivando en airadas declaraciones a los medios que cubrían el evento hípico: por un lado los usuarios, por el otro el sindicato, ambos colectivos considerando sus derechos avasallados.

Al final se llegó a una solución, y la cosa no pasó a mayores. Pero la noticia fue levantada por los medios capitalinos, siendo aprovechada por el citado “Profe” (periodista/humorista deportivo) como una preciosa oportunidad de ventilar la más rudimentaria, la más completa y tóxica retahíla de lugares comunes anti campo. Porque eso hay que reconocerle al Profe: su poder de síntesis. En 5 minutos declamó todos y cada uno de los añejos prejuicios que pautan nuestro subdesarrollo como nación, la despectiva mirada de una supuesta intelectualidad urbana hacia el resto del país, con toda la carga de ignorancia y mala leche del supuesto culto hacia los supuestos ignorantes, en clave de “clases sociales”.

A su menjurge no le faltó ningún ingrediente: los estancieros y su ocio improductivo con sus infaltables 4 por 4, los viajes a Europa de los mismos con los créditos no reembolsados al BROU, los palenques para azotar peones desde que se abolió la esclavitud, la soja y el glifosato, el no pago de impuestos con su corolario de desprecio por la asistencia social, la burla a las costumbres y pasatiempos locales como los raíds hípicos, metiendo de pasada en la bolsa al movimiento “Un solo Uruguay” etcétera.

No me importa el personaje, me duele constatar una vez más que somos incapaces de superar nuestra maldición de Malinche, la que nos mantiene sometidos a trasnochadas rencillas parroquiales “entre campo y ciudad”. Pero te soy sincero Joel, lo que realmente me calentó fueron las risitas cómplices que intercalabas en la diatriba de Geyerabide, la impunidad con que adheriste al panfletazo aprovechando que al aire no había nadie que te parara el carro, como ocurre en ese espacio cuando en lugar del payaso está

La reinserción del pecarí

Rodolfo M. Irigoyen
Setiembre 2017

Estimados: las almas sensibles (alguna hay dentro de mis lectores)  seguro se habrán emocionado, como me ocurriera a mí, viendo hace pocos días por televisión, la liberación de 100 hermosos lechones pecaríes, por parte del Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y  Medio Ambiente (MVOTMA). Dicha liberación se realizó en una “reserva privada”, anunciando los técnicos responsables que de esta forma el Pecarí se “reinsertaba en el medio rural”.

Aclaremos que el Pecarí o Pecarí de Collar (Pecarí tajacu), pariente más chico del Jabalí europeo, es originario de América, pero en Uruguay está parcial o totalmente extinguido, de donde deriva la preocupación de las autoridades medioambientales por su reinserción en nuestro territorio.

Pero junto con la noticia de la liberación, se supo gracias a una denuncia, que a los tres o cuatro días de dicha liberación se detuvo a un cazador que ya había matado a cuatro de los cien lechones, uno de los cuales ya estaba en el horno. “Así que este es el famoso pecarí” habría comentado el cazador viendo el fruto de su acción, lo que descartaba el argumento de la ignorancia como justificación de la misma.

Las sanciones fueron “ejemplarizantes”. Le requisaron el vehículo, las armas y los perros, creo que no se salvó ni el horno con la asadera. Probablemente se tratara de un cazador habitual de jabalíes, cuya caza no solo está permitida sino incluso promovida, dada su condición de plaga particularmente dañina para la ganadería y la agricultura. Hasta acá, todos de acuerdo.

Pero quiero centrarme en el “operativo” oficial, sin duda lleno de buenas intenciones. Lo primero a recordarle al MVOTMA, es que liberarlos no implica su automática reinserción en el medio rural, como este Ministerio proclamó. Sino que la liberación es el inicio de un difícil proceso de readaptación, del cual quiero destacar el riesgo derivado de la presencia de predadores de cuatro patas, además del de dos ya mencionado.

No se aclaró si el predio donde se liberaron tiene alguna defensa o control (no parece si al toque cazaron cuatro) que genere condiciones mínimas de sobrevivencia para la nueva especie introducida. Y de entrada se me ocurren dos predadores: el ya mencionado jabalí y en particular los perros asilvestrados, tan dañinos como los anteriores, que se vienen extendiendo por nuestra campaña amparados en su supuesta condición de “mascotas”.

Pero la pérdida de esta condición –si es que alguna vez la tuvieron-  no es reconocida por una serie de colectivos (humanos) que se caracterizan por su desconexión de la realidad y por consiguiente por su absoluta irresponsabilidad. Pero mucho ojo para el que se le ocurra criticarlos, es políticamente muy incorrecto y el hereje resulta despedazado en las “redes sociales” o incluso demandado ante la Justicia. Así que pongo mis blancas barbas en remojo y la dejo por acá.

Yendo al tema de fondo, creo que la liberación debería estar precedida por un proceso educativo que generara la conciencia ambiental necesaria para valorar la preservación de nuestra fauna autóctona. Dicha conciencia, además, debe generarse en armonía y no de manera antagónica al normal desarrollo de nuestros procesos productivos, como ocurre con cierto irresponsable ambientalismo de barricada que soportamos habitualmente. Pero nadie le pone el cascabel al gato.

Y luego de esta etapa previa indispensable, deben encararse todas las complejidades que implica una intervención ambiental que procura regresar a un estado de cosas que pertenece al pasado. Porque el ambiente es dinámico, y en el interín, ocurren muchas cosas que hacen que las respuestas simples a los problemas complejos resulten, como siempre, equivocadas. Un par de ejemplos, uno del exterior, el otro nuestro.

