A Ernesto Talvi

Julio 2019

Felicitaciones Ernesto por tu triunfo en las Internas del Partido Colorado. Le viene muy bien a tu partido y a nuestro país. No voy a seguir con comentarios tan trillados para no abusar de tu tiempo ni incursionar en temas políticos que no domino, pero te aclaro que no te voté (por temor a que el descanso eterno de mi padre y de mi abuelo se viera sacudido en caso que votara al Partido Colorado). Pero en el balotagevotaré con entusiasmo al que ocupe la cabecera de “la mesa de tres” (el de mi palo seguro que no va a ser) que conforme el gobierno de coalición.

Solo quiero comentarte dos asuntos. El primero, relativo a tu afirmación de que debemos construir un pequeño país europeo, con desarrollo, con justicia social,y alejarnos de la visión latinoamericana del subdesarrollo y el populismo. Total acuerdo, solo difiero en el adjetivo “pequeño”, pero no es poca cosa.Frecuentemente lo olvidamos, pero nuestra pequeñez solo es tal, precisamente en el contexto sudamericano. En el europeo no es así. La superficie de Uruguay es igual a la suma de las de Bélgica, Holanda, Suiza, Dinamarca y Eslovenia. El Benelux (los dos primeros más Luxemburgo) “caben” en nuestro territorio al norte del río Negro. Claro que nos faltan muchas otras cosas, pero son las que deberemos construir (sería más justo decir “seguir construyendo”, pero sobre bases más sólidas) en el futuro gobierno.

La segunda es una aclaración, con agradecimiento asociado. Hace unos cuantos años, coincidimos en el panel de un seminario o taller organizado por la filial salteña de la Asociación de Ingenieros Agrónomos, no recuerdo sobre que tema, pero sin duda vinculado a la economía agraria. Nos alojaron en el hotel Horacio Quiroga, y a la mañana siguiente, mientras desayunábamos, en una mesa vecina también lo hacían tu esposa y tus dos pequeños hijos, a los que habías llevado de vacaciones. Al mayor, de unos 6 o 7 años, que venía a cada rato a nuestra mesa, me lo “presentaste” aclarándome después que le habías puesto Ramón en homenaje a Ramón Díaz, el conocido economista del Partido Nacional. Silencié el hecho de que por un prejuicio ideológico (considerarlo “muy de derecha”) no había leído su libro “Historia económica de Uruguay”. Este pequeño hecho algo me habrá movidoporque nunca lo olvidé, y me ayudó a reparar, tiempo después, la ausencia de una lectura imprescindible. Ese es el agradecimiento, ahora la aclaración.

Como soy mayor que vos, debería dar el ejemplo de no tutearte sin conocernos, como es moda, pero me siento autorizado a hacerlo por el lejano antecedente salteño. Intentaré hacerte llegar estas líneas por intermedio de nuestro común amigo Eduardo Blasina. Un abrazo y arriba Uruguay, el futuro gran país. Rodolfo.

El instinto de manada

Julio 2019

“Instinto” es una de esas palabras cuyo uso, como consecuencia del avance de la ciencia, es cada vez menos frecuente. Utilizada para definir pautas de reacción, en general animales, cuyo origen no sabíamos explicar, dejaba entrever la posibilidad de un cierto “impulso divino” promotor de esos comportamientos. Pero ahora sabemos que ese impulso, generador de la pauta de reacción “instintiva”, no es de origen sobrenatural ni producto de alguna imposible generación espontánea, sino consecuencia de algoritmos bioquímicos generados porselección natural sobre las distintas especies, a lo largo del proceso evolutivo. 

La sobrevivencia de la especie, más que la del individuo (a veces en contra de la del individuo, como en ciertas arañas) es el principio determinante de todos los instintos, en particular del reproductor. Para fortalecerlo, la naturaleza recurre en las especies sexuadas a variados mecanismos de atracción, que actuando sobre los sentidos (vista, oído, olfato, tacto, gusto) estimulan una actividad hormonal que promueve el apareamiento de macho y hembra.

Pero asegurada la reproducción de los individuos, el siguiente paso es evitar la extinción de la especie, y en ese sentido el “instinto de manada” asegura la sobrevivencia de muchos individuos, aunque implique el sacrificio de algunos de ellos, los más expuestos ante el ataque de predadores. Los cardúmenes de peces, como los de sardinas (y la “cacería” de peces mayores y aves marinas sobre los mismos) y los de arenques en emigraciones de miles de kilómetros, son ejemplos conocidos. 

Entre las aves, las especies migratorias suelen hacerlo en bandadas, lo que además de la protección, economiza la energía consumida durante el vuelo. Una bandada de estorninos (un pequeño pájaro del norte de Europa) puedereunir cientos de miles de individuos, volando a gran velocidad y a pocos centímetros de distancia entre ellos.Pero más familiares nos resultan las bandadas de gansos, cigüeñas y otras aves migratorias, formando maravillosas“V”, donde el aleteo de un individuo se coordina con el aleteo del que lo precede.

Entre los insectos, hay hormigas que ante una inundación, o para cruzar un río, se encadenan formando “balsas” encima de la cual colocan a la reina, que asegura la reproducción poniendo los huevos de toda la colonia.Algunos individuos se ahogan, pero la colonia se salva.Las abejas tienen una organización aún más compleja, con “clases sociales” (reinas, zánganos y obreras/soldados) con responsabilidades definidas e inapelables, tanto para la reproducción y el trabajo como para la defensa.

El “instinto de manada” de los animales domésticos de interés económico es aprovechado por el hombre, dado que facilita tareas de reunión para distintos trabajos y en particular para los traslados. Los rebaños de vacunos(rodeo) u ovinos (majada) son para nosotros las más conocidos, pero en mi infancia (en los lejanos años 50´s…) recuerdo haber visto alguna de pavos, que se iban vendiendo sobre la marcha. 

Para el arreo de caballos, el agrupamiento se facilita colgando del cuello de algún animal de referencia fácilmente reconocible por el dueño (la “yegua madrina”),un cencerro o campana, cuyo sonido es reconocido por todos los caballos de la “tropilla” que se agrupan entorno a la portadora, evitando pérdidas o entreveros con caballos de otro origen. 

Los ejemplos del “instinto de manada” que nos brinda la naturaleza, de los que hemos esbozado unos pocos ejemplos, son tan extraordinarios como variados, presentando las más diversas formas y encontrándose en numerosísimas especies del reino animal. Y el hombre, animal al fin (y a veces desde el principio) no podía ser la excepción.

La Antropología es la ciencia que estudia al ser humano en forma integral, tanto desde el punto de vista de sus características físicas como integrante del mundo animal, como desde los aspectos sociales determinantes de su cultura. Para ello se basa en las ciencias biológicas y en las sociales, abarcando el estudio del homo sapiens en toda su variabilidad como individuo, así como los modos de su comportamiento social, en el tiempo y en el espacio.

Un aspecto central de esos estudios, es el de la compleja interacción entre los factores genéticos y ambientales determinantes del comportamiento humano. Esta complejidad lleva a que una modificación sobre determinado rasgo pueda tener efectos imprevistos sobre otros, aparentemente desvinculados.

En la actualidad, nuestra consciencia sobre la complejidad de los fenómenos biológicos y sociales crece en forma más que proporcional al avance de nuestro conocimiento científico sobre los mismos, lo que ya es decir. Cuanto más sabemos, nos damos cuenta que es más lo que ignoramos. Siempre conviene recordar a Umberto Eco: “Todo fenómeno complejo tiene una explicación simple. Y está equivocada”

A partir de estos reconocimientos, no me atrevo siquiera a esbozar una hipótesis explicativa, pero dejo planteadas algunas preguntas sobre un fenómeno social que me abruma: el incontenible avance de lo “políticamente correcto”. La renuncia al uso del criterio propio para someter nuestras decisiones al de una manada inconsciente e irresponsable ¿nos protege de algo o nos hunde en la estupidez colectiva? ¿El origen de ese comportamiento esinstintivo, inherente a la sobrevivencia del homo sapienscomo especie, aunque muchos de sus individuos lo repudiemos, precisamente por nuestra incapacidad para comprenderlo? ¿Siempre habrá existido, con este u otro nombre, pero sin alcanzar el desarrollo actual? ¿O su crecimiento será más aparente que real, y como ocurre con muchos otros fenómenos, el gran avance de la información y las comunicaciones, al hacerlo más visible, nos lleva a sobrevalorar su importancia?

Los que como Fernando Savater nos declaramos “desafectos” a lo políticamente correcto ¿no corremos el riesgo, dado que el hombre y la sociedad tienen comportamientos pendulares, de caer en el extremo opuesto, es decir el de un hipercriticismo paralizante?

