Cuarenta pájaros en la mano, sesenta volando

Mire si la pandemia no iba a dar lugar a un enfrentamiento de la ciudad con el campo. Acá por supuesto que nadie tiene la culpa, porque nadie maneja el azar de las mutaciones, menos aun cuando se producen del otro lado del mundo. Pero cuando la epidemia nos llega y hay que enfrentarla y administrarla, empiezan los tironeos.

Actuando con gran sensatez, el gobierno no cayó en la dicotomía “salud o economía” que encierra una trampa mortal. Porque el gran problema es de salud pública, pero si en aras de priorizarla se paraliza todo lo demás, si la economía se para, si se cortan las cadenas de suministros de bienes y servicios, si se interrumpen las cadenas de pago, si los procesos productivos se dejan caer, en el cortísimo plazo la crisis general en que nos hundiríamos, a la primera que se lleva puesta es precisamente a la salud pública.

Y como ocurre en estas emergencias, florece la solidaridad y empiezan las donaciones, tan contagiosas como el virus, desde las simbólicas como la chanchita de una niña a las millonarias de algunos sectores productivos. Al respecto, las  principales gremiales del agro anunciaron una donación de 100 millones de dólares, impactante por el volumen y por la redondez del número.

Pero demostrando una salud y rapidez de reflejos para nada afectada por el virus, los artesanos de la brecha,  salieron a desmenuzar dicha cifra hasta llevarla prácticamente a cero. Y no va a faltar alguno que la va a hacer dar negativa, y “científicamente” demostrará que vestido de donante se presenta el garronero de siempre.

Pero también hay una polémica seria sobre la estructura de dicho monto, y esa es la que hay que analizar. A mi juicio, las cuentas por supuesto que están bien hechas, como ocurre siempre las diferencias están en los supuestos. Creo que se aclara bastante separando la donación en dos segmentos de distinta naturaleza, que, redondeando, equivalen a 40 millones por un lado y 60 por otro. Los primeros efectivamente saldrán del bolsillo de los productores (pájaro en mano) y los otros 60 son renuncias a eventuales beneficios futuros de los que el agro se beneficiaría (en condicional): son 60 pájaros volando.

Sobre ambas cifras además hay cálculos diferentes. Sobre la primera, 40 es la versión de las gremiales, pero en los cálculos del ex ministro de Economía Álvaro García, la cifra no superaría los 20 millones. Como la misma surge de la renuncia del 1% de impuesto a las ventas de ganado a realizarse en el año posterior a la fecha actual, los supuestos necesarios para el cálculo son varios, desde el volumen de ganado a venderse, el precio de los mismos, y distintos tipos de cambio futuros, porque se vende en dólares, se pasa a pesos para definir el impuesto, y de nuevo a dólares para estimar la donación. Y no hay que ser muy mal pensado para sospechar que el ex ministro eligió un valor alto del dólar (como el actual, por ejemplo) para que el impuesto en pesos represente menos dólares donados, y las gremiales hayan elegido un valor más bajo (como el promedio del año pasado, también como ejemplo) para que la donación, expresada en dólares, resulte mayor. Ninguno de los dos miente, pero quién anda más rumbeado en la estimación es algo que recién se conocerá dentro de un año.

Los otros 60 millones no salen del bolsillo de los productores, sino que es una renuncia a beneficios indirectos que hipotéticamente obtendrían, también a futuro. En un caso son deudas que el Estado mantiene con INIA, y en el otro, son aportes a INAC derivados de impuestos al valor Fob de las exportaciones de carne (0,6%) y otro al consumo de carne y de pollo (0,7%). El Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria se financia, por ley, por un impuesto (0,4% del valor de todas las ventas con destino final) que pagan los productores (sin llegar a ver la plata porque se les descuenta de las ventas de sus productos) y un aporte del Estado del mismo monto que el anterior. Resulta que el Estado desde hace más de 10 años aporta cifras muy inferiores a las que debería aportar, lo que ha generado una deuda que se estima en unos 40 millones de dólares. En el Instituto Nacional de Carnes, con el aporte de las exportaciones y el consumo, se ha generado un monto de otros 40 millones, de los que el instituto tiene disponibilidad, y de los cuales, 20 millones pasarían a engrosar la donación, que sumados a los 40 del INIA completan los 60 millones antedichos. Todo con aprobaciones parlamentarias pendientes. O sea que tanto la investigación agropecuaria como la promoción de nuestras carnes venían siendo financiadas mayoritariamente por los productores y en menor medida por el consumo, es decir por privados, para gran alivio de las arcas del Estado que no por eso dejaba de proclamar el carácter “público/privado” del funcionamiento de los institutos. Formas de entender lo que llamaban “el desarrollo de un país agrointeligente”.

Entonces, ¿cuál es en esencia la renuncia de los productores? Se supone que si los institutos utilizaran plenamente sus financiaciones legales, cumplirían en mejor forma sus cometidos, es decir se producirían mayores avances tecnológicos (INIA) y nuestras carnes tendrían mejor acceso a los mercados internacionales (INAC), ambos fenómenos favorables a la economía de los productores. “Cumplirían”, “producirían”, “tendrían”, todo en condicional: en criollo, pájaros volando. Y como subproducto, el aumento de la presión social sobre el Estado, porque el acreedor dejaría de ser el INIA, un instituto que la mayoría de la población ni sabe que existe (a pesar de su enorme importancia para la economía del país) para pasar a serlo el Fondo del Coronavirus, con todo lo que ello sensibiliza a la gente.

Bosquejado así el diferendo, creo que el agro sale perdiendo cuando la discusión se dirime en un plano tan relativo como es el monto de lo que van a alcanzar algunas cuentas nacionales dentro de un año y aun a más largo plazo. Claro que “100 millones” impacta por el volumen y la redondez del número, que lo fija en la retina o la memoria de cualquiera, pero la discusión de fondo es lo que el agro aporta, no lo que el agro dona. Claro que hablar de lo que aporta, equivale a hablar de la economía uruguaya, cosa que excede largamente el objetivo de este artículo.

Que se terminen de levantar las cosechas de soja, uvas y arroz; que sigan las inversiones para continuar sembrando las praderas y pasturas para nuestros ganados de carne y de leche; para que se sigan preparando las tierras para la siembra del trigo y la cebada; que sigan todas las actividades que a diario, con virus o sin virus, con lluvia o sin lluvia, bajo la resolana o la helada, con comprensión o incomprensión de sus compatriotas, realiza desde siempre nuestra gente de campo.  De ello depende y seguirá dependiendo la economía uruguaya, cuya solidez y crédito internacional le permite al país manejar con sensatez y con los recursos que se necesitan o puedan llegar a necesitarse, esta emergencia sanitaria inédita en nuestra historia.

Por las fuentes de Galeano

Por razones que no vienen al caso y que sería engorroso explicar, en el pasado febrero, junto con una nieta de 18 años, pasé diez días recorriendo Costa Rica. Con dos generaciones de distancia, pero más que eso, por vivir en dos mundos diferentes aunque residamos a pocas cuadras, es lógico que muchas de las vivencias del viaje y los recuerdos que las mismas me generaban, resultaran absolutamente ignotos para ella, tan incomprensibles como lo era para mí su eterno hurgar en la pantalla del iPhone.

Pasando por alto secuencias temporales o de itinerario, empezaré refiriéndome a la excursión realizada al volcán Poas y al parque nacional del mismo, en la cordillera central, cercanos a la capital, San José. Y sin detenerme en aspectos descriptivos que pueden ser consultados –con ventaja- en internet, rescato al personaje que hacía de guía y su postura ante un auditorio (3 parejas de países del primer mundo y nosotros dos, que también caíamos en la categoría de gringos) proveniente del mundo desarrollado.

Digno representante de un país chico y subdesarrollado (no ante sus vecinos centroamericanos, pero sí ante los países de los que real o supuestamente provenían sus clientes) asumía una conducta que inmediatamente asimilé a la que tenemos los uruguayos en circunstancias similares: destacar nuestras virtudes en relación con nuestros grandes vecinos, o el resto del mundo, pero conservando una modestia que les da credibilidad, a la vez que las enaltece, en especial teniendo en cuenta nuestra superficie y población.

