Pronosticar el pasado

Rodolfo M. Irigoyen
Noviembre de 2020

A la barra del boliche de los viernes,
en sus 35 años de vida y discusiones

Alguien, de quien no recuerdo el nombre pero sí su espíritu crítico, afirmó que “los estadísticos, como los pintores, tienen la mala costumbre de enamorarse de sus modelos”. Y esta irónica comparación puede generalizarse de los estadísticos a cualquiera que trabaje con probabilidades, como los economistas, y, más recientes en el tiempo, a los predictores del clima. Que siempre los hubo, pero que, como en tantos otros ámbitos, han evolucionado a lo largo del tiempo desde la superstición a la artesanía, y de esta a las metodologías de base científica. De los arúspices a Flammarión, y de la observación del cielo y las nubes, a la modelización de los parámetros meteorológicos monitoreados desde observatorios terrestres y con sensores remotos instalados en aviones y satélites.

Pero por extraordinario que sea el avance científico, es imposible hacer predicciones sobre el estado y la evolución del clima con absoluta certeza. Son tantos, tan diferentes y tan interrelaccionados los parámetros meteorológicos a considerar en cada momento y lugar del planeta, que es imprescindible el uso de las probabilidades en los pronósticos de ocurrencia de cualquier evento climático. Y como es lógico, el rango de probabilidades de dicha ocurrencia se va ampliando en la medida que el pronóstico va aumentando su plazo de ocurrencia. El estado del tiempo del día puede determinarse con mucha exactitud, pero a medida que pasan los días, semanas o meses, la precisión disminuye exponencialmente.

Y como las comunicaciones son ya, además de instantáneas, de acceso universal, el uso de la información meteorológica que hace un siglo solo importaba a los campesinos, se ha difundido al conjunto de la población, y por lo tanto atiende a necesidades tan variadas como la de los procesos productivos (en particular a los desarrollados a cielo abierto, como los agrícolas), pero también a todo lo vinculado con la vida cotidiana de la gente, ya sea en cómo vestirse o cuando salir de vacaciones.

Centrándonos en los procesos agropecuarios, la utilidad de las predicciones climáticas está directamente vinculada con los ciclos biológicos de las especies vegetales y animales involucradas. En un cultivo hortícola, el anuncio de la posibilidad de una granizada en las horas subsiguientes puede ser de vida o muerte; en un cultivo cerealero como el trigo u oleaginoso como la soja, cuyos ciclos completos abarcan un semestre (centrados aproximadamente en invierno-primavera para el primero y en verano-otoño para la segunda) los anuncios deben cubrir esos períodos, con mayor inmediatez para las épocas de siembra y de mediano plazo para otros momentos claves como los de llenado del grano o cosecha.

En producciones ganaderas, las diferentes fases de los ciclos productivos requieren a su vez de plazos variados en los pronósticos: muy cortos como la posibilidad de un temporal en el momento del pico de parición de las ovejas y en forma más general, de mediano y largo plazo en las sucesivas fases o eslabones de la producción vacuna. Y por supuesto, de una visión global de largo plazo para la forestación y de plazos variados para toda la gama de producciones frutícolas.

Resumiendo: con los pronósticos meteorológicos nos enfrentamos con algo parecido a una definición de la Economía, que enuncia: “administración de necesidades ilimitadas con recursos escasos” refiriéndose en este caso la escasez, a las posibilidades de dar la mayor certeza posible a dichos pronósticos.

Hace 10 años, en un artículo sobre este mismo tema (“Será nena o será varón” El País Agropecuario, Set/2010) explicábamos “El fenómeno ENOS (El Niño Oscilación Sur) hace referencia a una temperatura de las aguas de la región ecuatorial del Océano Pacífico superior a la de la media histórica, a lo que se asocia un nivel de precipitaciones en nuestra región superior al promedio (“El Niño”).  Cuando esas temperaturas son menores a las del promedio histórico, las precipitaciones tienden a ser inferiores al promedio (La Niña)”

Tanto se han popularizado desde entonces los términos de “Niño” y Niña” para referirse a la probable ocurrencia de años con lluvias mayores o menores a las “normales”, que ya se los usa como sustantivos, ajenos a la connotación probabilística que les es inherente. Es decir que si tuvimos un año relativamente  seco se habla de que tuvimos un año Niña, o que fue Niño en el caso opuesto. Por lo que, cuando se retorna al carácter predictivo, la confianza se fortalece, porque sicológicamente se lo asocia a un hecho consumado, y no a una probabilidad como es en realidad.

Por otra parte el año “normal” o “promedio” no existe en la realidad, más que como un dato estadístico. En más de 100 años de registro de lluvias en La Estanzuela, no hay uno solo en el que el volumen y la distribución mensual de las lluvias coincida con los que arroja el promedio de todo el período, lo que da la pauta del carácter errático de nuestro clima.

Quien no haya vivido la angustia de ver comprometida la satisfacción de las necesidades básicas de su familia (e incluso la vida de sus animales) por causas absolutamente ajenas a su responsabilidad; o quien, sin haberlas vivido personalmente, las haya leído en los clásicos sobre la cultura campesina española, italiana o francesa de donde provienen nuestros abuelos, o incluso en obras de autores nacionales como por ejemplo “Raíz al sol” de Eliseo Salvador Porta sobre la sequía, difícilmente comprenderá el valor que representa la posibilidad de reducir la incertidumbre en relación con los eventos climáticos.  

Y trascendiendo el ámbito campesino, que por aproximación, en nuestra sociedad rural se identifica con la producción familiar, toda forma empresarial de producción gana en competitividad en la medida que logre disminuir esa incertidumbre. Claro que existen medidas paliativas, pero el costo de las mismas también entra, ponderado por eficacia y oportunidad, en el cálculo económico del cual depende la sobrevivencia de la empresa. Y esto, con las relativizaciones del caso, es válido a cualquier escala de tamaño físico, económico o tecnológico.

El pronóstico de ocurrencia de Niño, Normalidad o Niña, y sus matices, siempre se expresan en porcentajes, y los mismos por definición son mayores que 0 y menores que 100, es decir que nunca se afirma terminantemente (porque es imposible hacerlo) que se va a concretar o no, alguna de estas 3 posibilidades. La certeza absoluta no existe, cada una de las 3 opciones tiene su probabilidad de ocurrencia, mayor que 0 y menor que 100, y la suma de las 3 da 100. La metodología es muy clara, e inevitablemente probabilística, en función de la complejidad mencionada con anterioridad.

Pero su aplicación en la práctica es muy relativa, porque la posibilidad de que lo poco probable ocurra, es lo que da sentido al concepto mismo de probabilidad. Dicho crudamente, puede pasar cualquier cosa, el dato “estadístico” no da ninguna garantía de ocurrencia. Además, la suma de las dos opciones menos probables suele ser mayor que la más probable (por ej. con un 40% de probabilidad de  Niña, la suma de Normal y Niño con 30% para cada uno, da 60%) y cualquiera de las dos opciones “minoritarias” le pueden servir a quien tiene que tomar una decisión trascendente.

Cada uno maneja el riesgo a su modo, y hay argumentos para todos los gustos. Pero si el anuncio no aporta algo significativo, termina funcionando como un “placebo climático”. Esto no significa una crítica a la metodología que estamos analizando, eso tiene que quedar bien claro. Significa sí un reconocimiento a sus limitaciones porque no alcanza con decir que todo es probable, eso ya es sabido.

A nuestro juicio no habría mejor forma de confirmar o desechar la supuesta correlación positiva entre los desvíos de la temperatura del agua en el Pacífico ecuatorial y el nivel de precipitaciones en nuestro país (sabiendo que existen y son importantes otros fenómenos que influyen en el nivel y oportunidad de dichas precipitaciones) que usando la información sobre los anuncios realizados en todos los años desde que la metodología se utiliza, y comparándolo con lo que realmente ocurrió a posteriori.

Con la misma herramienta estadística con que se determinó la correlación, se puede confirmar o rechazar su validez. Porque ahora, cuando un pronóstico no se cumple, se argumenta que era solo una probabilidad (lo que es obvio) y se hace un nuevo pronóstico para el próximo trimestre. Quizá un estudio de ese tipo ya esté hecho y yo no lo conozca, pero si así fuera, esa confirmación o rechazo a partir de los hechos consumados, merecería la mayor difusión.

Pronosticar es sinónimo de predecir, de anunciar, y por lo tanto implica un vínculo indisoluble con el futuro y la incertidumbre. El pasado en cambio es conocido y queda cada vez registrado con mayor detalle. Lo de “pronosticar el pasado” debe interpretarse entonces como un oxímoron, que es el uso de dos conceptos de sentido opuesto, generando un absurdo que obliga a entender el sentido metafórico de la expresión, induciéndonos a no dejar de lado las enseñanzas que nos brinda la experiencia. 

El matemático John Allen Paulos afirma que en la vida “La única certidumbre es la incertidumbre, y la única seguridad es aprender a vivir con la inseguridad” Esto no lo podemos cambiar (quizá para nuestro bien) pero si la tan difundida metodología del fenómeno ENOS mostrara una confirmación fáctica de sus postulados básicos, aumentaría la confianza en sus anuncios, mejorando, en la medida de lo posible, el manejo del riesgo en nuestras actividades productivas. Y para eso, nada mejor que pronosticar el pasado.

Los artículos del autor están en www.rodolfomartinirigoyen.uy

Un caso de numerofobia

Rodolfo M. Irigoyen
Octubre de 2020

El fenómeno está muy extendido. Y ya no se trata del desconocimiento pasivo producto de la ignorancia. El repudio “a los números” al que aludo en el título, se manifiesta a pesar de la universalización de la educación básica, como una especie de apostasía a la mensura necesaria para definir la real importancia de ideas o pensamientos. Y además de existir se lo exhibe, no sin orgullo, por gran parte de nuestra intelectualidad. 

Pero solo me referiré a “un caso” por dos razones: la primera, por no correr el riesgo, al generalizar, de estar cometiendo alguna injusticia más o menos flagrante. Y la segunda, porque para el desarrollo del tema me viene bien tomar como referencia a una querida amiga, que no por entrañable deja de personificar, a cabalidad, al monótono fenómeno que pretendo describir.

Con un “mirá que atrás de los números hay personas” me previene cada vez que intento respaldar un posicionamiento respecto a alguna idea de carácter social o político con datos de la realidad objetiva. Como si los números no pudieran ayudar, o incluso ser imprescindibles, para definir la magnitud o el sentido de la relación costo/beneficio de la idea en cuestión.

Además, a las operaciones básicas con números (de las que se ocupa la aritmética) mi amiga las denomina “las matemáticas”, error que se origina en la propia escuela primaria, donde suma, resta, multiplicación y división así son denominadas por las maestras y los programas oficiales. “No se me dan bien las matemáticas” se convierte así en una excusa elegante cuando no se sabe calcular un porcentaje.

¡Y andá a explicarle a mi amiga que las matemáticas, más que realizar operaciones básicas con números, manejan en realidad abstracciones! Como considerar que cuando se enseña el abecedario, se está haciendo literatura. Aquello de “condición necesaria pero no suficiente” para ella no tiene ningún sentido.

Pero así como me resulta imposible eludir las discusiones con alguien que confunde con tanta tenacidad lo objetivo con lo emocional, tampoco puedo evitar el recurso al sarcasmo, para el que, según dicen, tengo facilidad natural. Porque la ridiculización siempre termina por ser contraproducente al provocar en el  interlocutor, como reacción defensiva, la radicalización de sus posiciones, con independencia de lo absurdo de las mismas.

