El instinto de manada

Julio 2019

“Instinto” es una de esas palabras cuyo uso, como consecuencia del avance de la ciencia, es cada vez menos frecuente. Utilizada para definir pautas de reacción, en general animales, cuyo origen no sabíamos explicar, dejaba entrever la posibilidad de un cierto “impulso divino” promotor de esos comportamientos. Pero ahora sabemos que ese impulso, generador de la pauta de reacción “instintiva”, no es de origen sobrenatural ni producto de alguna imposible generación espontánea, sino consecuencia de algoritmos bioquímicos generados porselección natural sobre las distintas especies, a lo largo del proceso evolutivo. 

La sobrevivencia de la especie, más que la del individuo (a veces en contra de la del individuo, como en ciertas arañas) es el principio determinante de todos los instintos, en particular del reproductor. Para fortalecerlo, la naturaleza recurre en las especies sexuadas a variados mecanismos de atracción, que actuando sobre los sentidos (vista, oído, olfato, tacto, gusto) estimulan una actividad hormonal que promueve el apareamiento de macho y hembra.

Pero asegurada la reproducción de los individuos, el siguiente paso es evitar la extinción de la especie, y en ese sentido el “instinto de manada” asegura la sobrevivencia de muchos individuos, aunque implique el sacrificio de algunos de ellos, los más expuestos ante el ataque de predadores. Los cardúmenes de peces, como los de sardinas (y la “cacería” de peces mayores y aves marinas sobre los mismos) y los de arenques en emigraciones de miles de kilómetros, son ejemplos conocidos. 

Entre las aves, las especies migratorias suelen hacerlo en bandadas, lo que además de la protección, economiza la energía consumida durante el vuelo. Una bandada de estorninos (un pequeño pájaro del norte de Europa) puedereunir cientos de miles de individuos, volando a gran velocidad y a pocos centímetros de distancia entre ellos.Pero más familiares nos resultan las bandadas de gansos, cigüeñas y otras aves migratorias, formando maravillosas“V”, donde el aleteo de un individuo se coordina con el aleteo del que lo precede.

Entre los insectos, hay hormigas que ante una inundación, o para cruzar un río, se encadenan formando “balsas” encima de la cual colocan a la reina, que asegura la reproducción poniendo los huevos de toda la colonia.Algunos individuos se ahogan, pero la colonia se salva.Las abejas tienen una organización aún más compleja, con “clases sociales” (reinas, zánganos y obreras/soldados) con responsabilidades definidas e inapelables, tanto para la reproducción y el trabajo como para la defensa.

El “instinto de manada” de los animales domésticos de interés económico es aprovechado por el hombre, dado que facilita tareas de reunión para distintos trabajos y en particular para los traslados. Los rebaños de vacunos(rodeo) u ovinos (majada) son para nosotros las más conocidos, pero en mi infancia (en los lejanos años 50´s…) recuerdo haber visto alguna de pavos, que se iban vendiendo sobre la marcha. 

Para el arreo de caballos, el agrupamiento se facilita colgando del cuello de algún animal de referencia fácilmente reconocible por el dueño (la “yegua madrina”),un cencerro o campana, cuyo sonido es reconocido por todos los caballos de la “tropilla” que se agrupan entorno a la portadora, evitando pérdidas o entreveros con caballos de otro origen. 

Los ejemplos del “instinto de manada” que nos brinda la naturaleza, de los que hemos esbozado unos pocos ejemplos, son tan extraordinarios como variados, presentando las más diversas formas y encontrándose en numerosísimas especies del reino animal. Y el hombre, animal al fin (y a veces desde el principio) no podía ser la excepción.

La Antropología es la ciencia que estudia al ser humano en forma integral, tanto desde el punto de vista de sus características físicas como integrante del mundo animal, como desde los aspectos sociales determinantes de su cultura. Para ello se basa en las ciencias biológicas y en las sociales, abarcando el estudio del homo sapiens en toda su variabilidad como individuo, así como los modos de su comportamiento social, en el tiempo y en el espacio.

Un aspecto central de esos estudios, es el de la compleja interacción entre los factores genéticos y ambientales determinantes del comportamiento humano. Esta complejidad lleva a que una modificación sobre determinado rasgo pueda tener efectos imprevistos sobre otros, aparentemente desvinculados.

En la actualidad, nuestra consciencia sobre la complejidad de los fenómenos biológicos y sociales crece en forma más que proporcional al avance de nuestro conocimiento científico sobre los mismos, lo que ya es decir. Cuanto más sabemos, nos damos cuenta que es más lo que ignoramos. Siempre conviene recordar a Umberto Eco: “Todo fenómeno complejo tiene una explicación simple. Y está equivocada”

A partir de estos reconocimientos, no me atrevo siquiera a esbozar una hipótesis explicativa, pero dejo planteadas algunas preguntas sobre un fenómeno social que me abruma: el incontenible avance de lo “políticamente correcto”. La renuncia al uso del criterio propio para someter nuestras decisiones al de una manada inconsciente e irresponsable ¿nos protege de algo o nos hunde en la estupidez colectiva? ¿El origen de ese comportamiento esinstintivo, inherente a la sobrevivencia del homo sapienscomo especie, aunque muchos de sus individuos lo repudiemos, precisamente por nuestra incapacidad para comprenderlo? ¿Siempre habrá existido, con este u otro nombre, pero sin alcanzar el desarrollo actual? ¿O su crecimiento será más aparente que real, y como ocurre con muchos otros fenómenos, el gran avance de la información y las comunicaciones, al hacerlo más visible, nos lleva a sobrevalorar su importancia?

Los que como Fernando Savater nos declaramos “desafectos” a lo políticamente correcto ¿no corremos el riesgo, dado que el hombre y la sociedad tienen comportamientos pendulares, de caer en el extremo opuesto, es decir el de un hipercriticismo paralizante?

Porque a irnos al otro extremo nos empujan las posiciones totalitarias como las del feminismo al estilo MeToo. Todos (bueno, la gran mayoría) estamos de acuerdo con el feminismo que exige igualdad de oportunidades para el hombre y la mujer.  Pero de ahí a invertir la carga de la prueba cambiando la norma jurídica de que “toda persona es inocente hasta que se pruebe su culpa” a la de “todo hombre es culpable hasta que se pruebe su inocencia”, media un abismo. Forma de razonar, esta última, muy al paladar de cualquier dictador. Y es solo un botón para muestra.

También en el lenguaje, la corrección política impone cambios en las formas con el objeto de lograr cambios en el pensamiento y en las actitudes. Palabras de uso corriente pasan a considerarse agravios o insultos, y deben ser sustituidos por eufemismos, muchas veces absurdos, pero aceptados por esta “nueva sensibilidad”, que es controlada por la policía del lenguaje que tilda de sexista, homófobo, racista o facho a todo el que no se pliegue a lo que la corrección política impone.

Y el léxico utilizado pasa a ser un rápido identificador de amigos y enemigos, determinando el trato que merece recibir el que lo utiliza. Y dejemos, por razones de espacio y salud, las cacofónicas repeticiones de todo término imaginable en masculino y femenino, en aras de la “inclusividad”.

Pero no confundamos las barbaridades del “lenguaje inclusivo” con las atrocidades sintácticas o gramaticales producto del importante nivel de ignorancia reinante, aunque a veces se presentan en simultáneo. En ese sentido, la Intendencia de Montevideo anuncia con orgullo que se encuentra en un proceso de semaforización de las calles, en el Congreso de Sociología se habla del aumento de la tasa de divorcialidad, y el docente universitario explica que cierta figura vino a emblematizar determinado posicionamiento. Así está la cosa.

Siempre lo más difícil es el balance, el equilibrio entre  las posiciones extremas. Pero, consciente del riesgo de caer en una de ellas, les recuerdo que si no fuera por la valentía de los que, en contra de la opinión dominante, desafiaron las “verdades reveladas” y tuvieron el valor de asumir los riesgos de tal comportamiento, ¡entre ellos el de condenarse al fuego eterno del infierno por contradecir las infalibles Sagradas Escrituras, haciendo pretemporada en la hoguera de la Inquisición! Sin esos valientes, no sabríamos que la Tierra es redonda, ni que es ella la que gira alrededor del sol (y no al revés) ni habríamos “descubierto” América. Y un infinito etcétera en todos los campos del conocimiento y el desarrollo social.

Me dirán que la comparación es exagerada, pero lo que quiero destacar no es la magnitud, sino la tendencia: sin espíritus críticos, sin que algunos se sacrifiquen nadando contra la corriente a riesgo de ahogarse (como las hormigas de la base de la balsa) la humanidad seguiría confinada a las cavernas.

Y aunque no tengo respuestas al cúmulo de interrogantes que la naturaleza de la “corrección política” me genera, aunque no pueda definir si se trata de un “instinto de manada” vinculado a la adaptación de la especie a los cambios en el ambiente o solo una moda intolerante, me resisto a aceptar el pensamiento mágico que subyace en todos los posicionamientos “ultras”. Porque la magia no existe. Lo que existe es el ilusionismo.

La cultura criolla

Junio 2019

Las Criollas del Prado, en nuestra última Semana Santa o de Turismo o de la Vuelta Ciclista o de la Cerveza, recibieron el habitual rechazo de los militantes del Movimiento Animalista. Este repudio, que viene aumentando en intensidad año con año, se vio estimulado en este último por un hecho poco frecuente: las fracturas sufridas por dos potros, lo que obligó al sacrificio de ambos. 

El animalismo, como ideología, reclama para sí la “defensa de los derechos de los animales”  como una extensión a dichas especies, por definición no humanas, de algunos principios humanistas. Dejando delado los aspectos éticos o filosóficos de esta controversia (no porque no sean importantes) voy a centrarme en los asuntos prácticos que involucran a esos mismos animales, que los resumo en la siguiente frase: el mayor peligro para la sobrevivencide los animales domésticos y/o de interés económico, lo constituye la ideología animalista.

Caballos, vacas, ovejas, cerdos, gallinas, cabras, perros, gatos y otros animales, no existen a pesar de los intereses del hombre, sino gracias a los intereses del hombre.Quien conozca los elementos básicos de los procesos evolutivos y de la domesticación de los animales, y analice las condiciones de vida actuales de dichas especies y las compare con las de origen, comprenderá que si se aísla a las mismas de suinteracción con la actividad humana, sufrirán un progresivo retorno al estado salvaje que reducirá drásticamente el número y las condiciones de vida de sus individuos (mayor cuanto más domesticada sea la especie) privadas de la alimentación, la sanidad y el manejo brindado por el hombre.

Como consecuencia del eventual respeto a “sus derechos”, tal como exigen los animalistas ¿cómo sobrevivirían esas especies a predadores y parásitos (todos con “derechos” propios porque no habría motivo para que los reconocidos para una especie no lo sean para las demás) y a la competencia entre sí y con las demás especies (incluyendo una leal competencia humana) por un ambiente y un alimento cada vez más escaso? 

Y la especie humana no sería la excepción a la debacle provocada por la ruptura de la simbiosis del hombre con los animales por él domesticados. Privada de las esenciales proteínas animales en su dieta, la especie humana vería seriamente afectada su salud y sus posibilidades de sobrevivencia. Peor aún, como no hay ningún motivo para que el “respeto a los derechos” se limite al de los animales de interés económico, nuestros cultivos rápidamente sucumbirían, indefensos ante el ataque impune de toda suerte de parásitos y plagas, arrastrando a la humanidad a una hambruna apocalíptica.Lo que le da al animalismo, si se llevan sus postulados hasta las últimas consecuencias, un sorprendente matiz suicida.