Por ejemplo, yo desde la escuela tengo claro que el himno uruguayo es el más lindo del mundo, pero después de La Marsellesa… O yendo a un ejemplo parroquial, en mi pueblo el Charo Fernández, octogenario referente local, asegura sin género de duda que el agua de Piedra Sola, surgida por una perforación que atraviesa más de 100 metros de lava basáltica hasta llegar al acuífero Guaraní, es la mejor del Uruguay… pero después de la Salus.

El vicecampeonato en términos absolutos, significa en términos relativos a nuestra pequeñez y/o bajo número de habitantes, al campeonato que nuestra modestia no nos permite explicitar. El surrealismo del coeficiente entre campeonatos mundiales de fútbol conquistados y nuestro número de habitantes, que acostumbramos calcular, nos hace imbatibles (al menos hasta que no salga campeón Islandia) y resume perfectamente lo anterior.

Volviendo a Costa Rica, mientras nos trasladábamos en el minibús nuestro guía nos entretenía con pinceladas descriptivas del paisaje que atravesábamos, o de cualquier otro tema que considerara oportuno. ¿Ustedes saben cuál fue la primera ciudad en el mundo que tuvo agua corriente? Les voy a dar una ayuda: es una que tiene una gran estatua a la Libertad… ¡Nueva York! rugía la tropa. ¿Y la segunda? Ahí va la ayuda: es una que tiene una gran torre metálica… ¡París! Muy bien. ¿Y la tercera…? Y en el silencio provocado por la ausencia de ayuda, dejó caer, con la modestia de los grandes: San José de Costa Rica…

Relaciones entre número de volcanes, o especies de picaflores o variedades de mariposas por kilómetro cuadrado o por habitante, no hacían más que probar la excepcionalidad, positiva por supuesto, de ese pequeño país que estábamos conociendo. Me venía a la mente aquello de “conoce tu aldea y conocerás el mundo” como dijo un sabio de cuyo nombre no puedo acordarme.

En otra excursión, en la provincia de Guanacaste en la costa norte sobre el Pacífico, visitamos el Parque Nacional de Palo Verde, sobre el río Tempisque. Espacio natural protegido (área Ramsar), refugio de vida silvestre, zona de descanso de muchas especies migratorias, como anunciaban los folletos, era un programa que prometía. Lo primero que observé fue que el recorrido de dos horas de ida y otro tanto de regreso, para una distancia de unos 50 kilómetros, con solo una hora en la región y el río objeto de la excursión, no mostraba un balance muy redituable. Pero el guía, aparentando ser seguidor del Maestro, estaba preparado para demostrarnos con hechos aquello de que “el camino es la recompensa” (o algo por el estilo).

En la oficina turística de un hotel en que contratamos la excursión, se nos advirtió seriamente de que estaba expresamente prohibido dar cualquier tipo de alimento a los animales de la Reserva. Y el guía, empleado del mismo hotel, lo reiteró al iniciar el recorrido aunque con una sonrisa cómplice, a la vez que nos aclaraba que, en fin, para que nosotros los pudiéramos ver mejor, capaz que alguna cosita les daba. Por lo tanto la primera parada la hicimos en la carnicería de un pueblo donde compró unas alitas de pollo, que guardó junto a unas bananas que ya traía.

Continuamos el viaje para detenernos en un pueblito junto al que corría un arroyo en el que un muchacho, metido en el agua hasta la cintura, sacaba arena del fondo con un balde con agujeros –para que escurriera el agua– y la volcaba amontonándola  dentro de un bote que tenía a su lado. Y empezó el mensaje de contenido social que es otro de los componentes de las excursiones.

Con un histrionismo y un vozarrón dignos de otros escenarios, el guía se hacía preguntas y se las contestaba, ilustrándonos: “la arena para la construcción vale 40 dólares el metro, y ¿cuánto gana ese muchacho? Cuatro dólares por cada metro que saca, otros cuatro gana el dueño de los bueyes que tiran del carro para llevarla al mercado, y otros dos se van en otros gastos. Total: diez dólares. ¿Y quién se lleva los otros treinta? No había respuesta, pero quedaba patente la injusticia del sistema, que exigía un esfuerzo físico enorme –unos 10 viajes diarios del bote cargado– para que aquel campesino pudiera redondear el equivalente a un salario mínimo. A continuación aclaraba que un médico o abogado ganaba el equivalente a unos 15 o 20 salarios mínimos, y que los sueldos de los guías turísticos eran bajos, pero que los completaban con las propinas que les daban los amables turistas…

La siguiente parada fue frente a un cultivo por el que transitaba un pequeño y prehistórico tractor, con dos tanques con unas mangueras conectadas, que eran sostenidas cada una por tres campesinos que las mantenían perpendiculares al recorrido del tractor. “Y acá, ilustró el guía, vemos a los campesinos fumigando un cultivo de melones”. JUAAAT??? Chilló una de las gringas, ante lo cual el histrión dio un giro instantáneo –porque para la corrección política cualquier fumigación implica una agresión al planeta– levantando la voz para decir “fertilizando, dije fer-ti-li-zan-do los melones para que crezcan grandes y jugosos porque así los exigen en el país que los importa” Y tras algún otro comentario sobre los sueldos miserables de aquellos campesinos, similares a los del arenero, continuamos camino.

A continuación pasamos frente a un edificio importante, con un enorme portal que daba a la carretera, para enterarnos que “esta es la casa del pobrecito gerente general de la Del Monte, que es la empresa transnacional dueña de todos los cultivos de la zona” Aunque sin duda no era una vivienda sino, probablemente, la sede regional de esa empresa, atribuírsela a la vivienda del gerente, ponía de manifiesto la abismal diferencia de ingresos que seguro existía entre este y los trabajadores rurales que acabábamos de ver. Otra injusticia para cargar en la abultada cuenta del “sistema”, y mayor sentimiento de culpa de los gringos consumidores de melón.

Y al fin, llegamos al río y subimos a un barquito con motor fuera de borda. Resumiré la aventura diciendo que en total hicimos 3 paradas para observar, en las ramas más altas de un gran árbol parecido a un sauce, a dos o tres bultos oscuros, a los que el guía identificó inmediatamente como “monos aulladores”. En los minutos que estuvimos observándolos, los bultos no se movieron ni emitieron ningún sonido que justificara su nombre. En la segunda parada, pudimos observar un caimán de respetable tamaño en el borde del agua y otro más chico nadando a corta distancia de nuestro barco, que fueron atraídos por el “capitán” removiendo el agua con la mano, para arrojarles, cuando se acercaban a la borda abriendo la boca amenazadoramente, las alitas de pollo que el guía le proporcionaba.

Y finalmente, nos detuvimos nuevamente junto a la costa, porque allí se encontraba una familia de unos 5 o 6 monitos capuchinos (los de cara blanca) que saltaban de las ramas al techo del barco y volvían a las ramas, disputándose los trozos de banana que el guía les arrojaba. Tanto en el caso de los caimanes como en el de los monos, el guía se aseguró, en forma real o fingida, de no ser visto desde los otros barcos, mientras alimentaba aquellos animales. La pequeña corrupción, individual o colectiva, para satisfacer al cliente y ganarse la propina, apoyándose en la complicidad de unos pobres bichos vendidos al oro yanqui…

Vueltos al minibús, mientras atravesamos la zona boscosa que marginaba el río, el guía provocaba el estremecimiento de alguna dama particularmente sensible, enumerando todas las especies animales, a cual más feroz o venenosa, que ocultas en la espesura del monte observaban nuestra partida. Entre ellas, el Jabirú o “galán sin ventura” que yo no pude conocer para descifrar el motivo de su doliente apodo.

A continuación vino el almuerzo, que la excursión incluía, con el que nos esperaban en un restorancito cuya patrona, que por supuesto era amiga del guía, nos recibió con ostensible alegría e intercambio de bromas, de tono algo subido, que en este caso no fueron traducidas al inglés. Ubicados a ambos lados de una mesa angosta y larga, quedamos en un cara a cara que obligaba al diálogo. Y empezó con la pregunta de rigor: averiguar el origen de los únicos hispanohablantes del grupo. Y cuando oyó “Uruguay”, nuestro interlocutor quiso saber que era eso y donde se encontraba.