En la región del Mercantour, en los Alpes franceses, hace algunos años se llevó adelante un programa de reinserción del lobo, extinguido en Francia, “importándolo” desde la cercana Italia. Para ello se contó con la tecnología más moderna, insertándoles a los animales chips electrónicos con GPS, monitoreando todos sus pasos para promover su reinstalación y reproducción.

Pero los modernos intereses ecologistas se enfrentaron con los tradicionales de la producción ovina familiar, cuando los lobos reinsertados empezaron a diezmar las majadas de los campesinos de la región. El objetivo ambiental siempre implica desafíos socioeconómicos de resolución más compleja que el propio proceso de reinserción.

La Quebrada de los Cuervos, en el departamento de Treinta y Tres, lo mismo que otras zonas serranas del país, desde antaño albergó poblaciones de chivos silvestres. Y era tradición que los acampantes en la zona cazaran algún chivito para comerlo asado. En épocas de la dictadura militar nadie se atrevía a portar armas largas y de grueso calibre, como las necesarias para tiros de distancia, por lo que la caza se redujo o desapareció.

Por este y seguramente algún otro motivo que desconozco, la población de chivos fue aumentando hasta volverse una amenaza para la supervivencia de las palmeras de la quebrada, ya que se comían sus rebrotes. Dos objetivos ambientales que, fuera de cierto nivel de equilibrio, se vuelven antagónicos.

Cuando se planteó la posibilidad de autorizar la caza del chivo para disminuir la presión sobre la reproducción de las palmeras, no faltaron organizaciones ambientalistas que, fieles a su tradicional postura de “lo quiero todo y lo quiero ya” salieron en “defensa de la cabrita” desconociendo la complejidad del problema.

Volviendo a los pecaríes, me parecería más efectivo que la liberación directa de los lechoncitos, el mantenimiento de una población inicialmente reducida, en condiciones de semi cautividad,  que asegurara la no extinción y sea la base de una futura multiplicación, pero defendida de un ambiente que nada tiene que ver con el que existía cuando los simpáticos chanchitos correteaban por la “penillanura levemente ondulada”.

Me temo que se avecinan tiempos de frustración para los técnicos del Ministerio. Ojalá me equivoque.

Pasando raya

Rodolfo M. Irigoyen
Agosto de 2018
(Última edición de “El País Agropecuario”)

Llegamos al final de una etapa. Con independencia de recuerdos, nostalgias y buenos deseos de futuro, es el momento indicado para pasar raya e identificar aquello que hoy consideraría esencial, en el centenar largo de artículos que he publicado en esta revista a lo largo de su cuarto de siglo devida.

Tarea nada sencilla por la diversidad de aspectos tratados, la mayoría del palo agronómico o económico, pero también del ambiental y en general, sobre nuestra ruralidad y su dinámica social. Pero la restricción que implica para el desarrollo de una sociedad de base agropecuaria como la nuestra, las diferencias de visiones, realidades y posibilidades entre el campo y la ciudad -el mal llamado “divorcio”- creo que es el tema más permanente. Porque con distintas formas y manifestaciones, permea todos los estamentos socioeconómicos de nuestro país desde su inicio como nación hasta el presente.

A medida que el tiempo pasa…

Dice el filósofo español Fernando Savater: “Como me tengo por un ser racional, me alegro de haber cambiado de ideas a lo largo de mi vida. Lo asumo todo, pero que pongan siempre la fecha abajo” Doblemente sabio, porque está bien que cambiamos, pero debe existir el lógico y necesario correlato entre el cambio y el contexto que lo determina. O dicho en otra forma, con la época en que se vive.

La primera tentación del agrónomo es darle a los problemas productivos una solución tecnológica. En general para eso estudió y está bien que actúe de esa manera. Y no le faltan recursos para ello, porque la oferta tecnológica crece más allá del más agorero y malthusiano de los diagnósticos. Todavía no podemos siquiera vislumbrar donde está el techo de la bioinformática o de las TICs, o hasta adonde llegará la agricultura y la ganadería de precisión, pero todo hace pensar que la brecha entre el conocimiento técnico disponible y el efectivamente utilizable, no dejará de crecer.

Pero el optimismo inicial, y las visiones sectoriales que de él derivan, pronto sufren sus primeros revolcones. Porque a la solución tecnológica, por más eficiente que sea en sus resultados físicos, se le debe exigir que “salve el examen de microeconomía” y el técnico agropecuario no puede mantenerse al margen de dicha exigencia. Los más veteranos hemos visto demasiados fracasos económicos, en cuyo origen hubo una atractiva propuesta técnica, para no percibir los peligros del productivismo extremo.

Pero también la experiencia nos enseña (si antes ya no lo hizo nuestra propia extracción social) que no solo importa la viabilidad económica en el sentido empresarial del término, sino que las implicancias sociales de los procesos productivos no pueden pasarse por alto, en un sector rural donde las tres cuartas partes de los predios corresponden a productores familiares. Asunto de muy compleja resolución, dado que el avance tecnológico –y en muchos casos también las escalas productivas- definen funciones de producción en las que es cada vez más intensivo el uso del factor capital, si se pretende generar y mantener la competitividad imprescindible para cualquier economía, en particular una pequeña como la nuestra.

Y a las problemáticas tecnológicas, económicas y sociales, se les ha sumado en las últimas décadas la ambiental. Porque crece la población mundial y con ella la presión sobre los recursos naturales, que son finitos. Pero además, crecen también los niveles de consumo y de los desechos que de él derivan. Y en consonancia con estos fenómenos inherentes al desarrollo económico, toma cada vez más cuerpo la consciencia social sobre la necesidad de un creciente cuidado ambiental, para nosotros y para las generaciones futuras. Y como los animales también forman parte del ambiente, también nos preocupa ahora el bienestar animal -para los domésticos- y la preservación o no extinción de las especies silvestres.