Al margen de estos aspectos “macro” relativos al movimiento animalista, veamos las condiciones objetivas de vida de las dos especies que mayores desvelos le generan al mismo: perros y caballos. Empezando por “el mejor amigo del hombre” del que, según el MGAP existen en Uruguay algo más de 1,7 millones “que pagan patente”.Registro que por supuesto no incluye a los numerosos “perros sueltos”, no correspondidos en su amor por el hombre, y con más razón defendidos por el animalismo.

El perro desciendo del lobo, estando su evolución determinada por la selección natural y la artificial, inherente esta última al proceso de domesticación llevado adelante por el hombre. Y este fue por supuesto orientando dicha selección de forma de “modelar” animales adecuados a sus diferentes necesidades, según el momento histórico de su desarrollo social. Así fueron surgiendo razas para la guerra o el pastoreo, para la defensa o la compañíadel amo y su familia, más inteligentes o más feroces, cazadores mediante el olfato o la velocidad, adaptados al frío o al calor. La diversidad alcanzó tal grado, que en la actualidad existen en el mundo más de 300razas caninas.

La constante dentro de esta gran diversidad ha sido la simbiosis, el mutuo beneficio derivado de la interacción entre las dos especies: la del hombre encontró un aliado incondicional para las actividades esenciales para su desarrollo (incluyendo el ocio), mientras que la del perro, amparadapor la inteligencia y la capacidad de asociación del hombre, alcanzó un desarrollo tanto cuantitativo como de “estatus” en la escala zoológica, inimaginable en su condición primigenia de lobo.

En relación al caballo, las consideraciones generales respecto a los procesos de evolución y domesticación son en esencia los mismos que en el caso del perro, pero condicionadas por las muy diferentescaracterísticas de ambas especies. Así fueron surgiendo razas para el transporte (de silla o de tiro), para el trabajo (como fuerza motriz), para la lucha o el deporte,adaptadas al trópico o al desierto, incluso en algunas culturas para la alimentación humana.

Como no podía ser de otra forma, el tipo de vínculo entre el hombre y el caballo ha ido evolucionando con el desarrollo de la sociedad humana. Inicialmente el caballo fue imprescindible tanto como medio de transporte como para cualquier trabajorural, pero a medida que el hombre fue descubriendo y desarrollando nuevasfuentes de energía como el carbón, el vapor, la electricidad y los motores a explosión, es decir, a partir de la revolución industrial, el caballo fue perdiendo importancia en los procesos productivos. 

Pero como estaba íntimamente ligado a la cultura humana, conservó su presencia en deportes y otras actividades lúdicas o de recreación. Y como el desarrollo social promueve el proceso de urbanización y el caballo necesita campo, cada vez en mayor medida se lo identifica como un elemento inherente y diferenciador de la cultura rural,del criollismo, en paralelo con un relativodistanciamiento de la cultura urbana.

Como es de suponer, los deportes ecuestres derivan de las actividades productivas en las que el caballo participa o participaba.Jineteadas, paleteadas, pruebas de rienda, son destrezas necesarias para la doma o el trabajo con vacunos (el concurso del Freno de Oro que se desarrolla en Río Grande del Sur es una extraordinaria exhibición, en caballos y jinetes, de estas habilidades).También las pruebas de velocidad o resistencia (de “pura sangre” o de simples “criollos”) como las de salto, dicen relación con la historia del caballo para el trabajo o como medio de transporte, aunque en la actualidad se vinculen privilegiadamente con lo recreativo en la cultura rural.

Sin llegar a ese nivel de profesionalismo, nuestras “Criollas” camperas, o jinetadas, tienen hondo arraigo en la cultura rural. En relación a los caballos participantes, escribíamos  hace un tiempo: “…los caballos, tanto o más que por los reglamentos, son protegidos por los tropilleros, es decir por sus dueños. Para estos, los potros son su capital, y lo cuidan. Ningún bagual se monta más de una vez por mes, y las criollas se desarrollan aproximadamente desde setiembre hasta abril, no en los meses de invierno. O sea que a lo sumo “sufre” unas 8 montas anuales, de 8 a 10 segundos cada una. El resto del tiempo, en libertad, pastorea buenos potreros, porque al dueño le conviene que se mantenga en muy buen estado, porque mejora su cotización (“Las criollas ambientalistas”, 2013)

O sea que los caballos que despiertan el celo animalista no “sufren” esas actividades, porque no son otra cosa que la expresión de sus aptitudes naturalesdesarrolladas por el hombre mediante la selección. A lo que debe sumarse el trato privilegiado que reciben esos animales para potenciar sus aptitudes. Lo mismo ocurre con los galgos que “se divierten” cuando corren carreras o los perros pastores cuando cuidan la majada, porque manifiestan la mejor expresión de esas aptitudes.

La “explotación” en la perspectiva animalista, no es más que el cumplimiento de la cuota parte de los animales en el “pacto implícito” con el hombre, que justifica su existencia. Si ese pacto se rompiera por la prohibición de esas actividades, la existencia de esos animales perdería sentido, y desaparecerían. Y si  desaparecen precisamente los privilegiados dentro de cada especie, que suerte puede esperar a los excedentarios.

La mejor defensa para la existencia y el bienestar de los animales es que el hombre pueda usarlos con los fines para los que los creó, antes, principalmente vinculados a actividades productivas, en la actualidad,crecientemente vinculadas al ocio y al deporte. Y eso no tiene nada que ver con la “humanización” de las necesidades animales, como sugerir la “adopción” para los caballos abandonados por los hurgadores, o mantener un perro de tricota y en un apartamento con calefacción, cuando su ADN proviene de ancestros que vivían en la nieve. 

Otra cosa es limitar algunos excesos del pasado, reñidos con nuestro actual desarrollo cultural. En ese sentido es bueno conocer -antes de juzgar- los avances en los reglamentos de las criollas (ver el artículo antes citado), o en los controles de loscaballos que corren enduros. Algunas tradiciones sangrientas y salvajes, como las peleas de perros y las riñas de gallos, ya están prohibidas o van en retroceso en el mundo. Quizá un arte extraordinario como el toreo termine prohibiendo la muerte del toro, como ya ocurre en algunos países. Y el bienestar animal se extiende en la producción de carne vacuna, como nuevo requisito de los mercados más exigentes. 

Pero una cosa es promover la limitación de ciertos excesos, y otra atropellar valoresculturales porque no se los comparte. Y se los atropella cuando desde la cultura urbana se pretende prohibir manifestaciones de nuestra cultura rural (la del “criollaje), en aras de un supuesto modernismo “civilizador”. Porque los países más civilizados o desarrollados son los que más se preocupan de preservar esos valores culturales ancestrales, como elemento esencial de su identidad nacional.

Todos somos orgánicos

Abril 2019T

“Comer sano” es, a primera vista, una expresión obviamente compartible. ¿Quién puede no estar de acuerdo con tener una alimentación saludable? Pero cuando se profundiza en qué se entiende por “sano”, por lo general asoma el pensamiento mágico siempre subyacente en los juicios “políticamente correctos”. Porque el “sano” no se limita a la incuestionable recomendación de incluir frutas y verduras frescas en la dieta, sino que va acompañado por lo general de un rechazo más o menos explícito a lo “procesado” (“vaya a saber que cosas le metieron”) y una abierta desconfianza a “la química” y susmalignos misterios.

Aclaremos algo elemental: la química orgánica o química del carbono, es la de los organismos vivos, animales o vegetales, mientras que la inorgánica, es la de los minerales. O sea que, por definición, tanto animales comovegetales, y por consiguiente todos los alimentos, no importa como hayan sido producidos, todos, sonorgánicos. Designar como “orgánicos” solo a los alimentos producidos con una tecnología que no utiliza insumos químicos, es un error, o más bien, una estrategia comercial.

Todos los alimentos tienen, naturalmente, infinidad de agentes químicos. Por ejemplo, los aceites esenciales de los citrus (esas gotitas que nos saltan a la vista cuando pelamos una mandarina) están compuestos por más de 200 sustancias químicas complejas, metabolitos cuyas funciones en nuestro organismo en gran medida se desconocen. 

Algunas diferencias reales entre los alimentos procesadosy los promovidos como “naturales” u “orgánicos” no radican en su naturaleza (sus moléculas son idénticas) sino en que los primeros, durante su elaboración, son sometidos a mayores controles que los segundos. O en que, en caso de existir contaminaciones, son probadamente más dañinas para la salud humana las de bacterias como la Escherichia coli o la Salmonella que pueden encontrarse en los llamados “orgánicos”, que las de eventuales residuos de fertilizantes y pesticidas de los procesados.

Por otra parte, la producción “orgánica” tiene un alto costo unitario de producción, y la eficiencia de esos procesos es mucho más baja que la de los cultivos convencionales. Por lo tanto el aumento o la generalización de la “producción orgánica” tendría como consecuencia una menor disponibilidad y mayores precios de frutas, verduras y hortalizas. La población de menores ingresos sería, en ese caso, la más perjudicada por el cambio. Esta es una de las principales razones que hacen que la “producción orgánica”, incluso en los países desarrollados con elevados niveles de ingreso per cápita, no alcance al 10% del totalproducido, a pesar del bombardeo mediático en su favor.

La moda del rechazo “a la química” en los alimentos procesados, no se manifiesta frente a otros muchosproductos como medicamentos, desinfectantes, protectores solares, jabones y cosméticos en general, que presentan niveles de procesamiento iguales o mayores que los de los alimentos. Esta discriminación, no disminuye sino que aumenta la confusión que está en la base de dicho rechazo, cimiento de la “producción orgánica” de alimentos. Y, nopor obvio conviene dejar de reiterar, que toda la producción animal y vegetal es, por definición, orgánica(sin comillas), que es lo opuesto a inorgánico, como son los adoquines o los bulones. El reino animal y el vegetal de un lado, el mineral, del otro. Cualquiera que haya pisado un liceo debería tenerlo claro.

Pero la irracionalidad de ciertas creencias no se limita a la aversión a la química. La obsesión anti científica avanza en paralelo con el avance de la ciencia, quien lo dude quevea los fundamentos del movimiento anti vacunas o de los tierraplanistas, tan en boga en la actualidad. En el caso que nos ocupa, la negación del avance científico llega a la ingeniería genética, rechazándola también como antagónico a lo “natural”.

En este sentido, la artillería “políticamente correcta” se orienta contra los organismos genéticamente modificados(OGM) y el uso del glifosato y otros agroquímicos, a los que impunemente los llaman “agrotóxicos”. Se ignora o se pasa por alto que la producción masiva de alimentos (la real, para millones de personas, no la de un club de amigos que hace una huerta en el fondo de una casa) libra una batalla permanente contra malezas, insectos, virus, bacterias, hongos, pájaros y otros factores ambientales adversos. Sin el apoyo químico de herbicidas, insecticidas,pesticidas, fertilizantes, semillas modernas y buenas prácticas agrícolas, dicha batalla estaría perdida, y con ella, la alimentación de la humanidad.

Por supuesto que todas estas herramientas deben ser correctamente utilizadas, para minimizar su impacto sobre el ambiente, como debería hacerse en todas las actividades humanas. Pero no hay nada más contaminante que el hambre y la miseria, y esas serían las consecuenciasinsoslayables de la renuncia al uso del avance tecnológico.

Y conviene recordar, o informar al que no lo sepa, que la enorme mayoría de los alimentos (considero innecesario abundar trayendo también a colación la realidad de la industria farmacéutica o de la cosmética) contienen componentes transgénicos, ya sea en la composición de su producto primario (cereal, oleaginosa, hortaliza), ya en los alimentos que reciben los animales y aves para consumo humano (pasturas, granos, raciones), ya en los procesos agroindustriales de las industrias lácteas, molineras o cárnicas que los diseñan, procesan y conservan, para darles las formas finales con las que los consumimos. 