Gracias al perfecto inglés de mi nieta, se pudo aclarar que era un país que estaba en América, a pesar de lo cual no se encontraba en Estados Unidos. Porque América además de ser un país, era un continente, que en su parte Sur incluía a Uruguay y otros países, y para darle una pista mencionó a Brasil y Argentina. “Okey, okey” aceptó el fin el gringo. “En el Norte –y señaló con la mano hacia el techo– está América, en el Centro –y puso la mano horizontal a la altura de sus ojos– Costa Rica, y en el Sur –y apuntó la mano hacia el suelo– Uruguay”. Tierraplanista el gringo ignorante…

Otro gringo, en otro momento, también nos preguntó de dónde éramos, y cuando se lo dijimos aprobó, con sonrisa canchera “Ah, claro, Uruguay, Uruguay ¿Y de que parte de Uruguay, de la capital o de…otro lado?” De la capital, de Montevideo. “Ah claro, Montevideo, Montevideo… Yo tengo un amigo que vive en Quito!” Como si estuviéramos hablando de Belvedere y el Paso Molino…

Durante el viaje, pero con mayor frecuencia luego de nuestro regreso, mi memoria fue rescatando imágenes de esa misma región, originadas en las lecturas de mi juventud, durante la época del boom de la literatura latinoamericana de los años 60 y 70. En ellas, mezcladas con el “realismo mágico” encontrábamos las denuncias de las terribles condiciones sociales imperantes en gran parte de nuestro continente, en particular en América Central. Y a partir de esa realidad, el auge de la “literatura comprometida”.

Y como había ocurrido con el cercano antecedente de los relatos sobre la guerra civil española, primaban los posicionamientos extremos, de izquierda o de derecha (con clara predominancia de los primeros), no quedando lugar para el centro, los “paños tibios” no arreglan nada. Con la revolución cubana triunfante, la propuesta de la extrema izquierda consistía en dinamitar “el sistema” y después se vería cómo construir la nueva sociedad, no faltaría alguna utopía que lo explicara. La de la extrema derecha la instrumentaba la CIA y el macartismo, promoviendo y financiando la pléyade de dictadores que caracterizaron a la región en esa época.

La herencia histórica de ambos extremos es bien conocida. De la primera, cuando tuvo éxito –Fidel y el Che, los sandinistas, más tarde Chávez– hoy el mapa solo registra ignominiosas manchas de autoritarismo, falta de libertad y democracia, corrupción y miseria. A la segunda, la pinta con su proverbial maestría Mario Vargas Llosa en “Tiempos recios” su última novela histórica. Allí relata como la CIA, en apoyo de la empresa norteamericana United Fruits “se lleva puesta” la experiencia reformista del presidente constitucional  guatemalteco Jacobo Arbenz, colocando en el poder al militar golpista Castillo Armas, con participación de otros dictadores afines como el dominicano Trujillo, retrasando en más de medio siglo el proceso de desarrollo democrático de la región.

Los extremos tienen el “discreto encanto” de la solución rápida, la del atajo al largo camino del desarrollo de una democracia liberal, que priorice la educación, la salud, la institucionalidad, el crecimiento económico con movilidad social. Pero la vía rápida nunca cumple sus promesas, el remedio termina siendo peor que la enfermedad (la dictadura de Fulgencio Batista duró 7 años, la de los Castro que la derrocaron lleva más de 60). Además, como dice Darwin Desbocatti “el problema del centro (político) es que no tiene épica. ¿Quién se va a entusiasmar con un discurso sobre el tema Mirá que las cosas no son tan así…?” 

Y ya que cité al peruano Vargas Llosa, ganador del Nóbel por sus novelas y ensayos, en su gran mayoría vinculados con la realidad latinoamericana, los uruguayos también tuvimos un “famoso”, que con ingenio y estilo literario fogoneó el camino revolucionario, defendiendo los regímenes dictatoriales resultantes de su triunfo con un sacerdocio literario de estricta observancia.

Me refiero por supuesto a Eduardo Galeano, cuya obra muchos compatriotas veneran, y que reiteradamente vino a mi memoria al observar las muy duras condiciones de vida del campesinado que perduran en Costa Rica, aun tratándose del país centroamericano de mayor desarrollo relativo. Eso sí, ni los mayores admiradores de Galeano se atreven a decir que fue el mejor escritor del boom. Fieles a su condición de uruguayos, solo llegan a decir que fue “uno de los mejores”, como nuestro himno o el agua de Piedra Sola.

Regresamos a este Bendito País (Sánchez Padilla dixit) un domingo temprano, vía Bogotá. La nieta, al otro día iniciaba sus estudios universitarios en ingeniería informática. Y el Tata, se ponía a hurgar en los recuerdos de los tiempos en que él era un adolescente.

Escrito en la segunda semana de marzo del 2020

La resiliencia de la cría vacuna

Si se superó la indiferencia (cuando no el rechazo) del lector urbano ante el título de este artículo, ya se habrá logrado algo. Porque es hora de que en este país-pradera, las sociedades rurales y urbanas que lo integran tomen definitivamente consciencia de que su futuro como nación depende en gran medida de que, por encima de las naturales diferencias culturales, sean capaces de articular un proyecto de desarrollo integrador, y no antagónico como ha sido el predominante a lo largo de nuestra historia.

Yendo al tema. La mayoría de los técnicos vinculados a la producción animal –agrónomos y veterinarios- considera que el histórico porcentaje de procreos (cantidad de terneros logrados anualmente en relación al total de hembras destinadas a la reproducción, expresado como porcentaje) del rodeo vacuno nacional, del orden del 65% como promedio anual, es un indicador de ineficiencia que no logramos superar sino esporádicamente, en años excepcionalmente favorables. Y se lo exhibe como el epítome del rezago tecnológico de nuestra cría vacuna (y por extensión del conjunto del agro) ya que, aunque diagnosticado hace más de medio siglo, y conocidas y divulgadas las medidas tecnológicas para mejorarlo, el rezago, contumaz, se mantiene.

 Empecemos por recordar que la gestación de la vaca tiene una duración de 9 meses, y en los 3 meses posteriores al parto tiene tiempo suficiente, con buena alimentación y sanidad reproductiva, para superar el anestro post parto y nuevamente entrar en celo y quedar preñada, mientras simultáneamente mantiene la lactancia con la que alimenta a su anterior ternero. De esta forma se puede obtener un intervalo inter partos de un año, por lo que, alcanzado con todas las hembras del rodeo, se podría llegar  a un máximo del 100% de procreos anuales.

Por supuesto que este es un máximo teórico, y nadie en su sano juicio puede plantearlo -y de hecho nadie lo plantea- como posible, no solo a nivel nacional sino incluso al de un rodeo comercial. Eso es debido a diversos factores, como vacas con algún problema reproductivo que no se detecta (y por lo tanto no se la refuga como correspondería), pérdidas embrionarias, mortalidad neonatal, problemas de fertilidad en algún toro, y otros factores que, aún con el mejor nivel tecnológico, difícilmente permitan superar un máximo real de, digamos, el 90% de procreos. Pero sí existen ejemplos de productores excepcionales, con alta especialización en la cría, que promedian a lo largo de los años guarismos superiores al 80% para el conjunto de su rodeo.

Y con estos datos, se empiezan a hacer cuentas globalizadoras, que pretenden cuantificar el impacto del “problema de la cría”: “Se puede mejorar un 20% la tasa nacional de procreos y así el país tendría un 10% más de terneras para incrementar el rodeo de cría, y un 10% más de terneros para producir novillos. Llevando todo a kilos finales de machos y hembras, y multiplicando por el respectivo precio de novillo y vaca para faena, y sumándolos, alcanza un monto de varios cientos de millones de dólares, que se dejan de generar. Y todo esto es acumulativo”.