Porque a irnos al otro extremo nos empujan las posiciones totalitarias como las del feminismo al estilo MeToo. Todos (bueno, la gran mayoría) estamos de acuerdo con el feminismo que exige igualdad de oportunidades para el hombre y la mujer.  Pero de ahí a invertir la carga de la prueba cambiando la norma jurídica de que “toda persona es inocente hasta que se pruebe su culpa” a la de “todo hombre es culpable hasta que se pruebe su inocencia”, media un abismo. Forma de razonar, esta última, muy al paladar de cualquier dictador. Y es solo un botón para muestra.

También en el lenguaje, la corrección política impone cambios en las formas con el objeto de lograr cambios en el pensamiento y en las actitudes. Palabras de uso corriente pasan a considerarse agravios o insultos, y deben ser sustituidos por eufemismos, muchas veces absurdos, pero aceptados por esta “nueva sensibilidad”, que es controlada por la policía del lenguaje que tilda de sexista, homófobo, racista o facho a todo el que no se pliegue a lo que la corrección política impone.

Y el léxico utilizado pasa a ser un rápido identificador de amigos y enemigos, determinando el trato que merece recibir el que lo utiliza. Y dejemos, por razones de espacio y salud, las cacofónicas repeticiones de todo término imaginable en masculino y femenino, en aras de la “inclusividad”.

Pero no confundamos las barbaridades del “lenguaje inclusivo” con las atrocidades sintácticas o gramaticales producto del importante nivel de ignorancia reinante, aunque a veces se presentan en simultáneo. En ese sentido, la Intendencia de Montevideo anuncia con orgullo que se encuentra en un proceso de semaforización de las calles, en el Congreso de Sociología se habla del aumento de la tasa de divorcialidad, y el docente universitario explica que cierta figura vino a emblematizar determinado posicionamiento. Así está la cosa.

Siempre lo más difícil es el balance, el equilibrio entre  las posiciones extremas. Pero, consciente del riesgo de caer en una de ellas, les recuerdo que si no fuera por la valentía de los que, en contra de la opinión dominante, desafiaron las “verdades reveladas” y tuvieron el valor de asumir los riesgos de tal comportamiento, ¡entre ellos el de condenarse al fuego eterno del infierno por contradecir las infalibles Sagradas Escrituras, haciendo pretemporada en la hoguera de la Inquisición! Sin esos valientes, no sabríamos que la Tierra es redonda, ni que es ella la que gira alrededor del sol (y no al revés) ni habríamos “descubierto” América. Y un infinito etcétera en todos los campos del conocimiento y el desarrollo social.

Me dirán que la comparación es exagerada, pero lo que quiero destacar no es la magnitud, sino la tendencia: sin espíritus críticos, sin que algunos se sacrifiquen nadando contra la corriente a riesgo de ahogarse (como las hormigas de la base de la balsa) la humanidad seguiría confinada a las cavernas.

Y aunque no tengo respuestas al cúmulo de interrogantes que la naturaleza de la “corrección política” me genera, aunque no pueda definir si se trata de un “instinto de manada” vinculado a la adaptación de la especie a los cambios en el ambiente o solo una moda intolerante, me resisto a aceptar el pensamiento mágico que subyace en todos los posicionamientos “ultras”. Porque la magia no existe. Lo que existe es el ilusionismo.

La cultura criolla

Junio 2019

Las Criollas del Prado, en nuestra última Semana Santa o de Turismo o de la Vuelta Ciclista o de la Cerveza, recibieron el habitual rechazo de los militantes del Movimiento Animalista. Este repudio, que viene aumentando en intensidad año con año, se vio estimulado en este último por un hecho poco frecuente: las fracturas sufridas por dos potros, lo que obligó al sacrificio de ambos. 

El animalismo, como ideología, reclama para sí la “defensa de los derechos de los animales”  como una extensión a dichas especies, por definición no humanas, de algunos principios humanistas. Dejando delado los aspectos éticos o filosóficos de esta controversia (no porque no sean importantes) voy a centrarme en los asuntos prácticos que involucran a esos mismos animales, que los resumo en la siguiente frase: el mayor peligro para la sobrevivencide los animales domésticos y/o de interés económico, lo constituye la ideología animalista.

Caballos, vacas, ovejas, cerdos, gallinas, cabras, perros, gatos y otros animales, no existen a pesar de los intereses del hombre, sino gracias a los intereses del hombre.Quien conozca los elementos básicos de los procesos evolutivos y de la domesticación de los animales, y analice las condiciones de vida actuales de dichas especies y las compare con las de origen, comprenderá que si se aísla a las mismas de suinteracción con la actividad humana, sufrirán un progresivo retorno al estado salvaje que reducirá drásticamente el número y las condiciones de vida de sus individuos (mayor cuanto más domesticada sea la especie) privadas de la alimentación, la sanidad y el manejo brindado por el hombre.

Como consecuencia del eventual respeto a “sus derechos”, tal como exigen los animalistas ¿cómo sobrevivirían esas especies a predadores y parásitos (todos con “derechos” propios porque no habría motivo para que los reconocidos para una especie no lo sean para las demás) y a la competencia entre sí y con las demás especies (incluyendo una leal competencia humana) por un ambiente y un alimento cada vez más escaso? 

Y la especie humana no sería la excepción a la debacle provocada por la ruptura de la simbiosis del hombre con los animales por él domesticados. Privada de las esenciales proteínas animales en su dieta, la especie humana vería seriamente afectada su salud y sus posibilidades de sobrevivencia. Peor aún, como no hay ningún motivo para que el “respeto a los derechos” se limite al de los animales de interés económico, nuestros cultivos rápidamente sucumbirían, indefensos ante el ataque impune de toda suerte de parásitos y plagas, arrastrando a la humanidad a una hambruna apocalíptica.Lo que le da al animalismo, si se llevan sus postulados hasta las últimas consecuencias, un sorprendente matiz suicida.

Al margen de estos aspectos “macro” relativos al movimiento animalista, veamos las condiciones objetivas de vida de las dos especies que mayores desvelos le generan al mismo: perros y caballos. Empezando por “el mejor amigo del hombre” del que, según el MGAP existen en Uruguay algo más de 1,7 millones “que pagan patente”.Registro que por supuesto no incluye a los numerosos “perros sueltos”, no correspondidos en su amor por el hombre, y con más razón defendidos por el animalismo.

El perro desciendo del lobo, estando su evolución determinada por la selección natural y la artificial, inherente esta última al proceso de domesticación llevado adelante por el hombre. Y este fue por supuesto orientando dicha selección de forma de “modelar” animales adecuados a sus diferentes necesidades, según el momento histórico de su desarrollo social. Así fueron surgiendo razas para la guerra o el pastoreo, para la defensa o la compañíadel amo y su familia, más inteligentes o más feroces, cazadores mediante el olfato o la velocidad, adaptados al frío o al calor. La diversidad alcanzó tal grado, que en la actualidad existen en el mundo más de 300razas caninas.

La constante dentro de esta gran diversidad ha sido la simbiosis, el mutuo beneficio derivado de la interacción entre las dos especies: la del hombre encontró un aliado incondicional para las actividades esenciales para su desarrollo (incluyendo el ocio), mientras que la del perro, amparadapor la inteligencia y la capacidad de asociación del hombre, alcanzó un desarrollo tanto cuantitativo como de “estatus” en la escala zoológica, inimaginable en su condición primigenia de lobo.

En relación al caballo, las consideraciones generales respecto a los procesos de evolución y domesticación son en esencia los mismos que en el caso del perro, pero condicionadas por las muy diferentescaracterísticas de ambas especies. Así fueron surgiendo razas para el transporte (de silla o de tiro), para el trabajo (como fuerza motriz), para la lucha o el deporte,adaptadas al trópico o al desierto, incluso en algunas culturas para la alimentación humana.

Como no podía ser de otra forma, el tipo de vínculo entre el hombre y el caballo ha ido evolucionando con el desarrollo de la sociedad humana. Inicialmente el caballo fue imprescindible tanto como medio de transporte como para cualquier trabajorural, pero a medida que el hombre fue descubriendo y desarrollando nuevasfuentes de energía como el carbón, el vapor, la electricidad y los motores a explosión, es decir, a partir de la revolución industrial, el caballo fue perdiendo importancia en los procesos productivos. 

Pero como estaba íntimamente ligado a la cultura humana, conservó su presencia en deportes y otras actividades lúdicas o de recreación. Y como el desarrollo social promueve el proceso de urbanización y el caballo necesita campo, cada vez en mayor medida se lo identifica como un elemento inherente y diferenciador de la cultura rural,del criollismo, en paralelo con un relativodistanciamiento de la cultura urbana.

Como es de suponer, los deportes ecuestres derivan de las actividades productivas en las que el caballo participa o participaba.Jineteadas, paleteadas, pruebas de rienda, son destrezas necesarias para la doma o el trabajo con vacunos (el concurso del Freno de Oro que se desarrolla en Río Grande del Sur es una extraordinaria exhibición, en caballos y jinetes, de estas habilidades).También las pruebas de velocidad o resistencia (de “pura sangre” o de simples “criollos”) como las de salto, dicen relación con la historia del caballo para el trabajo o como medio de transporte, aunque en la actualidad se vinculen privilegiadamente con lo recreativo en la cultura rural.