Mi amiga es tenaz apostadora al “5 de Oro”, con el agravante de “seguir” una determinada combinación de números que, sospecho, le evocan alguna fecha u otro recuerdo para ella grato. Y digo agravante no porque esa combinación de números tenga menor probabilidad de salir premiada, sino por la esclavitud que implica la obligatoriedad de la apuesta ante el terror de olvidarse a hacerla ¡y justo ese día salga! Lo que implica un reforzamiento de la adicción y, por supuesto el aumento del monto apostado y sin duda perdido, sin que el contumaz “seguimiento” mejore las esmirriadas probabilidades de ganancia respecto a otra combinación de cinco cifras cualesquiera dentro de las 48 disponibles.

Las probabilidades de sacar el pozo milagroso es algo que la tiene sin cuidado mientras exista la posibilidad, por aquello de que “alguien lo saca”. Inútil argumentar que los grandes pozos son producto de la acumulación de muchos sorteos en los que nadie acierta (bueno, sí la Banca que lo administra y el Estado que lo grava). Y más que inútil, contraproducente el cálculo de la probabilidad de acertar con una apuesta simple, que es de 1 en 1:700.000 en el pozo de Oro y de 1 en 340.000 en el de Plata. Porque mi amiga considera que esas posibilidades remotas no son más que números cuya única utilidad es la de marear a la gente.

Buscando darle a los números una expresión más vinculada con la vida humana, le explico que esas probabilidades equivalen a que, con 6 sorteos semanales, haciendo una jugada simple por vez, en promedio una persona sacará el Pozo de Oro una vez cada 5.500 años, y el de Plata una vez cada 1.100 años, con un gasto anual de unos 9.200 pesos en el primer caso y de unos 12.500 en el segundo. Pero mi amiga cree firmemente que estos cálculos pueden ser válidos para mí porque los hago, pero no tienen nada que ver con ella, a la que en cualquier momento le puede sonreir la fortuna. Cuando reconozco que eso, por poco probable que sea, en teoría puede ocurrir, me responde con una sonrisa sobradora que me deja sin palabras.

En la clásica división cultural entre humanistas y cientificistas, mi amiga, demás está decirlo, toma ferviente partido por los primeros. Porque para ella la división puede resumirse en gente con corazón, y gente sin él. Y como ella es gente con corazón, un pensamiento que la preocupa es el del hambre en el mundo. En este punto coincidimos, pero cuando le afirmo que las cosas van mejorando y que en poco tiempo (en términos históricos) el problema desaparecerá, me acusa de oscuras complicidades con “el sistema”.

Y me veo obligado a volver a los números. Según los últimos datos, explico, la población del planeta ronda los 7.700 millones de personas de los cuales cerca de 1.000 millones tienen problemas de desnutrición, número que se mantiene sin cambios significativos durante el último medio siglo. O sea que la afirmación de que el hambre en el mundo perdura, es correcta. Hasta acá vamos bien.

La cosa se complica cuando le afirmo que es imprescindible, para entender cabalmente el problema, sacar la cuenta complementaria: en el mismo período ¿cuántas personas tuvieron una alimentación suficiente? Hace medio siglo éramos 3.000 millones y 1.000 eran desnutridos, por lo tanto se alimentaban bien 2.000 millones (2 de cada 3 habitantes), y esa misma cuenta en la actualidad -ahora con algo menos de 1.000 millones de desnutridos- nos arroja un número de suficientemente alimentados de algo más de 6.700 millones (6 de cada 7). O sea que en 50 años aunque el número absoluto de desnutridos disminuye poco, el de los que tienen una alimentación suficiente se multiplica por 3,35, es decir crece un 235%.

El gesto de hastío que mi amiga mantuvo durante mi explicación, no cesa con la conclusión de la misma. En tono despectivo me aclara que ella no entra en ese terreno, y me pregunta si considero a la obesidad y a la comida chatarra como una buena alimentación, y no acepta que una cosa es lo que se produce y otra el uso que se hace de esa producción. “El sistema” generó el milagro productivo que permitió que la población mundial más que se duplicara, sostengo, con la misma libertad para procrear que para elegir las cantidades y componentes de los alimentos consumidos (con las obvias relativizaciones económicas).

Y como el avance tecnológico que permitió ese crecimiento no solo sigue creciendo sino que lo hace cada vez con mayor velocidad, el hambre pronto será asunto superado El tema es de educación, le insisto, pero cierra la discusión con un “¡cómo se nota que vos nunca pasaste hambre!” Y de nuevo tengo que darme por vencido.

Mi amiga le tiene “miedo a los aviones”, lo que no la ha privado de hacer sus viajes, pero sufriendo de picos de estrés en despegues y aterrizajes. En uno  que compartimos, observé que era la primera que rompía a aplaudir cada vez que el piloto depositaba el avión en la pista. Pero más estresado quedé yo cuando durante el vuelo, y para mitigar sus temores, intenté convencerla de que el avión era, por kilómetro recorrido, el medio de transporte más seguro, y que más peligro corríamos en el viaje en auto hacia o desde el aeropuerto a la ciudad, que durante el vuelo.

Pero con el argumento de que si el avión se cae morimos todos, ella mataba las estadísticas de accidentes y riesgos relativos de distintos medios de transporte. La estocada final me la dio recordándome que los terroristas cuando ponen una bomba en un avión matan a cientos de personas, y cuando realizan un atentado mediante un auto, difícilmente mueren  más de 4 o 5 personas. Juré no viajar más con ella.

Pero su aversión “a las matemáticas” no le impide usar términos estadísticos puestos de moda con fines ajenos a su significado: por ejemplo “exponencialmente” como sinónimo de importante. Cuando cometí el error de hacérselo ver, e incluso sugerí que dicho uso delataba la ignorancia del correcto sentido del término, no le cayó bien. Ella sostenía que el término era correctamente usado cuando hacía referencia a un hecho de alcance internacional.

Para no meterme en el berenjenal que implicaría hablar de funciones, bases y signo de los exponentes, me limité a decir que un crecimiento exponencial de cualquier variable puede ser desde muy importante a muy pequeño, y que incluso lo  anterior también puede ocurrir pero con signo negativo, o sea ser decreciente en lugar de creciente. Y que por lo tanto el comportamiento exponencial no implica necesariamente importancia, pero sí que la tasa de variación es creciente en términos absolutos. Es decir, que crece o decrece, mucho o poco, pero cada vez más rápido.

Y como ejemplo puse la evolución del covid19, que en ausencia de controles crece, inicialmente con lentitud pero acelerándose la difusión con cada día que pasa. Era lo que ella estaba esperando. Salteándose impúdicamente lo esencial del asunto, y asumiendo un tono reflexivo, me dijo que no le extrañaba que yo justificara las exorbitantes ganancias que el covid19 brindaría a las transnacionales farmacéuticas, interesadas como era obvio que estaban, en que la pandemia se expandiera.

Pero sus preocupaciones de alcance planetario lejos están de agotarse con  la pandemia: el cambio climático es otro de sus preferidos. Cuando le expongo algunas dudas al respecto y le afirmo que me preocupa más el estado de nuestra ciudad por la basura en las calles y los contenedores desbordados, y que el planeta bien o mal se las arregla solo y así lo seguirá haciendo, no puede creer lo que oye. ¿Te parece poca prueba el hecho de que la temperatura que era de 10 grados a  las 8 de la mañana, a las 2 de  la tarde ya sea del doble?¿Un 100% de aumento en apenas 6  horas?

Lo que pasa en un día –normal por otra parte- se refiere al estado del tiempo, le digo. El clima lo determina el promedio de las principales variables en el largo plazo, por ejemplo 30 años. Se mide en años, no en horas. Y por otra parte, si la temperatura hubiera pasado de 1 a 2 grados, según tus cálculos también se habría duplicado, también habría crecido el 100%, pero ni nos habríamos percatado de un cambio tan extraordinario.

Cuando empieza a decirme que lo que pasa es que yo no soy friolento, la interrumpo para explicarle que la escala centígrada es una escala relativa (100 intervalos iguales entre los puntos de congelamiento y de ebullición del agua) pero no una escala absoluta de temperatura, con la que puedan determinarse proporciones, como son los porcentajes. Y que esta escala se inicia en el cero absoluto, equivalente a -273 °C. Haciendo las sumas y divisiones correspondientes, el cambio de 10 a 20 grados equivale a un crecimiento del 3,35% y el de 1 a 2 grados del 0,36% por lo que nos resulta imperceptible. Con lo que trato de advertirle contra el uso indiscriminado de los porcentajes. Porque por más que aritméticamente estén bien calculados, su utilidad siempre estará condicionada por el contexto en el que sean usados.

Como hace siempre que le conviene, mi amiga cambió de tema, diciéndome que a ella lo que la preocupada era su salud, ya que andaba con un fuerte dolor en las cervicales. Y que cuando el médico le preguntó de cuánto era en una escala de 0 a 5, ella le había contestado “4”. Supongo en que coincidirían, le dije, en que 0 era la ausencia de dolor, pero ¿cómo definían el 5? “obvio, como el máximo” respondió. Me quedé con la curiosidad de saber cuánto daba el máximo dividido 5, porque cuando se  lo pregunté se levantó furiosa, me gritó que cada día estaba más facho, y se despidió con un portazo.

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La genuina distribución del ingreso que hace el Agro

Rodolfo M. Irigoyen
Setiembre de 2020

En la mezcla de ignorancia y mala fé que caracterizó al tratamiento recibido por el campo argentino durante el gobierno de Cristina Fernández, la mandataria utilizó con frecuencia un argumento que pretendía justificar los impuestos confiscatorios que su gobierno imponía a la producción agropecuaria: “¿Si el Gobierno no distribuye el ingreso, quién lo va a hacer?”

A nadie debería escapar, y menos a un profesional de ciencias sociales como es la abogada Cristina Fernández, que la “Distribución del Ingreso” es una de las ramas de estudio fundamentales de la Economía, de tanta importancia como la “Generación” del mismo. Distribución que se fundamenta en la forma y cuantía con que el libre funcionamiento de las variables económicas retribuye el aporte que hacen a dicho funcionamiento los diferentes agentes económicos involucrados: salarios, ganancias o tasas de interés, para trabajadores, empresarios o rentistas, por mencionar a los más importantes.

El paso siguiente, este sí tarea del Gobierno, es el de la redistribución. El prefijo “re” demuestra que ya existía una distribución “natural” (de la Economía) a la que se suma, modificándola en el sentido que desee, la acción “social” del Gobierno: impuestos, tarifas, subsidios, pensiones etcétera. No confundir estas dos fases que determinan, la primera lo que cada persona genera y la segunda lo que efectivamente recibe como retribución a su aporte (presente y pasado) a la Economía del país, es esencial en cualquier discusión sobre estos temas, incluyendo la del posicionamiento político que adopta cada ciudadano.

Pero la discusión sobre la distribución no debería hacerse, como en general se hace, con independencia del nivel de generación. Porque una distribución bastante uniforme o “progresiva” (coeficiente de Gini con valores cercanos a 0, que indica baja concentración) puede ser producto de un alto nivel de ingreso distribuido con equidad como es el caso de los países escandinavos, o puede, si el ingreso total es raquítico, ser muestra de que la miseria es pareja, como en algunos países africanos o caribeños. En cambio una concentración alta o “regresiva” (coeficiente de Gini más cercanos al valor de 1) cuando el valor absoluto de lo generado es también elevado, no implica necesariamente que los de menores ingresos sean pobres. Si la torta es muy grande, aún las menores tajadas son abundantes.

El sector agropecuario produce principalmente lo que en economía se denominan “bienes intermedios” (animales en pie, porotos de soja. troncos de árboles, trigo o arroz cáscara, leche cruda, lana sucia, etcétera) porque no son para consumo directo sino para abastecer a industrias que los transforman en bienes de consumo final.

Esto hace que como sector económico tenga un alto poder multiplicador sobre los demás sectores de la economía. Porque la mayoría de nuestras industrias dependen del agro para abastecerse de materias primas, y gran parte de los servicios se desarrollan para cubrir diferentes necesidades del propio sector primario y de las agroindustrias.