O, siendo más prudente y para no incluir el costo por el uso de los insumos productivos para criar y engordar los animales adicionales, “si se hace el cálculo solo para los kilos y precios de los nuevos terneros y terneras al destete (cuando se los separa de la madre, aproximadamente a los 6 meses de edad) da más o menos la mitad de lo anterior, pero con costos mucho menores. Pero se sigue hablando de cientos de millones de dólares que se dejan de producir anualmente. La tecnología se conoce y está disponible, pero no se aplica”

Como no estoy de acuerdo con lo anterior, para ver si nos entendemos vayamos hacia atrás en la causalidad del “problema” de la reproducción animal, y para acotarlo, remitámonos exclusivamente a la de los mamíferos. Lo primero a recordar es que la tasa reproductiva de estos, en todos los parámetros que la determinan, como la duración del intervalo entre partos, el largo de la gestación o la prolificidad (el número de crías por camada) es en todos inversamente proporcional a su tamaño físico y metabólico.

Para que quede más claro, ilustrémoslo con dos ejemplos extremos: la gestación de la elefanta dura dos años, nunca pare más de un elefantito por vez, y su intervalo entre partos es de unos cinco años. En cambio la gestación de la rata dura algo menos de un mes, pare 5 o 6 veces al año (intervalo inter parto de unos dos meses) y su tamaño de camada es de entre 8 y 15 crías. Pero la enorme elefanta vive más de cincuenta años, y la pequeña rata apenas si llega a uno.

Las especies domésticas de interés económico se ubican en un rango intermedio. La gestación de la yegua dura 11 meses, la de la vaca 9, la de la oveja 5, la de la cerda casi 4. Centrándonos en las de vacuno y ovinos, base histórica de nuestra producción ganadera (carne, leche, lana, cueros), la vaca pare únicos (o muy excepcionalmente mellizos, en mi larga experiencia campera solo vi un caso, y he oído de algún otro, no más) mientras que en la oveja son muy frecuentes los mellizos, existiendo razas que pueden procrear trillizos y en algún caso hasta cuatrillizos. Claro que una oveja tiene un tamaño físico y metabólico de aproximadamente la décima parte del de una vaca (dependiendo de razas, estados corporales etc) y vive más o menos la mitad.

Las implicancias económicas (que es adonde queremos llegar) de estos diferentes potenciales reproductivos de vacunos y ovinos, de los respectivos “techos” de sus tasas de procreo, es enorme. Por ejemplo en los ovinos, la tasa de procreo óptima es muy diferente según la especialización productiva del predio o del país. Si el objetivo es la producción de lana fina con una raza como la Merino, un procreo del 70-80% será funcional a una explotación eficiente, pero si el objetivo es la producción de carne ovina en base a corderos, es más eficiente el uso de razas carniceras prolíficas para, entre otras cosas, alcanzar procreos superiores al 120%. Algo de este tipo hacen Australia y Nueva Zelandia, respectivamente.

Resumiendo: en los vacunos, las variaciones que se pueden inducir en la tasa de procreos del rodeo (más/menos 10%) no tienen, por sí solas, la magnitud suficiente ni son excluyentes para generar un cambio sustancial en el sistema productivo. Porque existen además otras variables factibles de mejora de similar importancia, y la propuesta tecnológica que las englobe, con la ponderación que cada variable requiera, será la que optimice el resultado final del predio. Porque de la eficiencia de la que estamos hablando es la económica, que es el ineludible objetivo final de cualquier emprendimiento productivo.

Este largo preámbulo es necesario para explicar un asunto esencial: para mejorar el resultado económico de su empresa, el productor dispone de diferentes herramientas: genéticas, nutricionales, sanitarias, de manejo o cualquier combinación de las mismas. La inversión necesaria para lograrlo la puede orientar a aumentar el número de terneros mejorando la famosa “tasa de procreos”, pero también aumentando el número de vacas en el rodeo, o el peso de los mismos terneros vendiéndolos más tarde con 50 kilos adicionales, o recriarlos y venderlos al año siguiente como novillitos con 100 o 120 kilos agregados, o priorizar el engorde y venta para faena de las vacas “falladas” o de las vaquillonas excedentes -una vez cubierta la reposición del rodeo de cría-. Porque cualquiera de estas acciones agrega valor al proceso.

No se debe olvidar que, en contrapartida, cualquiera de estas opciones y sus posibles combinaciones requiere de inversiones adicionales, principalmente en el plano nutricional. Y que cualquier inversión que se realice en uno de los ítems mencionados, tiene el “costo de oportunidad” de dejar de hacerla en otro de esos mismos ítems. O sea que hay que elegir, y cada productor elegirá su eventual inversión de acuerdo con sus necesidades y posibilidades, y verá si con ella aprueba el “examen de microeconomía”: el de superar con los nuevos ingresos generados, a los costos en que haya incurrido. Para dejarlo bien claro: bienvenida sea cualquier mejora de los procreos, pero es un indicador parcial y no global del resultado económico, y su nivel promedio actual no impide el agregado de valor al conjunto del rodeo mediante otras mejoras tecnológicas.

La cría vacuna es un proceso complejo, con productos finales muy parecidos, y económicamente sustitutos. Porque la carne de novillo o de vaca, de un animal joven o no tanto, solo tiene diferencias en atributos de calidad (cambios en la proporción de los distintos tejidos, terneza, color, etcétera) pero en esencia se trata del mismo producto: carne vacuna para consumo humano.

La similitud (económica) queda demostrada en los precios relativos de esos mismos productos finales. Según el Instituto Nacional de Carnes (INAC), para el período 2000-2019, los precios por kilo que recibe el productor por vacas es del 83,3% y por vaquillonas del 91,1% del de los novillos. Se observa que las vacas (que antes de engordarse para faena cumplen con un variable período de su vida destinadas a la reproducción) solo valen un 16 a 17% menos por kilo que los novillos, y las vaquillonas (hembras jóvenes que no se destinan a la reproducción sino el engorde para faena) solo un 9 a 10% menos que esos mismos novillos.

O sea que los precios finales de las distintas categorías (bienes sustitutos desde el punto de vista del consumo) no son muy diferentes y sus relaciones se mantienen más o menos constantes a lo largo del tiempo, lo que refuerza las posibilidades de elección de las distintas formas de mejora tecnológica mencionadas.

Por otra parte, la usual caracterización de los productores en criadores, ciclo completo e invernadores, definida con parámetros vigentes hace medio siglo, presupone una rígida especialización a la que el dinamismo ganadero de las últimas 3 décadas ha tornado obsoleta. Hoy el “criador” es también invernador de vacas, apareció el “ciclo semi completo” o criador/recriador, la invernada crecientemente se completa a granos en corrales de engorde pertenecientes a nuevos agentes económicos, etcétera. Considerar, por lo tanto, a la tasa de procreos como el indicador global que mejor caracteriza al desarrollo de nuestra ganadería, es una simplificación a la que probablemente nos induzca la facilidad de su cálculo. Con el agravante de la connotación negativa que sobre el desarrollo sectorial produce ese alcance injustificado.

Hoy, una caracterización de la economía ganadera uruguaya no debe iniciarse lamentando “el bajo” porcentaje de procreos, sino valorando el nivel genético de sus rodeos, la reconocida transparencia de su sistema sanitario, el enorme potencial de simbiosis entre agricultura y ganadería (aún en competencia por los buenos suelos); las oportunidades o limitaciones que surgen de las variaciones en las relaciones de precios de carne y granos; las posibilidades de exportar animales en pie o de atraer capitales a través de nuevas formas societarias; los nuevos atributos de calidad como los del bienestar animal y todos los vinculados a la sostenibilidad ambiental y la biodiversidad; y permeando todo este escenario, las oportunidades que brinda el incontenible avance tecnológico y la cada vez más firme (al margen de accidentes sanitarios o comerciales) demanda mundial por carne. Mucho se ha logrado, siempre es más lo que queda por alcanzar.