¿Qué nos queda?

En alguna medida, con mayor o menor énfasis según nuestra educación y nuestras convicciones, todos transitamos las diferentes etapas antes bosquejadas. Pero como en el cuento del tesoro al final del arco iris, la meta se nos aleja a medida que creemos acercarnos a ella. Hasta que el tiempo, el implacable, nos obliga a pasar raya, a llegar, con las ponderaciones que consideremos pertinentes, a una visión integradora entre la base agropecuaria de nuestra economía, con los valores y la forma de vida de una sociedad altamente urbanizada, dado que el 70% de los uruguayos viven en el área metropolitana de Montevideo.

Y desde el fondo de nuestra historia como nación, el resultado que  hemos alcanzado, más que por su carácter integrador, se ha caracterizado por el enfrentamiento entre dos interpretaciones antagónicas respecto al tipo de país que tenemos y el que querríamos tener: al manido “divorcio campo-ciudad”, al que en repetidas ocasiones nos hemos referido desde estas páginas. La insistencia con el tema radica en la importancia que le asignamos, pues consideramos a ese antagonismo como una de las mayores restricciones el camino de desarrollo socioeconómico de nuestro país.

Decíamos en diciembre de 2016: “Dicho antagonismo (campo/ciudad) en su versión más primaria, es comprensible por las diferentes condiciones de vida, por los distintos contextos, que promueven en un caso la socialización de los problemas y las oportunidades, y por otro el aislamiento que genera individualismo, asociado a la convivencia con los riesgos derivados de la dependencia de fenómenos naturales poco controlables… pero en los países más desarrollados esas diferencias ancestrales se han ido moderando hasta alcanzar equilibrios de intereses y posibilidades,  sobre los que se asientan la prosperidad y la justicia social para el conjunto de la población…en cambio en la sociedad uruguaya siguen vigentes las visiones antagónicas”

Y no logramos superar ese forcejeo que neutraliza gran parte de los esfuerzos que, en un ambiente de mayor simbiosis social, darían un sustancial impulso a nuestro trabajoso camino de desarrollo.

En definitiva

Al pasar raya al final de esta etapa, vemos que algo de razón tuvieron en el pasado y continúan teniendo en el presente, cada una de esas visiones sobre nuestra sociedad rural. Pero cuando intentamos una síntesis, observamos que el total es diferente a la suma de las partes, porque en definitiva, se trata de un problema cultural. Y que es normal que las diferencias culturales existan, de que no se trata de superar una cultura para acceder a otra, ya que la vida urbana y la rural son esencialmente diferentes. Y esto ocurre acá pero también en los países que más progresan y de mayor desarrollo social.

El campo con su cultura y la ciudad con la suya, pero tratando de igualar en la medida de lo posible las condiciones de partida y las posibilidades de desarrollo de los habitantes de ambas realidades, sin tratar de eliminar las diferencias que son inherentes a cada una de ellas. Y por supuesto que muchas cosas pueden y deben hacerse en los planos ya mencionados, pero el denominador común esencial es el de la educación.

En la educación formal por supuesto, desde la escuela, preparando a los jóvenes para el mercado laboral, dándoles una base cultural y los principios básicos del orden social en que viven. Una educación pública de excelencia es la base para reducir las diferencias de partida, y para todo el desarrollo socioeconómico posterior. Y una parte no menor de la (buena o mala) educación, es la que se recibe a través de los medios masivos de difusión.

Al respecto denuncia el científico canadiense Steven Pinker: “El periodismo tiene un problema inherente: se concentra en acontecimientos particulares más que en las tendencias. Y le resulta más fácil tratar un hecho catastrófico que uno positivo. Hay un hábito muy extendido entre intelectuales y periodistas que consiste en destacar solo lo negativo, en describir el mundo como si estuviera siempre al borde de la catástrofe. Los periódicos podrían haber recogido ayer la noticia de que 137.000 personas escaparon de la pobreza. Es algo que lleva ocurriendo cada día desde hace 25 años, pero que nunca ha merecido un titular. Esto acaba generando una visión distorsionada del mundo”

No pretendamos igualar las condiciones de vida del campo y la ciudad, así no superaremos el “enfrentamiento” que dificulta nuestro desarrollo. Porque cada uno de esos dos segmentos de nuestra sociedad, responde a una cultura particular, y muchas características de las mismas no son intercambiables. Desarrollemos sí, como parte de la educación, la cultura de entender la realidad analizando datos objetivos, que muestren todo lo que nos queda por hacer, sin desconocer el valor de lo que ya hemos hecho. Esa capacidad de análisis es, junto a la honestidad intelectual, los atributos básicos de la prensa de calidad, la que realmente forma parte del proceso educativo.

Los límites a la “primarización”

Rodolfo M. Irigoyen
Mayo de 2018

La historia económica del Uruguay se vertebra en torno a la producción de alimentos y fibras, los que con el correr del tiempo fueron incorporando las primeras fases de los procesos industriales que aseguraban su conservación y mejoraban la eficiencia de su comercialización y traslado a sus lugares de consumo final en el país y, crecientemente, en el extranjero.

La lana, que originalmente se exportaba sucia, a fines del siglo pasado llegó a exportarse en su casi totalidad en forma lavada y peinada. La producción vacuna, en sus inicios extractiva (“vaquerías”, cueros, sebo) completó en el mismo período el proceso de faena local de toda la producción con venta de diversidad de cortes y creciente nivel de calidad.

La lechería, que durante décadas apenas cubría el consumo interno, para volverse mayoritariamente exportadora tuvo que mejorar la eficiencia productiva y la calidad del producto, y por lo menos deshidratarlo para no exportar agua. En definitiva, nuestras cadenas de producción de granos, de madera, de cítricos, en la medida que aumentaba la eficiencia de la fase primaria, se volvían exportadoras y para ello desarrollaban las imprescindibles primeras etapas de sus procesos de industrialización.