En el año 2009, un equipo de técnicos del Departamento de Economía de la Facultad de Ciencias Sociales de la UdelaR liderado por la economista Inés Terra, trabajando en base a la matriz de insumo-producto de la economía uruguaya disponible en el momento, midió estas interrelaciones, concluyendo que el agro es el sector con mayores efectos multiplicadores sobre los demás sectores de la economía, con diferencias entre subsectores agropecuarios en relación con su impacto en el ingreso y el empleo.

Lo que quiere decir que tanto el sector secundario (industrias) como el terciario (servicios) tienen, en la economía uruguaya, una elevada dependencia del sector primario en sus niveles de  generación de ingreso y creación de empleo. De donde se concluye que el agro es determinante (no directa pero sí indirectamente) de que el conjunto de nuestra economía genere más ingreso y genere más empleo, y en consecuencia es un sector clave para que nuestro país sea más rico, pero además, para que esa riqueza se distribuya en forma más equitativa. Por eso lo de “genuina distribución del ingreso”: porque el agro distribuye multiplicando, no recortando.

En su discurso de cierre de la Exposición del Prado del sábado 19, el Presidente de la ARU, Ing. Gabriel Capurro, detallando los aportes del agro a la economía en su conjunto, mencionó que “muchos productores utilizan distintos mecanismos de distribución de ingresos con sus trabajadores” enumerando a continuación distintos tipos de retribuciones “en especie” en paralelo con el sueldo correspondiente (ayudas para adquisición de vehículos y bienes inmuebles, tenencia de animales en el campo, envíos de carne y leche para la familia del trabajador etcétera).

Costumbres estas bien conocidas en campaña, pero que a mi juicio vienen siendo cada vez menos frecuentes, con los cambios de los sistemas productivos y las relaciones laborales, el aumento de la movilidad de los trabajadores con la proliferación de las motos, que  hacen posible que el trabajador viaje casi a diario a su casa, y no como antaño cuando lo hacía semanal o quincenalmente (y llevaba “carne y leche” de la estancia), con el acceso universal a las comunicaciones y los medios de pago electrónicos y la bancarización de operaciones.

Además, las “ayudas” implican una complicación contable (deben computarse como retribuciones monetarias frente al BPS) y una fuente de reclamos (y posibles conflictos) de los trabajadores nuevos que no las reciben. Las nuevas generaciones de empresarios en general optan por “pagar más pero evitar complicaciones”.

No habían pasado 48 horas del discurso cuando ya en tertulias ciudadanas se hacía mención al tema, usándolo como argumento probatorio de que el agro no distribuye ingresos, al afirmar que “en el campo se confunde distribución del ingreso con caridad”. Y que lo justo sería que mejoraran los sueldos para que el trabajador fuera libre y no dependiera de la eventual benevolencia del patrón.

Ojalá las discrepancias solo fueran producto de la semántica, pero la historia de las relaciones entre nuestro campo y nuestra ciudad perduran, probando lo contrario. El vacío conceptual que genera el desconocimiento de los sistemas productivos e incluso de las costumbres, de la  cultura del campo, tiende a ser ocupado por los prejuicios. Y el prejuicio de que el agro genera poco valor (desconociendo los factores multiplicadores antes descriptos) y paga bajos sueldos (porque algunos empleados de mayor antigüedad y confianza reciban complementos “en especie”, que, por otra parte ellos prefieren) también perdura, inmune al paso del tiempo y los cambios en las estructuras productivas.

Pero la lógica y la mecánica de las variables macroeconómicas también son inmunes al talenteo políticamente correcto y su habitual menosprecio por la actividad rural. “Corrección política” que, por ejemplo, nunca se ha tomado el trabajo de explicar cómo, siendo Uruguay un país de economía con neta base agropecuaria, ocupa uno de los tres lugares entre los de mayor PBI per cápita de América Latina y, simultáneamente, otro entre los tres países con mejor distribución del ingreso del continente. Y no en la coyuntura actual, sino en forma permanente, y desde hace décadas.

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La cría es la clave

Rodolfo M. Irigoyen
Agosto de 2020

Aclaremos (como dijo el vasco mientras le echaba agua a la leche): este artículo no está destinado a perinatólogos y pediatras, como su título puede sugerir, aunque a un nivel suficientemente general seguramente ellos también estarían de acuerdo con la afirmación, dado que como explican los expertos en el tema, gran parte de las potencialidades futuras del ser humano se definen durante su gestación y primeros años de vida.

Se refiere a la cría vacuna. Pero tampoco a los aspectos fisiológicos de la misma, terreno reservado a la medicina veterinaria, sino a las implicancias de esta primera fase de la cadena cárnica, en primer lugar agroeconómicas, y en definitiva atinentes al desarrollo socioeconómico general del país

El “destino” agropecuario del Uruguay está, para bien o para mal, suficientemente diagnosticado, por lo que no abundaremos en el tema. Un somero repaso de algunos macro indicadores del potencial productivo del país en relación con el resto del mundo lo confirma en plenitud. Por ejemplo, Uruguay dispone de 5 hectáreas de buenos suelos productivos de pradera por habitante, nivel 15 veces superior al  promedio mundial.

Sobre esos suelos se pueden desarrollar, sin limitaciones en cantidad o distribución de otros recursos naturales básicos como agua y sol, toda la amplia gama de producciones de clima templado sin que sean obstaculizadas por accidentes geográficos, sísmicos o climáticos de importancia, salvo alguna sequía ocasional, y con excelente salida al mar a solo 500 km de la región productiva más alejada. Y lo que no es menor, esta dotación de recursos ha sido la base sobre la que se ha desarrollado, desde la Colonia hasta el presente, una sociedad rural con fuerzas productivas, valores culturales y desarrollo empresarial e institucional sin los cuales la dotación de recursos naturales vería muy limitadas las posibilidades de manifestar su potencialidad.

O sea que estamos en muy buenas condiciones, y en el mejor momento histórico -salvando tropezones sanitarios como el actual y como consecuencias del mismo también económicos- que esperemos se empiecen a solucionar en los próximos meses cuando se cuente con las vacunas necesarias para detener la epidemia del covid19. Porque la demanda de alimentos crece en cantidad y calidad: en el mundo somos unos 7.600 millones de habitantes de los cuales, según los últimos datos de la ONU, un 9% sufre de desnutrición, cuando hace 50 años éramos 3.000 millones y los desnutridos llegaban al 35%. El gigantesco aumento constatado en la producción mundial de alimentos (que muchas personas hagan un mal uso individual de los mismos es otro tema) no cesa de acelerarse y los uruguayos salimos particularmente beneficiados por el mismo. Porque en el mundo aumenta exponencialmente la demanda en cantidad y calidad, precisamente de lo que sabemos hacer y estamos en condiciones de producir más y mejor.

En su excelente análisis de la época de oro del fútbol uruguayo “Del Ferrocarril al Tango” Aldo Mazzucchelli afirma (pág. 283) que “En 1924, en Colombes, Uruguay se demostró y le demostró al resto del mundo que hay una carta que cualquiera puede jugar, que es la carta de la excelencia”. Se dirá que la cita es traída de los pelos, pero creo que es muy pertinente, porque se aplica directamente a nosotros, y en algo que nos llega muy de cerca.

Claro que tenemos muchos problemas, en cantidad y calidad de los alimentos que producimos, y me estoy refiriendo en particular a la carne vacuna. Pero quizá en ningún otro sector hemos avanzado tanto y tenemos tan alto potencial para seguir avanzando en una producción de excelencia (algunos de esos problemas y potenciales los analicé en “La resiliencia de la cría vacuna” de febrero pasado en esta misma página).

Porque en la medida que el sector se desarrolla generando más valor y empleo en el propio sector y en la industria y los servicios asociados, a la cadena cárnica se le agregan nuevos eslabones que atienden a la creciente tracción que sobre la misma ejerce la demanda internacional. Son nuevos procesos, nuevas opciones de producción que tienen en común la dependencia, en última instancia, del primer eslabón de la cadena: el de la cría. Cuantas más opciones de productos intermedios y finales en relación con diferentes edades, tiempos de producción, atributos físicos y ambientales del producto y mercados de destino, más “clave” se vuelve el proceso inicial que provee de la materia prima necesaria para todas esas opciones. De “la cría problema” a “la cría oportunidad”.

Y esta confluencia dinamizadora sobre el proceso de cría es la forma genuina de lograr la mejora de los coeficientes productivos del mismo. Décadas de “medidas de promoción de la cría” a través de la investigación y la extensión agropecuaria con este fin, y seguíamos  sin producir más terneros. Porque las cadenas no sirven para empujar, sirven para tirar. Los datos preliminares de existencias vacunas del 2020 recién publicados por el MGAP indican que se habría superado “la meta” de los 3 millones de terneros destetados (el discreto encanto del número redondo).

El aumento de la cantidad de terneros no proviene de una hipotética mejora del  porcentaje de procreos, sino del aumento de vientres en el rodeo, con procreos entorno al promedio histórico, con las naturales oscilaciones derivadas del efecto año. Crece la ponderación de la cría porque se entoran más vacas, porque no se espera que las vaquillonas tengan 3 años para entorarlas mejorando así el PER (parámetro de eficiencia reproductiva: relación entre el total de hembras en edad reproductiva efectivamente entoradas en relación al total de cabezas del rodeo).

Pero por encima de precisiones tecnológicas, el dinamismo de la cría es el mejor indicador para el conjunto del sector, no solo para los productores criadores. También para los de ciclo completo, para recriadores, invernadores de machos y hembras de distintas edades tanto a campo como a corral, para trabajadores, industriales, comerciantes y proveedores de servicios de pre y post producción. En definitiva, para la salud de la economía, cualquiera sea el parámetro que se considere: el PBI, el empleo, el balance fiscal o las exportaciones.

Si este dinamismo sectorial se consolida y se solucionan las restricciones de origen sanitario, aumentará también la presión por la importación de terneros. Y esto se visualiza como un riesgo, como una “competencia desleal” por muchos productores, y con seguridad lo es para aquellos de menor capacidad de competencia.

Si se concreta la importación, es probable que se creen condiciones de segmentación del mercado, abasteciendo al consumo interno y a los destinos de exportación de menores exigencias de calidad con animales producidos en base a terneros importados y los nacionales de menor competitividad. Y a un mercado externo de excelencia (junto al interno de mayor poder adquisitivo) se destinaría la carne producida sobre la base de los terneros más competitivos, ya sea por genética, sistema de cría y engorde, escala y atributos ambientales, conformando el segmento que consolidaría  la imagen de Uruguay como proveedor de carnes de excelencia. Es un proceso que ya se ha iniciado con la importación de cortes, pero que se generalizaría con la de animales vivos.

Y como siempre ocurre con los “dolores del crecimiento”, algunos productores de menor nivel económico y tecnológico, y/o de nuestra franja etaria “en situación de riesgo”, no estarán en condiciones de acompañar el proceso. Pero el dinamismo que se genere les creará, a los más jóvenes o emprendedores, otras opciones laborales, como ocurrió en el boom agrícola del 2012-14. Demás está insistir con la importancia de la mejora de nuestra política de comercio exterior, para lograr acuerdos comerciales (con o sin el Mercosur) que disminuya el nivel de los aranceles que pagamos, dejando así de “regalar competitividad” a nuestros competidores. Otra herramienta para paliar dolores de crecimiento.

Pero también es necesario recordar que la cría, clave en la dinamización ganadera y en definitiva económica que hemos bosquejado, es, dentro de la ganadería, el proceso productivo más complejo, sin duda el que exige mayores conocimientos, no solo técnicos sino también de experiencia, de saber hacer las cosas pues requiere de un manejo ponderado y simultáneo de aspectos de distinta naturaleza, con imprescindible atención directa del conjunto del proceso.

Por lo tanto no es multiplicable a escala, y aunque es intensivo en capital, en este proceso no todo “se soluciona con plata”. A nivel microeconómico entonces, los riesgos, al igual que los potenciales beneficios económicos, son también altos, lo que deberá ser tenido en cuenta por los nuevos inversores sin experiencia previa en el conjunto del proceso de cría vacuna.