Por eso, un espectáculo curioso, es ver una rueda de ambientalistas denostando a los transgénicos y a sus empresas productoras, mientras visten jeans y camisetasde algodón (dos tercios de la producción mundial de esta fibra es transgénica), comiendo pizza con muzzarella (todo el cuajado de los quesos lo realizan enzimas transgénicas)y tomando unas cervezas, donde la transgénesis puede provenir tanto del grano de cebada como de los microorganismos que intervienen en el proceso de malteado de la misma.

Y un botón para muestra del formidable desarrollo de la nutracéutica, rama de la ingeniería genética dedicada a laproducción de alimentos que simultáneamente actúan como medicamentos. La producción de un cultivo de canola (una variedad transgénica de la colza, tercer productor mundial de aceite comestible después de la soja y la palma) puede producir en una hectárea de tierra (equivalente a una manzana de la ciudad) la misma cantidad de Omega 3 (antioxidante “antivejez”) que 10 toneladas de pescado.

Y a estas consecuencias particulares, se suman las generales. Los OGM son mucho más eficientes en el uso de tierra, agua y nutrientes que las correspondientes versiones convencionales, disminuyendo así los suelos necesarios para cultivos. Y además pueden adaptarse (diseñarse) para producir en suelos antes improductivos, ya sea por alta salinidad, topografía, escasez de agua,temperaturas extremas etcétera. La menor área de cultivo por unidad de producto reduce la necesidad de eliminar con ese fin, áreas de pastizales y praderas, que sonfijadoras de carbono disminuyendo así los gases de efecto invernadero (GEI)

Por estas razones, serían nefastas las consecuencias del “salto atrás” tecnológico que implicaría la prohibición de los OGM, para dejar espacio y recursos a la “producción orgánica y natural”. Porque el uso de los OGM es esencial para cubrir las necesidades nutricionales de los 7.600 millones de habitantes del planeta. En palabras del químico británico John Emsley de la Universidad de Cambridge, “La peor catástrofe que podría enfrentar la raza humana en este siglo (…) sería la conversión global a la agricultura orgánica, que pondría en peligro la vida de dos mil millones de personas” (Citado por Marcelo Aguiar, Departamento de Energía Renovable de la UTEC,en “Elogio de la Química”, semanario Brecha, 22/02/2013)

La generalización de la “producción orgánica”, lo mismo que la eventual prohibición del uso de los OGM, solo se pueden plantear por la tranquilidad que brinda saber que la materialización de dicho extremo es absolutamente imposible, lo que hace a la discusión puramente retórica.Es decir, para darla en tertulias, ruedas de café o talleres y seminarios para adeptos, no para los ámbitos en los que se definen los procesos productivos reales, determinantes  de la alimentación y la salud de la gente.

La extranjerización de la tierra

Rodolfo M. Irigoyen
Febrero de 2019

A la memoria de mis abuelos vascos
Jean Pierre Irigoyen y Marie Vidart,
los primeros extranjeros que conocí.

Hay temas conflictivos que atañen al conjunto de nuestra sociedad, pero que por su transversalidad, no encuentran solución por la vía electoral. Suelen ser de contenido ético o religioso (despenalización del aborto, erección de estatuas religiosas en lugares públicos, etiquetado de alimentos transgénicos), pero también los hay instalados fuera del ámbito de la moral individual, involucrando aspectos trascendentes de nuestra identidad nacional. Uno de estos temas es el de la extranjerización de la tierra.

¿Y porqué esto es “un problema” que genera tantas controversias? Es obvio que la condición de extranjero per se no implica ningún demérito (salvo algún brote de xenofobia del que ningún país está libre) en particular en Uruguay, un país donde “todos somos nietos de emigrantes”. La buena acogida que damos actualmente a los miles de venezolanos y cubanos que llegan así lo demuestra.

Otra cosa es el juicio que nuestra sociedad emite sobre los extranjeros cuando eligen nuestro país para invertir en él. Puesto en jerga económica: cuando el extranjero aporta “el factor trabajo”, es en general recibido con beneplácito, cuando lo que aporta es “el factor capital” automáticamente entra, por lo menos, en la categoría de sospechoso. Con frecuencia se lo considera  directamente un usurpador de nuestras riquezas, y se lo suele caricaturizar con parche en el ojo y garfio en lugar de mano.

Parafraseando a Orwell en su genial “Rebelión en la granja”, podemos afirmar que todos los extranjeros son extranjeros, pero,  algunos son más extranjeros que otros. Con este caldo de cultivo, proliferan los estereotipos y nos empantanamos en dicotomías que enmascaran la realidad. Es lo que ocurre, en definitiva, cuando se entreveran las buenas tradiciones cívicas de un país de emigrantes, con la nefasta herencia de “Las venas abiertas…”

No renegamos del turismo porque el dueño del hotel sea estadounidense, ni de la actividad financiera porque los dueños del banco sean canadienses. Como que a esas actividades las viéramos más ajenas, y no violaran nuestro territorio como un argentino que siembra soja, un brasilero que inverna novillos o un chileno que planta eucaliptus.  

Es el viejo concepto de que la soberanía reside en la propiedad del territorio y que cualquier enajenación del suelo con fines productivos opera en desmedro de la misma. No importa que la nacionalidad del inversor sea cada vez más difícil de determinar, con la proliferación de sociedades anónimas, fideicomisos y otras formas jurídicas de propiedad, ni que el extranjero sea mejor productor o más cuidadoso del ambiente que su antecesor uruguayo.

Pero el nivel de extranjerización de la tierra no debe ser analizado con independencia de la estructura productiva de nuestro agro. En repetidas ocasiones hemos expresado que el factor más determinante de la viabilidad de una empresa agropecuaria, es la dotación de capital, incluyendo en él la tecnología y el gerenciamiento. Y lo hemos ejemplificado con un predio de 500 hectáreas, con 3 niveles hipotéticos de capitalización.

El primero, con hasta, digamos, 200 dólares por hectárea, se lo debe tipificar como un predio de subsistencia, de muy baja productividad. Un segundo nivel, con una capitalización del entorno de los 1.000 dólares por hectárea, puede definirse como un predio ya de mediano porte (en la escala uruguaya), económicamente viable en un régimen de libre competencia por los factores productivos.

Finalmente, el mismo campo, pero con una dotación de capital del orden de los 5.000 dólares por hectárea, puede constituir una gran empresa rural. El primero estará condenado a una ganadería extensiva de baja productividad, el segundo podrá ser una empresa ganadera eficiente, el tercero podrá elegir o combinar los rubros de mayor productividad y mejor resultado económico.

El extranjero inversor, dada su dotación de recursos, adopta mayoritariamente los modelos productivos agropecuarios de más alto nivel de capitalización y productividad.  Y en nuestro país, los procesos de crecimiento en el sector primario tienen un importante efecto multiplicador a nivel de la industria y los servicios asociados, generándose, cuando se dan esos procesos, un mayor valor agregado en el conjunto de la economía. Y ese mayor nivel de actividad abre nuevas oportunidades para pequeños y medianos inversores nacionales.

Resumiendo: el crecimiento económico se da en asociación con la inversión extranjera, por compra de empresas ya existentes o creación de nuevas, entre ellas algunos grandes emprendimientos. Pero ese mismo crecimiento, en simultáneo, genera nuevas oportunidades para inversores nacionales, principalmente en servicios de apoyo a las cadenas agroindustriales. Entonces, la extranjerización de la tierra no debe verse como la causa de los problemas, sino como la consecuencia del crecimiento de una economía que se desarrolla en un mundo globalizado.

Planteadas así las cosas, como país deberíamos tener claro cuál es la opción política que preferimos: la del crecimiento y el desarrollo que, con altibajos, hemos recorrido en el último cuarto de siglo, con la condición sine qua non del aumento de la extranjerización de la tierra (y del conjunto de la economía inherente a la globalización de la misma) o el retorno al país de hace 25 años, más “soberano” según la óptica de los que reclaman el combate a la extranjerización.

Se impone entonces una evaluación de las consecuencias que dicha elección tendría. Si se elije libremente, se debe asumir responsablemente las consecuencias (aunque este ejercicio haya caído en desuso) de esa elección. La facilita mucho el hecho de que conozcamos los dos modelos: el actual, con 16.000 dólares de ingreso per cápita y el de un cuarto de siglo atrás, en la que ese ingreso solo alcanzaba a 5.000 dólares. Aunque la cifra actual sea en cierta medida consecuencia del atraso cambiario, en términos reales, su poder de compra no debe ser menos del doble del anterior.

Y una muestra del modelo anterior lo seguimos teniendo a la vista con el Instituto Nacional de Colonización, “modelo productivo” que podríamos  asimilar, aproximadamente, con el primer nivel de capitalización del predio en el ejemplo anterior. En él, se priorizan absolutamente los aspectos sociales por sobre los económicos de la tenencia y propiedad de la tierra, con muy bajos niveles de capitalización y por consiguiente de productividad, pero con propiedad nacional (estatal) y usufructo a través de arrendamientos a pequeños productores a precios subsidiados (a la mitad o menos del valor de mercado) y por supuesto, sin extranjeros a la vista.

En la comparación de nuestra sociedad actual con esa otra anterior de, digamos, no un tercio pero si la mitad del ingreso real actualmente disponible, debemos imaginar un país con mayores carencias en infraestructura, con una educación, una salud, una seguridad con la mitad de los recursos de los que dispone la sociedad actual. Y lo que se aplica al gasto social, extendámoslo al de las familias. Adiós a los 20.000 “Cero km” anuales, menos viajes, mayor desocupación, salarios y jubilaciones muy disminuidos. Pero eso sí: ¡“tolerancia cero a la extranjerización”! Cuando se discute el tema que nos ocupa, estas implicancias no pueden quedar afuera del análisis.

Para finalizar, párrafo aparte merece el gran hito extranjerizante que está hoy sobre la mesa, y que tanto ilusiona pero a la vez complica al gobierno nacional, al chocar con su discurso tradicional de rechazo a la extranjerización, que su “ala dura” no deja pasar un minuto sin recordarle. Y que también (relictos del pasado) divide las aguas de la oposición: la planta de UPM2.

Quienes se oponen a su instalación lo hacen desde distintos planos. Uno es el del reclamo ya mencionado de pedir igualdad de condiciones para las empresas nacionales, otros al alarmismo ecológico (no alcanzó la experiencia de las plantas anteriores que iban a matar al río Uruguay, disparate permanentemente desmentido por una década de controles oficiales). Pero el argumento más frecuente es el tradicional “se la llevan toda”, ignorando la “que queda” por dinamización y crecimiento de toda la cadena forestal, ni la que los extranjeros pueden dejar enterrada acá, si las cosas no les marchan bien.

Como que los finlandeses tuvieran un gen de maldad. Ocurre que tienen ojos, y ven. Ven el estado calamitoso de nuestra infraestructura vial, ven la pasividad (cuando no complicidad) oficial ante el chantaje sindical que padece, por ejemplo, la industria láctea uruguaya, ven el nivel de precios y la calidad de los servicios que brindan los monopolios estatales, ven, en fin, la burocratización, el ausentismo, las carencias en educación básica y técnica. Y saben que así, las cosas no funcionan, por eso exigen (sí, exigen, no dejemos de recordar que planean invertir miles de millones de dólares) que esos problemas los solucione quien corresponda, o la inversión no se hace.

Al menos quien esto escribe, no ha visto ninguna solicitud finlandesa pidiendo que esas soluciones no alcancen a los empresarios uruguayos, seguro si llegaran a todos, también las empresas extranjeras saldrían beneficiadas. Pedir “que se nos dé a los uruguayos lo mismo que a los finlandeses” es una ingenuidad, porque no es un tema de nacionalidades, es de modelos macro económicos: para que eso ocurriera, tendría que cambiar el nuestro, dejando de priorizar el consumo para pasar a privilegiar la competitividad.