“La vaca les gana” dijo Jorge Batlle, y la frase con el tiempo se transformó en símbolo para la caracterización de nuestra economía. Se refería por supuesto a que la producción de carne vacuna era el sector de mayor competitividad del agro y por extensión, del país. El atávico “65% de procreos” con el que se la caracteriza con tono de denuncia, de atraso tecnológico, no ha impedido que, en una superficie decreciente por competencia de otros sectores -como el agrícola y el forestal- haya mejorado su eficiencia global y sobretodo la calidad de sus productos, promoviendo el agregado de valor y el empleo, en conjunto con los servicios asociados y su industria de primera transformación.

El término “resiliencia” hace referencia a la capacidad de adaptación de un sistema, o a la de recuperar su estado original cuando cesa una perturbación exterior. Nuestra ganadería de carne es un ejemplo de ambas acepciones. Se ha adaptado a todos los vaivenes de nuestra historia como nación, recuperando su estado original (o casi) ante perturbaciones tan disímiles como sequías, epizootias o atrasos cambiarios. La asignatura pendiente, es la de lograr que el conjunto de nuestra sociedad asuma como proyecto-país, el de la realización de todo este potencial.

Que de una buena vez, aceptemos, con hechos no con palabras, que nuestro futuro se vertebra en torno a la opción de “país agro inteligente”. Lo que no implica desconocer -por lo contrario, se complementa- con el aporte de modernos sectores emergentes.

Escrito en Febrero de 2020

Una nueva invasión bárbara

En Uruguay, el desprecio por la ortografía ha llegado a algo tan indeleble como la numismática. Monedas de curso legal que muestran especies de nuestra fauna autóctona, denominan al tatú como tatu o al ñandú como ñandu. Tentado estuve de escribirle al departamento de emisión del Banco Central para hacérselo notar, pero desistí, no tanto por los meses que tardaría la respuesta (confío en que la habría, tenemos una burocracia, no por numerosa, menos responsable) sino más bien por el temor a que me aclararan que “el tatu es uno de nuestros armadiyos autoctonos, y el ñandu la mayor de nuestras sancudas, algo mas chica que el avestrus africano”.

Pero para qué insistir con los barbarismos ortográficos, si por más ejemplos que ponga, siempre el lector conocerá algún caso más espeluznante. Gente iletrada siempre ha existido, y la causa de sus carencias culturales, la gran mayoría de las veces en nada son de su responsabilidad, sino de la falta de oportunidades para superarlas, y demasiado hacen cuando igual se ganan la vida honradamente.

El problema actual no es el analfabetismo, felizmente eliminado, en las estadísticas oficiales al menos. El problema actual es que los autores de estos barbarismos suelen ser, entre otros, estudiantes y profesionales, universitarios de toda laya, jerarcas del ámbito público y privado, parlamentarios redactores de leyes, periodistas, profesores liceales, maestras y maestros de escuela. Es decir, una parte muy importante de nuestra sociedad con un nivel cultural que se supone superior al promedio. Los que más deberían cultivarlo o por lo menos preservarlo, son los mayores agresores de nuestro patrimonio cultural, del que el lenguaje es parte esencial.

Pero dentro del maltrato de nuestra lengua, tanto o más que las faltas de ortografía me resultan agresivos otros fenómenos, como el de las “palabras trans”, para llamar de algún modo a la moda de transformar en verbo a cualquier adjetivo o sustantivo, cuando le parezca oportuno al declarante de turno. Tiro solo algunos ejemplos, de personajes destacados: una ex intendente de Montevideo informó en su momento que se estaba “semaforizando el Corredor Garzón”. En tanto, un experto de CPA Ferrere nos explicaba “cómo se mide el riesgo reputacional”, el Mides daba cuenta de su “mejora comunicacional, otro ex intendente montevideano recomendaba “salarizar” determinada partida fija, el INAU afirmaba detener “el proceso de callejización, la gente de Ducsa se preocupaba por la posibilidad de que sus salarios “se vieran enmagrecidos y el presidente municipal de Piriápolis advertía sobre la  “presencia de floraciones algales vinculadas con las cianobacterias”

Pero los intelectuales no le van en zaga a los jerarcas. Por ejemplo, el Congreso de Sociología denunció el “aumento de la tasa de divorcialidad”, en tanto en un seminario de arquitectura se recomendaba “actualizar conocimientos en forma experiencial, el grado 5 en semiótica de la UdelaR nos aclaraba que “a pesar de todos los claroscuros y todas las incompletitudes… y un sociólogo e historiador hablaba de la figura que vino aemblematizar…”.

Y en el Parlamento no se quedan atrás. En una sesión de la Cámara Alta, por ejemplo, una senadora informaba que en la facultad en la que es destacada docente, “logramos tener profesores fulltaimizados…” mientras una colega aseguraba que “la principalidad hoy es trabajar para la segunda vuelta…”, y nuestro canciller declaraba que “ambos gobiernos, México y Uruguay, han externadosu preocupación porque el Parlamento venezolano impugnó la juramentación de Maduro”.

Los periodistas e informativistas también merecen un lugar en el podio de la barbarie lingüística. Sin citar nombres ni medios para no alargar demasiado, nos hablan por ejemplo de “la tematización de los asuntos”, de la necesidad “de etapabilizarse en el tiempo”, del “propósito de protocolizar los procedimientos”, del “oscarizado director de cine”, de “la etapa procedimental”, de “la entrevista en su complitud y de “la cantidad peticionadapor la fiscalía” entre otros muchos barbarismos. Sin dejar de informar que la gente, cuando sale a vacacionar, escucha canciones versionadas por distintos cantantes. Pero el primer premio yo se lo otorgaría a la empresa Syka, la que asegura que su pintura tiene “un gran poder cubrilizante”.

Inserto una joyita importada de México, extraída del “Relato feminista de La Marcha de las Putas en Puebla”, sobre el que informó La diaria el 4/11/2019: “Insistentemente en esta marcha se traen a escena otras performatividades. En ese sentido, cabe preguntarse como anteponer, o no solapar, la autonomía corporal, el placer sexual y el derecho a la eroticidad frente a las gramáticas sentimentalesdel miedo, la violencia, y su correlativo corporal, la pasividad inmovilizante”.

Pero tengo mis dudas respecto a si la impune barbarie ortográfica y la moda de la transmutación sintáctica o gramatical son las principales agresiones a nuestro lenguaje. El uso tan agobiante como innecesario de palabras o expresiones en inglés (del que nos hemos ocupado en otras oportunidades) puede que sea aún peor. Y además se lo mezcla con formas gramaticales del español, como la ya citada fulltaimización para denotar un proceso de aumento de la dedicación total en el trabajo o la docencia, o la esponsorización que tanto enorgullece a Antel cuando del patrocinio de “la celeste” se trata. Y ni hablar del “lenguaje inclusivo” que transforma a nuestro bello idioma en una cacofonía grotesca.

Y todo con el argumento de que el idioma es “algo vivo”, que siempre está en proceso de cambio e incorporación de términos de otras lenguas. Cosa cierta sin duda, y el español además de recibir aportes de las otras lenguas romances, derivadas como él del latín, se ha nutrido además de infinidad de términos de origen árabe, griego, germánico, vascongado, del propio inglés e incluso de idiomas y dialectos indoamericanos y de otros orígenes.

Pero una cosa es incorporar un término nuevo que no tiene una traducción exacta en nuestro idioma y que en consecuencia lo enriquece, como puede ser probablemente “software”, y otra es usar indiscriminadamente expresiones foráneas despreciando las propias que indican exactamente lo mismo, como “dedicación completa” para el caso de “full time” o “patrocinante” para el de “sponsor”.

Nuestro español, el “rioplatense”, es también el resultado de las incorporaciones que realizaron los contingentes migratorios recibidos por estos países principalmente en el siglo XIX y primera mitad del XX. Ellos enriquecieron con sus lenguas a la castellana de los conquistadores, desarrollando localismos que son parte de la enorme riqueza de nuestro idioma, que irresponsablemente parecemos dedicados a destrozar.

Pero a la migración física, se ha sumado en este siglo XXI la informática, de mucha mayor potencia para el mestizaje de lenguas y costumbres. Los malos hábitos antes bosquejados, quizá no sean más que “daños colaterales” del inevitable proceso globalizador de la economía y la sociedad que, nos guste o no nos guste, estamos y seguiremos transitando.