Sin llegar a ese nivel de profesionalismo, nuestras “Criollas” camperas, o jinetadas, tienen hondo arraigo en la cultura rural. En relación a los caballos participantes, escribíamos  hace un tiempo: “…los caballos, tanto o más que por los reglamentos, son protegidos por los tropilleros, es decir por sus dueños. Para estos, los potros son su capital, y lo cuidan. Ningún bagual se monta más de una vez por mes, y las criollas se desarrollan aproximadamente desde setiembre hasta abril, no en los meses de invierno. O sea que a lo sumo “sufre” unas 8 montas anuales, de 8 a 10 segundos cada una. El resto del tiempo, en libertad, pastorea buenos potreros, porque al dueño le conviene que se mantenga en muy buen estado, porque mejora su cotización (“Las criollas ambientalistas”, 2013)

O sea que los caballos que despiertan el celo animalista no “sufren” esas actividades, porque no son otra cosa que la expresión de sus aptitudes naturalesdesarrolladas por el hombre mediante la selección. A lo que debe sumarse el trato privilegiado que reciben esos animales para potenciar sus aptitudes. Lo mismo ocurre con los galgos que “se divierten” cuando corren carreras o los perros pastores cuando cuidan la majada, porque manifiestan la mejor expresión de esas aptitudes.

La “explotación” en la perspectiva animalista, no es más que el cumplimiento de la cuota parte de los animales en el “pacto implícito” con el hombre, que justifica su existencia. Si ese pacto se rompiera por la prohibición de esas actividades, la existencia de esos animales perdería sentido, y desaparecerían. Y si  desaparecen precisamente los privilegiados dentro de cada especie, que suerte puede esperar a los excedentarios.

La mejor defensa para la existencia y el bienestar de los animales es que el hombre pueda usarlos con los fines para los que los creó, antes, principalmente vinculados a actividades productivas, en la actualidad,crecientemente vinculadas al ocio y al deporte. Y eso no tiene nada que ver con la “humanización” de las necesidades animales, como sugerir la “adopción” para los caballos abandonados por los hurgadores, o mantener un perro de tricota y en un apartamento con calefacción, cuando su ADN proviene de ancestros que vivían en la nieve. 

Otra cosa es limitar algunos excesos del pasado, reñidos con nuestro actual desarrollo cultural. En ese sentido es bueno conocer -antes de juzgar- los avances en los reglamentos de las criollas (ver el artículo antes citado), o en los controles de loscaballos que corren enduros. Algunas tradiciones sangrientas y salvajes, como las peleas de perros y las riñas de gallos, ya están prohibidas o van en retroceso en el mundo. Quizá un arte extraordinario como el toreo termine prohibiendo la muerte del toro, como ya ocurre en algunos países. Y el bienestar animal se extiende en la producción de carne vacuna, como nuevo requisito de los mercados más exigentes. 

Pero una cosa es promover la limitación de ciertos excesos, y otra atropellar valoresculturales porque no se los comparte. Y se los atropella cuando desde la cultura urbana se pretende prohibir manifestaciones de nuestra cultura rural (la del “criollaje), en aras de un supuesto modernismo “civilizador”. Porque los países más civilizados o desarrollados son los que más se preocupan de preservar esos valores culturales ancestrales, como elemento esencial de su identidad nacional.

La extranjerización de la tierra

Rodolfo M. Irigoyen
Febrero de 2019

A la memoria de mis abuelos vascos
Jean Pierre Irigoyen y Marie Vidart,
los primeros extranjeros que conocí.

Hay temas conflictivos que atañen al conjunto de nuestra sociedad, pero que por su transversalidad, no encuentran solución por la vía electoral. Suelen ser de contenido ético o religioso (despenalización del aborto, erección de estatuas religiosas en lugares públicos, etiquetado de alimentos transgénicos), pero también los hay instalados fuera del ámbito de la moral individual, involucrando aspectos trascendentes de nuestra identidad nacional. Uno de estos temas es el de la extranjerización de la tierra.

¿Y porqué esto es “un problema” que genera tantas controversias? Es obvio que la condición de extranjero per se no implica ningún demérito (salvo algún brote de xenofobia del que ningún país está libre) en particular en Uruguay, un país donde “todos somos nietos de emigrantes”. La buena acogida que damos actualmente a los miles de venezolanos y cubanos que llegan así lo demuestra.

Otra cosa es el juicio que nuestra sociedad emite sobre los extranjeros cuando eligen nuestro país para invertir en él. Puesto en jerga económica: cuando el extranjero aporta “el factor trabajo”, es en general recibido con beneplácito, cuando lo que aporta es “el factor capital” automáticamente entra, por lo menos, en la categoría de sospechoso. Con frecuencia se lo considera  directamente un usurpador de nuestras riquezas, y se lo suele caricaturizar con parche en el ojo y garfio en lugar de mano.

Parafraseando a Orwell en su genial “Rebelión en la granja”, podemos afirmar que todos los extranjeros son extranjeros, pero,  algunos son más extranjeros que otros. Con este caldo de cultivo, proliferan los estereotipos y nos empantanamos en dicotomías que enmascaran la realidad. Es lo que ocurre, en definitiva, cuando se entreveran las buenas tradiciones cívicas de un país de emigrantes, con la nefasta herencia de “Las venas abiertas…”

No renegamos del turismo porque el dueño del hotel sea estadounidense, ni de la actividad financiera porque los dueños del banco sean canadienses. Como que a esas actividades las viéramos más ajenas, y no violaran nuestro territorio como un argentino que siembra soja, un brasilero que inverna novillos o un chileno que planta eucaliptus.  

Es el viejo concepto de que la soberanía reside en la propiedad del territorio y que cualquier enajenación del suelo con fines productivos opera en desmedro de la misma. No importa que la nacionalidad del inversor sea cada vez más difícil de determinar, con la proliferación de sociedades anónimas, fideicomisos y otras formas jurídicas de propiedad, ni que el extranjero sea mejor productor o más cuidadoso del ambiente que su antecesor uruguayo.

Pero el nivel de extranjerización de la tierra no debe ser analizado con independencia de la estructura productiva de nuestro agro. En repetidas ocasiones hemos expresado que el factor más determinante de la viabilidad de una empresa agropecuaria, es la dotación de capital, incluyendo en él la tecnología y el gerenciamiento. Y lo hemos ejemplificado con un predio de 500 hectáreas, con 3 niveles hipotéticos de capitalización.

El primero, con hasta, digamos, 200 dólares por hectárea, se lo debe tipificar como un predio de subsistencia, de muy baja productividad. Un segundo nivel, con una capitalización del entorno de los 1.000 dólares por hectárea, puede definirse como un predio ya de mediano porte (en la escala uruguaya), económicamente viable en un régimen de libre competencia por los factores productivos.

Finalmente, el mismo campo, pero con una dotación de capital del orden de los 5.000 dólares por hectárea, puede constituir una gran empresa rural. El primero estará condenado a una ganadería extensiva de baja productividad, el segundo podrá ser una empresa ganadera eficiente, el tercero podrá elegir o combinar los rubros de mayor productividad y mejor resultado económico.

El extranjero inversor, dada su dotación de recursos, adopta mayoritariamente los modelos productivos agropecuarios de más alto nivel de capitalización y productividad.  Y en nuestro país, los procesos de crecimiento en el sector primario tienen un importante efecto multiplicador a nivel de la industria y los servicios asociados, generándose, cuando se dan esos procesos, un mayor valor agregado en el conjunto de la economía. Y ese mayor nivel de actividad abre nuevas oportunidades para pequeños y medianos inversores nacionales.

Resumiendo: el crecimiento económico se da en asociación con la inversión extranjera, por compra de empresas ya existentes o creación de nuevas, entre ellas algunos grandes emprendimientos. Pero ese mismo crecimiento, en simultáneo, genera nuevas oportunidades para inversores nacionales, principalmente en servicios de apoyo a las cadenas agroindustriales. Entonces, la extranjerización de la tierra no debe verse como la causa de los problemas, sino como la consecuencia del crecimiento de una economía que se desarrolla en un mundo globalizado.

Planteadas así las cosas, como país deberíamos tener claro cuál es la opción política que preferimos: la del crecimiento y el desarrollo que, con altibajos, hemos recorrido en el último cuarto de siglo, con la condición sine qua non del aumento de la extranjerización de la tierra (y del conjunto de la economía inherente a la globalización de la misma) o el retorno al país de hace 25 años, más “soberano” según la óptica de los que reclaman el combate a la extranjerización.