Y eso implicaría darle oxígeno a la economía pero, nada más ni nada menos que a costa de alejarse de los votos, es decir del poder. Y esos sacrificios se hacen excepcionalmente, solo cuando el que lo “solicita” pone sobre la mesa de negociación un argumento con nueve ceros.

La confusión primaria

Rodolfo M. Irigoyen
Enero de 2019

Se suele calificar a nuestra estructura productiva de base agropecuaria como generadora de modelos de desarrollo que se definen  con expresiones del tipo de “destino pastoril” o “productores de bienes primarios no diferenciados”. Lo que implica una percepción bastante peyorativa sobre los procesos productivos que la integran. Según este diagnóstico, estaríamos amarrados a un destino de simples reproductores de formas arcaicas de producción, de escasa generación de valor y baja demanda tecnológica, lo que nos impediría alcanzar los estándares de bienestar propios de las economías industriales con elevada participación de los servicios en la producción global. Entre ese diagnóstico y la conclusión de que es imprescindible la superación de la estructura productiva de base agropecuaria para que nuestra economía se desarrolle y modernice, hay un paso. Y la necesidad de darlo, parece estar en el código genético de la gran mayoría de los uruguayos.

Quienes comparten este difundido diagnóstico, suelen además asignarse la condición de adalides del desarrollo tecnológico y la modernidad. Proclives a las dicotomías simplistas, nos advierten que se agota el tiempo para optar entre vacas y computadoras, y que seguir prefiriendo los rubros tradicionales de la producción agropecuaria antes que, digamos, el desarrollo de la inteligencia artificial, nos aleja cada vez más de la virtuosa senda que conduce al primer mundo.

Y visto de lejos, o cuando no se conoce el real funcionamiento de las piezas que lo componen, el modelo resulta atractivo, legitimado por un formato de actualidad, correctamente estructurado, políticamente correcto. Pero como tantas veces ocurre en Economía, la falla está en los supuestos, en los preconceptos que se dan como verdad revelada y que están en la base, y contaminan, toda la racionalidad posterior. El resultado es recurrente en nuestra historia económica: “buenos modelos”, apadrinados por la cátedra y socialmente aceptados, pero que no funcionan.

A nuestro juicio, la “confusión primaria” radica en confundir primario con extractivo, conservando una visión malthusiana de los procesos agrícolas, donde la productividad de los mismos es constante, porque no se incorpora al análisis el resultado del cambio tecnológico. Cuando se define a priori al empresario rural como conservador, priorizador del rentismo por sobre la tasa de ganancia empresarial, con alta aversión al riesgo y por lo tanto de nula o muy baja propensión a la incorporación de tecnología (sin entrar en detalles en relación a si la inversión que la misma requiere es rentable) el “destino pastoril” deja de ser una hipótesis para convertirse en un dato de la realidad. Nuestra historia económica, en particular de la primera mitad del sXX, es determinante de esta interpretación de la realidad.

Sin desconocer la existencia de productores agropecuarios con ese perfil (en un universo de más de 40.000 integrantes, hay ejemplos de todo tipo) una cosa es la casuística, el argumento basado en el caso particular, y otra la respuesta global que da el sector ante las condiciones económicas a las que se ve enfrentado. Porque como sostiene Umberto Eco, “todo problema complejo tiene una solución simple, y está equivocada”.

Para rebatir el diagnóstico anterior, remitámonos, como no puede ser de otra forma, a los hechos concretos. Escribíamos en 2010: “En los últimos 20 años, la productividad promedio (en Kg por hectárea) de la agricultura creció al 3,7% anual, pero a partir del 2002/03 lo hizo al 7,8% anual, duplicándose en menos de una década. En el mismo período, la edad promedio a la faena de los novillos bajó de 4 a 2,5 años, sin disminuir el peso de la res y mejorando la calidad de la carne. La lechería (de 1500 a más de 2500 litros/hectárea) y el arroz (de 5 a más de 8 ton/há) también prácticamente duplicaron su productividad diversificando y mejorando la calidad de sus productos finales en apenas dos décadas. En tanto la forestación implantó 800 mil hectáreas de nuevos montes (5% de nuestro territorio productivo), plataforma primaria para las dos mayores inversiones industriales del país”

Este dinamismo continuó en el quinquenio siguiente (2011-2015) -el de mejores precios de exportación recibidos por nuestro país desde que se tienen datos- hasta que a mediados de la década se inició el derrumbe de esos precios internacionales (50% en el caso de los lácteos, entre 20 y 30% en los granos) que dejaron en evidencia que el nivel de nuestros costos de producción, mayoritariamente determinados por la política económica, era incompatible con una estrategia de país competitivo, o “agrointeligente” como empezó a denominarse a dicha estrategia.

Los procesos que determinaron este dinamismo del sector primario, en Uruguay y cualquier otro país del mundo, tienen un común denominador: son cada vez más intensivos en capital y en conocimiento. Esto no es novedad en lo referido al capital inmobiliario y al necesario para la inversión en equipos e insumos productivos: capital semoviente, infraestructura, fertilizantes, semillas, agroquímicos etcétera.  

Lo novedoso (si se puede usar este adjetivo en un proceso que se viene desarrollando durante el último cuarto de siglo, pero que corresponde porque dicho proceso aún no ha llegado a oídos de los numerosos defensores del diagnóstico descrito inicialmente) es el hecho de que nuestro agro, cuando existen al menos las condiciones económicas mínimas para que exprese su dinamismo, es un activo demandante de las TICs (Tecnologías de la Información y las Comunicaciones), nave insignia, paradojalmente, de los que declaran a ese agro como arcaico y “vía muerta” en una estrategia de desarrollo sostenible.

La actividad agropecuaria materializa un enorme volumen de conocimiento existente sobre las más variadas disciplinas, que el hombre ha acumulado a lo largo de su historia, pero que ha crecido exponencialmente en el último medio siglo. A título de ejemplo, y en titulares, mencionaremos algunas de esas disciplinas.

El mejoramiento genético convencional de animales y plantas, basado en modelos matemáticos de manejo informático, se complementa, cada vez en mayor medida, por la ingeniería genética y los marcadores moleculares. Una cosechadora, y en general toda la moderna maquinaria agrícola, es manejada por una computadora, y esta por un operador calificado. Y estos equipos, manejando programas georeferenciados, multiplican sus funciones ajustando los trabajos a niveles cada vez más detallados, mejorando la eficiencia en los rendimientos y la economía de tierra, agua e insumos.

Las prácticas agronómicas exigen crecientemente de un manejo informático calificado, demandando técnicos de alta capacitación y de software y otros insumos intensivos en conocimiento. Además de las incipientes agricultura y ganadería de precisión, las mismas demandas tecnológicas se manifiestan en las ramas industriales de preproducción, como los fertilizantes, las raciones, la ingeniería de riego, o las proveedoras de equipamiento para las industrias molineras, láctea, frigorífica, forestal, textil etcétera, son también cada vez más intensivas en el uso de las TICs. Recíprocamente, para las empresas nacionales de esta rama, la demanda de sus productos por parte de procesos agroindustriales es fundamental. Lo que existe es simbiosis, no antagonismo.

La lista de los servicios de post producción intensivos en conocimiento también es difícil de agotar. Las tecnologías de secado o maduración, de diferenciación de productos, de conservación y empaque, los requerimientos de infraestructura y logística de almacenamiento y traslados, y un largo etcétera, demandan y a su vez generan continuamente nuevo conocimiento que se incorpora al conjunto de los procesos productivos de los bienes de origen primario. Y la mayor eficiencia en estos procesos, no se alcanza siguiendo un protocolo o un manual de procedimientos importado, es el producto de una larga acumulación de conocimiento y experiencia local, que si no se usa, se pierde.

¿Y cómo evoluciona el Valor Agregado sectorial y total con los aportes tecnológicos incorporados? En 2011, el autor realizó un trabajo sobre el tema para el caso de la cadena arrocera, para las 4 décadas previas: años 70s, 80s, 90s, y 00s. En ese período, la producción promedio por década a nivel de chacra pasó de 4 a 7 toneladas por hectárea, y el área sembrada de 44 a 165 mil hectáreas. Los principales hitos del desarrollo de la cadena productiva, además del aumento de la superficie y la eficiencia primaria (que involucró enormes avances en la mejora genética y las tecnologías de manejo y preservación ambiental) fueron el de pasar a exportar el 100% de la producción en forma de arroz procesado (años 70s), el desarrollo del proceso de parbolizado (años 80s), de la producción de aceite (años 90s) y del uso de biomasa para la producción de energía eléctrica (años 00s)

Todo ello determinó que el Valor Agregado Bruto del conjunto de la cadena pasara, tomando como 100 el valor en el promedio de los 70s, a 827 en el promedio de los 00s, mientras que la participación del VAB de la producción primaria (a pesar del espectacular crecimiento de su producción física) fue cayendo, en las 4 décadas, del 56, al 52, al 47 y al 44% del total de la cadena. Y los mismos cálculos (también en base a datos oficiales fácilmente constatables) pueden hacerse para las otras cadenas agroindustriales, y los resultados son parecidos.

Entonces, cuando se duplican los volúmenes y la eficiencia en las producciones de arroz, trigo, leche o carne, cuando se desarrollan desde cero grandes producciones de soja o celulosa, el producto, en esencia, no ha cambiado (aunque haya mejorado su calidad, como ha ocurrido). Más que el producto final, lo que cambian son los procesos para alcanzarlo.  El churrasco, la leche, el grano de arroz o la harina siguen presentando sus características tradicionales, pero se producen en forma económicamente más eficiente, con menos tierra e insumos por unidad de producto generado, y con menores costos unitarios. ¿Cuánto del enorme caudal de conocimiento antes mencionado se incorporó para multiplicar la eficiencia de esos procesos productivos? Ser el más eficiente ¿no es también un “activo especializado”?

Y dejando lo tecnológico para pasar a su expresión en las Cuentas Nacionales, el tan meneado fantasma de la “baja participación del Agro en el Producto y en el Empleo” es muestra de dinamismo y no de baja importancia, como lo evidencia nuestro ejemplo del arroz y cualquier comparación internacional que se realice. La concepción original de las Cuentas Nacionales presupone un sector primario con posibilidad de crecimiento puramente horizontal, porque cualquier intensificación y/o encadenamiento de los procesos productivos implica una “fuga” de los resultados de los mismos hacia el sector secundario o al terciario, es decir hacia la industria o los servicios.

Y lo que ocurre con el Producto, también se expresa en el nivel de Empleo.

El sector primario se desarrolla reduciendo el número de trabajadores directos (empresarios y empleados), requiriendo mayor capacitación y otorgando mejores remuneraciones. Pero los aumenta en forma más que proporcional (al Producto y al Empleo) en forma indirecta en la industria y los servicios asociados, por tener el mayor poder multiplicador de nuestra economía (Red FAO-Mercosur, Fac. Ciencias Sociales, UdelaR, Inés Terra coord.)

Por eso, las opciones de reinserción laboral para los desplazados por el avance tecnológico, no deben ser visualizadas como necesariamente ajenas al sector, porque un agro dinámico genera demandas de nuevos empleos en la industria y los servicios, económicamente más atractivas y culturalmente más cercanas, y que en principio no exigen modificar el “sistema de vida” del involucrado y su familia.

Por todo lo anterior, un camino de desarrollo basado en nuestra “agrointeligencia” debería ser un objetivo nacional y como tal, ser encarado por el conjunto de la sociedad. No es promoviendo el antagonismo entre segmentos de esa misma sociedad que vamos a alcanzarlo.

Las cuentas que lo demuestran son muy sencillas, pero mucha gente no las entiende. Existen incluso Ingenieros que no las entienden. Si será grande la ignorancia. O peor aún, si será grande el poder de los prejuicios.