Y poniendo las luces largas en relación al conjunto de la cadena cárnica, por el lado del volumen de la demanda futura, no hay techo. Los miles de millones de personas que han salido y están saliendo de la pobreza en el mundo, satisfechas sus necesidades básicas, quieren mejorar su dieta, y eso se llama más y mejores proteínas, en especial de carnes rojas, mal que le pese a los que han renegado de nuestra condición de omnívaros.

Y por el lado de calidad, la nutracéutica y otras ciencias emergentes nos muestran que estamos en pañales. Cada vez más los alimentos serán también medicamentos. Cada vez hay más ingeniería genética de productos y de procesos que aumentan la eficiencia y la calidad de todo tipo de atributos, cada vez más las TICs permean todos los procesos productivos involucrados, y un largo etcétera.

Y como colofón, el mantra que nos obsesiona: toda esta visión, que pretende aportar a una ineludible estrategia nacional de “país agro inteligente”, seguro será denostada, de un plumazo, por quienes siguen sosteniendo que agro es sinónimo de atraso. Porque como dijo Churchill “Un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión, y no quiere cambiar de tema”

Los artículos del autor están en www.rodolfomartinirigoyen.uy

Entre el bosque y la pradera

Rodolfo M. Irigoyen

El Uruguay es una gran pradera con forma de país. ¿Quién no recuerda la primera aproximación escolar a una definición de nuestro territorio como una “penillanura levemente ondulada”? Leves ondulaciones entre las que corrían miles de cañadas, que formaban cientos de arroyos, que desembocaban en decenas de ríos. Aguas provenientes de lluvias también más o menos uniformes a lo largo del año completando en promedio unos 1.200 mm anuales (algo parecido a un promedio mundial)  con oscilaciones de temperatura sin grandes extremos entorno a un promedio de más o menos 18 °C, determinando un clima que, aunque errático en la coyuntura, se define como templado. Sin accidentes montañosos, ni zonas desérticas ni pantanosas, sin sobresaltos sísmicos, lejos de zonas de ciclones.

En alguna oportunidad en el extranjero, al describir a mi país en base a todas estas “carencias de grandes cosas”, me han preguntado: ¿y entonces, ustedes que tienen? A lo que he contestado: “Uruguay es el país de los grandes detalles”. Afirmación retórica, pero que como es imposible de refutar, me permitía salir del paso preservando la dignidad nacional. Porque además está la superficie, que anda por el promedio del total de los países del mundo, pero en el vecindario somos unos enanos.

Y también en la demografía. Sacando la zona metropolitana y las capitales departamentales, el área rural del resto del territorio tiene densidad poblacional poco mayor que la de un desierto. Nuestra superficie al Norte del Río Negro es similar a la suma de Bélgica, Holanda y Luxemburgo, pero allá viven casi 30 millones de personas y acá 400 mil. En mis pesadillas, me despierto en un Uruguay ocupado por 100 millones de chinos, o indios, o coreanos o japoneses que a través de un gran traductor universal –tipo Gran Hermano- nos pasan un comunicado de este tipo: “Se acabó el recreo. Vinimos para quedarnos. Los uruguayos no tienen derecho a poseer 50 veces más tierra fértil per cápita que nosotros”.

Pero los recursos naturales (suelos, clima, biodiversidad, horas-luz disponibles, topografía, acceso al mar etc) por más favorables que sean, determinan potencialidades, pero no hacen al país. Al país lo hacen las personas y sus instituciones, su educación, su cultura, sus tradiciones democráticas y liberales, su desarrollo económico y la justicia social. Al respecto, repasemos como nos veía y nos ve un observador neutral y capacitado, como el Nobel Mario Vargas Llosa, que recuerda así su primera visita a Uruguay en 1966:

“Todo era civilizado y notable en este pequeño país de clase media, donde no se veían los gigantescos contrastes económicos y sociales que aparecían por doquier en América Latina. Todo me sorprendía: lo bien escritos que estaban sus periódicos y revistas, la excelencia de sus teatros y su pléyade de brillantes escritores y críticos… levantaba la moral de un sudamericano llegar a ese país. Lo más admirable en él era su democracia, la más genuina de todo el continente. Era la tierra de José Enrique Rodó, cuyas ideas fueron una religión para los jóvenes del siglo pasado en todo el continente… una sociedad que, construida sobre el principio insoslayable de la libertad aseguraba la justicia social… un pequeño país, la excepción a la regla en América Latina por sus instituciones representativas, su amor a la libertad y a la cultura, y por haber representado durante tantos años la civilización en un continente que parecía haber elegido la barbarie”

Algunos dirán que tanto elogio y destaque provienen de simpatías políticas con el gobierno de aquel momento. Pero también los  reiteró en 2013 expresando: “la libertad tiene sus riesgos y quien cree en ella debe estar dispuesto a correrlos. Así lo ha entendido el gobierno de José Mujica al legalizar la marihuana y el matrimonio gay. Y hay que aplaudirlo”. Y en 2019 cuando homenajeando a Mario Benedetti enfatizó: “el paso de esa coalición de izquierda (el Frente Amplio) por el poder dejó en claro que es posible en América Latina un gobierno de izquierda sin que sucumba la libertad”.

Y ahora, con un gobierno de signo opuesto, y en tiempos de pandemia, pone a Uruguay como ejemplo ante el mundo, cuando escribe: “Enfrentando las presiones de la oposición de izquierda e incluso la de su propia alianza de blancos y colorados, Lacalle Pou se resistió a imponer una cuarentena, como han hecho tantos países en el mundo. Apeló a la responsabilidad de los ciudadanos… y aseguró que no habría subida de impuestos porque la empresa privada jugaría un papel central en la recuperación económica del país luego de la catástrofe… el resultado de esta política, no puede haber sido más positiva”.

Si a visiones como esta le agregamos los fríos datos estadísticos de que Uruguay desde hace décadas (quizá desde hace un siglo) se ubica siempre entre los tres primeros países de América Latina en generación de PIB per cápita y en la progresividad de su distribución, podemos concluir que estamos bien, o muy bien, aunque, como siempre, depende de con quién nos comparemos. Y como en este país es obligatorio incluir una metáfora futbolera en todo artículo o discurso, acá va la mía: “Jugando en las ligas americanas, nadie ha ganado tantas copas América como nosotros; pero si jugáramos en las ligas escandinavas, no nos salvaríamos del descenso”  

Del elogio del pasado y el presente, surge la responsabilidad ante el futuro: somos, en la región, los que estamos en mejores condiciones relativas para transitar un camino de desarrollo económico sostenible, socialmente justo y ambientalmente amigable. De nosotros depende, conscientes de que formamos parte de un mundo globalizado (y de que la suerte también influye).

Lo primero es desembarazarnos de los añejos prejuicios que interpretan lo “primario” en términos de una cronología histórica, como  “lo que se hacía antes”, es decir como sinónimo del atraso. Lo atrasado es esta percepción, que no entiende (por ignorancia o interés) que las viejas definiciones contables de la economía, contemporáneas de la agricultura extractiva (recoger lo que nos da la naturaleza), nada tienen que ver con el funcionamiento de las modernas cadenas de valor agroindustrial, donde un tomate transgénico  tiene tanta tecnología incorporada como un teléfono celular, donde una leche con probióticos producida en un tambo robotizado puede basarse en la misma materia prima que Google Maps (estoy hablando del conocimiento), o que las informaciones que nos envían los satélites sirven tanto para preservar un suelo de la erosión, para optimizar la dosis de fertilización de un cultivo, o para evitar que los aviones se estrellen o los barcos encallen.

Las diversidad de las producciones de clima templado que pueden desarrollarse en nuestros suelos, constituyen un potencial que va de la mano con la necesidad de ponderar con eficiencia las opciones productivas que mejor concilien los aspectos económicos con los de sostenibilidad ambiental, en una estrategia de desarrollo “agrointeligente”. Tenemos la posibilidad de elegir, pero la libertad siempre implica alguna pérdida.

Recordemos que en el plano agropecuario Uruguay también cuenta con algunas políticas de Estado, es decir aquellas que tienen una vigencia de largo plazo por su carácter estratégico y que no están sometidas a los cambios de rumbo de los diferentes gobiernos. Representan un importante “activo intangible”, porque definen reglas de juego confiables y duraderas, esenciales para promover inversiones y dar estabilidad a la estructura económica del país.

Y estas políticas han sido determinantes para el desarrollo y la diversificación de nuestra producción agropecuaria en las últimas décadas. En la actualidad las exportaciones uruguayas se han consolidado sobre tres pilares de similar importancia en términos de valor: la soja, la carne y la celulosa. Es decir un producto agrícola, uno ganadero y uno forestal.

Simultáneamente, el país ha desarrollado (desde hace más de medio siglo) y también como resultado de una política de Estado explícita en ese sentido, estudios de suelos con un muy importante grado de detalle, a cuyas diferentes unidades se les ha estimado una productividad que se expresa en forma porcentual relativa a la productividad promedio de todo el país. Y además, a cada padrón catastral se le ha calculado su productividad esperada ponderando las distintas unidades de suelo que presente. Y toda esa información está en internet y es de libre acceso. Caso inédito en el mundo.

Pero a un nivel agregado como el que acá nos interesa, los cerca de 200 tipos de suelos definidos se agrupan en 3 grandes agregados, que según su productividad, topografía y otras variables, se definen como de “aptitud agrícola” a los más productivos, como de “aptitud ganadera” a los intermedios, y como de “aptitud forestal” a los más pobres o con mayores dificultades de laboreo. Esto no quiere decir que no se puedan plantar árboles o criar vacas en los mejores suelos, por el contrario allí es donde más producen. Pero la inversa no es cierta: en las sierras no se puede hacer agricultura y la ganadería es de mucho menor productividad. Y la agricultura, en tierras ganaderas, es menos productiva y con mayores restricciones ambientales.

Quiere decir que desde el punto de vista social, o del interés de país, los mejores suelos convendría reservarlos para la agricultura, cuyo retorno económico se supone mayor, propendiendo (inicialmente por medio de estímulos económicos otorgados por la Ley Forestal) a que los árboles ocuparan los espacios donde la agricultura es casi imposible y la ganadería es de baja productividad (zonas de sierras o arenosas). En números (muy) redondos, los suelos agrícolas ocupan el 20% de área del país, los ganaderos el 60% y los forestales el otro 20%.

Liquidada con sensatez la discusión en torno a UPM2 sí o nó (una de “Las dicotomías que nos empantanan”) incluso con mejoras de último momento, debería ampliarse -porque prácticamente no está  en los medios- una discusión tan estratégica y de largo plazo como la de la misma instalación de la planta: dónde, y sobre que tipo de suelos se seguirán plantando los árboles para abastecerla.

Volviendo a los redondeos, se han efectivamente forestado, para abastecimientos de las dos plantas de celulosa ya existentes y para otros fines como madera para aserrado, unas 800 mil hectáreas, que “ocupan” 1,2 millones de hectáreas, porque en promedio, de cada padrón destinado a  la forestación solo se plantan unas dos terceras partes, el resto lo ocupan suelos no aptos, como bajos inundables, o caminos o cortafuegos que deben quedar libres para el manejo del bosque, permitiendo con algunas restricciones una producción ganadera complementaria (silvopastoreo). Si referimos esta cifra al 20% de “aptitud forestal” podríamos estimar que solo se han  “ocupado” por la forestación poco más de un tercio del área total que en teoría se le tendría reservada en el país. En estos cálculos no están incluidas unas 850 mil hectáreas existentes de monte natural.