Se impone entonces una evaluación de las consecuencias que dicha elección tendría. Si se elije libremente, se debe asumir responsablemente las consecuencias (aunque este ejercicio haya caído en desuso) de esa elección. La facilita mucho el hecho de que conozcamos los dos modelos: el actual, con 16.000 dólares de ingreso per cápita y el de un cuarto de siglo atrás, en la que ese ingreso solo alcanzaba a 5.000 dólares. Aunque la cifra actual sea en cierta medida consecuencia del atraso cambiario, en términos reales, su poder de compra no debe ser menos del doble del anterior.

Y una muestra del modelo anterior lo seguimos teniendo a la vista con el Instituto Nacional de Colonización, “modelo productivo” que podríamos  asimilar, aproximadamente, con el primer nivel de capitalización del predio en el ejemplo anterior. En él, se priorizan absolutamente los aspectos sociales por sobre los económicos de la tenencia y propiedad de la tierra, con muy bajos niveles de capitalización y por consiguiente de productividad, pero con propiedad nacional (estatal) y usufructo a través de arrendamientos a pequeños productores a precios subsidiados (a la mitad o menos del valor de mercado) y por supuesto, sin extranjeros a la vista.

En la comparación de nuestra sociedad actual con esa otra anterior de, digamos, no un tercio pero si la mitad del ingreso real actualmente disponible, debemos imaginar un país con mayores carencias en infraestructura, con una educación, una salud, una seguridad con la mitad de los recursos de los que dispone la sociedad actual. Y lo que se aplica al gasto social, extendámoslo al de las familias. Adiós a los 20.000 “Cero km” anuales, menos viajes, mayor desocupación, salarios y jubilaciones muy disminuidos. Pero eso sí: ¡“tolerancia cero a la extranjerización”! Cuando se discute el tema que nos ocupa, estas implicancias no pueden quedar afuera del análisis.

Para finalizar, párrafo aparte merece el gran hito extranjerizante que está hoy sobre la mesa, y que tanto ilusiona pero a la vez complica al gobierno nacional, al chocar con su discurso tradicional de rechazo a la extranjerización, que su “ala dura” no deja pasar un minuto sin recordarle. Y que también (relictos del pasado) divide las aguas de la oposición: la planta de UPM2.

Quienes se oponen a su instalación lo hacen desde distintos planos. Uno es el del reclamo ya mencionado de pedir igualdad de condiciones para las empresas nacionales, otros al alarmismo ecológico (no alcanzó la experiencia de las plantas anteriores que iban a matar al río Uruguay, disparate permanentemente desmentido por una década de controles oficiales). Pero el argumento más frecuente es el tradicional “se la llevan toda”, ignorando la “que queda” por dinamización y crecimiento de toda la cadena forestal, ni la que los extranjeros pueden dejar enterrada acá, si las cosas no les marchan bien.

Como que los finlandeses tuvieran un gen de maldad. Ocurre que tienen ojos, y ven. Ven el estado calamitoso de nuestra infraestructura vial, ven la pasividad (cuando no complicidad) oficial ante el chantaje sindical que padece, por ejemplo, la industria láctea uruguaya, ven el nivel de precios y la calidad de los servicios que brindan los monopolios estatales, ven, en fin, la burocratización, el ausentismo, las carencias en educación básica y técnica. Y saben que así, las cosas no funcionan, por eso exigen (sí, exigen, no dejemos de recordar que planean invertir miles de millones de dólares) que esos problemas los solucione quien corresponda, o la inversión no se hace.

Al menos quien esto escribe, no ha visto ninguna solicitud finlandesa pidiendo que esas soluciones no alcancen a los empresarios uruguayos, seguro si llegaran a todos, también las empresas extranjeras saldrían beneficiadas. Pedir “que se nos dé a los uruguayos lo mismo que a los finlandeses” es una ingenuidad, porque no es un tema de nacionalidades, es de modelos macro económicos: para que eso ocurriera, tendría que cambiar el nuestro, dejando de priorizar el consumo para pasar a privilegiar la competitividad.

Y eso implicaría darle oxígeno a la economía pero, nada más ni nada menos que a costa de alejarse de los votos, es decir del poder. Y esos sacrificios se hacen excepcionalmente, solo cuando el que lo “solicita” pone sobre la mesa de negociación un argumento con nueve ceros.

La confusión primaria

Rodolfo M. Irigoyen
Enero de 2019

Se suele calificar a nuestra estructura productiva de base agropecuaria como generadora de modelos de desarrollo que se definen  con expresiones del tipo de “destino pastoril” o “productores de bienes primarios no diferenciados”. Lo que implica una percepción bastante peyorativa sobre los procesos productivos que la integran. Según este diagnóstico, estaríamos amarrados a un destino de simples reproductores de formas arcaicas de producción, de escasa generación de valor y baja demanda tecnológica, lo que nos impediría alcanzar los estándares de bienestar propios de las economías industriales con elevada participación de los servicios en la producción global. Entre ese diagnóstico y la conclusión de que es imprescindible la superación de la estructura productiva de base agropecuaria para que nuestra economía se desarrolle y modernice, hay un paso. Y la necesidad de darlo, parece estar en el código genético de la gran mayoría de los uruguayos.

Quienes comparten este difundido diagnóstico, suelen además asignarse la condición de adalides del desarrollo tecnológico y la modernidad. Proclives a las dicotomías simplistas, nos advierten que se agota el tiempo para optar entre vacas y computadoras, y que seguir prefiriendo los rubros tradicionales de la producción agropecuaria antes que, digamos, el desarrollo de la inteligencia artificial, nos aleja cada vez más de la virtuosa senda que conduce al primer mundo.

Y visto de lejos, o cuando no se conoce el real funcionamiento de las piezas que lo componen, el modelo resulta atractivo, legitimado por un formato de actualidad, correctamente estructurado, políticamente correcto. Pero como tantas veces ocurre en Economía, la falla está en los supuestos, en los preconceptos que se dan como verdad revelada y que están en la base, y contaminan, toda la racionalidad posterior. El resultado es recurrente en nuestra historia económica: “buenos modelos”, apadrinados por la cátedra y socialmente aceptados, pero que no funcionan.

A nuestro juicio, la “confusión primaria” radica en confundir primario con extractivo, conservando una visión malthusiana de los procesos agrícolas, donde la productividad de los mismos es constante, porque no se incorpora al análisis el resultado del cambio tecnológico. Cuando se define a priori al empresario rural como conservador, priorizador del rentismo por sobre la tasa de ganancia empresarial, con alta aversión al riesgo y por lo tanto de nula o muy baja propensión a la incorporación de tecnología (sin entrar en detalles en relación a si la inversión que la misma requiere es rentable) el “destino pastoril” deja de ser una hipótesis para convertirse en un dato de la realidad. Nuestra historia económica, en particular de la primera mitad del sXX, es determinante de esta interpretación de la realidad.

Sin desconocer la existencia de productores agropecuarios con ese perfil (en un universo de más de 40.000 integrantes, hay ejemplos de todo tipo) una cosa es la casuística, el argumento basado en el caso particular, y otra la respuesta global que da el sector ante las condiciones económicas a las que se ve enfrentado. Porque como sostiene Umberto Eco, “todo problema complejo tiene una solución simple, y está equivocada”.

Para rebatir el diagnóstico anterior, remitámonos, como no puede ser de otra forma, a los hechos concretos. Escribíamos en 2010: “En los últimos 20 años, la productividad promedio (en Kg por hectárea) de la agricultura creció al 3,7% anual, pero a partir del 2002/03 lo hizo al 7,8% anual, duplicándose en menos de una década. En el mismo período, la edad promedio a la faena de los novillos bajó de 4 a 2,5 años, sin disminuir el peso de la res y mejorando la calidad de la carne. La lechería (de 1500 a más de 2500 litros/hectárea) y el arroz (de 5 a más de 8 ton/há) también prácticamente duplicaron su productividad diversificando y mejorando la calidad de sus productos finales en apenas dos décadas. En tanto la forestación implantó 800 mil hectáreas de nuevos montes (5% de nuestro territorio productivo), plataforma primaria para las dos mayores inversiones industriales del país”

Este dinamismo continuó en el quinquenio siguiente (2011-2015) -el de mejores precios de exportación recibidos por nuestro país desde que se tienen datos- hasta que a mediados de la década se inició el derrumbe de esos precios internacionales (50% en el caso de los lácteos, entre 20 y 30% en los granos) que dejaron en evidencia que el nivel de nuestros costos de producción, mayoritariamente determinados por la política económica, era incompatible con una estrategia de país competitivo, o “agrointeligente” como empezó a denominarse a dicha estrategia.

Los procesos que determinaron este dinamismo del sector primario, en Uruguay y cualquier otro país del mundo, tienen un común denominador: son cada vez más intensivos en capital y en conocimiento. Esto no es novedad en lo referido al capital inmobiliario y al necesario para la inversión en equipos e insumos productivos: capital semoviente, infraestructura, fertilizantes, semillas, agroquímicos etcétera.  