Pasando raya

Rodolfo M. Irigoyen
Agosto de 2018
(Última edición de “El País Agropecuario”)

Llegamos al final de una etapa. Con independencia de recuerdos, nostalgias y buenos deseos de futuro, es el momento indicado para pasar raya e identificar aquello que hoy consideraría esencial, en el centenar largo de artículos que he publicado en esta revista a lo largo de su cuarto de siglo devida.

Tarea nada sencilla por la diversidad de aspectos tratados, la mayoría del palo agronómico o económico, pero también del ambiental y en general, sobre nuestra ruralidad y su dinámica social. Pero la restricción que implica para el desarrollo de una sociedad de base agropecuaria como la nuestra, las diferencias de visiones, realidades y posibilidades entre el campo y la ciudad -el mal llamado “divorcio”- creo que es el tema más permanente. Porque con distintas formas y manifestaciones, permea todos los estamentos socioeconómicos de nuestro país desde su inicio como nación hasta el presente.

A medida que el tiempo pasa…

Dice el filósofo español Fernando Savater: “Como me tengo por un ser racional, me alegro de haber cambiado de ideas a lo largo de mi vida. Lo asumo todo, pero que pongan siempre la fecha abajo” Doblemente sabio, porque está bien que cambiamos, pero debe existir el lógico y necesario correlato entre el cambio y el contexto que lo determina. O dicho en otra forma, con la época en que se vive.

La primera tentación del agrónomo es darle a los problemas productivos una solución tecnológica. En general para eso estudió y está bien que actúe de esa manera. Y no le faltan recursos para ello, porque la oferta tecnológica crece más allá del más agorero y malthusiano de los diagnósticos. Todavía no podemos siquiera vislumbrar donde está el techo de la bioinformática o de las TICs, o hasta adonde llegará la agricultura y la ganadería de precisión, pero todo hace pensar que la brecha entre el conocimiento técnico disponible y el efectivamente utilizable, no dejará de crecer.

Pero el optimismo inicial, y las visiones sectoriales que de él derivan, pronto sufren sus primeros revolcones. Porque a la solución tecnológica, por más eficiente que sea en sus resultados físicos, se le debe exigir que “salve el examen de microeconomía” y el técnico agropecuario no puede mantenerse al margen de dicha exigencia. Los más veteranos hemos visto demasiados fracasos económicos, en cuyo origen hubo una atractiva propuesta técnica, para no percibir los peligros del productivismo extremo.

Pero también la experiencia nos enseña (si antes ya no lo hizo nuestra propia extracción social) que no solo importa la viabilidad económica en el sentido empresarial del término, sino que las implicancias sociales de los procesos productivos no pueden pasarse por alto, en un sector rural donde las tres cuartas partes de los predios corresponden a productores familiares. Asunto de muy compleja resolución, dado que el avance tecnológico –y en muchos casos también las escalas productivas- definen funciones de producción en las que es cada vez más intensivo el uso del factor capital, si se pretende generar y mantener la competitividad imprescindible para cualquier economía, en particular una pequeña como la nuestra.

Y a las problemáticas tecnológicas, económicas y sociales, se les ha sumado en las últimas décadas la ambiental. Porque crece la población mundial y con ella la presión sobre los recursos naturales, que son finitos. Pero además, crecen también los niveles de consumo y de los desechos que de él derivan. Y en consonancia con estos fenómenos inherentes al desarrollo económico, toma cada vez más cuerpo la consciencia social sobre la necesidad de un creciente cuidado ambiental, para nosotros y para las generaciones futuras. Y como los animales también forman parte del ambiente, también nos preocupa ahora el bienestar animal -para los domésticos- y la preservación o no extinción de las especies silvestres.

¿Qué nos queda?

En alguna medida, con mayor o menor énfasis según nuestra educación y nuestras convicciones, todos transitamos las diferentes etapas antes bosquejadas. Pero como en el cuento del tesoro al final del arco iris, la meta se nos aleja a medida que creemos acercarnos a ella. Hasta que el tiempo, el implacable, nos obliga a pasar raya, a llegar, con las ponderaciones que consideremos pertinentes, a una visión integradora entre la base agropecuaria de nuestra economía, con los valores y la forma de vida de una sociedad altamente urbanizada, dado que el 70% de los uruguayos viven en el área metropolitana de Montevideo.

Y desde el fondo de nuestra historia como nación, el resultado que  hemos alcanzado, más que por su carácter integrador, se ha caracterizado por el enfrentamiento entre dos interpretaciones antagónicas respecto al tipo de país que tenemos y el que querríamos tener: al manido “divorcio campo-ciudad”, al que en repetidas ocasiones nos hemos referido desde estas páginas. La insistencia con el tema radica en la importancia que le asignamos, pues consideramos a ese antagonismo como una de las mayores restricciones el camino de desarrollo socioeconómico de nuestro país.

Decíamos en diciembre de 2016: “Dicho antagonismo (campo/ciudad) en su versión más primaria, es comprensible por las diferentes condiciones de vida, por los distintos contextos, que promueven en un caso la socialización de los problemas y las oportunidades, y por otro el aislamiento que genera individualismo, asociado a la convivencia con los riesgos derivados de la dependencia de fenómenos naturales poco controlables… pero en los países más desarrollados esas diferencias ancestrales se han ido moderando hasta alcanzar equilibrios de intereses y posibilidades,  sobre los que se asientan la prosperidad y la justicia social para el conjunto de la población…en cambio en la sociedad uruguaya siguen vigentes las visiones antagónicas”

Y no logramos superar ese forcejeo que neutraliza gran parte de los esfuerzos que, en un ambiente de mayor simbiosis social, darían un sustancial impulso a nuestro trabajoso camino de desarrollo.

En definitiva

Al pasar raya al final de esta etapa, vemos que algo de razón tuvieron en el pasado y continúan teniendo en el presente, cada una de esas visiones sobre nuestra sociedad rural. Pero cuando intentamos una síntesis, observamos que el total es diferente a la suma de las partes, porque en definitiva, se trata de un problema cultural. Y que es normal que las diferencias culturales existan, de que no se trata de superar una cultura para acceder a otra, ya que la vida urbana y la rural son esencialmente diferentes. Y esto ocurre acá pero también en los países que más progresan y de mayor desarrollo social.

El campo con su cultura y la ciudad con la suya, pero tratando de igualar en la medida de lo posible las condiciones de partida y las posibilidades de desarrollo de los habitantes de ambas realidades, sin tratar de eliminar las diferencias que son inherentes a cada una de ellas. Y por supuesto que muchas cosas pueden y deben hacerse en los planos ya mencionados, pero el denominador común esencial es el de la educación.

En la educación formal por supuesto, desde la escuela, preparando a los jóvenes para el mercado laboral, dándoles una base cultural y los principios básicos del orden social en que viven. Una educación pública de excelencia es la base para reducir las diferencias de partida, y para todo el desarrollo socioeconómico posterior. Y una parte no menor de la (buena o mala) educación, es la que se recibe a través de los medios masivos de difusión.

Al respecto denuncia el científico canadiense Steven Pinker: “El periodismo tiene un problema inherente: se concentra en acontecimientos particulares más que en las tendencias. Y le resulta más fácil tratar un hecho catastrófico que uno positivo. Hay un hábito muy extendido entre intelectuales y periodistas que consiste en destacar solo lo negativo, en describir el mundo como si estuviera siempre al borde de la catástrofe. Los periódicos podrían haber recogido ayer la noticia de que 137.000 personas escaparon de la pobreza. Es algo que lleva ocurriendo cada día desde hace 25 años, pero que nunca ha merecido un titular. Esto acaba generando una visión distorsionada del mundo”

No pretendamos igualar las condiciones de vida del campo y la ciudad, así no superaremos el “enfrentamiento” que dificulta nuestro desarrollo. Porque cada uno de esos dos segmentos de nuestra sociedad, responde a una cultura particular, y muchas características de las mismas no son intercambiables. Desarrollemos sí, como parte de la educación, la cultura de entender la realidad analizando datos objetivos, que muestren todo lo que nos queda por hacer, sin desconocer el valor de lo que ya hemos hecho. Esa capacidad de análisis es, junto a la honestidad intelectual, los atributos básicos de la prensa de calidad, la que realmente forma parte del proceso educativo.

Los límites a la “primarización”

Rodolfo M. Irigoyen
Mayo de 2018

La historia económica del Uruguay se vertebra en torno a la producción de alimentos y fibras, los que con el correr del tiempo fueron incorporando las primeras fases de los procesos industriales que aseguraban su conservación y mejoraban la eficiencia de su comercialización y traslado a sus lugares de consumo final en el país y, crecientemente, en el extranjero.

La lana, que originalmente se exportaba sucia, a fines del siglo pasado llegó a exportarse en su casi totalidad en forma lavada y peinada. La producción vacuna, en sus inicios extractiva (“vaquerías”, cueros, sebo) completó en el mismo período el proceso de faena local de toda la producción con venta de diversidad de cortes y creciente nivel de calidad.

La lechería, que durante décadas apenas cubría el consumo interno, para volverse mayoritariamente exportadora tuvo que mejorar la eficiencia productiva y la calidad del producto, y por lo menos deshidratarlo para no exportar agua. En definitiva, nuestras cadenas de producción de granos, de madera, de cítricos, en la medida que aumentaba la eficiencia de la fase primaria, se volvían exportadoras y para ello desarrollaban las imprescindibles primeras etapas de sus procesos de industrialización.

Pero luego de ese primer eslabón agroindustrial, el desarrollo de la cadena se detiene. Cortes de carne sí, pero pocos productos cárnicos más elaborados, y el incremento de valor por incorporación de nuevos atributos al producto primario (bienestar animal, carne orgánica etcétera) tampoco han tenido un desarrollo continuo y de importancia. Lo mismo para el arroz, pelado y pulido sí, pero hasta ahí. Tops de lana sí, pero no casimires o prendas. Leche en polvo sí, pero poco queso o manteca y nada de yogures, helados o lácteos más sofisticados. Troncos o chips sí, pero no muebles; celulosa sí pero no diferentes tipos de papeles o cartones.  Grano de soja por supuesto, pero no aceite o tortas proteicas.[1] Y los intentos de profundizar esos procesos, por lo general tuvieron corta vida, con “los ingresos corriendo de lengua afuera atrás de los costos”

Misiones posibles e imposibles

Porque ese es uno de los temas más recurrentes en nuestra economía: a medida que se avanza en las sucesivas fases de las cadenas productivas y nos alejamos de la base primaria donde reside nuestra competitividad (intensificándose la participación del Estado por vía cambiaria, impositiva, salarial, previsional, de tarifas, con carencias infraestructurales y de inserción externa y excesos burocráticos) el nivel de dicha competitividad se derrumba, los números se vuelven rojos y los reclamos para que “se agregue valor industrializando el producto primario” pierden todo sentido.

Por eso (entre otras cosas referidas nada menos que a la tecnología, las escalas productivas y la inserción internacional, porque los contrarios también juegan) resultan utópicas y trasnochadas las propuestas industrialistas en boga en los años 50 que sin embargo aún hoy tienen defensores en nuestro país. Aunque se trate de una “misión imposible”.

Pero si en algo hemos insistido a lo largo de los años, es en el hecho de que esa base primaria y agroindustrial es la plataforma más adecuada para el desarrollo económico de nuestro país, y que intensificarla aumentando el volumen y la eficiencia de sus procesos productivos, empezando por los primarios, es la mejor forma de agregar valor, de crecer y desarrollarnos, dado el elevado coeficiente multiplicador del sector primario sobre el resto de la economía. Esa es la misión posible e imprescindible, porque se trata de hacer más y mejor aquellas cosas en las que tenemos condiciones y experiencia en saber hacer. Que es lo que el mundo demanda y demandará.

