Julio 2014
“El futuro de la Historia” es una de mis columnas preferidas en Búsqueda. Como leo el diario de atrás para adelante –reminiscencias futboleras de los tiempos en que no existían los suplementos temáticos- después de leer a Darwin y alguna carta de los lectores, me encuentro semanalmente con don Marcos (y luego, quincenalmente, con el gran maestro Vargas Llosa). La ácida erudición de Cantera, su sólida perspectiva histórica, sus fundamentadas “facturas” a las ideologías retardatarias, provengan estas del pensamiento nacionalista, racista o religioso, cuentan con mi entusiasta beneplácito.
Pero nadie está libre de patinar cuando emite juicios relativos a terrenos que desconoce. Como bien nos explica -si mal no recuerdo- Pirandello, “en temas que no son de nuestra especialidad, somos muy ingenuos”. Hace poco tiempo Cantera arremetió contra la soja y los transgénicos con argumentos que uno espera encontrar (y encuentra, como cuando se refiere a la soja como “ese yuyito”) en alguien como la presidente argentina Cristina Fernández pero que no espera encontrar en alguien de la cultura de Cantera Carlomagno.
Y en su columna de hoy (1 de Julio) en medio de un lúcido análisis del insoslayable papel de la ciencia y la tecnología en cualquier estrategia sensata de desarrollo, cae en la antigua y perniciosa dicotomía de “producir ciencia o vacas” con la inocultable connotación negativa para la segunda opción.
Los bienes primarios o comunes (trato de evitar los atosigantes e innecesarios anglicismos), llámense grano de soja o de arroz, churrasco de carne vacuna o leche, aunque en esencia sean básicamente lo mismo desde hace siglos, no por eso su producción sigue siendo la misma. Porque existe la tecnología de productos, pero también la de procesos, y estos, como aquellos, también pueden ser antiguos o modernos. Cuando Uruguay se ubica en primer lugar en el mundo en la producción de arroz con riego, como ocurrió el año pasado con 8,5 toneladas de arroz por hectárea, aunque el grano de arroz sea el mismo, la tecnología que permite producir el doble con los mismos recursos naturales, ha variado sustancialmente.
Y esa tecnología es una gran dinamizadora de la producción científica en que se basa el mejoramiento genético, las buenas prácticas agrícolas, el control de plagas y un largo etcétera. Con el valor agregado ambiental de producir el menor volumen de gases de efecto invernadero por unidad de producto frente a cualquier otra producción arrocera en el mundo, gracias a nuestro (por haberlo creado nuestros técnicos) sistema de rotación de arroz con pasturas.
En los últimos 20 años, sin invadir territorio ajeno, en Uruguay se generó, desde cero, una importante producción maderera, además se cuadruplicó el volumen físico de la producción agrícola y se duplicó la producción de leche por hectárea, bajó la edad de faena de los novillos de 4 a 2,5 años, produciendo más carne y de mejor calidad con el mismo número de animales y en una superficie menor debida al aumento del área de los otros rubros.
Si vemos los productos finales, “la vaca”, diríamos que nada cambió (aunque, además, todos los productos mencionados mejoraron su calidad) pero los procesos son cada día más eficientes, y eso requiere mucha tecnología, mucha ciencia, no solo en biología, sino también de organización, de logística, de agronegocios, incluso de mejora de la institucionalidad. Podríamos abundar sobre el tema, pero no queremos abusar del espacio.
Para terminar, un desafío: si logramos alcanzar y mantener la máxima eficiencia en la producción de no más de media docena de productos primarios, seremos un país desarrollado, con alto nivel de ingreso y sin ningún motivo para que el mismo no se distribuya con equidad y en forma acorde a las necesidades de ese desarrollo, por la enorme dinamización de los servicios de pre y post producción y de la industria de primera transformación (molinera, láctea, frigorífica, forestal etcétera) que dichas producciones primarias generarían. Estudios económicos de la Facultad de Ciencias Sociales de la UdelaR, prueban que el sector agropecuario es el de mayor poder multiplicador de nuestra economía.
La principal restricción para lograr estos ambiciosos objetivos pasa por nuestras grandes carencias en educación y en formación científico-tecnológica de nivel medio y superior.
Se despide del Dr. Cantera Carlomagno un lector consecuente, Rodolfo M. Irigoyen
Catalán, nuevamente diste en el clavo !! 11 años después, la producción arrocera roza las 10 toneladas por hectárea, La ciencia aplicada a través de tecnologías cada vez más afinadas, permiten éste progreso, que continúa indetenible…para bien del país y su agropecuaria.