El saldo disponible de suelos forestales, digamos de unos 2 millones de hectáreas, probablemente cuadrupliquen las necesidades de abastecimiento de la nueva planta (también deben contabilizarse las resiembras que se efectúan en muchas áreas boscosas luego de la tala). O sea que por el lado de las superficies agregadas, no hay ningún problema para la futura demanda de suelos para el desarrollo de la cadena forestal. Los problemas están en los “detalles”, en cuya resolución se juega buena parte del éxito o fracaso de una estrategia nacional “agrointeligente”.

Un “detalle” nada menor, es el de que las principales áreas de prioridad forestal se ubican en el Norte y Noreste del país, lejos de los puertos de salida de la celulosa y la madera. Y los troncos (la materia prima para la industria) tienen muy bajo valor por unidad de volumen, lo que hace que la incidencia de los fletes tenga una ponderación relativamente alta en el total de los costos de la cadena forestal. Eso determina que las plantas de celulosa tengan especial interés en acortar las distancias de acarreo, lo que implica alejarse de la “boca de salida” natural, que es el puerto de Montevideo, o acercando las plantaciones a la ubicación de las industrias.

Y así llegamos (al fin) al tema que da título de este artículo. Las plantas de celulosa, que son el destino final del 80% de la producción de la cadena forestal, como toda industria productora de bienes no diferenciados, trabaja, en términos económicos, básicamente sobre su estructura de costos.  Y como ya se explicó, una forma de bajarlos es acercando el bosque a la planta, ya que la posibilidad inversa está agotada. Y también por el lado de los costos, han modificado su estrategia inicial de compra de tierras para forestar (que también tenía un componente inmobiliario cuando los campos eran muy baratos) por el arrendamiento de áreas menores, cuyo valor es directamente proporcional a la cercanía de la planta.

Con diversas formas asociativas entre la industria y el dueño de la tierra, esta estrategia es la predominante en la actualidad, en parte promovida por la posibilidad legal de forestar hasta el 8% de cualquier padrón (aunque no sean suelos de prioridad forestal) como forma de brindar abrigo y sombra al ganado, promoviendo sistemas de integración productiva. Pero abierta una hendija -con fines loables sin duda- aumenta la presión por forestar suelos cercanos a las plantas industriales aunque sean de aptitud ganadera o incluso agrícola. Porque con los precios relativos actuales de los productos factibles de obtener en ese suelo, una renta forestal es de mayor valor que la producción ganadera e incluso, en algunos casos, que la producción agrícola alternativa. La tentación de los productores ganaderos o agrícolas por pasarse al “rentismo” es muy alta, mayor cuanto más cerca de una planta de celulosa se encuentre su predio.

Estamos ante un dilema económico/ambiental que a mi juicio nos debería preocupar más de lo que lo hicieron los pormenores de la instalación de UPM2. ¿Respetamos la libertad del empresario agropecuario de hacer en su empresa lo que considere conveniente (libertad a la que  adhiero, no solo por razones filosóficas sino también por constituir uno de los pilares de nuestro desarrollo agroeconómico) o el Estado interviene más activamente para limitar el uso forestal de suelos de alto potencial, donde ahora se produce y se producirá en el futuro predecible carne, leche, cereales u olaginosos? ¿Permitimos que se foreste parte del litoral agrícola y el sur lechero, o incidimos activamente para que la forestación cubra la cuchilla Grande?

Los instrumentos para la segunda opción existen, no se trata de crear burocracia sino de usar eficientemente la institucionalidad existente, la experiencia de los programas de uso y manejo de suelos para la agricultura es un antecedente ineludible. Dicho esto sin entrar en la discusión de los alcances y las responsabilidades de los diferentes ámbitos oficiales potencialmente involucrados.

Dirimir los equilibrios entre bosques y praderas de forma de lograr una diversificación que aumente la productividad del sector agropecuario, en forma ambientalmente sostenible y respetando los derechos individuales de los actores involucrados, es un tema central para el desarrollo nacional. Coexisten a su interior componentes técnicos, económicos y filosóficos, complejidad que descarta la posibilidad de soluciones sencillas. Razón de sobra para que las encaremos con la mayor seriedad y apertura mental.

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A los informadores del “clima”

Estimados amigos periodistas, empiezo por aclarar el motivo de las comillas en la palabra clima. Por tal, se entiende al resultado del promedio de los principales parámetros meteorológicos en el largo plazo, por ejemplo 30 años. Entonces, de nuestro clima, lo que se podría decir, todos los días, es que es “templado”. Lo que ustedes informan es el estado y las previsiones del tiempo, que es el análisis del día y de la evolución prevista en algunos días subsiguientes de temperatura, humedad, vientos, precipitaciones etc.

Pero el motivo de esta es otro. En varias emisoras, al informar sobre las variaciones de temperatura, he oído comentarios como este: “la temperatura actual es de 10 grados, pero se prevé una máxima de 20. Parece mentira que en pocas horas la temperatura suba al doble”. Pero ese cálculo no es válido, incluso se aleja bastante de la realidad. Para que se vea con mayor claridad, llevemos el ejemplo al extremo, y si la temperatura está en 1°C y va a subir a 2°C, con el mismo criterio también se podría decir que va a subir al doble, aunque en la realidad sea un cambio prácticamente imperceptible.

El error radica en razonar como si la escala centígrada fuera la escala absoluta de temperatura. Pero solo es una convención, que tomando las temperaturas de ebullición del agua y la de su congelamiento y dándoles respectivamente los valores de 100 y 0, define al grado centígrado (como su nombre lo indica) en la centésima parte de esa diferencia. Es un sistema de intervalos, pero no de proporciones, una escala relativa, no absoluta. Para hacerlo proporcional, hay que definir el cero absoluto, llamado el “cero de Kelvin”, que se corresponde con -273 grados Celsius o centígrados.

Volviendo al ejemplo “del doble”, de 10 a 20 °C que equivaldría al 100%, el cálculo correcto para conocer el porcentaje de cambio sería: 293 (273+20) / 283(273+10) – 1 = 3,53%.

Y con el ejemplo de 1 y 2°C: 275 (273+2) / 274(273+1) – 1 = 0,36%. ¡El mismo “doble” representa un porcentaje que es de alrededor de la décima parte del anterior! En resumen, nadie pretende ni valoraría que hicieran estos cálculos, pero si que dejen de manejar proporciones que no son válidas y transmiten por lo tanto un mensaje equivocado.

Si seguimos la línea de razonamiento de tomar lo relativo como absoluto, terminaríamos dándole la razón al locutor de hace muchos años de Radio Vichadero, que como la mínima de la noche anterior había sido de 0°C, informó que “temperatura no hubo”! Los riverenses juran que el cuento es cierto.

Bueno estimados, esto era lo que quería decirles, con el mayor de los respetos se despide un oyente contumaz de los programas matutinos en AM (cuídennos, que quedamos pocos).

Mayo de 2020

Cuarenta pájaros en la mano, sesenta volando

Mire si la pandemia no iba a dar lugar a un enfrentamiento de la ciudad con el campo. Acá por supuesto que nadie tiene la culpa, porque nadie maneja el azar de las mutaciones, menos aun cuando se producen del otro lado del mundo. Pero cuando la epidemia nos llega y hay que enfrentarla y administrarla, empiezan los tironeos.

Actuando con gran sensatez, el gobierno no cayó en la dicotomía “salud o economía” que encierra una trampa mortal. Porque el gran problema es de salud pública, pero si en aras de priorizarla se paraliza todo lo demás, si la economía se para, si se cortan las cadenas de suministros de bienes y servicios, si se interrumpen las cadenas de pago, si los procesos productivos se dejan caer, en el cortísimo plazo la crisis general en que nos hundiríamos, a la primera que se lleva puesta es precisamente a la salud pública.

Y como ocurre en estas emergencias, florece la solidaridad y empiezan las donaciones, tan contagiosas como el virus, desde las simbólicas como la chanchita de una niña a las millonarias de algunos sectores productivos. Al respecto, las  principales gremiales del agro anunciaron una donación de 100 millones de dólares, impactante por el volumen y por la redondez del número.

Pero demostrando una salud y rapidez de reflejos para nada afectada por el virus, los artesanos de la brecha,  salieron a desmenuzar dicha cifra hasta llevarla prácticamente a cero. Y no va a faltar alguno que la va a hacer dar negativa, y “científicamente” demostrará que vestido de donante se presenta el garronero de siempre.

Pero también hay una polémica seria sobre la estructura de dicho monto, y esa es la que hay que analizar. A mi juicio, las cuentas por supuesto que están bien hechas, como ocurre siempre las diferencias están en los supuestos. Creo que se aclara bastante separando la donación en dos segmentos de distinta naturaleza, que, redondeando, equivalen a 40 millones por un lado y 60 por otro. Los primeros efectivamente saldrán del bolsillo de los productores (pájaro en mano) y los otros 60 son renuncias a eventuales beneficios futuros de los que el agro se beneficiaría (en condicional): son 60 pájaros volando.

Sobre ambas cifras además hay cálculos diferentes. Sobre la primera, 40 es la versión de las gremiales, pero en los cálculos del ex ministro de Economía Álvaro García, la cifra no superaría los 20 millones. Como la misma surge de la renuncia del 1% de impuesto a las ventas de ganado a realizarse en el año posterior a la fecha actual, los supuestos necesarios para el cálculo son varios, desde el volumen de ganado a venderse, el precio de los mismos, y distintos tipos de cambio futuros, porque se vende en dólares, se pasa a pesos para definir el impuesto, y de nuevo a dólares para estimar la donación. Y no hay que ser muy mal pensado para sospechar que el ex ministro eligió un valor alto del dólar (como el actual, por ejemplo) para que el impuesto en pesos represente menos dólares donados, y las gremiales hayan elegido un valor más bajo (como el promedio del año pasado, también como ejemplo) para que la donación, expresada en dólares, resulte mayor. Ninguno de los dos miente, pero quién anda más rumbeado en la estimación es algo que recién se conocerá dentro de un año.

Los otros 60 millones no salen del bolsillo de los productores, sino que es una renuncia a beneficios indirectos que hipotéticamente obtendrían, también a futuro. En un caso son deudas que el Estado mantiene con INIA, y en el otro, son aportes a INAC derivados de impuestos al valor Fob de las exportaciones de carne (0,6%) y otro al consumo de carne y de pollo (0,7%). El Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria se financia, por ley, por un impuesto (0,4% del valor de todas las ventas con destino final) que pagan los productores (sin llegar a ver la plata porque se les descuenta de las ventas de sus productos) y un aporte del Estado del mismo monto que el anterior. Resulta que el Estado desde hace más de 10 años aporta cifras muy inferiores a las que debería aportar, lo que ha generado una deuda que se estima en unos 40 millones de dólares. En el Instituto Nacional de Carnes, con el aporte de las exportaciones y el consumo, se ha generado un monto de otros 40 millones, de los que el instituto tiene disponibilidad, y de los cuales, 20 millones pasarían a engrosar la donación, que sumados a los 40 del INIA completan los 60 millones antedichos. Todo con aprobaciones parlamentarias pendientes. O sea que tanto la investigación agropecuaria como la promoción de nuestras carnes venían siendo financiadas mayoritariamente por los productores y en menor medida por el consumo, es decir por privados, para gran alivio de las arcas del Estado que no por eso dejaba de proclamar el carácter “público/privado” del funcionamiento de los institutos. Formas de entender lo que llamaban “el desarrollo de un país agrointeligente”.

Entonces, ¿cuál es en esencia la renuncia de los productores? Se supone que si los institutos utilizaran plenamente sus financiaciones legales, cumplirían en mejor forma sus cometidos, es decir se producirían mayores avances tecnológicos (INIA) y nuestras carnes tendrían mejor acceso a los mercados internacionales (INAC), ambos fenómenos favorables a la economía de los productores. “Cumplirían”, “producirían”, “tendrían”, todo en condicional: en criollo, pájaros volando. Y como subproducto, el aumento de la presión social sobre el Estado, porque el acreedor dejaría de ser el INIA, un instituto que la mayoría de la población ni sabe que existe (a pesar de su enorme importancia para la economía del país) para pasar a serlo el Fondo del Coronavirus, con todo lo que ello sensibiliza a la gente.