Insistencia que también ha incluido la afirmación de que la baja participación del sector primario en el PIB no es indicador de poca importancia, sino de dinamismo, porque cuando crece la producción primaria, crecen en forma más que proporcional el valor de la producción y el volumen y calidad del empleo en la industria (que es agroindustria) y en los servicios de apoyo a los sectores primarios y secundarios, lo que reduce la participación relativa del sector primario en el total del producto y del empleo, aunque en términos absolutos haya crecido [2].

Además, a ese complejo agroindustrial se han sumado en las últimas décadas los servicios turísticos e incipientes desarrollos de las tecnologías de la información y las comunicaciones, actividades estas en nada contrapuestas, sino más bien complementarias (en particular las TICs) del desarrollo agroindustrial.

Se da vuelta la taba

Descartada la opción de “país industrial”, y con el sector agropecuario cada vez más jaqueado por la caída de sus precios de exportación que en mayor o menor medida se diera a partir del 2014, sin que los costos de producción se ajustaran en el mismo sentido, los engranajes económicos empezaron a girar en sentido opuesto a lo que habían hecho en la primera mitad de la década, cuando la bonanza proveniente de los precios externos disimulaba nuestras carencias. Empieza a gestarse un ciclo recesivo.

Cuando esto ocurre, se genera globalmente menos valor, se produce menos o de menor calidad porque se invierte menos, pero se logran disminuir los costos unitarios de producción, conservándose eventualmente la viabilidad de la unidad microeconómica, de las empresas, a las que no se les puede pedir que se inmolen en aras del bienestar del resto del país.

Y ese “ajuste extensivo” (proceso al que, con perdón de la semántica, hemos denominado de “primarización”) se da por la razón del artillero: nuestra estructura de costos nos obliga al mismo, dado que la mejora tecnológica necesaria para revertir el ciclo e incrementar la producción, es intensiva en los insumos más caros y sufre la creciente y extractiva participación del Estado.

Y esto se produce tanto a nivel rural como industrial. La producción ovina acosada por la inseguridad e intensiva en mano de obra, no deja de reducirse en el campo, y a nivel comercial la mitad de la lana se vuelve a exportar sucia, luchando las pocas peinadurías sobrevivientes para no cerrar sus puertas. En la carne vacuna, quizá nuestro rubro más competitivo, crece la exportación en pié de terneros que se dejan de criar y engordar en nuestro suelo, una actividad que ha dinamizado a la cría pero que es resistida por la industria frigorífica.

La agricultura ha reducido su área de siembra en una tercera parte, las plantas lecheras de menor escala cierran o caminan por la cornisa mientras los tamberos “achicaban” enviando vacas lecheras a faena. La cadena arrocera, durante décadas orgullo del país por su productividad, su integración agroindustrial, su cuidado ambiental en integración con la ganadería y su industrialización de subproductos, está al borde del colapso, con reducción del área sembrada de 200 mil a menos de 150 mil hectáreas, con productores que liquidan la empresa y emigran buscando nuevos horizontes. Y el panorama es similar en los otros cereales, en la vitivinicultura[3], en la producción forestal de madera para aserrado, que exporta troncos porque es imposible exportar los árboles en pié.

Y tras cuernos, palos. Porque nuestros industriales ven con envidia las condiciones que se le brindan a las transnacionales de la celulosa, e ingenuamente solicitan las mismas medidas para la industria nacional. Como si ellos también tuvieran la posibilidad de exigir las condiciones que necesitan para funcionar normalmente, manejando (ante un gobierno hambriento de inversiones) la promesa de invertir 3 o 4 mil millones de dólares, usando el convincente argumento  de “lo tomas o lo dejas”[4].

El difícil equilibrio

Llegamos así a la necesidad estratégica de desarrollar y consolidar un equilibrio en el desarrollo de nuestras cadenas agroindustriales, que reconozca la imposibilidad objetiva de profundizar los procesos de industrialización, sin caer por ello en la opción opuesta, el retroceso de los mismos hacia su base primaria. Porque esa caída significaría una crítica disminución en los niveles de producción y empleo del país, en paralelo con un grave deterioro de su balanza comercial.

A título de ejemplo, consideremos el caso de la exportación de ganado en pie, tema particularmente conflictivo entre los intereses de la ganadería de carne y los de la industria frigorífica. Lo primero es dejar muy en claro que la autorización de la realización de dicha práctica comercial ha sido muy beneficiosa, constituyéndose en un elemento dinamizador del conjunto de la cadena, lo que implica, entre otras cosas, que probablemente no haya disminuido la oferta final de ganado para faena (permanente temor de la industria frigorífica) al compensarse lo exportado en pie por el aumento de la productividad global de la ganadería. Si esto hasta ahora ha sido así (como creemos que efectivamente ha ocurrido) no habría motivo de preocupación.

Lo que preocupa es la tendencia. Porque en los inicios de esta práctica comercial se podía estimar –mejor dicho, hemos estimado- que el número de cabezas exportadas en pie podría no superar el 10% del total de la faena, sin embargo en 2017 ya alcanzó al 15% [5] de ese total. Si las distorsiones de mercado de los países importadores (actualmente Turquía, que grava con altos aranceles a la importación de carne pero no la de animales vivos) y continúan los problemas de competitividad de nuestras agroindustrias, ese porcentaje podría seguir subiendo.

Y la pregunta obligada es ¿hasta cuándo? sin que ello implique un deterioro irreversible de nuestra estructura industrial. Porque una crisis generalizada de la industria sería un golpe terrible para el conjunto de la cadena cárnica, como ya lo ha experimentado nuestra ganadería en el pasado.

Y al menos como hipótesis, cabe plantearse la posibilidad que esto ocurra, por ejemplo si algún gran país productor decide incrementar sus existencias vacunas y maneja con ese fin herramientas cambiarias y/o arancelarias  contra las que una economía pequeña como la nuestra no podría competir. No se debe perder de vista el hecho de que nuestro actual estatus sanitario -que nos enorgullece en una comparación regional- podría operar en ese caso en sentido opuesto, al impedir la importación de terneros de otro origen para compensar la caída de nuestras existencias [6].

Por supuesto que la defensa de nuestra estructura agroindustrial de primera transformación no nos libera de los siempre latentes conflictos al interior de estas cadenas, entre los productores primarios y la industria, se llamen estas frigoríficos, peinadurías, industria láctea, molinos o bodegas. Y los intentos de los productores de transformarse en industriales (incluyendo organizaciones cooperativas) para captar los supuestos excesivos márgenes de los frigoríficos han sido en general un fracaso. Con “ejemplos garrafales”.

En definitiva

Se trata de un tema muy delicado, con susceptibilidades a flor de piel, incluyendo prejuicios que operan en forma automática, porque no se puede negar la existencia de razones históricas para que esto ocurra. Pero es imprescindible usar las luces altas, y entender que los objetivos generales que a todos involucran, deben priorizarse frente a cualquier reivindicación de aspectos sectoriales, por fundados que estos sean.

Y siempre está la tentación de pedir que el Estado arbitre, según unos con autorizaciones irrestrictas o según otros con límites arbitrarios, incluyendo “cajoneos” temporales de las autorizaciones para la exportación. También la historia nos demuestra que, en casos como este, son peores los remedios que la enfermedad.

A nuestro juicio el único remedio válido para alcanzar el equilibrio en el que se dinamiza la fase primaria de la producción de carne sin comprometer por ello la viabilidad de la industria frigorífica, lo que maximiza el resultado económico de toda la cadena, no pasa por las limitaciones o las prohibiciones, sino por las imprescindibles medidas macroeconómicas tendientes a mejorar la competitividad del conjunto del complejo agroindustrial.

Si esto se consigue, la exportación en pie deberá continuar, sin otra restricción ni apoyo que los que le brinde el libre funcionamiento económico, se trate de algún nicho de mercado externo o de su condición de “válvula de escape” ante eventuales problemas comerciales.

Seguirá cumpliendo así el papel dinamizador que hasta ahora ha desempeñado, sin que llegue a implicar un riesgo para la industria frigorífica, cuya existencia y buen funcionamiento es imprescindible por tratarse de un sector económico clave para nuestro desarrollo.

[1] Y en todos los alimentos, ni soñar con los probióticos o la nutrigenómica, ni en general con los actuales avances en el campo de la bioinformática.

[2] El Producto Bruto Interno mide la producción de bienes y servicios de uso final, mientras que el agropecuario es un sector productor de bienes de uso intermedio.

[3] Empujada en la rodada por la absurda  “Tolerancia cero”

[4] Adjudican a Al Capone la siguiente frase: “un argumento, con una pistola en la mano, es mucho más convincente que el argumento solo”  Dicho con todo respeto, solo para poner un poco de humor.

[5] Como se exportan en general solo machos,  el porcentaje de disminución de novillos para faena en Uruguay  puede ubicarse en aproximadamente el doble de dicha cifra.

[6] Como si puede hacer la industria topista, que importa lana de la región para compensar las exportaciones uruguayas de lana sucia.

Pequeños y medianos

 Rodolfo M. Irigoyen
Febrero de 2018

La expresión “pequeños y medianos productores” aparece muchas veces formando parte de los reclamos del sector agropecuario, pero siempre en las respuestas que da el gobierno, cuando las da, a dichos reclamos.

Porque “los problemas del agro” (dejemos de lado a los originados en fenómenos climáticos) tienen dos grandes componentes. El económico, expresión de problemas de competitividad que atañe a parte o a todo el sector y deriva tanto del exterior (precios internacionales, cuotas, aranceles etcétera) como de las políticas internas (cambiaria, impositiva, de precios y tarifas, ambientales, de inserción internacional etcétera).

El otro componente es el social, y en general se define por el conjunto de “los pequeños y medianos productores”. Éstos, dada su relativamente escasa  dotación de factores productivos (tierra, capital de trabajo, nivel tecnológico etcétera), suelen no alcanzar niveles de ingresos suficientes para un desarrollo familiar sostenible. Constituyen, junto a los asalariados rurales, la cantera social que nutre la secular migración campo-ciudad, en Uruguay y en cualquier país del mundo en que exista desarrollo económico

Los reclamos del campo, como el actual de los “autoconvocados”, aluden a los problemas económicos, que en mayor o menor medida atañen a todo el sector y se originan, salvo excepciones, en las políticas internas del ámbito macroeconómico. Y para fortalecer el mensaje, se hace mención explícita al componente social del problema, dado que en tiempo de vacas flacas, las de los “pequeños y medianos” son por supuesto las más flacas de todas.

El Poder Ejecutivo que arrancó ninguneando a las gremiales rurales en noviembre respondiendo a su pedido de reunión fijándola para el 23 de febrero (solo le faltó decir “vengan después del carnaval”), a mediados de enero cuando el descontento eclosiona y en dos semanas cubre al país, se reúne primero con las gremiales, luego recibe el comunicado del encuentro de Durazno y en pocas horas le da respuesta.

Y por supuesto solo considera el componente social del problema: es una ayuda a los pequeños y medianos productores de los subsectores en peores condiciones Pero no ayuda mucho. Astori estimó el costo del total de los apoyos prometidos ¡en 7 millones de dólares! aproximadamente el 1 por mil de las exportaciones anuales de origen agropecuario.

Y la política económica no se toca. Aunque en la política económica esté el problema, porque la competitividad del agro se juega mucho más en el Ministerio de Economía y Finanzas, incluso en el de Relaciones Exteriores, que en el de Ganadería, Agricultura y Pesca.

Las implicancias del desarrollo tecnológico

 En la Edad Media, en Europa, el 95% de la población vivía en el campo. Hoy, pocos siglos después, en los países desarrollados europeos menos del 5% de la población se dedica directamente a las tareas del agro. En el sXIX, cuando el monje y economista inglés Thomas Malthus -mientras se desarrollaba en su país la Revolución Industrial- publicó sus pronósticos catastrofistas relativos al futuro de hambrunas que esperaba a la humanidad, la población mundial no alcanzaba a los 1.000 millones de personas. Hoy llega a los 7.500 millones y no solo no hay hambrunas, sino que esa enorme población está mucho mejor alimentada.