Lo novedoso (si se puede usar este adjetivo en un proceso que se viene desarrollando durante el último cuarto de siglo, pero que corresponde porque dicho proceso aún no ha llegado a oídos de los numerosos defensores del diagnóstico descrito inicialmente) es el hecho de que nuestro agro, cuando existen al menos las condiciones económicas mínimas para que exprese su dinamismo, es un activo demandante de las TICs (Tecnologías de la Información y las Comunicaciones), nave insignia, paradojalmente, de los que declaran a ese agro como arcaico y “vía muerta” en una estrategia de desarrollo sostenible.

La actividad agropecuaria materializa un enorme volumen de conocimiento existente sobre las más variadas disciplinas, que el hombre ha acumulado a lo largo de su historia, pero que ha crecido exponencialmente en el último medio siglo. A título de ejemplo, y en titulares, mencionaremos algunas de esas disciplinas.

El mejoramiento genético convencional de animales y plantas, basado en modelos matemáticos de manejo informático, se complementa, cada vez en mayor medida, por la ingeniería genética y los marcadores moleculares. Una cosechadora, y en general toda la moderna maquinaria agrícola, es manejada por una computadora, y esta por un operador calificado. Y estos equipos, manejando programas georeferenciados, multiplican sus funciones ajustando los trabajos a niveles cada vez más detallados, mejorando la eficiencia en los rendimientos y la economía de tierra, agua e insumos.

Las prácticas agronómicas exigen crecientemente de un manejo informático calificado, demandando técnicos de alta capacitación y de software y otros insumos intensivos en conocimiento. Además de las incipientes agricultura y ganadería de precisión, las mismas demandas tecnológicas se manifiestan en las ramas industriales de preproducción, como los fertilizantes, las raciones, la ingeniería de riego, o las proveedoras de equipamiento para las industrias molineras, láctea, frigorífica, forestal, textil etcétera, son también cada vez más intensivas en el uso de las TICs. Recíprocamente, para las empresas nacionales de esta rama, la demanda de sus productos por parte de procesos agroindustriales es fundamental. Lo que existe es simbiosis, no antagonismo.

La lista de los servicios de post producción intensivos en conocimiento también es difícil de agotar. Las tecnologías de secado o maduración, de diferenciación de productos, de conservación y empaque, los requerimientos de infraestructura y logística de almacenamiento y traslados, y un largo etcétera, demandan y a su vez generan continuamente nuevo conocimiento que se incorpora al conjunto de los procesos productivos de los bienes de origen primario. Y la mayor eficiencia en estos procesos, no se alcanza siguiendo un protocolo o un manual de procedimientos importado, es el producto de una larga acumulación de conocimiento y experiencia local, que si no se usa, se pierde.

¿Y cómo evoluciona el Valor Agregado sectorial y total con los aportes tecnológicos incorporados? En 2011, el autor realizó un trabajo sobre el tema para el caso de la cadena arrocera, para las 4 décadas previas: años 70s, 80s, 90s, y 00s. En ese período, la producción promedio por década a nivel de chacra pasó de 4 a 7 toneladas por hectárea, y el área sembrada de 44 a 165 mil hectáreas. Los principales hitos del desarrollo de la cadena productiva, además del aumento de la superficie y la eficiencia primaria (que involucró enormes avances en la mejora genética y las tecnologías de manejo y preservación ambiental) fueron el de pasar a exportar el 100% de la producción en forma de arroz procesado (años 70s), el desarrollo del proceso de parbolizado (años 80s), de la producción de aceite (años 90s) y del uso de biomasa para la producción de energía eléctrica (años 00s)

Todo ello determinó que el Valor Agregado Bruto del conjunto de la cadena pasara, tomando como 100 el valor en el promedio de los 70s, a 827 en el promedio de los 00s, mientras que la participación del VAB de la producción primaria (a pesar del espectacular crecimiento de su producción física) fue cayendo, en las 4 décadas, del 56, al 52, al 47 y al 44% del total de la cadena. Y los mismos cálculos (también en base a datos oficiales fácilmente constatables) pueden hacerse para las otras cadenas agroindustriales, y los resultados son parecidos.

Entonces, cuando se duplican los volúmenes y la eficiencia en las producciones de arroz, trigo, leche o carne, cuando se desarrollan desde cero grandes producciones de soja o celulosa, el producto, en esencia, no ha cambiado (aunque haya mejorado su calidad, como ha ocurrido). Más que el producto final, lo que cambian son los procesos para alcanzarlo.  El churrasco, la leche, el grano de arroz o la harina siguen presentando sus características tradicionales, pero se producen en forma económicamente más eficiente, con menos tierra e insumos por unidad de producto generado, y con menores costos unitarios. ¿Cuánto del enorme caudal de conocimiento antes mencionado se incorporó para multiplicar la eficiencia de esos procesos productivos? Ser el más eficiente ¿no es también un “activo especializado”?

Y dejando lo tecnológico para pasar a su expresión en las Cuentas Nacionales, el tan meneado fantasma de la “baja participación del Agro en el Producto y en el Empleo” es muestra de dinamismo y no de baja importancia, como lo evidencia nuestro ejemplo del arroz y cualquier comparación internacional que se realice. La concepción original de las Cuentas Nacionales presupone un sector primario con posibilidad de crecimiento puramente horizontal, porque cualquier intensificación y/o encadenamiento de los procesos productivos implica una “fuga” de los resultados de los mismos hacia el sector secundario o al terciario, es decir hacia la industria o los servicios.

Y lo que ocurre con el Producto, también se expresa en el nivel de Empleo.

El sector primario se desarrolla reduciendo el número de trabajadores directos (empresarios y empleados), requiriendo mayor capacitación y otorgando mejores remuneraciones. Pero los aumenta en forma más que proporcional (al Producto y al Empleo) en forma indirecta en la industria y los servicios asociados, por tener el mayor poder multiplicador de nuestra economía (Red FAO-Mercosur, Fac. Ciencias Sociales, UdelaR, Inés Terra coord.)

Por eso, las opciones de reinserción laboral para los desplazados por el avance tecnológico, no deben ser visualizadas como necesariamente ajenas al sector, porque un agro dinámico genera demandas de nuevos empleos en la industria y los servicios, económicamente más atractivas y culturalmente más cercanas, y que en principio no exigen modificar el “sistema de vida” del involucrado y su familia.

Por todo lo anterior, un camino de desarrollo basado en nuestra “agrointeligencia” debería ser un objetivo nacional y como tal, ser encarado por el conjunto de la sociedad. No es promoviendo el antagonismo entre segmentos de esa misma sociedad que vamos a alcanzarlo.

Las cuentas que lo demuestran son muy sencillas, pero mucha gente no las entiende. Existen incluso Ingenieros que no las entienden. Si será grande la ignorancia. O peor aún, si será grande el poder de los prejuicios.

Carta abierta a veganos, animalistas y afines

Rodolfo M. Irigoyen
Diciembre 2018

Empecemos aclarando los tantos para evitar malos entendidos. Respecto a las explicaciones sobre el origen y el desarrollo de la vida en la Tierra, existen dos grandes líneas de pensamiento, el creacionismo y el evolucionismo. Como es sabido, la primera, que constituye una creencia (dado que no reclama ni admite comprobaciones) postula que tanto la materia inerte como los animales y las plantas, fueron originados tal cual son en un acto voluntario de un ser superior, omnipotente y eterno. En cambio la segunda, constituye una teoría científica (que no solo admite, sino que está obligada a probar sus postulados) desarrollada inicialmente por Charles Darwin a mediados del sXIX y que explica el desarrollo de las especies animales y vegetales a través de la evolución, determinada por un proceso natural de selección. Mi posicionamiento personal claramente se inscribe dentro de esta segunda línea interpretativa y con esa perspectiva realizo estos comentarios.

El mundo tal cual lo conocemos, es el resultado de uno de estos dos procesos, el creativo o el evolutivo, aunque con frecuencia se observan mezclas de ambas interpretaciones, en general como resultado del intento de las religiones de aggiornarse ante el imparable avance de la ciencia, que prueba, sin espacio para la duda, que la evolución es un proceso tan innegable como permanente y determinante del estado actual del mundo en el que vivimos.

El proceso evolutivo se desarrolló sin intervención consciente del hombre desde el inicio de los tiempos hasta hace unos 10 a 12 mil años, cuando los humanos iniciaron el proceso de domesticación de animales y plantas. Empieza así el desarrollo de la agricultura en base a lo que se denomina “selección artificial”, proceso por el cual el hombre permite que solo se multipliquen determinados animales y plantas, los más adecuados para la satisfacción de sus necesidades.