Bosquejado así el diferendo, creo que el agro sale perdiendo cuando la discusión se dirime en un plano tan relativo como es el monto de lo que van a alcanzar algunas cuentas nacionales dentro de un año y aun a más largo plazo. Claro que “100 millones” impacta por el volumen y la redondez del número, que lo fija en la retina o la memoria de cualquiera, pero la discusión de fondo es lo que el agro aporta, no lo que el agro dona. Claro que hablar de lo que aporta, equivale a hablar de la economía uruguaya, cosa que excede largamente el objetivo de este artículo.

Que se terminen de levantar las cosechas de soja, uvas y arroz; que sigan las inversiones para continuar sembrando las praderas y pasturas para nuestros ganados de carne y de leche; para que se sigan preparando las tierras para la siembra del trigo y la cebada; que sigan todas las actividades que a diario, con virus o sin virus, con lluvia o sin lluvia, bajo la resolana o la helada, con comprensión o incomprensión de sus compatriotas, realiza desde siempre nuestra gente de campo.  De ello depende y seguirá dependiendo la economía uruguaya, cuya solidez y crédito internacional le permite al país manejar con sensatez y con los recursos que se necesitan o puedan llegar a necesitarse, esta emergencia sanitaria inédita en nuestra historia.

Por las fuentes de Galeano

Por razones que no vienen al caso y que sería engorroso explicar, en el pasado febrero, junto con una nieta de 18 años, pasé diez días recorriendo Costa Rica. Con dos generaciones de distancia, pero más que eso, por vivir en dos mundos diferentes aunque residamos a pocas cuadras, es lógico que muchas de las vivencias del viaje y los recuerdos que las mismas me generaban, resultaran absolutamente ignotos para ella, tan incomprensibles como lo era para mí su eterno hurgar en la pantalla del iPhone.

Pasando por alto secuencias temporales o de itinerario, empezaré refiriéndome a la excursión realizada al volcán Poas y al parque nacional del mismo, en la cordillera central, cercanos a la capital, San José. Y sin detenerme en aspectos descriptivos que pueden ser consultados –con ventaja- en internet, rescato al personaje que hacía de guía y su postura ante un auditorio (3 parejas de países del primer mundo y nosotros dos, que también caíamos en la categoría de gringos) proveniente del mundo desarrollado.

Digno representante de un país chico y subdesarrollado (no ante sus vecinos centroamericanos, pero sí ante los países de los que real o supuestamente provenían sus clientes) asumía una conducta que inmediatamente asimilé a la que tenemos los uruguayos en circunstancias similares: destacar nuestras virtudes en relación con nuestros grandes vecinos, o el resto del mundo, pero conservando una modestia que les da credibilidad, a la vez que las enaltece, en especial teniendo en cuenta nuestra superficie y población.

Por ejemplo, yo desde la escuela tengo claro que el himno uruguayo es el más lindo del mundo, pero después de La Marsellesa… O yendo a un ejemplo parroquial, en mi pueblo el Charo Fernández, octogenario referente local, asegura sin género de duda que el agua de Piedra Sola, surgida por una perforación que atraviesa más de 100 metros de lava basáltica hasta llegar al acuífero Guaraní, es la mejor del Uruguay… pero después de la Salus.

El vicecampeonato en términos absolutos, significa en términos relativos a nuestra pequeñez y/o bajo número de habitantes, al campeonato que nuestra modestia no nos permite explicitar. El surrealismo del coeficiente entre campeonatos mundiales de fútbol conquistados y nuestro número de habitantes, que acostumbramos calcular, nos hace imbatibles (al menos hasta que no salga campeón Islandia) y resume perfectamente lo anterior.

Volviendo a Costa Rica, mientras nos trasladábamos en el minibús nuestro guía nos entretenía con pinceladas descriptivas del paisaje que atravesábamos, o de cualquier otro tema que considerara oportuno. ¿Ustedes saben cuál fue la primera ciudad en el mundo que tuvo agua corriente? Les voy a dar una ayuda: es una que tiene una gran estatua a la Libertad… ¡Nueva York! rugía la tropa. ¿Y la segunda? Ahí va la ayuda: es una que tiene una gran torre metálica… ¡París! Muy bien. ¿Y la tercera…? Y en el silencio provocado por la ausencia de ayuda, dejó caer, con la modestia de los grandes: San José de Costa Rica…

Relaciones entre número de volcanes, o especies de picaflores o variedades de mariposas por kilómetro cuadrado o por habitante, no hacían más que probar la excepcionalidad, positiva por supuesto, de ese pequeño país que estábamos conociendo. Me venía a la mente aquello de “conoce tu aldea y conocerás el mundo” como dijo un sabio de cuyo nombre no puedo acordarme.

En otra excursión, en la provincia de Guanacaste en la costa norte sobre el Pacífico, visitamos el Parque Nacional de Palo Verde, sobre el río Tempisque. Espacio natural protegido (área Ramsar), refugio de vida silvestre, zona de descanso de muchas especies migratorias, como anunciaban los folletos, era un programa que prometía. Lo primero que observé fue que el recorrido de dos horas de ida y otro tanto de regreso, para una distancia de unos 50 kilómetros, con solo una hora en la región y el río objeto de la excursión, no mostraba un balance muy redituable. Pero el guía, aparentando ser seguidor del Maestro, estaba preparado para demostrarnos con hechos aquello de que “el camino es la recompensa” (o algo por el estilo).

En la oficina turística de un hotel en que contratamos la excursión, se nos advirtió seriamente de que estaba expresamente prohibido dar cualquier tipo de alimento a los animales de la Reserva. Y el guía, empleado del mismo hotel, lo reiteró al iniciar el recorrido aunque con una sonrisa cómplice, a la vez que nos aclaraba que, en fin, para que nosotros los pudiéramos ver mejor, capaz que alguna cosita les daba. Por lo tanto la primera parada la hicimos en la carnicería de un pueblo donde compró unas alitas de pollo, que guardó junto a unas bananas que ya traía.

Continuamos el viaje para detenernos en un pueblito junto al que corría un arroyo en el que un muchacho, metido en el agua hasta la cintura, sacaba arena del fondo con un balde con agujeros –para que escurriera el agua– y la volcaba amontonándola  dentro de un bote que tenía a su lado. Y empezó el mensaje de contenido social que es otro de los componentes de las excursiones.

Con un histrionismo y un vozarrón dignos de otros escenarios, el guía se hacía preguntas y se las contestaba, ilustrándonos: “la arena para la construcción vale 40 dólares el metro, y ¿cuánto gana ese muchacho? Cuatro dólares por cada metro que saca, otros cuatro gana el dueño de los bueyes que tiran del carro para llevarla al mercado, y otros dos se van en otros gastos. Total: diez dólares. ¿Y quién se lleva los otros treinta? No había respuesta, pero quedaba patente la injusticia del sistema, que exigía un esfuerzo físico enorme –unos 10 viajes diarios del bote cargado– para que aquel campesino pudiera redondear el equivalente a un salario mínimo. A continuación aclaraba que un médico o abogado ganaba el equivalente a unos 15 o 20 salarios mínimos, y que los sueldos de los guías turísticos eran bajos, pero que los completaban con las propinas que les daban los amables turistas…

La siguiente parada fue frente a un cultivo por el que transitaba un pequeño y prehistórico tractor, con dos tanques con unas mangueras conectadas, que eran sostenidas cada una por tres campesinos que las mantenían perpendiculares al recorrido del tractor. “Y acá, ilustró el guía, vemos a los campesinos fumigando un cultivo de melones”. JUAAAT??? Chilló una de las gringas, ante lo cual el histrión dio un giro instantáneo –porque para la corrección política cualquier fumigación implica una agresión al planeta– levantando la voz para decir “fertilizando, dije fer-ti-li-zan-do los melones para que crezcan grandes y jugosos porque así los exigen en el país que los importa” Y tras algún otro comentario sobre los sueldos miserables de aquellos campesinos, similares a los del arenero, continuamos camino.

A continuación pasamos frente a un edificio importante, con un enorme portal que daba a la carretera, para enterarnos que “esta es la casa del pobrecito gerente general de la Del Monte, que es la empresa transnacional dueña de todos los cultivos de la zona” Aunque sin duda no era una vivienda sino, probablemente, la sede regional de esa empresa, atribuírsela a la vivienda del gerente, ponía de manifiesto la abismal diferencia de ingresos que seguro existía entre este y los trabajadores rurales que acabábamos de ver. Otra injusticia para cargar en la abultada cuenta del “sistema”, y mayor sentimiento de culpa de los gringos consumidores de melón.

Y al fin, llegamos al río y subimos a un barquito con motor fuera de borda. Resumiré la aventura diciendo que en total hicimos 3 paradas para observar, en las ramas más altas de un gran árbol parecido a un sauce, a dos o tres bultos oscuros, a los que el guía identificó inmediatamente como “monos aulladores”. En los minutos que estuvimos observándolos, los bultos no se movieron ni emitieron ningún sonido que justificara su nombre. En la segunda parada, pudimos observar un caimán de respetable tamaño en el borde del agua y otro más chico nadando a corta distancia de nuestro barco, que fueron atraídos por el “capitán” removiendo el agua con la mano, para arrojarles, cuando se acercaban a la borda abriendo la boca amenazadoramente, las alitas de pollo que el guía le proporcionaba.

Y finalmente, nos detuvimos nuevamente junto a la costa, porque allí se encontraba una familia de unos 5 o 6 monitos capuchinos (los de cara blanca) que saltaban de las ramas al techo del barco y volvían a las ramas, disputándose los trozos de banana que el guía les arrojaba. Tanto en el caso de los caimanes como en el de los monos, el guía se aseguró, en forma real o fingida, de no ser visto desde los otros barcos, mientras alimentaba aquellos animales. La pequeña corrupción, individual o colectiva, para satisfacer al cliente y ganarse la propina, apoyándose en la complicidad de unos pobres bichos vendidos al oro yanqui…

Vueltos al minibús, mientras atravesamos la zona boscosa que marginaba el río, el guía provocaba el estremecimiento de alguna dama particularmente sensible, enumerando todas las especies animales, a cual más feroz o venenosa, que ocultas en la espesura del monte observaban nuestra partida. Entre ellas, el Jabirú o “galán sin ventura” que yo no pude conocer para descifrar el motivo de su doliente apodo.

A continuación vino el almuerzo, que la excursión incluía, con el que nos esperaban en un restorancito cuya patrona, que por supuesto era amiga del guía, nos recibió con ostensible alegría e intercambio de bromas, de tono algo subido, que en este caso no fueron traducidas al inglés. Ubicados a ambos lados de una mesa angosta y larga, quedamos en un cara a cara que obligaba al diálogo. Y empezó con la pregunta de rigor: averiguar el origen de los únicos hispanohablantes del grupo. Y cuando oyó “Uruguay”, nuestro interlocutor quiso saber que era eso y donde se encontraba.

Gracias al perfecto inglés de mi nieta, se pudo aclarar que era un país que estaba en América, a pesar de lo cual no se encontraba en Estados Unidos. Porque América además de ser un país, era un continente, que en su parte Sur incluía a Uruguay y otros países, y para darle una pista mencionó a Brasil y Argentina. “Okey, okey” aceptó el fin el gringo. “En el Norte –y señaló con la mano hacia el techo– está América, en el Centro –y puso la mano horizontal a la altura de sus ojos– Costa Rica, y en el Sur –y apuntó la mano hacia el suelo– Uruguay”. Tierraplanista el gringo ignorante…

Otro gringo, en otro momento, también nos preguntó de dónde éramos, y cuando se lo dijimos aprobó, con sonrisa canchera “Ah, claro, Uruguay, Uruguay ¿Y de que parte de Uruguay, de la capital o de…otro lado?” De la capital, de Montevideo. “Ah claro, Montevideo, Montevideo… Yo tengo un amigo que vive en Quito!” Como si estuviéramos hablando de Belvedere y el Paso Molino…

Durante el viaje, pero con mayor frecuencia luego de nuestro regreso, mi memoria fue rescatando imágenes de esa misma región, originadas en las lecturas de mi juventud, durante la época del boom de la literatura latinoamericana de los años 60 y 70. En ellas, mezcladas con el “realismo mágico” encontrábamos las denuncias de las terribles condiciones sociales imperantes en gran parte de nuestro continente, en particular en América Central. Y a partir de esa realidad, el auge de la “literatura comprometida”.