Esas enormes transformaciones tienen una constante: el extraordinario proceso de avance tecnológico que está en la base del crecimiento, condición imprescindible para el desarrollo económico de la humanidad. Avance tecnológico que no solo no se detiene sino que se acelera, pasando por “revoluciones productivas” que cada vez se producen con menores intervalos de tiempo. En el agro en el último medio siglo las principales fueron 3: la de las semillas híbridas, la de los transgénicos y la de las TICs (Tecnologías de la Innovación y las Comunicaciones).

El desarrollo tecnológico lleva a un aumento permanente de las escalas de producción, tanto tecnológicas como de capital, proceso que inexorablemente va reduciendo los requerimientos de mano de obra, en simultáneo con el aumento de la calificación que la misma requiere. Cada vez en mayor medida, las empresas agropecuarias se vuelven “capital intensivas”. De este modo, van quedando marginadas las empresas “de menor tamaño económico”, con menores posibilidades de acompañar el permanente incremento de la escala tecnológica y financiera.

Y el proceso de intensificación que implica la incorporación de tecnología, es por lo general intensivo en el uso de energía, en sus distintas formas. En Uruguay, en rubros como el arroz o la lechería es alta la participación de la energía eléctrica, y en todas las cadenas productivas, el gasoil, que mueve toda la maquinaria agrícola y transporta toda la producción, es un insumo estratégico. De ahí que tanto la educación como los costos energéticos manejados por el Estado, sean claves para la competitividad sectorial.

El problema social

Pero el principal problema social que este proceso genera, no es el de la exclusión de los pequeños productores, que es inevitable por ser inherente al avance técnico y por consiguiente al desarrollo económico. El gran problema es que los que queden excluidos como productores, no dispongan de opciones dignas de reinserción laboral y familiar.

Porque en los predios pequeños, los aspectos económicos se confunden con los sociales, vinculados con la sobrevivencia del núcleo familiar y su estilo de vida, en particular en aquellos en que la familia vive en el predio y no tiene fuentes de ingreso provenientes de fuera del sector.

Por eso, las opciones de reinserción laboral  no deben ser visualizadas como ajenas al agro, como las trasnochadas  estrategias industrialistas, sino que un agro dinámico genera demandas de nuevos empleos y actividades de servicios de apoyo a la pre y post producción –como ocurrió en el trienio 2011/2013- económicamente más atractivas y culturalmente más cercanas, porque en principio no exigen modificar el “sistema de vida”.

Y esta dinamización sectorial, que solo puede provenir del sector externo y/o de la macroeconomía, es la mejor forma de descentralización, de impulso al desarrollo de pueblos y ciudades del interior, a no seguir multiplicando los asentamientos de marginados, a mejorar la cantidad y la calidad del empleo. Pero como somos tomadores de precios y no tenemos ni podemos esperar los de hace 5 años, tenemos que bajar los costos. Y eso es lo que piden los “autoconvocados” (además de los ingenuos que creyeron en las promesas electorales de la “Reforma del Estado”).

Para usar un término caro al elenco gobernante, las mejoras que brinde el gobierno deben ser “inclusivas”. Que incluyan a todo el sector, no solo a los que están “en números rojos”. Porque dado su efecto multiplicador,[1] esa es la mejor forma de ayudar a los pequeños y medianos, ayudando a la vez, económica y socialmente a todo el país.

No porque los grandes necesiten ayuda para llegar a fin de mes. Lo que necesitan es que sus inversiones tengan un retorno positivo, para que no dejen de invertir, para que demanden trabajo y servicios, para que aumenten la producción, y no se vayan a hacerlo a otro lado. Por eso es falso el sonsonete oficialista de “sacarle al que más tiene para darle al que no tiene nada”.

Porque la única forma sostenible de darle a los que tienen poco o nada, es no impidiendo que entre todos, grandes, medianos y pequeños, se produzca cada vez más y de mejor calidad. Cuando la torta crece, crecen todas las tajadas. De ahí el acierto de que el movimiento de los “autoconvocados” se haya denominado “Un solo Uruguay”.

En definitiva

Que la gente bien intencionada que hay en el gobierno, no escuche a los que menean fantasmas desestabilizadores. Ni a los ideólogos capaces de transformar cualquier acontecimiento del ámbito rural en una manifestación de la lucha de clases en el agro. Ya se trate de una pelea a rebencazos entre dos paisanos, como del hecho de que el propietario de un campo se lo alquile a otro productor para que lo explote.

Y que quede claro. No se desconoce la importancia que puede tener una ayuda puntual –por pequeña que sea- a un reducido número de productores en situación crítica. Bienvenida sea. Pero no nos confundamos, esa ayuda “no mueve la aguja” de la situación de un sector que está en problemas. Y el conjunto de la economía ya lo empezó a percibir (se acelera el proceso de cierre de empresas rurales o vinculadas al agro) y lo hará con mayor impacto en el futuro cercano.

Aprendamos de Nueva Zelandia y Australia, países desarrollados que no reniegan de su base económica agropecuaria ni de exportar bienes primarios dentro de ámbitos de Tratados de Libre Comercio, y que adaptan sus políticas a los vaivenes de los mercados internacionales de sus productos de exportación, priorizando la competitividad sistémica del país.

Quizá si nuestro equipo económico intercalara algún viaje a Auckland o Wellington, a Sidney o Melbourne, entre los muy frecuentes a Washington, podríamos internalizar nuevas enseñanzas que nos volvieran más eficientes y competitivos en lo económico, para así poder desarrollar la solidaridad social con mayor responsabilidad y sobre bases más sostenibles. Porque la soberbia de creer que lo sabemos todo, es muy mala consejera.

[1] El sector agropecuario es el que presenta mayores efectos de difusión sobre la economía en su conjunto en comparación con el resto de las actividades productivas.  (Inés Terra  Coord. Informe Técnico Proyecto Red Mercosur-FAO Julio 2009)

Otra vez, la culpa la tiene la renta…

Rodolfo M. Irigoyen
Enero de 2018

En pleno furor de los “autoconvocados”, el ex Ministro de Ganadería y actual Senador (primer suplente de José Mujica), Andrés Berterreche, publicó un artículo (“Ta raro, ¿nó?” La diaria, 13/1/18) sobre dicho movimiento, donde, entre otros aspectos, pone énfasis en el hecho de que en la plataforma de reclamos, no figura la baja “del costo de la renta de la tierra”, “el mayor de todos los costos”, ese “impuesto ciego y privado”.

Como en el número de diciembre de El País Agropecuario publiqué “El tema de la renta de la tierra” donde sostengo una posición que está en las antípodas de la de Berterreche, considero pertinente volver sobre el tema.

Lo primero y fundamental a destacar, es que los costos que se mencionan en dicha plataforma, son los varios que determina el Estado, como los derivados de las tarifas y precios de energía y combustibles, los impuestos, los ajustes a los salarios, los costos de transacción adicionales implícitos en la inexistencia del ferrocarril y las carreteras destrozadas, en la madeja burocrática a desenredar para cualquier trámite, y un largo etcétera. Capítulo aparte, la pérdida de competitividad derivada de la política cambiaria. Al respecto, nada más ilustrativo que consultar la evolución de la competitividad del país frente al resto del mundo, que calcula y publica el Banco Central.

Pero el costo de las rentas lo fija el mercado. Y resulta que, según Berterreche, estas no han disminuido con la magnitud esperable en un escenario de crisis, como el que denuncian los productores. Denuncias que se fundarían, cuando no, en intereses político-electorales de la oposición. Pero los datos del propio MGAP/DIEA muestran lo contrario: no solo disminuyó el valor promedio de las rentas, sino que también lo hizo la superficie arrendada.

La superficie total que se explota bajo arrendamiento, según los últimos datos censales disponibles (2011) es de 4 millones 305 mil hectáreas, mientras que la que se explota en propiedad alcanza los 10 millones 483 mil hectáreas, sobre un total de 16 millones 357 mil hectáreas. Lo anterior arroja porcentajes de 26,3 y 64,1% respectivamente para arrendamiento y propiedad. El 9,6% residual lo explica la suma de formas menores de tenencia (aparcerías, pastoreo, ocupantes etcétera).
Los últimos datos disponibles muestran que, entre el 2014 y 2016, la nueva superficie arrendada pasó de 888 mil hectáreas en el primer año, a 653 mil hectáreas en el segundo, lo que representa una caída del 26%. Mientras que el valor promedio -que engloba rentas muy diferentes como ganaderas, agrícolas, lecheras, forestales- pasó en el mismo período de 174 a 113 US$/Há, o sea se redujo en un 35%. El 2017 no habría presentado grandes cambios, según las cifras disponibles: en el primer semestre, respecto a igual período del año anterior, la nueva superficie disminuyó un 6% mientras el precio promedio aumentó un 2%.

Cabe mencionar que una práctica que se ha ido extendiendo, es la fijación de la renta en producto por hectárea, según la aptitud o el destino productivo del campo: Kilos de carne o de soja, litros de leche o bolsas de arroz, valorados a los precios del momento, con lo que arrendador y arrendatario “van en el mismo barco”. Esto mejora la equidad y la viabilidad financiera del negocio, al determinar un ajuste automático del valor monetario de la renta en función de la variable clave para definir, para el arrendatario la rentabilidad del negocio, y para el arrendador, el potencial económico de su campo.

Por último veamos qué pasó con el total bajo producción de los principales rubros agrícolas, donde los arrendamientos tienen mayor importancia, alcanzando aproximadamente a la mitad de lo cultivado. En los últimos 5 años la superficie de soja se redujo en unas 300 mil hectáreas (1,4 a 1,1 millones de há), la de trigo casi en dos terceras partes (de 550 a 200 mil hectáreas) y la de arroz en un cuarto (de 200 a 150 mil hectáreas). Setecientas mil hectáreas menos reuniendo los 3 cultivos, a lo que se deben sumar los campos que abandonan la lechería, donde se liquidan por lo menos 3 tambos por semana. Superficies obligadas a ir a formas de producción menos intensivas, de menores costos, como la ganadería, apoyando el sostenimiento, e incluso el leve repunte de la producción de carne.

En conclusión, el argumento de que “el problema son las rentas” es insostenible. La superficie bajo arrendamiento explica un porcentaje relativamente menor del total bajo producción, y los nuevos arrendamientos, en los últimos años vienen además disminuyendo tanto en superficie como en valor unitario. Por otra parte, las superficies totales bajo cultivo también disminuyen.

Pero Berterreche no se equivoca solo en esto, aunque es lo esencial. Los problemas no los ven los gobernantes que manejan, más mal que bien, indicadores aislados. Lo ve el que pasa raya, y ese solo es el productor. Y ese número final, para algunos solo puede ser el resultado de una inversión, pero para la mayoría es cosa de vida o muerte. Por eso se protesta.

Quedan muchos aspectos sin tratar. Queda el preocupante tema del endeudamiento -con bancos y proveedores- en niveles “pre crisis”. Queda el análisis de la inflexibilidad a la baja de las rentas, en particular en la agricultura de secano y en el arroz, por aspectos inerciales de la estructura productiva de las empresas, que lleva a asumir niveles de riesgo no recomendables en un clima errático como el nuestro. O a liquidar y emigrar al Paraguay, como están haciendo los arroceros del norte.

Pero sobre todo queda sin tratar un asunto central: “el dato” económico que realmente muestra el estado del negocio, es el del ingreso neto luego del pago de la renta. Aunque sea un productor propietario, debe diferenciarlo, de lo contrario puede creer que le está yendo bien en el negocio, cuando en realidad le está yendo mal, pero le cierran las cuentas porque no paga renta. Y de esa forma “se come” el retorno económico de un ahorro pasado, hecho en ese o en otro negocio, por él mismo o sus predecesores.