Pero luego de ese primer eslabón agroindustrial, el desarrollo de la cadena se detiene. Cortes de carne sí, pero pocos productos cárnicos más elaborados, y el incremento de valor por incorporación de nuevos atributos al producto primario (bienestar animal, carne orgánica etcétera) tampoco han tenido un desarrollo continuo y de importancia. Lo mismo para el arroz, pelado y pulido sí, pero hasta ahí. Tops de lana sí, pero no casimires o prendas. Leche en polvo sí, pero poco queso o manteca y nada de yogures, helados o lácteos más sofisticados. Troncos o chips sí, pero no muebles; celulosa sí pero no diferentes tipos de papeles o cartones.  Grano de soja por supuesto, pero no aceite o tortas proteicas.[1] Y los intentos de profundizar esos procesos, por lo general tuvieron corta vida, con “los ingresos corriendo de lengua afuera atrás de los costos”

Misiones posibles e imposibles

Porque ese es uno de los temas más recurrentes en nuestra economía: a medida que se avanza en las sucesivas fases de las cadenas productivas y nos alejamos de la base primaria donde reside nuestra competitividad (intensificándose la participación del Estado por vía cambiaria, impositiva, salarial, previsional, de tarifas, con carencias infraestructurales y de inserción externa y excesos burocráticos) el nivel de dicha competitividad se derrumba, los números se vuelven rojos y los reclamos para que “se agregue valor industrializando el producto primario” pierden todo sentido.

Por eso (entre otras cosas referidas nada menos que a la tecnología, las escalas productivas y la inserción internacional, porque los contrarios también juegan) resultan utópicas y trasnochadas las propuestas industrialistas en boga en los años 50 que sin embargo aún hoy tienen defensores en nuestro país. Aunque se trate de una “misión imposible”.

Pero si en algo hemos insistido a lo largo de los años, es en el hecho de que esa base primaria y agroindustrial es la plataforma más adecuada para el desarrollo económico de nuestro país, y que intensificarla aumentando el volumen y la eficiencia de sus procesos productivos, empezando por los primarios, es la mejor forma de agregar valor, de crecer y desarrollarnos, dado el elevado coeficiente multiplicador del sector primario sobre el resto de la economía. Esa es la misión posible e imprescindible, porque se trata de hacer más y mejor aquellas cosas en las que tenemos condiciones y experiencia en saber hacer. Que es lo que el mundo demanda y demandará.

Insistencia que también ha incluido la afirmación de que la baja participación del sector primario en el PIB no es indicador de poca importancia, sino de dinamismo, porque cuando crece la producción primaria, crecen en forma más que proporcional el valor de la producción y el volumen y calidad del empleo en la industria (que es agroindustria) y en los servicios de apoyo a los sectores primarios y secundarios, lo que reduce la participación relativa del sector primario en el total del producto y del empleo, aunque en términos absolutos haya crecido [2].

Además, a ese complejo agroindustrial se han sumado en las últimas décadas los servicios turísticos e incipientes desarrollos de las tecnologías de la información y las comunicaciones, actividades estas en nada contrapuestas, sino más bien complementarias (en particular las TICs) del desarrollo agroindustrial.

Se da vuelta la taba

Descartada la opción de “país industrial”, y con el sector agropecuario cada vez más jaqueado por la caída de sus precios de exportación que en mayor o menor medida se diera a partir del 2014, sin que los costos de producción se ajustaran en el mismo sentido, los engranajes económicos empezaron a girar en sentido opuesto a lo que habían hecho en la primera mitad de la década, cuando la bonanza proveniente de los precios externos disimulaba nuestras carencias. Empieza a gestarse un ciclo recesivo.

Cuando esto ocurre, se genera globalmente menos valor, se produce menos o de menor calidad porque se invierte menos, pero se logran disminuir los costos unitarios de producción, conservándose eventualmente la viabilidad de la unidad microeconómica, de las empresas, a las que no se les puede pedir que se inmolen en aras del bienestar del resto del país.

Y ese “ajuste extensivo” (proceso al que, con perdón de la semántica, hemos denominado de “primarización”) se da por la razón del artillero: nuestra estructura de costos nos obliga al mismo, dado que la mejora tecnológica necesaria para revertir el ciclo e incrementar la producción, es intensiva en los insumos más caros y sufre la creciente y extractiva participación del Estado.

Y esto se produce tanto a nivel rural como industrial. La producción ovina acosada por la inseguridad e intensiva en mano de obra, no deja de reducirse en el campo, y a nivel comercial la mitad de la lana se vuelve a exportar sucia, luchando las pocas peinadurías sobrevivientes para no cerrar sus puertas. En la carne vacuna, quizá nuestro rubro más competitivo, crece la exportación en pié de terneros que se dejan de criar y engordar en nuestro suelo, una actividad que ha dinamizado a la cría pero que es resistida por la industria frigorífica.

La agricultura ha reducido su área de siembra en una tercera parte, las plantas lecheras de menor escala cierran o caminan por la cornisa mientras los tamberos “achicaban” enviando vacas lecheras a faena. La cadena arrocera, durante décadas orgullo del país por su productividad, su integración agroindustrial, su cuidado ambiental en integración con la ganadería y su industrialización de subproductos, está al borde del colapso, con reducción del área sembrada de 200 mil a menos de 150 mil hectáreas, con productores que liquidan la empresa y emigran buscando nuevos horizontes. Y el panorama es similar en los otros cereales, en la vitivinicultura[3], en la producción forestal de madera para aserrado, que exporta troncos porque es imposible exportar los árboles en pié.