Y esta participación del hombre en los procesos naturales ha sido determinante del desarrollo de estos. No solo en las especies de animales y plantas que domesticó, diversificando y mejorando sus características productivas, sino sobre el conjunto de las especies vivas al ir modificando, con el correr de los siglos, el medio ambiente al que la vida debe adaptarse para seguir existiendo.

La magnitud de estos cambios y su velocidad de procesamiento, es difícil de imaginar. En un período de tiempo equivalente apenas al último 5% de la historia de su evolución como Homo sapiens, los humanos multiplicaron por mil su número sobre la Tierra. Y todo sigue creciendo: la población mundial, que actualmente es de 7.600 millones crecerá, según los modelos poblacionales, hasta unos 9.000 millones, para luego estancarse y posteriormente empezar a decrecer. Pero además, la duración de la vida humana es cada vez mayor: aunque con tasas diferentes, aumenta en los cinco continentes. Y la cantidad y calidad de los servicios de que la humanidad dispone tampoco dejan de multiplicarse en todo el mundo. Mil veces más población, con vida mucho más larga y necesidades infinitamente mejor satisfechas. En tanto las revoluciones tecnológicas y sociales (agrícola, industrial, institucional, informática) que son el motor de todos estos procesos, se suceden y aceleran.

Estos son datos, reales y constatables, no una opinión interesada ni el imaginario actual de alguna creencia. Con independencia de la discusión ambiental que estos procesos conllevan (que merece capítulo aparte) es innegable que en el contexto actual, las invocaciones de “retorno a lo natural”, de la “alimentación sana” de “respeto a los animales” y otras por el estilo, nos hunden en un abismo de indeterminaciones solo sostenibles negando los postulados de la evolución, y sustituyéndolos por principios creacionistas que no requieren, o mejor dicho rechazan, cualquier tipo de racionalidad.

Porque ¿a que naturaleza queremos retornar cuando en relación con ella lo único permanente es el cambio? ¿A la de nuestros abuelos, emigrantes que huían del hambre y las pestes? ¿A la antigüedad donde solo se disponía del trabajo esclavo para apenas mantener una población veinte veces menor a la actual? ¿O más atrás, a las cavernas y la lucha con el mastodonte? ¿Dónde poner el límite?

La visión bucólica de la vida es una ilusión. Quien hoy lo dude, que se interne -sin ir más lejos- en los montes del Río Negro, del Queguay o del Tacuarembó, haga contacto con algunos de los montaraces que viven en y de esos montes, y evalúe esa forma de vida. Porque hacerlo el fin de semana de turismo, con camioneta, conservadora con hielo para comestibles y bebestibles, carpa con mosquitero, motor de luz y la civilización disponible en un rato, es hacerse trampas al solitario.

¿Y la alimentación sana consiste en no comer carne, cuando nuestra especie ha evolucionado durante millones de años con ella como base de su alimentación, hasta llegar a ser el omnívoro que somos? ¿Y sin lácteos, siendo mamíferos? ¿Cambiar nuestro mapa genético para satisfacer una moda? ¿Pensamos que el camino a seguir para vivir mejor o incluso sobrevivir como especie es el de imitar al amigo de Liza Simpson que no comía “nada que produjera sombra”? ¿O manifestando contra los transgénicos, indispensables para alimentar a la humanidad? Como dijo un científico norteamericano: “los que se oponen a los transgénicos, deben hacerse responsables de las consecuencias de sus opiniones y definir quienes serían los mil millones de personas que morirían de hambre si esa tecnología no existiera”

Y vinculado con lo anterior, el “respeto” ¿a qué animales? A todos, imposible, porque no pararíamos ni al llegar a los virus. Si se refieren solo a las mascotas, el criterio es demasiado restrictivo, quedarían libradas a su suerte y su eventual desaparición todas las demás especies, desde la abeja a la ballena. Algo parecido ocurriría si solo se “respeta” a las especies de interés económico, hayan sido domesticadas o permanezcan silvestres. Y así podríamos continuar indefinidamente, sin poder ponernos de acuerdo en los límites del colectivo animal al cual dirigir nuestra protección.

Pero hay algo más grave que esta dificultad logística en relación con el “respeto animal”. Se trata del hecho de que las mascotas y demás especies domésticas no son naturales en el sentido de “no hechas por el hombre” sino todo lo contrario. Naturales son los ancestros, pero los que queremos proteger, son “artificiales”. Natural es el lobo, pero a los perros que derivan de él los hizo el hombre, desarrollando el olfato para crear al perdiguero, la velocidad para llegar al galgo, el instinto de defensa para el ovejero alemán o el de ataque para el doberman. Entonces, cuando se exige la protección de las especies domésticas o de las mascotas, no se protege lo natural, sino lo artificial, lo creado por el hombre. Y si el  hombre los hizo, el hombre tiene derecho a usarlos con los fines para los cuales los creó.

Que la vaca lechera produzca 30 litros diarios, es producto de la inteligencia, porque el hombre trabajó y trabaja desde hace varios siglos para que ese fenómeno se produzca, y gracias a él la humanidad dispone de leche. Porque la exigencia “natural” para la alimentación del ternero se satisface con la décima parte de esa producción. Y el mismo razonamiento se aplica a infinidad de productos como los diferentes tipos de carnes y demás alimentos, o a la enorme variedad de aptitudes de las diferentes especies animales (y vegetales, dicho sea de paso) desarrolladas por el trabajo y la inteligencia del hombre con el fin de satisfacer los requerimientos de la sociedad humana. Otro asunto es el “como” se realizan esos desarrollos, y en ese sentido enfoques modernos y de creciente actualidad, como el del bienestar animal, también merecen capítulo aparte.

En definitiva, los postulados animalistas como defensores de la naturaleza, no tienen ninguna consistencia. Si solo quedara lo natural, en el sentido de no producido por el hombre, las especies domésticas y de interés económico desaparecerían como tales, conservándose como especies solo con magnitudes equivalentes a una milésima parte de la actual, en forma de relictos ancestrales refugiados en sus áreas geográficas de origen.  Y la misma línea argumental se puede desarrollar para las especies vegetales.

Asimilar como lo único natural a la forma actual que muestran los seres vivos en el mundo, es un posicionamiento reaccionario, negador de la evolución y el progreso, y que implica aceptar los postulados creacionistas: las cosas son, y deben seguir siendo, tal como dios las creó.

Entonces, muchachos y muchachas que motivan esta carta, por favor un poco de coherencia. Asuman las implicancias de sus creencias, elijan el credo que mejor las represente, y empiecen a ejercitarse en el cumplimiento de sus preceptos. Como todo converso, convendría que, al menos en sus inicios, se mostraran más realistas que el rey, y empezaran eligiendo algún precepto cuyo cumplimiento les resulte particularmente penoso. Por ejemplo, podría ser el de limitar vuestra actividad sexual a los estrictos límites del matrimonio, y, ¡ni que hablar! practicándola exclusivamente con el sexo opuesto. Como es natural.

En memoria de Juan Peyrou

Rodolfo M. Irigoyen
Noviembre 2018

Se fue Juan.  Y que difícil decidirse entre poner por escrito algo de todo lo que se podría recordar de él, lo que siento como obligación o seguir encerrado, llorando y a las puteadas por cosas que van a seguir siendo tan inmutables como las injusticias de la vida o la maldita puntería de la muerte, que es lo único que tengo ganas de hacer.

Pero por primera vez, ahora que está muerto, Juan me obliga a algo. Y ahora, tan luego ahora, obliga y además pone condiciones. Porque no se puede escribir algo sobre Juan recurriendo a lugares comunes o cursilerías.

Pero a riesgo de caer en ellas, no puedo dejar de decir algo sobre su voz, porque la vi y oí sorprendiendo a Zitarrosa, hipnotizando a los niños, haciéndole un nudo en la garganta a los hombres o en el corazón a las mujeres. O al revés, vaya uno a saber.

Ni dejar de decir algo sobre su guitarra, digna compañera de nuestros grandes poetas, como la de Numa para interpretar a Osiris, como la de Chalar para interpretar a Risso. Pero también para ponerse al hombro todo el talento de una familia de músicos, acompañando al Flaco Fossati, cuarteando a La Tribu de los Soares de Lima, en dúo con su hermano Beto o inspirando a Patricio Echegoyen, además de acompañar y estimular a cuanto gurí, propio a ajeno, que “pintara”, o al menos tuviera ganas de entreverarse y aportar algo a la música de la tierra. O de la ciudad, daba lo mismo. Esa gran generosidad que le heredó la Pilarica.

Y en otros planos, lo mismo. Recorriendo el espectro político en busca de su verdad, sobre cada momento en lo temporal, sobre cada sector en lo social, sobre lo rural o lo urbano en lo territorial. Pero en todos los casos con esa honestidad que llegaba a ser abrumadora, tan generadora de anécdotas como inhibidora de rencores.