Lo preocupante, me parece, es la actitud, o, como diría un paisano, “empujar el chancho en la bajada”. Es decir, que en vez de defender nuestra cultura usando de la mejor forma posible nuestro idioma, compitamos por ver quién es el que en mayor medida lo maltrata, convencidos de que esa agresión nos otorga una pátina de modernidad. O quizá, inconscientemente, creyendo que así se disimulan nuestras propias carencias culturales.

En aras de esa actitud de defensa de nuestro idioma, es que me he atrevido, no teniendo ninguna formación en temas lingüísticos (como alguien que la tenga ya habrá notado) a tratar de poner este modesto “palo en la rueda” a un proceso de decadencia cultural, que en lo personal me resulta irritante, pero que ante todo considero vergonzante para nuestra sociedad.

Diciembre de 2019

Greta Torquemada

En su último libro “21 lecciones para el siglo XXI” (2018) Yuval Harari “aborda los asuntos actuales y el futuro inmediato de las sociedades humanas examinando algunas de las cuestiones más urgentes de nuestro presente, y ofreciendo una reflexión sobre el sentido de la vida hoy en día”. Sus  dos obras anteriores –con más de 12 millones de ejemplares vendidos y traducidas a más de 45 idiomas- le dieron rápida fama en el mundo entero. En la primera “De animales a dioses” (2014) realizó lo que llama “Una breve historia de la humanidad” donde explora “cómo las grandes corrientes de la historia han modelado nuestra sociedad, incluyendo a los animales y las plantas que nos rodean”. En la segunda “Homo Deus” (2016), exploró “los proyectos, los sueños y las pesadillas que irán modelando el siglo XXI, desde superar la muerte hasta la creación de la inteligencia artificial” De más está decir que se trata de obras cuya lectura es altamente recomendable.

Pero quiero detenerme en un pasaje, que trataré de resumir, de las “21 lecciones…” concretamente enla referida a la Justicia. Dice que “aunque de verdad lo deseemos, la mayoría ya no somos capaces de comprender los principales problemas morales del mundo” dada la enorme complejidad de  los mismos. “Al intentar entender y juzgar los dilemas morales a escala global, la gente suele recurrir a uno de cuatro métodos”: el primero es minimizar la cuestiónPoniendo como ejemplo la guerra civil siria, como si se diera entre dos personas, una representando al régimen de Assad y la otra a los rebeldes, una mala y otra buena. La complejidad histórica del conflicto es sustituida por una trama simple y clara.

El segundo es centrarse en una historia humana conmovedora, que presumiblemente represente todo el conflicto. Si se pretende explicar la verdadera complejidad del conflicto mediante estadísticas y datos precisos, la gente se pierde. Pero un relato personal, digamos sobre la suerte de un niño, activa las emociones generando una falsa certeza moral. En un experimento se pidieron donaciones para ayudar a una niña pobre,de siete años, de Malí, llamada Rokia, obteniéndose más donaciones que cuando se pidió ayuda mostrando el problema global de la pobreza en el África.

El tercero consiste en la creación de teorías conspirativas. “¿Cómo funciona la economía global, y es buena o mala? Esto es demasiado complicado para entenderlo. Es mucho más fácil entender que hay veinte multimillonarios que mueven los hilos detrás del escenario, que controlan los medios de comunicación y fomentan guerras para enriquecerse. Casi siempre, esto es una fantasía sin fundamento. El mundo actual es demasiado complicado no solo para nuestro sentido de justicia sino también para nuestras capacidades de gestión. Ni los multimillonarios, ni la CIA, ni los masones ni nadie comprende bien lo que ocurre en el planeta, por lo que nadie es capaz de mover efectivamente los hilos”

El cuarto método es crear un dogma, depositar nuestra confianza en alguna supuesta teoría, institución o jefe omniscientes, y seguirlos allí donde nos conduzcan. Los dogmas religiosos o ideológicos tienen gran poder de atracción en nuestra época científica justo porque nos ofrecen un refugio seguro frente a la frustrante complejidad de la realidad. Tampoco los movimientos laicos han estado exentos de este peligro”

La adolescente sueca Greta Thunberg se muestra en estos días como la síntesis más completa de la incapacidad para entender los grandes problemas morales del mundo –en este caso nada más ni nada menos que el manejo ambiental del planeta- exhibiendo simultáneamente las cuatro características definidas por Harari al respecto. En efecto, minimiza el problema (su generación contra la de sus padres), ella misma, con su militante síndrome de Asperger se constituye en una historia humana conmovedora, todo lo malo es producto de una conspiración –obviamente, de los poderosos- y toda su visión se basa en un dogma de pretendida infalibilidad científica.

Y como Greta se rige por el nefasto principio de que el fin justifica los medios, no solo no aporta nada a la solución del problema, sino que promueve (lo que es mucho más grave) un fanatismo autoritario de los que la historia de la humanidad no se cansa de mostrarnos ejemplos tan variados como terribles.

Pero detengámonos en lo del dogma, porque es la médula del asunto. El cambio climático, se trate de calentamiento o enfriamiento global, está fuera de discusión, porque es una constante en la historia del planeta. Lo que está actualmente en discusión es si ese cambio es principalmente antropogénico (producto de la acción humana) o natural, derivado de modificaciones en las manchas de la superficie solar que tienen gran influencia sobre los climas de la tierra, por supuesto absolutamente independientes de la acción humana.

No voy a borrar con el codo lo que escribo con la mano, dando explicaciones o pretendiendo dictarcátedra sobre un tema tan amplio, complejo y controvertido como el del cambio climático. Pero sí voy a afirmar, enfáticamente, que el origen del mismo no es algo científicamente laudado. Sí lo está, y hasta el hartazgo, en el plano de la corrección política, de la que Greta es un epítome. 

Porque hay muchos científicos (serios, de los que publican en revistas arbitradas, pero con poca prensa masiva) que desmienten las afirmaciones alarmistas de la burocracia ambiental. Porque si la “evidencia científica” de que el crecimiento económico y el desarrollo social (capitalista, recordémoslo) es el responsable del catastrófico calentamiento global, ¿cómo se explica que esa misma “ciencia” en los años 70 del siglo pasado anunciaba el enfriamiento global, datando el inicio de la próxima glaciación en la década de 1980? 

O más importante aún, ¿por qué en lugar de hacer tantas estimaciones del futuro (por definición, inciertas) no se hace alguna del pasado, sobre datos reales de las últimas dos o tres décadas, como forma de cotejar los anuncios realizados en su momento con los hechos constatados a posteriori, y de esa forma probar la confiabilidad de las proyecciones realizadas? Quizá así se pruebe que del calentamiento anunciado se concretó un porcentaje bastante menor, explicable por las variaciones naturales que siempre se han dado en la historia del planeta con o sin la presencia del hombre, como prueban los estudios de la estratigrafía geológica.

En definitiva, lo único seguro, es que quién sabe. O dicho de otra forma: acá puede haber lugar para mucha cosa, menos para el dogma, que es precisamente lo que caracteriza el pensamiento y las acciones de Greta. Incluyendo su síndrome de Asperger, por el cual ve las cosas solo en términos absolutos (blanco o negro, bueno o malo) siendo incapaz de cualquier relativización, justamente la condición esencial para analizar seriamente la problemática ambiental. 

Todo lo demás, es circo mediático. Desde la madre que asegura que su hija ve (del verbo “ver”) el satánico anhídrido carbónico (CO2) invisible para cualquier otro ojo humano, pasando por el yate de tres millones de euros, propiedad de la familia real monegasca, en el que cruzó el Atlántico para no contaminarlo (¿alguien le calculó la huella de carbono del barquito?) para ir a lanzar acusaciones de indignadita en la ONU, y un larguísimo etcétera.