Y otro tema no menos central: cuando se cuestiona la existencia o el monto de las rentas, se está considerando a la tierra como un “bien libre”, injustamente apropiado por cierta clase social, como ocurría hace 200 o 300 años, y que criticaban Ricardo y Marx en la primera mitad del sXIX. Pero que sea “libre” o “económico” es independiente de su importancia o condición de esencial. El aire o la luz solar son tanto o más esenciales que la tierra en la producción de alimentos, sin embargo son de libre acceso. Pero con el desarrollo histórico del capitalismo, la tierra se transformó en un bien económico, con un mercado, con precios que derivan de su oferta y su demanda, tanto para su compra-venta como para su alquiler. Pero serían temas para otro artículo.

Lo demás de la nota que nos ocupa sale sobrando. Los estereotipos personales, inevitables en un colectivo de 40 mil productores inmerso en las redes sociales; el disimulo respecto a que las mayores críticas a la conducción política del agro vienen del interior del gobierno y del propio MGAP, y son por lo general originadas por el sector político del propio autor de la nota. A título de ejemplo, los interminables conflictos por la aprobación de eventos transgénicos, por la ley de riego, por los impuestos a la tierra, por el TLC con Chile etcétera.

Y sobre todo, sale sobrando la ironía respecto a los salarios rurales, el guiño cómplice al lector urbano que en general desconoce la realidad del campo. Que un visitante frecuente y confeso admirador del modelo cubano, sugiera que deberían dar vergüenza los salarios de los trabajadores rurales uruguayos, que en promedio ganan por día cuatro veces lo que gana por mes un trabajador rural cubano, solo sirve para fogonear la división de la ciudad con el campo, que es la mayor condena al desarrollo socioeconómico de nuestro país.

Escrito el 15 de Enero de 2018.

El tema de la renta de la tierra

Rodolfo M. Irigoyen
Diciembre de 2017

Años atrás, el tema de la renta de la tierra era notoriamente más frecuentado en las discusiones sobre la economía agraria, en particular en las referidas al  estancamiento agropecuario”. Me refiero a la renta como componente del ingreso global de las empresas agropecuarias, que remuneraba la propiedad de la tierra y que normalmente se confundía como parte de la ganancia empresarial, cuando el empresario era también  el propietario de la tierra que explotaba. Del otro lado, el arrendatario ganadero, agrícola o arrocero la tenía muy clara: era la parte de su ingreso total que tenía que pagar por el uso de un recurso ajeno.

Es que el último cuarto de siglo (1990/2014) presentó un dinamismo agropecuario que, a pesar de los naturales altibajos, generó un crecimiento económico que fue relegando al pasado a los polémicas “interpretaciones del estancamiento”, en las que el concepto de “rentista” siempre era candidato a cargar con parte o la totalidad de la culpa por la falta de crecimiento de la economía.

Pero en los últimos tres o cuatro años, los agronegocios sufrieron una importante caída en su rentabilidad, como consecuencia de una baja de los precios internacionales de nuestros productos de exportación, que en algún rubro alcanzó al 50%, pero que en promedio se ubicó en el entorno del 20 al 30% del nivel del quinquenio previo.

Pero nuestra estructura de costos no se ajustó en consecuencia. Salvo algún insumo importado que se abarató, la inflación en dólares siguió firme agravando la pérdida de competitividad, los salarios reales siguieron subiendo sin correlato con la productividad, la presión impositiva no dio tregua, las carencias en infraestructura no menguaron y las tarifas del Estado encabezadas por el precio del estratégico gasoil siguieron en niveles récord a pesar del derrumbe internacional del petróleo y el gran aumento del uso de fuentes de energía renovables.

Planteadas así las cosas, con importantes rubros en números rojos (lechería, arroz, cereales de invierno) la quiebra de empresas y el significativo aumento del endeudamiento sectorial, los reclamos de la oposición y de las gremiales rurales, encontraron en sectores del gobierno respuestas que en general no trascendieron el plano de lo retórico. Y así fue como reapareció en el discurso oficial, el casi olvidado “problema de la renta”.

El “problema de la renta”

Para la economía convencional -la que se maneja en el mundo real- “el problema” conceptualmente no existe. Para el propietario, la renta del campo que da en alquiler para que otro lo explote, representa el interés actualizado del capital con que lo compró más las mejoras que le haya incorporado. Y en ese sentido no importa si la tierra la compró él, si la heredó o la sacó a la lotería, porque en este país felizmente se reconoce y respeta la propiedad privada y existe una ley de herencia que, con determinadas obligaciones impositivos, permite que los bienes se transmitan de una generación a la siguiente, o como lo desee –con ciertas restricciones de índole familiar- quien lega dichos bienes.

Y para el productor arrendatario, la renta es un costo por el uso de un bien de producción ajeno. En general se refiere a la tierra, pero también puede ser por el agua (para muchos arroceros), o por la explotación de recursos minerales. Los plazos de uso son variables en función de la longitud de los ciclos productivos a los que esté destinada la tierra, desde meses o un año en cultivos anuales  a por lo menos tres años en  la lechería y la ganadería de carne y lana. Últimamente tuvo algún desarrollo la renta de campos para forestación, tomados por las empresas productoras de celulosa, con plazos de hasta 20 años. Hasta acá, todo parece estar claro.

Pero existe otra interpretación, que habla del “problema de la renta de la tierra” porque la considera un obstáculo al desarrollo. Para ubicarnos mejor, hagamos un poco de historia. Además de la economía convencional, también llamada marginalista o neoclásica, existe un cuerpo teórico desarrollado en la primera mitad del siglo XIX por los economistas clásicos, en particular David Ricardo y al que diera forma final Carlos Marx. Este cuerpo teórico, autodenominado “Teoría objetiva del valor” se desarrolló como una dura crítica al funcionamiento del capitalismo, que se encontraba en pleno desarrollo, y cuyo funcionamiento se rige por las premisas de la teoría neoclásica.

Esta última, con el correr de los años desarrollaría diferentes orientaciones como el liberalismo o el keynesianismo, con distintas visiones sobre el nivel de intervención del Estado en la economía, pero sin renegar de la estructura conceptual neoclásica.

En los países europeos cuyas economías analizaban los clásicos de fines del sXVIII y principios del XIX, la propiedad de la tierra era monopolizada por la aristocracia y el clero, a los que los campesinos pagaban renta por el uso de la tierra. Marx, continuando con el pensamiento de Ricardo, distingue 3 tipos de renta, a partir de la diferenciación entre bienes de producción producidos y los no producidos o naturales: a) la renta absoluta, derivada del monopolio de la tierra, b) la renta diferencial tipo 1 producto de las diferentes productividades naturales de los distintos tipos de tierra y c) la renta diferencial tipo 2 por diferentes productividades derivadas de las inversiones productivas realizadas, que denomina “ganancia extraordinaria”

En este último caso, el “plus” obtenido, no se considera renta (producida por la naturaleza) sino que es parte de la ganancia del productor porque deriva de sus inversiones, de la que se puede apropiar él o eventualmente el Estado en forma de impuestos. Cuando el productor es simultáneamente el terrateniente, esa RD2 forma parte de la masa total de plusvalía que el terrateniente incorpora a su capital.

Para los economistas clásicos, la aristocracia y el clero, “clases sociales ociosas” constituían un obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas y por lo tanto de generación de riqueza, dada la estructura social que les permitía monopolizar la tierra, monopolio que generaba un aumento de los costos de producción sin vínculo con la productividad, que limitaban dicho desarrollo.

Por lo tanto consideraban a la renta como negativa para la sociedad, y la propiedad privada de la tierra era condición necesaria para su existencia.

Por consiguiente, el desarrollo de las fuerzas productivas solo podría alcanzarse con un cambio radical de la estructura social, que no permitiera la formación de dicho monopolio. Porque cuando el factor productivo no era monopolizable, como el viento que empujaba a las naves y hacía girar molinos, la posibilidad de apropiarse de una renta desaparecía, y con ella el obstáculo al desarrollo de esas actividades.

Y la versión uruguaya del “problema”

Para la visión marxista, y para el Uruguay del sXX, la traba al “desarrollo de las fuerzas productivas” la constituía la figura del “latifundista ocioso” usufructuario de la propiedad de un “bien natural” como lo es la tierra. La Reforma Agraria se constituía en condición imprescindible para el desarrollo nacional, y para instrumentarla debidamente,  había que levantar la mira y apuntar a la superestructura institucional del país.

Claro que también existieron propuestas menos radicales, que respetando la existencia del capitalismo, proponían límites a las superficies que se podía tener en propiedad y modificaciones a las formas de tenencia de la tierra, propendiendo al desarrollo de predios sin “problemas de tamaño y tenencia”, acorde a la visión estructuralista desarrollada por la Cepal (Comisión Económica para América Latina) de Naciones Unidas.[1]

Ahora bien, la posibilidad de monopolizar la propiedad de la tierra, que según la visión marxista constituía el germen del estancamiento productivo del sector agropecuario, exige como condición previa el respeto de las leyes que legitiman la propiedad privada, en particular la de la tierra. Por lo tanto, esa legislación era (y para algunos sectores parece seguir siendo) el primer obstáculo a remover.

Y la instrumentación de esa remoción  podía recorrer uno de estos caminos: la expropiación lisa y llana (dada su condición de “bien social”) o, respetando la propiedad privada, limitar drásticamente la concentración de la tierra por medio de una rigurosa política impositiva. En cambio en la visión estructuralista, el respeto por la propiedad privada estaba fuera de discusión, manejándose diferentes estrategias impositivas para combatir la dualidad “latifundio/minifundio”.

Volviendo al presente

Como decíamos al inicio, con los problemas, reaparecen las viejas propuestas de solución, aunque la revolución productiva del agro uruguayo de los últimos 25 años le haya demostrado, a todo el que no se negó a verlo, que las soluciones eran precisamente las contrarias.

Algunos voceros del Partido de Gobierno, en particular el Ing. Agr. Ernesto Agazzi, Senador y ex Ministro del MGAP, reiteradamente mencionan en sus intervenciones públicas, que los actuales problemas de rentabilidad en el agro, en gran medida se derivan de la obligación de los productores del pago de rentas por el uso de la tierra. En una palabra: es culpa del capitalismo.

No fundamentan sus dichos probando que los productores propietarios no enfrentan los mismos problemas. Ni tampoco explicitan que la solución de eliminar o por lo menos reducir las rentas, implica violentar el derecho a la propiedad privada o por lo menos restringirlo drásticamente por la vía impositiva. Aunque los impuestos a la propiedad de la tierra hayan demostrado, durante décadas, ser desestimulantes de las inversiones productivas y por lo tanto del desarrollo sectorial y nacional.

Una retórica oficial que, en definitiva, tanto en el diagnóstico como en las soluciones sugeridas, se mantiene ajena a la difícil realidad agropecuaria actual. Si no ocurre algún milagro, como que el clima recupere la benignidad con que en general nos trató durante los últimos dos o tres años, y que además los mercados internacionales nos vuelvan a tirar un salvavidas, continuará la diaria liquidación de empresas, el endeudamiento seguirá creciendo y en el horizonte se delineará cada vez con mayor nitidez otra de las recurrentes crisis que nuestra agropecuaria parecía haber superado.

[1] Por un mayor desarrollo de este tema, ver en www.rodolfomartinirigoyen.uy / Medio lleno o medio vacío / “El país terrateniente” (Agosto de 2007),  “Desarrollo vs. Estancamiento” (Diciembre de 2010) y “La imposición ideológica” (Febrero de 2012)