O en el plano técnico, donde nos peleamos tantas veces, cuando uno no terminaba de acomodar el cuerpo ante la intuición genial y el argumento disparatado, ante las emociones expresadas como “verdad objetiva” o el fundamento sólido disimulado bajo un dicho campero.

Pero en definitiva, todo se resume en lo humano. En el recuerdo que deja en las que fueron sus compañeras de vida, en sus hijos que lo proyectan en el tiempo a través de la sensibilidad de Santiago, la fortaleza de Martín o la conmovedora fragilidad de Maite.

Fue, como dijo en algún momento Yupanqui “rico de lindas riquezas, guitarra, amigos, canción” y ese es su mayor legado, a toda su familia y sus innumerables amigos.

Ya se Juan que te merecías  algo mejor, pero te aseguro que no es changa esto de escribir a moco tendido. Un abrazo Caballo, nos vemos en cualquier momento. Catalán

Tus risitas, Joel…

Rodolfo M. Irigoyen
Junio 2018

Sintonicé Del Sol FM a las 9 y poco sin acordarme que Darwin ya debía estar viajando al Mundial de Rusia. El Profe Geyerabide, “quedado especial” rellenaba el espacio como podía. Y el lío de ayer en la Ancap de Santa Clara estaba en la tapa de los diarios, era noticia. Resumiendo: el día del Raíd hípico, es decir el de la fiesta anual del pueblo, la única estación de servicio existente fue bloqueada impidiendo la venta de combustible, por el sindicato correspondiente, a los efectos de realizar una asamblea (de siete personas, el delegado sindical y los 6 empleados) para discutir el despido –por “notoria mala conducta”- de dicho delegado. Ante la aglomeración de vehículos en espera de combustible, los ánimos se fueron caldeando, se corrió la voz por el pueblo y se aglomeró gente exigiendo ser atendida, derivando en airadas declaraciones a los medios que cubrían el evento hípico: por un lado los usuarios, por el otro el sindicato, ambos colectivos considerando sus derechos avasallados.

Al final se llegó a una solución, y la cosa no pasó a mayores. Pero la noticia fue levantada por los medios capitalinos, siendo aprovechada por el citado “Profe” (periodista/humorista deportivo) como una preciosa oportunidad de ventilar la más rudimentaria, la más completa y tóxica retahíla de lugares comunes anti campo. Porque eso hay que reconocerle al Profe: su poder de síntesis. En 5 minutos declamó todos y cada uno de los añejos prejuicios que pautan nuestro subdesarrollo como nación, la despectiva mirada de una supuesta intelectualidad urbana hacia el resto del país, con toda la carga de ignorancia y mala leche del supuesto culto hacia los supuestos ignorantes, en clave de “clases sociales”.

A su menjurge no le faltó ningún ingrediente: los estancieros y su ocio improductivo con sus infaltables 4 por 4, los viajes a Europa de los mismos con los créditos no reembolsados al BROU, los palenques para azotar peones desde que se abolió la esclavitud, la soja y el glifosato, el no pago de impuestos con su corolario de desprecio por la asistencia social, la burla a las costumbres y pasatiempos locales como los raíds hípicos, metiendo de pasada en la bolsa al movimiento “Un solo Uruguay” etcétera.

No me importa el personaje, me duele constatar una vez más que somos incapaces de superar nuestra maldición de Malinche, la que nos mantiene sometidos a trasnochadas rencillas parroquiales “entre campo y ciudad”. Pero te soy sincero Joel, lo que realmente me calentó fueron las risitas cómplices que intercalabas en la diatriba de Geyerabide, la impunidad con que adheriste al panfletazo aprovechando que al aire no había nadie que te parara el carro, como ocurre en ese espacio cuando en lugar del payaso está

La reinserción del pecarí

Rodolfo M. Irigoyen
Setiembre 2017

Estimados: las almas sensibles (alguna hay dentro de mis lectores)  seguro se habrán emocionado, como me ocurriera a mí, viendo hace pocos días por televisión, la liberación de 100 hermosos lechones pecaríes, por parte del Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y  Medio Ambiente (MVOTMA). Dicha liberación se realizó en una “reserva privada”, anunciando los técnicos responsables que de esta forma el Pecarí se “reinsertaba en el medio rural”.

Aclaremos que el Pecarí o Pecarí de Collar (Pecarí tajacu), pariente más chico del Jabalí europeo, es originario de América, pero en Uruguay está parcial o totalmente extinguido, de donde deriva la preocupación de las autoridades medioambientales por su reinserción en nuestro territorio.

Pero junto con la noticia de la liberación, se supo gracias a una denuncia, que a los tres o cuatro días de dicha liberación se detuvo a un cazador que ya había matado a cuatro de los cien lechones, uno de los cuales ya estaba en el horno. “Así que este es el famoso pecarí” habría comentado el cazador viendo el fruto de su acción, lo que descartaba el argumento de la ignorancia como justificación de la misma.

Las sanciones fueron “ejemplarizantes”. Le requisaron el vehículo, las armas y los perros, creo que no se salvó ni el horno con la asadera. Probablemente se tratara de un cazador habitual de jabalíes, cuya caza no solo está permitida sino incluso promovida, dada su condición de plaga particularmente dañina para la ganadería y la agricultura. Hasta acá, todos de acuerdo.

Pero quiero centrarme en el “operativo” oficial, sin duda lleno de buenas intenciones. Lo primero a recordarle al MVOTMA, es que liberarlos no implica su automática reinserción en el medio rural, como este Ministerio proclamó. Sino que la liberación es el inicio de un difícil proceso de readaptación, del cual quiero destacar el riesgo derivado de la presencia de predadores de cuatro patas, además del de dos ya mencionado.

No se aclaró si el predio donde se liberaron tiene alguna defensa o control (no parece si al toque cazaron cuatro) que genere condiciones mínimas de sobrevivencia para la nueva especie introducida. Y de entrada se me ocurren dos predadores: el ya mencionado jabalí y en particular los perros asilvestrados, tan dañinos como los anteriores, que se vienen extendiendo por nuestra campaña amparados en su supuesta condición de “mascotas”.

Pero la pérdida de esta condición –si es que alguna vez la tuvieron-  no es reconocida por una serie de colectivos (humanos) que se caracterizan por su desconexión de la realidad y por consiguiente por su absoluta irresponsabilidad. Pero mucho ojo para el que se le ocurra criticarlos, es políticamente muy incorrecto y el hereje resulta despedazado en las “redes sociales” o incluso demandado ante la Justicia. Así que pongo mis blancas barbas en remojo y la dejo por acá.

Yendo al tema de fondo, creo que la liberación debería estar precedida por un proceso educativo que generara la conciencia ambiental necesaria para valorar la preservación de nuestra fauna autóctona. Dicha conciencia, además, debe generarse en armonía y no de manera antagónica al normal desarrollo de nuestros procesos productivos, como ocurre con cierto irresponsable ambientalismo de barricada que soportamos habitualmente. Pero nadie le pone el cascabel al gato.

Y luego de esta etapa previa indispensable, deben encararse todas las complejidades que implica una intervención ambiental que procura regresar a un estado de cosas que pertenece al pasado. Porque el ambiente es dinámico, y en el interín, ocurren muchas cosas que hacen que las respuestas simples a los problemas complejos resulten, como siempre, equivocadas. Un par de ejemplos, uno del exterior, el otro nuestro.

En la región del Mercantour, en los Alpes franceses, hace algunos años se llevó adelante un programa de reinserción del lobo, extinguido en Francia, “importándolo” desde la cercana Italia. Para ello se contó con la tecnología más moderna, insertándoles a los animales chips electrónicos con GPS, monitoreando todos sus pasos para promover su reinstalación y reproducción.

Pero los modernos intereses ecologistas se enfrentaron con los tradicionales de la producción ovina familiar, cuando los lobos reinsertados empezaron a diezmar las majadas de los campesinos de la región. El objetivo ambiental siempre implica desafíos socioeconómicos de resolución más compleja que el propio proceso de reinserción.

La Quebrada de los Cuervos, en el departamento de Treinta y Tres, lo mismo que otras zonas serranas del país, desde antaño albergó poblaciones de chivos silvestres. Y era tradición que los acampantes en la zona cazaran algún chivito para comerlo asado. En épocas de la dictadura militar nadie se atrevía a portar armas largas y de grueso calibre, como las necesarias para tiros de distancia, por lo que la caza se redujo o desapareció.

Por este y seguramente algún otro motivo que desconozco, la población de chivos fue aumentando hasta volverse una amenaza para la supervivencia de las palmeras de la quebrada, ya que se comían sus rebrotes. Dos objetivos ambientales que, fuera de cierto nivel de equilibrio, se vuelven antagónicos.

Cuando se planteó la posibilidad de autorizar la caza del chivo para disminuir la presión sobre la reproducción de las palmeras, no faltaron organizaciones ambientalistas que, fieles a su tradicional postura de “lo quiero todo y lo quiero ya” salieron en “defensa de la cabrita” desconociendo la complejidad del problema.