Pero el circo pasa, y el fanatismo queda. Poniendo solo un ejemplo, que atañe a la economía de nuestro país. Desde que en el 2006 un estudio de FAO aseguró que la producción de carne era responsable del 18% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero (GEI), principales responsables del calentamiento global, la campaña contra la producción y el consumo de carnes rojas no dejó de crecer. Poco importó que el propio responsable técnico del estudio reconociera posteriormente la existencia de un grueso error metodológico que sobrestimaba significativamente el volumen de esas emisiones. El dogma anti carne quedó instalado y fortalecido por las autorizadas recomendaciones de estrellas del rock y similares. Hoy, en algunos países desarrollados ya se informa de la existencia de “escudos veganos” formados por militantes que impiden la compra de carne en supermercados. A eso hemos llegado.

En el siglo XV el fraile dominico Tomás de Torquemada, “Gran Inquisidor de Castilla”, lideróla persecución étnico-religiosa contra los judíos en España, convirtiéndose, para la posteridad, en símbolo de la intolerancia y el oscurantismo. Vaya si ha cambiado el mundo en los más de 5 siglosque han transcurrido desde entonces, durante los que se constató el mayor desarrollo socioeconómico de la historia de la humanidad. Cuánto más alto es el nivel de vida de Greta respecto al de los Reyes Católicos, los jefes de Torquemada, amos de medio mundo en su momento. Quécontraste entre el mundo de la ignorancia y el oscurantismo medieval, con el inédito resplandecer de las libertades, las artes y las ciencias, del que disfruta la generación de Greta.

Sin embargo, cuánta similitud entre los genes determinantes del fanatismo y la intolerancia, ya se trate de los del ADN de Greta o el de Torquemada. Y qué terribles las consecuencias, en cualquier siglo, de que el poder político caiga en manos de fanáticos intolerantes. Los ejemplos que nos brinda la historia, tanto antigua como reciente, son aterradores.

El instinto de manada

Julio 2019

“Instinto” es una de esas palabras cuyo uso, como consecuencia del avance de la ciencia, es cada vez menos frecuente. Utilizada para definir pautas de reacción, en general animales, cuyo origen no sabíamos explicar, dejaba entrever la posibilidad de un cierto “impulso divino” promotor de esos comportamientos. Pero ahora sabemos que ese impulso, generador de la pauta de reacción “instintiva”, no es de origen sobrenatural ni producto de alguna imposible generación espontánea, sino consecuencia de algoritmos bioquímicos generados porselección natural sobre las distintas especies, a lo largo del proceso evolutivo. 

La sobrevivencia de la especie, más que la del individuo (a veces en contra de la del individuo, como en ciertas arañas) es el principio determinante de todos los instintos, en particular del reproductor. Para fortalecerlo, la naturaleza recurre en las especies sexuadas a variados mecanismos de atracción, que actuando sobre los sentidos (vista, oído, olfato, tacto, gusto) estimulan una actividad hormonal que promueve el apareamiento de macho y hembra.

Pero asegurada la reproducción de los individuos, el siguiente paso es evitar la extinción de la especie, y en ese sentido el “instinto de manada” asegura la sobrevivencia de muchos individuos, aunque implique el sacrificio de algunos de ellos, los más expuestos ante el ataque de predadores. Los cardúmenes de peces, como los de sardinas (y la “cacería” de peces mayores y aves marinas sobre los mismos) y los de arenques en emigraciones de miles de kilómetros, son ejemplos conocidos. 

Entre las aves, las especies migratorias suelen hacerlo en bandadas, lo que además de la protección, economiza la energía consumida durante el vuelo. Una bandada de estorninos (un pequeño pájaro del norte de Europa) puedereunir cientos de miles de individuos, volando a gran velocidad y a pocos centímetros de distancia entre ellos.Pero más familiares nos resultan las bandadas de gansos, cigüeñas y otras aves migratorias, formando maravillosas“V”, donde el aleteo de un individuo se coordina con el aleteo del que lo precede.

Entre los insectos, hay hormigas que ante una inundación, o para cruzar un río, se encadenan formando “balsas” encima de la cual colocan a la reina, que asegura la reproducción poniendo los huevos de toda la colonia.Algunos individuos se ahogan, pero la colonia se salva.Las abejas tienen una organización aún más compleja, con “clases sociales” (reinas, zánganos y obreras/soldados) con responsabilidades definidas e inapelables, tanto para la reproducción y el trabajo como para la defensa.

El “instinto de manada” de los animales domésticos de interés económico es aprovechado por el hombre, dado que facilita tareas de reunión para distintos trabajos y en particular para los traslados. Los rebaños de vacunos(rodeo) u ovinos (majada) son para nosotros las más conocidos, pero en mi infancia (en los lejanos años 50´s…) recuerdo haber visto alguna de pavos, que se iban vendiendo sobre la marcha. 

Para el arreo de caballos, el agrupamiento se facilita colgando del cuello de algún animal de referencia fácilmente reconocible por el dueño (la “yegua madrina”),un cencerro o campana, cuyo sonido es reconocido por todos los caballos de la “tropilla” que se agrupan entorno a la portadora, evitando pérdidas o entreveros con caballos de otro origen. 

Los ejemplos del “instinto de manada” que nos brinda la naturaleza, de los que hemos esbozado unos pocos ejemplos, son tan extraordinarios como variados, presentando las más diversas formas y encontrándose en numerosísimas especies del reino animal. Y el hombre, animal al fin (y a veces desde el principio) no podía ser la excepción.

La Antropología es la ciencia que estudia al ser humano en forma integral, tanto desde el punto de vista de sus características físicas como integrante del mundo animal, como desde los aspectos sociales determinantes de su cultura. Para ello se basa en las ciencias biológicas y en las sociales, abarcando el estudio del homo sapiens en toda su variabilidad como individuo, así como los modos de su comportamiento social, en el tiempo y en el espacio.

Un aspecto central de esos estudios, es el de la compleja interacción entre los factores genéticos y ambientales determinantes del comportamiento humano. Esta complejidad lleva a que una modificación sobre determinado rasgo pueda tener efectos imprevistos sobre otros, aparentemente desvinculados.

En la actualidad, nuestra consciencia sobre la complejidad de los fenómenos biológicos y sociales crece en forma más que proporcional al avance de nuestro conocimiento científico sobre los mismos, lo que ya es decir. Cuanto más sabemos, nos damos cuenta que es más lo que ignoramos. Siempre conviene recordar a Umberto Eco: “Todo fenómeno complejo tiene una explicación simple. Y está equivocada”

A partir de estos reconocimientos, no me atrevo siquiera a esbozar una hipótesis explicativa, pero dejo planteadas algunas preguntas sobre un fenómeno social que me abruma: el incontenible avance de lo “políticamente correcto”. La renuncia al uso del criterio propio para someter nuestras decisiones al de una manada inconsciente e irresponsable ¿nos protege de algo o nos hunde en la estupidez colectiva? ¿El origen de ese comportamiento esinstintivo, inherente a la sobrevivencia del homo sapienscomo especie, aunque muchos de sus individuos lo repudiemos, precisamente por nuestra incapacidad para comprenderlo? ¿Siempre habrá existido, con este u otro nombre, pero sin alcanzar el desarrollo actual? ¿O su crecimiento será más aparente que real, y como ocurre con muchos otros fenómenos, el gran avance de la información y las comunicaciones, al hacerlo más visible, nos lleva a sobrevalorar su importancia?

Los que como Fernando Savater nos declaramos “desafectos” a lo políticamente correcto ¿no corremos el riesgo, dado que el hombre y la sociedad tienen comportamientos pendulares, de caer en el extremo opuesto, es decir el de un hipercriticismo paralizante?

Porque a irnos al otro extremo nos empujan las posiciones totalitarias como las del feminismo al estilo MeToo. Todos (bueno, la gran mayoría) estamos de acuerdo con el feminismo que exige igualdad de oportunidades para el hombre y la mujer.  Pero de ahí a invertir la carga de la prueba cambiando la norma jurídica de que “toda persona es inocente hasta que se pruebe su culpa” a la de “todo hombre es culpable hasta que se pruebe su inocencia”, media un abismo. Forma de razonar, esta última, muy al paladar de cualquier dictador. Y es solo un botón para muestra.