Y como había ocurrido con el cercano antecedente de los relatos sobre la guerra civil española, primaban los posicionamientos extremos, de izquierda o de derecha (con clara predominancia de los primeros), no quedando lugar para el centro, los “paños tibios” no arreglan nada. Con la revolución cubana triunfante, la propuesta de la extrema izquierda consistía en dinamitar “el sistema” y después se vería cómo construir la nueva sociedad, no faltaría alguna utopía que lo explicara. La de la extrema derecha la instrumentaba la CIA y el macartismo, promoviendo y financiando la pléyade de dictadores que caracterizaron a la región en esa época.

La herencia histórica de ambos extremos es bien conocida. De la primera, cuando tuvo éxito –Fidel y el Che, los sandinistas, más tarde Chávez– hoy el mapa solo registra ignominiosas manchas de autoritarismo, falta de libertad y democracia, corrupción y miseria. A la segunda, la pinta con su proverbial maestría Mario Vargas Llosa en “Tiempos recios” su última novela histórica. Allí relata como la CIA, en apoyo de la empresa norteamericana United Fruits “se lleva puesta” la experiencia reformista del presidente constitucional  guatemalteco Jacobo Arbenz, colocando en el poder al militar golpista Castillo Armas, con participación de otros dictadores afines como el dominicano Trujillo, retrasando en más de medio siglo el proceso de desarrollo democrático de la región.

Los extremos tienen el “discreto encanto” de la solución rápida, la del atajo al largo camino del desarrollo de una democracia liberal, que priorice la educación, la salud, la institucionalidad, el crecimiento económico con movilidad social. Pero la vía rápida nunca cumple sus promesas, el remedio termina siendo peor que la enfermedad (la dictadura de Fulgencio Batista duró 7 años, la de los Castro que la derrocaron lleva más de 60). Además, como dice Darwin Desbocatti “el problema del centro (político) es que no tiene épica. ¿Quién se va a entusiasmar con un discurso sobre el tema Mirá que las cosas no son tan así…?” 

Y ya que cité al peruano Vargas Llosa, ganador del Nóbel por sus novelas y ensayos, en su gran mayoría vinculados con la realidad latinoamericana, los uruguayos también tuvimos un “famoso”, que con ingenio y estilo literario fogoneó el camino revolucionario, defendiendo los regímenes dictatoriales resultantes de su triunfo con un sacerdocio literario de estricta observancia.

Me refiero por supuesto a Eduardo Galeano, cuya obra muchos compatriotas veneran, y que reiteradamente vino a mi memoria al observar las muy duras condiciones de vida del campesinado que perduran en Costa Rica, aun tratándose del país centroamericano de mayor desarrollo relativo. Eso sí, ni los mayores admiradores de Galeano se atreven a decir que fue el mejor escritor del boom. Fieles a su condición de uruguayos, solo llegan a decir que fue “uno de los mejores”, como nuestro himno o el agua de Piedra Sola.

Regresamos a este Bendito País (Sánchez Padilla dixit) un domingo temprano, vía Bogotá. La nieta, al otro día iniciaba sus estudios universitarios en ingeniería informática. Y el Tata, se ponía a hurgar en los recuerdos de los tiempos en que él era un adolescente.

Escrito en la segunda semana de marzo del 2020

La resiliencia de la cría vacuna

Si se superó la indiferencia (cuando no el rechazo) del lector urbano ante el título de este artículo, ya se habrá logrado algo. Porque es hora de que en este país-pradera, las sociedades rurales y urbanas que lo integran tomen definitivamente consciencia de que su futuro como nación depende en gran medida de que, por encima de las naturales diferencias culturales, sean capaces de articular un proyecto de desarrollo integrador, y no antagónico como ha sido el predominante a lo largo de nuestra historia.

Yendo al tema. La mayoría de los técnicos vinculados a la producción animal –agrónomos y veterinarios- considera que el histórico porcentaje de procreos (cantidad de terneros logrados anualmente en relación al total de hembras destinadas a la reproducción, expresado como porcentaje) del rodeo vacuno nacional, del orden del 65% como promedio anual, es un indicador de ineficiencia que no logramos superar sino esporádicamente, en años excepcionalmente favorables. Y se lo exhibe como el epítome del rezago tecnológico de nuestra cría vacuna (y por extensión del conjunto del agro) ya que, aunque diagnosticado hace más de medio siglo, y conocidas y divulgadas las medidas tecnológicas para mejorarlo, el rezago, contumaz, se mantiene.

 Empecemos por recordar que la gestación de la vaca tiene una duración de 9 meses, y en los 3 meses posteriores al parto tiene tiempo suficiente, con buena alimentación y sanidad reproductiva, para superar el anestro post parto y nuevamente entrar en celo y quedar preñada, mientras simultáneamente mantiene la lactancia con la que alimenta a su anterior ternero. De esta forma se puede obtener un intervalo inter partos de un año, por lo que, alcanzado con todas las hembras del rodeo, se podría llegar  a un máximo del 100% de procreos anuales.

Por supuesto que este es un máximo teórico, y nadie en su sano juicio puede plantearlo -y de hecho nadie lo plantea- como posible, no solo a nivel nacional sino incluso al de un rodeo comercial. Eso es debido a diversos factores, como vacas con algún problema reproductivo que no se detecta (y por lo tanto no se la refuga como correspondería), pérdidas embrionarias, mortalidad neonatal, problemas de fertilidad en algún toro, y otros factores que, aún con el mejor nivel tecnológico, difícilmente permitan superar un máximo real de, digamos, el 90% de procreos. Pero sí existen ejemplos de productores excepcionales, con alta especialización en la cría, que promedian a lo largo de los años guarismos superiores al 80% para el conjunto de su rodeo.

Y con estos datos, se empiezan a hacer cuentas globalizadoras, que pretenden cuantificar el impacto del “problema de la cría”: “Se puede mejorar un 20% la tasa nacional de procreos y así el país tendría un 10% más de terneras para incrementar el rodeo de cría, y un 10% más de terneros para producir novillos. Llevando todo a kilos finales de machos y hembras, y multiplicando por el respectivo precio de novillo y vaca para faena, y sumándolos, alcanza un monto de varios cientos de millones de dólares, que se dejan de generar. Y todo esto es acumulativo”.

O, siendo más prudente y para no incluir el costo por el uso de los insumos productivos para criar y engordar los animales adicionales, “si se hace el cálculo solo para los kilos y precios de los nuevos terneros y terneras al destete (cuando se los separa de la madre, aproximadamente a los 6 meses de edad) da más o menos la mitad de lo anterior, pero con costos mucho menores. Pero se sigue hablando de cientos de millones de dólares que se dejan de producir anualmente. La tecnología se conoce y está disponible, pero no se aplica”

Como no estoy de acuerdo con lo anterior, para ver si nos entendemos vayamos hacia atrás en la causalidad del “problema” de la reproducción animal, y para acotarlo, remitámonos exclusivamente a la de los mamíferos. Lo primero a recordar es que la tasa reproductiva de estos, en todos los parámetros que la determinan, como la duración del intervalo entre partos, el largo de la gestación o la prolificidad (el número de crías por camada) es en todos inversamente proporcional a su tamaño físico y metabólico.

Para que quede más claro, ilustrémoslo con dos ejemplos extremos: la gestación de la elefanta dura dos años, nunca pare más de un elefantito por vez, y su intervalo entre partos es de unos cinco años. En cambio la gestación de la rata dura algo menos de un mes, pare 5 o 6 veces al año (intervalo inter parto de unos dos meses) y su tamaño de camada es de entre 8 y 15 crías. Pero la enorme elefanta vive más de cincuenta años, y la pequeña rata apenas si llega a uno.

Las especies domésticas de interés económico se ubican en un rango intermedio. La gestación de la yegua dura 11 meses, la de la vaca 9, la de la oveja 5, la de la cerda casi 4. Centrándonos en las de vacuno y ovinos, base histórica de nuestra producción ganadera (carne, leche, lana, cueros), la vaca pare únicos (o muy excepcionalmente mellizos, en mi larga experiencia campera solo vi un caso, y he oído de algún otro, no más) mientras que en la oveja son muy frecuentes los mellizos, existiendo razas que pueden procrear trillizos y en algún caso hasta cuatrillizos. Claro que una oveja tiene un tamaño físico y metabólico de aproximadamente la décima parte del de una vaca (dependiendo de razas, estados corporales etc) y vive más o menos la mitad.

Las implicancias económicas (que es adonde queremos llegar) de estos diferentes potenciales reproductivos de vacunos y ovinos, de los respectivos “techos” de sus tasas de procreo, es enorme. Por ejemplo en los ovinos, la tasa de procreo óptima es muy diferente según la especialización productiva del predio o del país. Si el objetivo es la producción de lana fina con una raza como la Merino, un procreo del 70-80% será funcional a una explotación eficiente, pero si el objetivo es la producción de carne ovina en base a corderos, es más eficiente el uso de razas carniceras prolíficas para, entre otras cosas, alcanzar procreos superiores al 120%. Algo de este tipo hacen Australia y Nueva Zelandia, respectivamente.

Resumiendo: en los vacunos, las variaciones que se pueden inducir en la tasa de procreos del rodeo (más/menos 10%) no tienen, por sí solas, la magnitud suficiente ni son excluyentes para generar un cambio sustancial en el sistema productivo. Porque existen además otras variables factibles de mejora de similar importancia, y la propuesta tecnológica que las englobe, con la ponderación que cada variable requiera, será la que optimice el resultado final del predio. Porque de la eficiencia de la que estamos hablando es la económica, que es el ineludible objetivo final de cualquier emprendimiento productivo.

Este largo preámbulo es necesario para explicar un asunto esencial: para mejorar el resultado económico de su empresa, el productor dispone de diferentes herramientas: genéticas, nutricionales, sanitarias, de manejo o cualquier combinación de las mismas. La inversión necesaria para lograrlo la puede orientar a aumentar el número de terneros mejorando la famosa “tasa de procreos”, pero también aumentando el número de vacas en el rodeo, o el peso de los mismos terneros vendiéndolos más tarde con 50 kilos adicionales, o recriarlos y venderlos al año siguiente como novillitos con 100 o 120 kilos agregados, o priorizar el engorde y venta para faena de las vacas “falladas” o de las vaquillonas excedentes -una vez cubierta la reposición del rodeo de cría-. Porque cualquiera de estas acciones agrega valor al proceso.

No se debe olvidar que, en contrapartida, cualquiera de estas opciones y sus posibles combinaciones requiere de inversiones adicionales, principalmente en el plano nutricional. Y que cualquier inversión que se realice en uno de los ítems mencionados, tiene el “costo de oportunidad” de dejar de hacerla en otro de esos mismos ítems. O sea que hay que elegir, y cada productor elegirá su eventual inversión de acuerdo con sus necesidades y posibilidades, y verá si con ella aprueba el “examen de microeconomía”: el de superar con los nuevos ingresos generados, a los costos en que haya incurrido. Para dejarlo bien claro: bienvenida sea cualquier mejora de los procreos, pero es un indicador parcial y no global del resultado económico, y su nivel promedio actual no impide el agregado de valor al conjunto del rodeo mediante otras mejoras tecnológicas.