Volviendo a los pecaríes, me parecería más efectivo que la liberación directa de los lechoncitos, el mantenimiento de una población inicialmente reducida, en condiciones de semi cautividad,  que asegurara la no extinción y sea la base de una futura multiplicación, pero defendida de un ambiente que nada tiene que ver con el que existía cuando los simpáticos chanchitos correteaban por la “penillanura levemente ondulada”.

Me temo que se avecinan tiempos de frustración para los técnicos del Ministerio. Ojalá me equivoque.

Pasando raya

Rodolfo M. Irigoyen
Agosto de 2018
(Última edición de “El País Agropecuario”)

Llegamos al final de una etapa. Con independencia de recuerdos, nostalgias y buenos deseos de futuro, es el momento indicado para pasar raya e identificar aquello que hoy consideraría esencial, en el centenar largo de artículos que he publicado en esta revista a lo largo de su cuarto de siglo devida.

Tarea nada sencilla por la diversidad de aspectos tratados, la mayoría del palo agronómico o económico, pero también del ambiental y en general, sobre nuestra ruralidad y su dinámica social. Pero la restricción que implica para el desarrollo de una sociedad de base agropecuaria como la nuestra, las diferencias de visiones, realidades y posibilidades entre el campo y la ciudad -el mal llamado “divorcio”- creo que es el tema más permanente. Porque con distintas formas y manifestaciones, permea todos los estamentos socioeconómicos de nuestro país desde su inicio como nación hasta el presente.

A medida que el tiempo pasa…

Dice el filósofo español Fernando Savater: “Como me tengo por un ser racional, me alegro de haber cambiado de ideas a lo largo de mi vida. Lo asumo todo, pero que pongan siempre la fecha abajo” Doblemente sabio, porque está bien que cambiamos, pero debe existir el lógico y necesario correlato entre el cambio y el contexto que lo determina. O dicho en otra forma, con la época en que se vive.

La primera tentación del agrónomo es darle a los problemas productivos una solución tecnológica. En general para eso estudió y está bien que actúe de esa manera. Y no le faltan recursos para ello, porque la oferta tecnológica crece más allá del más agorero y malthusiano de los diagnósticos. Todavía no podemos siquiera vislumbrar donde está el techo de la bioinformática o de las TICs, o hasta adonde llegará la agricultura y la ganadería de precisión, pero todo hace pensar que la brecha entre el conocimiento técnico disponible y el efectivamente utilizable, no dejará de crecer.

Pero el optimismo inicial, y las visiones sectoriales que de él derivan, pronto sufren sus primeros revolcones. Porque a la solución tecnológica, por más eficiente que sea en sus resultados físicos, se le debe exigir que “salve el examen de microeconomía” y el técnico agropecuario no puede mantenerse al margen de dicha exigencia. Los más veteranos hemos visto demasiados fracasos económicos, en cuyo origen hubo una atractiva propuesta técnica, para no percibir los peligros del productivismo extremo.

Pero también la experiencia nos enseña (si antes ya no lo hizo nuestra propia extracción social) que no solo importa la viabilidad económica en el sentido empresarial del término, sino que las implicancias sociales de los procesos productivos no pueden pasarse por alto, en un sector rural donde las tres cuartas partes de los predios corresponden a productores familiares. Asunto de muy compleja resolución, dado que el avance tecnológico –y en muchos casos también las escalas productivas- definen funciones de producción en las que es cada vez más intensivo el uso del factor capital, si se pretende generar y mantener la competitividad imprescindible para cualquier economía, en particular una pequeña como la nuestra.

Y a las problemáticas tecnológicas, económicas y sociales, se les ha sumado en las últimas décadas la ambiental. Porque crece la población mundial y con ella la presión sobre los recursos naturales, que son finitos. Pero además, crecen también los niveles de consumo y de los desechos que de él derivan. Y en consonancia con estos fenómenos inherentes al desarrollo económico, toma cada vez más cuerpo la consciencia social sobre la necesidad de un creciente cuidado ambiental, para nosotros y para las generaciones futuras. Y como los animales también forman parte del ambiente, también nos preocupa ahora el bienestar animal -para los domésticos- y la preservación o no extinción de las especies silvestres.

¿Qué nos queda?

En alguna medida, con mayor o menor énfasis según nuestra educación y nuestras convicciones, todos transitamos las diferentes etapas antes bosquejadas. Pero como en el cuento del tesoro al final del arco iris, la meta se nos aleja a medida que creemos acercarnos a ella. Hasta que el tiempo, el implacable, nos obliga a pasar raya, a llegar, con las ponderaciones que consideremos pertinentes, a una visión integradora entre la base agropecuaria de nuestra economía, con los valores y la forma de vida de una sociedad altamente urbanizada, dado que el 70% de los uruguayos viven en el área metropolitana de Montevideo.

Y desde el fondo de nuestra historia como nación, el resultado que  hemos alcanzado, más que por su carácter integrador, se ha caracterizado por el enfrentamiento entre dos interpretaciones antagónicas respecto al tipo de país que tenemos y el que querríamos tener: al manido “divorcio campo-ciudad”, al que en repetidas ocasiones nos hemos referido desde estas páginas. La insistencia con el tema radica en la importancia que le asignamos, pues consideramos a ese antagonismo como una de las mayores restricciones el camino de desarrollo socioeconómico de nuestro país.

Decíamos en diciembre de 2016: “Dicho antagonismo (campo/ciudad) en su versión más primaria, es comprensible por las diferentes condiciones de vida, por los distintos contextos, que promueven en un caso la socialización de los problemas y las oportunidades, y por otro el aislamiento que genera individualismo, asociado a la convivencia con los riesgos derivados de la dependencia de fenómenos naturales poco controlables… pero en los países más desarrollados esas diferencias ancestrales se han ido moderando hasta alcanzar equilibrios de intereses y posibilidades,  sobre los que se asientan la prosperidad y la justicia social para el conjunto de la población…en cambio en la sociedad uruguaya siguen vigentes las visiones antagónicas”

Y no logramos superar ese forcejeo que neutraliza gran parte de los esfuerzos que, en un ambiente de mayor simbiosis social, darían un sustancial impulso a nuestro trabajoso camino de desarrollo.

En definitiva

Al pasar raya al final de esta etapa, vemos que algo de razón tuvieron en el pasado y continúan teniendo en el presente, cada una de esas visiones sobre nuestra sociedad rural. Pero cuando intentamos una síntesis, observamos que el total es diferente a la suma de las partes, porque en definitiva, se trata de un problema cultural. Y que es normal que las diferencias culturales existan, de que no se trata de superar una cultura para acceder a otra, ya que la vida urbana y la rural son esencialmente diferentes. Y esto ocurre acá pero también en los países que más progresan y de mayor desarrollo social.

El campo con su cultura y la ciudad con la suya, pero tratando de igualar en la medida de lo posible las condiciones de partida y las posibilidades de desarrollo de los habitantes de ambas realidades, sin tratar de eliminar las diferencias que son inherentes a cada una de ellas. Y por supuesto que muchas cosas pueden y deben hacerse en los planos ya mencionados, pero el denominador común esencial es el de la educación.

En la educación formal por supuesto, desde la escuela, preparando a los jóvenes para el mercado laboral, dándoles una base cultural y los principios básicos del orden social en que viven. Una educación pública de excelencia es la base para reducir las diferencias de partida, y para todo el desarrollo socioeconómico posterior. Y una parte no menor de la (buena o mala) educación, es la que se recibe a través de los medios masivos de difusión.

Al respecto denuncia el científico canadiense Steven Pinker: “El periodismo tiene un problema inherente: se concentra en acontecimientos particulares más que en las tendencias. Y le resulta más fácil tratar un hecho catastrófico que uno positivo. Hay un hábito muy extendido entre intelectuales y periodistas que consiste en destacar solo lo negativo, en describir el mundo como si estuviera siempre al borde de la catástrofe. Los periódicos podrían haber recogido ayer la noticia de que 137.000 personas escaparon de la pobreza. Es algo que lleva ocurriendo cada día desde hace 25 años, pero que nunca ha merecido un titular. Esto acaba generando una visión distorsionada del mundo”

No pretendamos igualar las condiciones de vida del campo y la ciudad, así no superaremos el “enfrentamiento” que dificulta nuestro desarrollo. Porque cada uno de esos dos segmentos de nuestra sociedad, responde a una cultura particular, y muchas características de las mismas no son intercambiables. Desarrollemos sí, como parte de la educación, la cultura de entender la realidad analizando datos objetivos, que muestren todo lo que nos queda por hacer, sin desconocer el valor de lo que ya hemos hecho. Esa capacidad de análisis es, junto a la honestidad intelectual, los atributos básicos de la prensa de calidad, la que realmente forma parte del proceso educativo.