Y tras cuernos, palos. Porque nuestros industriales ven con envidia las condiciones que se le brindan a las transnacionales de la celulosa, e ingenuamente solicitan las mismas medidas para la industria nacional. Como si ellos también tuvieran la posibilidad de exigir las condiciones que necesitan para funcionar normalmente, manejando (ante un gobierno hambriento de inversiones) la promesa de invertir 3 o 4 mil millones de dólares, usando el convincente argumento  de “lo tomas o lo dejas”[4].

El difícil equilibrio

Llegamos así a la necesidad estratégica de desarrollar y consolidar un equilibrio en el desarrollo de nuestras cadenas agroindustriales, que reconozca la imposibilidad objetiva de profundizar los procesos de industrialización, sin caer por ello en la opción opuesta, el retroceso de los mismos hacia su base primaria. Porque esa caída significaría una crítica disminución en los niveles de producción y empleo del país, en paralelo con un grave deterioro de su balanza comercial.

A título de ejemplo, consideremos el caso de la exportación de ganado en pie, tema particularmente conflictivo entre los intereses de la ganadería de carne y los de la industria frigorífica. Lo primero es dejar muy en claro que la autorización de la realización de dicha práctica comercial ha sido muy beneficiosa, constituyéndose en un elemento dinamizador del conjunto de la cadena, lo que implica, entre otras cosas, que probablemente no haya disminuido la oferta final de ganado para faena (permanente temor de la industria frigorífica) al compensarse lo exportado en pie por el aumento de la productividad global de la ganadería. Si esto hasta ahora ha sido así (como creemos que efectivamente ha ocurrido) no habría motivo de preocupación.

Lo que preocupa es la tendencia. Porque en los inicios de esta práctica comercial se podía estimar –mejor dicho, hemos estimado- que el número de cabezas exportadas en pie podría no superar el 10% del total de la faena, sin embargo en 2017 ya alcanzó al 15% [5] de ese total. Si las distorsiones de mercado de los países importadores (actualmente Turquía, que grava con altos aranceles a la importación de carne pero no la de animales vivos) y continúan los problemas de competitividad de nuestras agroindustrias, ese porcentaje podría seguir subiendo.

Y la pregunta obligada es ¿hasta cuándo? sin que ello implique un deterioro irreversible de nuestra estructura industrial. Porque una crisis generalizada de la industria sería un golpe terrible para el conjunto de la cadena cárnica, como ya lo ha experimentado nuestra ganadería en el pasado.

Y al menos como hipótesis, cabe plantearse la posibilidad que esto ocurra, por ejemplo si algún gran país productor decide incrementar sus existencias vacunas y maneja con ese fin herramientas cambiarias y/o arancelarias  contra las que una economía pequeña como la nuestra no podría competir. No se debe perder de vista el hecho de que nuestro actual estatus sanitario -que nos enorgullece en una comparación regional- podría operar en ese caso en sentido opuesto, al impedir la importación de terneros de otro origen para compensar la caída de nuestras existencias [6].

Por supuesto que la defensa de nuestra estructura agroindustrial de primera transformación no nos libera de los siempre latentes conflictos al interior de estas cadenas, entre los productores primarios y la industria, se llamen estas frigoríficos, peinadurías, industria láctea, molinos o bodegas. Y los intentos de los productores de transformarse en industriales (incluyendo organizaciones cooperativas) para captar los supuestos excesivos márgenes de los frigoríficos han sido en general un fracaso. Con “ejemplos garrafales”.

En definitiva

Se trata de un tema muy delicado, con susceptibilidades a flor de piel, incluyendo prejuicios que operan en forma automática, porque no se puede negar la existencia de razones históricas para que esto ocurra. Pero es imprescindible usar las luces altas, y entender que los objetivos generales que a todos involucran, deben priorizarse frente a cualquier reivindicación de aspectos sectoriales, por fundados que estos sean.

Y siempre está la tentación de pedir que el Estado arbitre, según unos con autorizaciones irrestrictas o según otros con límites arbitrarios, incluyendo “cajoneos” temporales de las autorizaciones para la exportación. También la historia nos demuestra que, en casos como este, son peores los remedios que la enfermedad.

A nuestro juicio el único remedio válido para alcanzar el equilibrio en el que se dinamiza la fase primaria de la producción de carne sin comprometer por ello la viabilidad de la industria frigorífica, lo que maximiza el resultado económico de toda la cadena, no pasa por las limitaciones o las prohibiciones, sino por las imprescindibles medidas macroeconómicas tendientes a mejorar la competitividad del conjunto del complejo agroindustrial.

Si esto se consigue, la exportación en pie deberá continuar, sin otra restricción ni apoyo que los que le brinde el libre funcionamiento económico, se trate de algún nicho de mercado externo o de su condición de “válvula de escape” ante eventuales problemas comerciales.

Seguirá cumpliendo así el papel dinamizador que hasta ahora ha desempeñado, sin que llegue a implicar un riesgo para la industria frigorífica, cuya existencia y buen funcionamiento es imprescindible por tratarse de un sector económico clave para nuestro desarrollo.

[1] Y en todos los alimentos, ni soñar con los probióticos o la nutrigenómica, ni en general con los actuales avances en el campo de la bioinformática.

[2] El Producto Bruto Interno mide la producción de bienes y servicios de uso final, mientras que el agropecuario es un sector productor de bienes de uso intermedio.

[3] Empujada en la rodada por la absurda  “Tolerancia cero”

[4] Adjudican a Al Capone la siguiente frase: “un argumento, con una pistola en la mano, es mucho más convincente que el argumento solo”  Dicho con todo respeto, solo para poner un poco de humor.