La cría vacuna es un proceso complejo, con productos finales muy parecidos, y económicamente sustitutos. Porque la carne de novillo o de vaca, de un animal joven o no tanto, solo tiene diferencias en atributos de calidad (cambios en la proporción de los distintos tejidos, terneza, color, etcétera) pero en esencia se trata del mismo producto: carne vacuna para consumo humano.

La similitud (económica) queda demostrada en los precios relativos de esos mismos productos finales. Según el Instituto Nacional de Carnes (INAC), para el período 2000-2019, los precios por kilo que recibe el productor por vacas es del 83,3% y por vaquillonas del 91,1% del de los novillos. Se observa que las vacas (que antes de engordarse para faena cumplen con un variable período de su vida destinadas a la reproducción) solo valen un 16 a 17% menos por kilo que los novillos, y las vaquillonas (hembras jóvenes que no se destinan a la reproducción sino el engorde para faena) solo un 9 a 10% menos que esos mismos novillos.

O sea que los precios finales de las distintas categorías (bienes sustitutos desde el punto de vista del consumo) no son muy diferentes y sus relaciones se mantienen más o menos constantes a lo largo del tiempo, lo que refuerza las posibilidades de elección de las distintas formas de mejora tecnológica mencionadas.

Por otra parte, la usual caracterización de los productores en criadores, ciclo completo e invernadores, definida con parámetros vigentes hace medio siglo, presupone una rígida especialización a la que el dinamismo ganadero de las últimas 3 décadas ha tornado obsoleta. Hoy el “criador” es también invernador de vacas, apareció el “ciclo semi completo” o criador/recriador, la invernada crecientemente se completa a granos en corrales de engorde pertenecientes a nuevos agentes económicos, etcétera. Considerar, por lo tanto, a la tasa de procreos como el indicador global que mejor caracteriza al desarrollo de nuestra ganadería, es una simplificación a la que probablemente nos induzca la facilidad de su cálculo. Con el agravante de la connotación negativa que sobre el desarrollo sectorial produce ese alcance injustificado.

Hoy, una caracterización de la economía ganadera uruguaya no debe iniciarse lamentando “el bajo” porcentaje de procreos, sino valorando el nivel genético de sus rodeos, la reconocida transparencia de su sistema sanitario, el enorme potencial de simbiosis entre agricultura y ganadería (aún en competencia por los buenos suelos); las oportunidades o limitaciones que surgen de las variaciones en las relaciones de precios de carne y granos; las posibilidades de exportar animales en pie o de atraer capitales a través de nuevas formas societarias; los nuevos atributos de calidad como los del bienestar animal y todos los vinculados a la sostenibilidad ambiental y la biodiversidad; y permeando todo este escenario, las oportunidades que brinda el incontenible avance tecnológico y la cada vez más firme (al margen de accidentes sanitarios o comerciales) demanda mundial por carne. Mucho se ha logrado, siempre es más lo que queda por alcanzar.

“La vaca les gana” dijo Jorge Batlle, y la frase con el tiempo se transformó en símbolo para la caracterización de nuestra economía. Se refería por supuesto a que la producción de carne vacuna era el sector de mayor competitividad del agro y por extensión, del país. El atávico “65% de procreos” con el que se la caracteriza con tono de denuncia, de atraso tecnológico, no ha impedido que, en una superficie decreciente por competencia de otros sectores -como el agrícola y el forestal- haya mejorado su eficiencia global y sobretodo la calidad de sus productos, promoviendo el agregado de valor y el empleo, en conjunto con los servicios asociados y su industria de primera transformación.

El término “resiliencia” hace referencia a la capacidad de adaptación de un sistema, o a la de recuperar su estado original cuando cesa una perturbación exterior. Nuestra ganadería de carne es un ejemplo de ambas acepciones. Se ha adaptado a todos los vaivenes de nuestra historia como nación, recuperando su estado original (o casi) ante perturbaciones tan disímiles como sequías, epizootias o atrasos cambiarios. La asignatura pendiente, es la de lograr que el conjunto de nuestra sociedad asuma como proyecto-país, el de la realización de todo este potencial.

Que de una buena vez, aceptemos, con hechos no con palabras, que nuestro futuro se vertebra en torno a la opción de “país agro inteligente”. Lo que no implica desconocer -por lo contrario, se complementa- con el aporte de modernos sectores emergentes.

Escrito en Febrero de 2020

Una nueva invasión bárbara

En Uruguay, el desprecio por la ortografía ha llegado a algo tan indeleble como la numismática. Monedas de curso legal que muestran especies de nuestra fauna autóctona, denominan al tatú como tatu o al ñandú como ñandu. Tentado estuve de escribirle al departamento de emisión del Banco Central para hacérselo notar, pero desistí, no tanto por los meses que tardaría la respuesta (confío en que la habría, tenemos una burocracia, no por numerosa, menos responsable) sino más bien por el temor a que me aclararan que “el tatu es uno de nuestros armadiyos autoctonos, y el ñandu la mayor de nuestras sancudas, algo mas chica que el avestrus africano”.

Pero para qué insistir con los barbarismos ortográficos, si por más ejemplos que ponga, siempre el lector conocerá algún caso más espeluznante. Gente iletrada siempre ha existido, y la causa de sus carencias culturales, la gran mayoría de las veces en nada son de su responsabilidad, sino de la falta de oportunidades para superarlas, y demasiado hacen cuando igual se ganan la vida honradamente.

El problema actual no es el analfabetismo, felizmente eliminado, en las estadísticas oficiales al menos. El problema actual es que los autores de estos barbarismos suelen ser, entre otros, estudiantes y profesionales, universitarios de toda laya, jerarcas del ámbito público y privado, parlamentarios redactores de leyes, periodistas, profesores liceales, maestras y maestros de escuela. Es decir, una parte muy importante de nuestra sociedad con un nivel cultural que se supone superior al promedio. Los que más deberían cultivarlo o por lo menos preservarlo, son los mayores agresores de nuestro patrimonio cultural, del que el lenguaje es parte esencial.

Pero dentro del maltrato de nuestra lengua, tanto o más que las faltas de ortografía me resultan agresivos otros fenómenos, como el de las “palabras trans”, para llamar de algún modo a la moda de transformar en verbo a cualquier adjetivo o sustantivo, cuando le parezca oportuno al declarante de turno. Tiro solo algunos ejemplos, de personajes destacados: una ex intendente de Montevideo informó en su momento que se estaba “semaforizando el Corredor Garzón”. En tanto, un experto de CPA Ferrere nos explicaba “cómo se mide el riesgo reputacional”, el Mides daba cuenta de su “mejora comunicacional, otro ex intendente montevideano recomendaba “salarizar” determinada partida fija, el INAU afirmaba detener “el proceso de callejización, la gente de Ducsa se preocupaba por la posibilidad de que sus salarios “se vieran enmagrecidos y el presidente municipal de Piriápolis advertía sobre la  “presencia de floraciones algales vinculadas con las cianobacterias”

Pero los intelectuales no le van en zaga a los jerarcas. Por ejemplo, el Congreso de Sociología denunció el “aumento de la tasa de divorcialidad”, en tanto en un seminario de arquitectura se recomendaba “actualizar conocimientos en forma experiencial, el grado 5 en semiótica de la UdelaR nos aclaraba que “a pesar de todos los claroscuros y todas las incompletitudes… y un sociólogo e historiador hablaba de la figura que vino aemblematizar…”.

Y en el Parlamento no se quedan atrás. En una sesión de la Cámara Alta, por ejemplo, una senadora informaba que en la facultad en la que es destacada docente, “logramos tener profesores fulltaimizados…” mientras una colega aseguraba que “la principalidad hoy es trabajar para la segunda vuelta…”, y nuestro canciller declaraba que “ambos gobiernos, México y Uruguay, han externadosu preocupación porque el Parlamento venezolano impugnó la juramentación de Maduro”.

Los periodistas e informativistas también merecen un lugar en el podio de la barbarie lingüística. Sin citar nombres ni medios para no alargar demasiado, nos hablan por ejemplo de “la tematización de los asuntos”, de la necesidad “de etapabilizarse en el tiempo”, del “propósito de protocolizar los procedimientos”, del “oscarizado director de cine”, de “la etapa procedimental”, de “la entrevista en su complitud y de “la cantidad peticionadapor la fiscalía” entre otros muchos barbarismos. Sin dejar de informar que la gente, cuando sale a vacacionar, escucha canciones versionadas por distintos cantantes. Pero el primer premio yo se lo otorgaría a la empresa Syka, la que asegura que su pintura tiene “un gran poder cubrilizante”.

Inserto una joyita importada de México, extraída del “Relato feminista de La Marcha de las Putas en Puebla”, sobre el que informó La diaria el 4/11/2019: “Insistentemente en esta marcha se traen a escena otras performatividades. En ese sentido, cabe preguntarse como anteponer, o no solapar, la autonomía corporal, el placer sexual y el derecho a la eroticidad frente a las gramáticas sentimentalesdel miedo, la violencia, y su correlativo corporal, la pasividad inmovilizante”.

Pero tengo mis dudas respecto a si la impune barbarie ortográfica y la moda de la transmutación sintáctica o gramatical son las principales agresiones a nuestro lenguaje. El uso tan agobiante como innecesario de palabras o expresiones en inglés (del que nos hemos ocupado en otras oportunidades) puede que sea aún peor. Y además se lo mezcla con formas gramaticales del español, como la ya citada fulltaimización para denotar un proceso de aumento de la dedicación total en el trabajo o la docencia, o la esponsorización que tanto enorgullece a Antel cuando del patrocinio de “la celeste” se trata. Y ni hablar del “lenguaje inclusivo” que transforma a nuestro bello idioma en una cacofonía grotesca.

Y todo con el argumento de que el idioma es “algo vivo”, que siempre está en proceso de cambio e incorporación de términos de otras lenguas. Cosa cierta sin duda, y el español además de recibir aportes de las otras lenguas romances, derivadas como él del latín, se ha nutrido además de infinidad de términos de origen árabe, griego, germánico, vascongado, del propio inglés e incluso de idiomas y dialectos indoamericanos y de otros orígenes.

Pero una cosa es incorporar un término nuevo que no tiene una traducción exacta en nuestro idioma y que en consecuencia lo enriquece, como puede ser probablemente “software”, y otra es usar indiscriminadamente expresiones foráneas despreciando las propias que indican exactamente lo mismo, como “dedicación completa” para el caso de “full time” o “patrocinante” para el de “sponsor”.

Nuestro español, el “rioplatense”, es también el resultado de las incorporaciones que realizaron los contingentes migratorios recibidos por estos países principalmente en el siglo XIX y primera mitad del XX. Ellos enriquecieron con sus lenguas a la castellana de los conquistadores, desarrollando localismos que son parte de la enorme riqueza de nuestro idioma, que irresponsablemente parecemos dedicados a destrozar.

Pero a la migración física, se ha sumado en este siglo XXI la informática, de mucha mayor potencia para el mestizaje de lenguas y costumbres. Los malos hábitos antes bosquejados, quizá no sean más que “daños colaterales” del inevitable proceso globalizador de la economía y la sociedad que, nos guste o no nos guste, estamos y seguiremos transitando.

Lo preocupante, me parece, es la actitud, o, como diría un paisano, “empujar el chancho en la bajada”. Es decir, que en vez de defender nuestra cultura usando de la mejor forma posible nuestro idioma, compitamos por ver quién es el que en mayor medida lo maltrata, convencidos de que esa agresión nos otorga una pátina de modernidad. O quizá, inconscientemente, creyendo que así se disimulan nuestras propias carencias culturales.

En aras de esa actitud de defensa de nuestro idioma, es que me he atrevido, no teniendo ninguna formación en temas lingüísticos (como alguien que la tenga ya habrá notado) a tratar de poner este modesto “palo en la rueda” a un proceso de decadencia cultural, que en lo personal me resulta irritante, pero que ante todo considero vergonzante para nuestra sociedad.

Diciembre de 2019