[5] Como se exportan en general solo machos,  el porcentaje de disminución de novillos para faena en Uruguay  puede ubicarse en aproximadamente el doble de dicha cifra.

[6] Como si puede hacer la industria topista, que importa lana de la región para compensar las exportaciones uruguayas de lana sucia.

Pequeños y medianos

 Rodolfo M. Irigoyen
Febrero de 2018

La expresión “pequeños y medianos productores” aparece muchas veces formando parte de los reclamos del sector agropecuario, pero siempre en las respuestas que da el gobierno, cuando las da, a dichos reclamos.

Porque “los problemas del agro” (dejemos de lado a los originados en fenómenos climáticos) tienen dos grandes componentes. El económico, expresión de problemas de competitividad que atañe a parte o a todo el sector y deriva tanto del exterior (precios internacionales, cuotas, aranceles etcétera) como de las políticas internas (cambiaria, impositiva, de precios y tarifas, ambientales, de inserción internacional etcétera).

El otro componente es el social, y en general se define por el conjunto de “los pequeños y medianos productores”. Éstos, dada su relativamente escasa  dotación de factores productivos (tierra, capital de trabajo, nivel tecnológico etcétera), suelen no alcanzar niveles de ingresos suficientes para un desarrollo familiar sostenible. Constituyen, junto a los asalariados rurales, la cantera social que nutre la secular migración campo-ciudad, en Uruguay y en cualquier país del mundo en que exista desarrollo económico

Los reclamos del campo, como el actual de los “autoconvocados”, aluden a los problemas económicos, que en mayor o menor medida atañen a todo el sector y se originan, salvo excepciones, en las políticas internas del ámbito macroeconómico. Y para fortalecer el mensaje, se hace mención explícita al componente social del problema, dado que en tiempo de vacas flacas, las de los “pequeños y medianos” son por supuesto las más flacas de todas.

El Poder Ejecutivo que arrancó ninguneando a las gremiales rurales en noviembre respondiendo a su pedido de reunión fijándola para el 23 de febrero (solo le faltó decir “vengan después del carnaval”), a mediados de enero cuando el descontento eclosiona y en dos semanas cubre al país, se reúne primero con las gremiales, luego recibe el comunicado del encuentro de Durazno y en pocas horas le da respuesta.

Y por supuesto solo considera el componente social del problema: es una ayuda a los pequeños y medianos productores de los subsectores en peores condiciones Pero no ayuda mucho. Astori estimó el costo del total de los apoyos prometidos ¡en 7 millones de dólares! aproximadamente el 1 por mil de las exportaciones anuales de origen agropecuario.

Y la política económica no se toca. Aunque en la política económica esté el problema, porque la competitividad del agro se juega mucho más en el Ministerio de Economía y Finanzas, incluso en el de Relaciones Exteriores, que en el de Ganadería, Agricultura y Pesca.

Las implicancias del desarrollo tecnológico

 En la Edad Media, en Europa, el 95% de la población vivía en el campo. Hoy, pocos siglos después, en los países desarrollados europeos menos del 5% de la población se dedica directamente a las tareas del agro. En el sXIX, cuando el monje y economista inglés Thomas Malthus -mientras se desarrollaba en su país la Revolución Industrial- publicó sus pronósticos catastrofistas relativos al futuro de hambrunas que esperaba a la humanidad, la población mundial no alcanzaba a los 1.000 millones de personas. Hoy llega a los 7.500 millones y no solo no hay hambrunas, sino que esa enorme población está mucho mejor alimentada.

Esas enormes transformaciones tienen una constante: el extraordinario proceso de avance tecnológico que está en la base del crecimiento, condición imprescindible para el desarrollo económico de la humanidad. Avance tecnológico que no solo no se detiene sino que se acelera, pasando por “revoluciones productivas” que cada vez se producen con menores intervalos de tiempo. En el agro en el último medio siglo las principales fueron 3: la de las semillas híbridas, la de los transgénicos y la de las TICs (Tecnologías de la Innovación y las Comunicaciones).

El desarrollo tecnológico lleva a un aumento permanente de las escalas de producción, tanto tecnológicas como de capital, proceso que inexorablemente va reduciendo los requerimientos de mano de obra, en simultáneo con el aumento de la calificación que la misma requiere. Cada vez en mayor medida, las empresas agropecuarias se vuelven “capital intensivas”. De este modo, van quedando marginadas las empresas “de menor tamaño económico”, con menores posibilidades de acompañar el permanente incremento de la escala tecnológica y financiera.

Y el proceso de intensificación que implica la incorporación de tecnología, es por lo general intensivo en el uso de energía, en sus distintas formas. En Uruguay, en rubros como el arroz o la lechería es alta la participación de la energía eléctrica, y en todas las cadenas productivas, el gasoil, que mueve toda la maquinaria agrícola y transporta toda la producción, es un insumo estratégico. De ahí que tanto la educación como los costos energéticos manejados por el Estado, sean claves para la competitividad sectorial.

El problema social

Pero el principal problema social que este proceso genera, no es el de la exclusión de los pequeños productores, que es inevitable por ser inherente al avance técnico y por consiguiente al desarrollo económico. El gran problema es que los que queden excluidos como productores, no dispongan de opciones dignas de reinserción laboral y familiar.

Porque en los predios pequeños, los aspectos económicos se confunden con los sociales, vinculados con la sobrevivencia del núcleo familiar y su estilo de vida, en particular en aquellos en que la familia vive en el predio y no tiene fuentes de ingreso provenientes de fuera del sector.

Por eso, las opciones de reinserción laboral  no deben ser visualizadas como ajenas al agro, como las trasnochadas  estrategias industrialistas, sino que un agro dinámico genera demandas de nuevos empleos y actividades de servicios de apoyo a la pre y post producción –como ocurrió en el trienio 2011/2013- económicamente más atractivas y culturalmente más cercanas, porque en principio no exigen modificar el “sistema de vida”.

Y esta dinamización sectorial, que solo puede provenir del sector externo y/o de la macroeconomía, es la mejor forma de descentralización, de impulso al desarrollo de pueblos y ciudades del interior, a no seguir multiplicando los asentamientos de marginados, a mejorar la cantidad y la calidad del empleo. Pero como somos tomadores de precios y no tenemos ni podemos esperar los de hace 5 años, tenemos que bajar los costos. Y eso es lo que piden los “autoconvocados” (además de los ingenuos que creyeron en las promesas electorales de la “Reforma del Estado”).

Para usar un término caro al elenco gobernante, las mejoras que brinde el gobierno deben ser “inclusivas”. Que incluyan a todo el sector, no solo a los que están “en números rojos”. Porque dado su efecto multiplicador,[1] esa es la mejor forma de ayudar a los pequeños y medianos, ayudando a la vez, económica y socialmente a todo el país.

No porque los grandes necesiten ayuda para llegar a fin de mes. Lo que necesitan es que sus inversiones tengan un retorno positivo, para que no dejen de invertir, para que demanden trabajo y servicios, para que aumenten la producción, y no se vayan a hacerlo a otro lado. Por eso es falso el sonsonete oficialista de “sacarle al que más tiene para darle al que no tiene nada”.

Porque la única forma sostenible de darle a los que tienen poco o nada, es no impidiendo que entre todos, grandes, medianos y pequeños, se produzca cada vez más y de mejor calidad. Cuando la torta crece, crecen todas las tajadas. De ahí el acierto de que el movimiento de los “autoconvocados” se haya denominado “Un solo Uruguay”.

En definitiva

Que la gente bien intencionada que hay en el gobierno, no escuche a los que menean fantasmas desestabilizadores. Ni a los ideólogos capaces de transformar cualquier acontecimiento del ámbito rural en una manifestación de la lucha de clases en el agro. Ya se trate de una pelea a rebencazos entre dos paisanos, como del hecho de que el propietario de un campo se lo alquile a otro productor para que lo explote.

Y que quede claro. No se desconoce la importancia que puede tener una ayuda puntual –por pequeña que sea- a un reducido número de productores en situación crítica. Bienvenida sea. Pero no nos confundamos, esa ayuda “no mueve la aguja” de la situación de un sector que está en problemas. Y el conjunto de la economía ya lo empezó a percibir (se acelera el proceso de cierre de empresas rurales o vinculadas al agro) y lo hará con mayor impacto en el futuro cercano.

Aprendamos de Nueva Zelandia y Australia, países desarrollados que no reniegan de su base económica agropecuaria ni de exportar bienes primarios dentro de ámbitos de Tratados de Libre Comercio, y que adaptan sus políticas a los vaivenes de los mercados internacionales de sus productos de exportación, priorizando la competitividad sistémica del país.

Quizá si nuestro equipo económico intercalara algún viaje a Auckland o Wellington, a Sidney o Melbourne, entre los muy frecuentes a Washington, podríamos internalizar nuevas enseñanzas que nos volvieran más eficientes y competitivos en lo económico, para así poder desarrollar la solidaridad social con mayor responsabilidad y sobre bases más sostenibles. Porque la soberbia de creer que lo sabemos todo, es muy mala consejera.

[1] El sector agropecuario es el que presenta mayores efectos de difusión sobre la economía en su conjunto en comparación con el resto de las actividades productivas.  (Inés Terra  Coord. Informe Técnico Proyecto Red Mercosur-FAO Julio 2009)

Otra vez, la culpa la tiene la renta…

Rodolfo M. Irigoyen
Enero de 2018

En pleno furor de los “autoconvocados”, el ex Ministro de Ganadería y actual Senador (primer suplente de José Mujica), Andrés Berterreche, publicó un artículo (“Ta raro, ¿nó?” La diaria, 13/1/18) sobre dicho movimiento, donde, entre otros aspectos, pone énfasis en el hecho de que en la plataforma de reclamos, no figura la baja “del costo de la renta de la tierra”, “el mayor de todos los costos”, ese “impuesto ciego y privado”.

Como en el número de diciembre de El País Agropecuario publiqué “El tema de la renta de la tierra” donde sostengo una posición que está en las antípodas de la de Berterreche, considero pertinente volver sobre el tema.

Lo primero y fundamental a destacar, es que los costos que se mencionan en dicha plataforma, son los varios que determina el Estado, como los derivados de las tarifas y precios de energía y combustibles, los impuestos, los ajustes a los salarios, los costos de transacción adicionales implícitos en la inexistencia del ferrocarril y las carreteras destrozadas, en la madeja burocrática a desenredar para cualquier trámite, y un largo etcétera. Capítulo aparte, la pérdida de competitividad derivada de la política cambiaria. Al respecto, nada más ilustrativo que consultar la evolución de la competitividad del país frente al resto del mundo, que calcula y publica el Banco Central.

Pero el costo de las rentas lo fija el mercado. Y resulta que, según Berterreche, estas no han disminuido con la magnitud esperable en un escenario de crisis, como el que denuncian los productores. Denuncias que se fundarían, cuando no, en intereses político-electorales de la oposición. Pero los datos del propio MGAP/DIEA muestran lo contrario: no solo disminuyó el valor promedio de las rentas, sino que también lo hizo la superficie arrendada.

La superficie total que se explota bajo arrendamiento, según los últimos datos censales disponibles (2011) es de 4 millones 305 mil hectáreas, mientras que la que se explota en propiedad alcanza los 10 millones 483 mil hectáreas, sobre un total de 16 millones 357 mil hectáreas. Lo anterior arroja porcentajes de 26,3 y 64,1% respectivamente para arrendamiento y propiedad. El 9,6% residual lo explica la suma de formas menores de tenencia (aparcerías, pastoreo, ocupantes etcétera).
Los últimos datos disponibles muestran que, entre el 2014 y 2016, la nueva superficie arrendada pasó de 888 mil hectáreas en el primer año, a 653 mil hectáreas en el segundo, lo que representa una caída del 26%. Mientras que el valor promedio -que engloba rentas muy diferentes como ganaderas, agrícolas, lecheras, forestales- pasó en el mismo período de 174 a 113 US$/Há, o sea se redujo en un 35%. El 2017 no habría presentado grandes cambios, según las cifras disponibles: en el primer semestre, respecto a igual período del año anterior, la nueva superficie disminuyó un 6% mientras el precio promedio aumentó un 2%.

Cabe mencionar que una práctica que se ha ido extendiendo, es la fijación de la renta en producto por hectárea, según la aptitud o el destino productivo del campo: Kilos de carne o de soja, litros de leche o bolsas de arroz, valorados a los precios del momento, con lo que arrendador y arrendatario “van en el mismo barco”. Esto mejora la equidad y la viabilidad financiera del negocio, al determinar un ajuste automático del valor monetario de la renta en función de la variable clave para definir, para el arrendatario la rentabilidad del negocio, y para el arrendador, el potencial económico de su campo.

Por último veamos qué pasó con el total bajo producción de los principales rubros agrícolas, donde los arrendamientos tienen mayor importancia, alcanzando aproximadamente a la mitad de lo cultivado. En los últimos 5 años la superficie de soja se redujo en unas 300 mil hectáreas (1,4 a 1,1 millones de há), la de trigo casi en dos terceras partes (de 550 a 200 mil hectáreas) y la de arroz en un cuarto (de 200 a 150 mil hectáreas). Setecientas mil hectáreas menos reuniendo los 3 cultivos, a lo que se deben sumar los campos que abandonan la lechería, donde se liquidan por lo menos 3 tambos por semana. Superficies obligadas a ir a formas de producción menos intensivas, de menores costos, como la ganadería, apoyando el sostenimiento, e incluso el leve repunte de la producción de carne.

En conclusión, el argumento de que “el problema son las rentas” es insostenible. La superficie bajo arrendamiento explica un porcentaje relativamente menor del total bajo producción, y los nuevos arrendamientos, en los últimos años vienen además disminuyendo tanto en superficie como en valor unitario. Por otra parte, las superficies totales bajo cultivo también disminuyen.

Pero Berterreche no se equivoca solo en esto, aunque es lo esencial. Los problemas no los ven los gobernantes que manejan, más mal que bien, indicadores aislados. Lo ve el que pasa raya, y ese solo es el productor. Y ese número final, para algunos solo puede ser el resultado de una inversión, pero para la mayoría es cosa de vida o muerte. Por eso se protesta.

Quedan muchos aspectos sin tratar. Queda el preocupante tema del endeudamiento -con bancos y proveedores- en niveles “pre crisis”. Queda el análisis de la inflexibilidad a la baja de las rentas, en particular en la agricultura de secano y en el arroz, por aspectos inerciales de la estructura productiva de las empresas, que lleva a asumir niveles de riesgo no recomendables en un clima errático como el nuestro. O a liquidar y emigrar al Paraguay, como están haciendo los arroceros del norte.

Pero sobre todo queda sin tratar un asunto central: “el dato” económico que realmente muestra el estado del negocio, es el del ingreso neto luego del pago de la renta. Aunque sea un productor propietario, debe diferenciarlo, de lo contrario puede creer que le está yendo bien en el negocio, cuando en realidad le está yendo mal, pero le cierran las cuentas porque no paga renta. Y de esa forma “se come” el retorno económico de un ahorro pasado, hecho en ese o en otro negocio, por él mismo o sus predecesores.

Y otro tema no menos central: cuando se cuestiona la existencia o el monto de las rentas, se está considerando a la tierra como un “bien libre”, injustamente apropiado por cierta clase social, como ocurría hace 200 o 300 años, y que criticaban Ricardo y Marx en la primera mitad del sXIX. Pero que sea “libre” o “económico” es independiente de su importancia o condición de esencial. El aire o la luz solar son tanto o más esenciales que la tierra en la producción de alimentos, sin embargo son de libre acceso. Pero con el desarrollo histórico del capitalismo, la tierra se transformó en un bien económico, con un mercado, con precios que derivan de su oferta y su demanda, tanto para su compra-venta como para su alquiler. Pero serían temas para otro artículo.

Lo demás de la nota que nos ocupa sale sobrando. Los estereotipos personales, inevitables en un colectivo de 40 mil productores inmerso en las redes sociales; el disimulo respecto a que las mayores críticas a la conducción política del agro vienen del interior del gobierno y del propio MGAP, y son por lo general originadas por el sector político del propio autor de la nota. A título de ejemplo, los interminables conflictos por la aprobación de eventos transgénicos, por la ley de riego, por los impuestos a la tierra, por el TLC con Chile etcétera.

Y sobre todo, sale sobrando la ironía respecto a los salarios rurales, el guiño cómplice al lector urbano que en general desconoce la realidad del campo. Que un visitante frecuente y confeso admirador del modelo cubano, sugiera que deberían dar vergüenza los salarios de los trabajadores rurales uruguayos, que en promedio ganan por día cuatro veces lo que gana por mes un trabajador rural cubano, solo sirve para fogonear la división de la ciudad con el campo, que es la mayor condena al desarrollo socioeconómico de nuestro país.

Escrito el 15 de Enero de 2018.