También en el lenguaje, la corrección política impone cambios en las formas con el objeto de lograr cambios en el pensamiento y en las actitudes. Palabras de uso corriente pasan a considerarse agravios o insultos, y deben ser sustituidos por eufemismos, muchas veces absurdos, pero aceptados por esta “nueva sensibilidad”, que es controlada por la policía del lenguaje que tilda de sexista, homófobo, racista o facho a todo el que no se pliegue a lo que la corrección política impone.

Y el léxico utilizado pasa a ser un rápido identificador de amigos y enemigos, determinando el trato que merece recibir el que lo utiliza. Y dejemos, por razones de espacio y salud, las cacofónicas repeticiones de todo término imaginable en masculino y femenino, en aras de la “inclusividad”.

Pero no confundamos las barbaridades del “lenguaje inclusivo” con las atrocidades sintácticas o gramaticales producto del importante nivel de ignorancia reinante, aunque a veces se presentan en simultáneo. En ese sentido, la Intendencia de Montevideo anuncia con orgullo que se encuentra en un proceso de semaforización de las calles, en el Congreso de Sociología se habla del aumento de la tasa de divorcialidad, y el docente universitario explica que cierta figura vino a emblematizar determinado posicionamiento. Así está la cosa.

Siempre lo más difícil es el balance, el equilibrio entre  las posiciones extremas. Pero, consciente del riesgo de caer en una de ellas, les recuerdo que si no fuera por la valentía de los que, en contra de la opinión dominante, desafiaron las “verdades reveladas” y tuvieron el valor de asumir los riesgos de tal comportamiento, ¡entre ellos el de condenarse al fuego eterno del infierno por contradecir las infalibles Sagradas Escrituras, haciendo pretemporada en la hoguera de la Inquisición! Sin esos valientes, no sabríamos que la Tierra es redonda, ni que es ella la que gira alrededor del sol (y no al revés) ni habríamos “descubierto” América. Y un infinito etcétera en todos los campos del conocimiento y el desarrollo social.

Me dirán que la comparación es exagerada, pero lo que quiero destacar no es la magnitud, sino la tendencia: sin espíritus críticos, sin que algunos se sacrifiquen nadando contra la corriente a riesgo de ahogarse (como las hormigas de la base de la balsa) la humanidad seguiría confinada a las cavernas.

Y aunque no tengo respuestas al cúmulo de interrogantes que la naturaleza de la “corrección política” me genera, aunque no pueda definir si se trata de un “instinto de manada” vinculado a la adaptación de la especie a los cambios en el ambiente o solo una moda intolerante, me resisto a aceptar el pensamiento mágico que subyace en todos los posicionamientos “ultras”. Porque la magia no existe. Lo que existe es el ilusionismo.

La cultura criolla

Junio 2019

Las Criollas del Prado, en nuestra última Semana Santa o de Turismo o de la Vuelta Ciclista o de la Cerveza, recibieron el habitual rechazo de los militantes del Movimiento Animalista. Este repudio, que viene aumentando en intensidad año con año, se vio estimulado en este último por un hecho poco frecuente: las fracturas sufridas por dos potros, lo que obligó al sacrificio de ambos. 

El animalismo, como ideología, reclama para sí la “defensa de los derechos de los animales”  como una extensión a dichas especies, por definición no humanas, de algunos principios humanistas. Dejando delado los aspectos éticos o filosóficos de esta controversia (no porque no sean importantes) voy a centrarme en los asuntos prácticos que involucran a esos mismos animales, que los resumo en la siguiente frase: el mayor peligro para la sobrevivencide los animales domésticos y/o de interés económico, lo constituye la ideología animalista.

Caballos, vacas, ovejas, cerdos, gallinas, cabras, perros, gatos y otros animales, no existen a pesar de los intereses del hombre, sino gracias a los intereses del hombre.Quien conozca los elementos básicos de los procesos evolutivos y de la domesticación de los animales, y analice las condiciones de vida actuales de dichas especies y las compare con las de origen, comprenderá que si se aísla a las mismas de suinteracción con la actividad humana, sufrirán un progresivo retorno al estado salvaje que reducirá drásticamente el número y las condiciones de vida de sus individuos (mayor cuanto más domesticada sea la especie) privadas de la alimentación, la sanidad y el manejo brindado por el hombre.

Como consecuencia del eventual respeto a “sus derechos”, tal como exigen los animalistas ¿cómo sobrevivirían esas especies a predadores y parásitos (todos con “derechos” propios porque no habría motivo para que los reconocidos para una especie no lo sean para las demás) y a la competencia entre sí y con las demás especies (incluyendo una leal competencia humana) por un ambiente y un alimento cada vez más escaso? 

Y la especie humana no sería la excepción a la debacle provocada por la ruptura de la simbiosis del hombre con los animales por él domesticados. Privada de las esenciales proteínas animales en su dieta, la especie humana vería seriamente afectada su salud y sus posibilidades de sobrevivencia. Peor aún, como no hay ningún motivo para que el “respeto a los derechos” se limite al de los animales de interés económico, nuestros cultivos rápidamente sucumbirían, indefensos ante el ataque impune de toda suerte de parásitos y plagas, arrastrando a la humanidad a una hambruna apocalíptica.Lo que le da al animalismo, si se llevan sus postulados hasta las últimas consecuencias, un sorprendente matiz suicida.

Al margen de estos aspectos “macro” relativos al movimiento animalista, veamos las condiciones objetivas de vida de las dos especies que mayores desvelos le generan al mismo: perros y caballos. Empezando por “el mejor amigo del hombre” del que, según el MGAP existen en Uruguay algo más de 1,7 millones “que pagan patente”.Registro que por supuesto no incluye a los numerosos “perros sueltos”, no correspondidos en su amor por el hombre, y con más razón defendidos por el animalismo.

El perro desciendo del lobo, estando su evolución determinada por la selección natural y la artificial, inherente esta última al proceso de domesticación llevado adelante por el hombre. Y este fue por supuesto orientando dicha selección de forma de “modelar” animales adecuados a sus diferentes necesidades, según el momento histórico de su desarrollo social. Así fueron surgiendo razas para la guerra o el pastoreo, para la defensa o la compañíadel amo y su familia, más inteligentes o más feroces, cazadores mediante el olfato o la velocidad, adaptados al frío o al calor. La diversidad alcanzó tal grado, que en la actualidad existen en el mundo más de 300razas caninas.

La constante dentro de esta gran diversidad ha sido la simbiosis, el mutuo beneficio derivado de la interacción entre las dos especies: la del hombre encontró un aliado incondicional para las actividades esenciales para su desarrollo (incluyendo el ocio), mientras que la del perro, amparadapor la inteligencia y la capacidad de asociación del hombre, alcanzó un desarrollo tanto cuantitativo como de “estatus” en la escala zoológica, inimaginable en su condición primigenia de lobo.

En relación al caballo, las consideraciones generales respecto a los procesos de evolución y domesticación son en esencia los mismos que en el caso del perro, pero condicionadas por las muy diferentescaracterísticas de ambas especies. Así fueron surgiendo razas para el transporte (de silla o de tiro), para el trabajo (como fuerza motriz), para la lucha o el deporte,adaptadas al trópico o al desierto, incluso en algunas culturas para la alimentación humana.

Como no podía ser de otra forma, el tipo de vínculo entre el hombre y el caballo ha ido evolucionando con el desarrollo de la sociedad humana. Inicialmente el caballo fue imprescindible tanto como medio de transporte como para cualquier trabajorural, pero a medida que el hombre fue descubriendo y desarrollando nuevasfuentes de energía como el carbón, el vapor, la electricidad y los motores a explosión, es decir, a partir de la revolución industrial, el caballo fue perdiendo importancia en los procesos productivos. 

Pero como estaba íntimamente ligado a la cultura humana, conservó su presencia en deportes y otras actividades lúdicas o de recreación. Y como el desarrollo social promueve el proceso de urbanización y el caballo necesita campo, cada vez en mayor medida se lo identifica como un elemento inherente y diferenciador de la cultura rural,del criollismo, en paralelo con un relativodistanciamiento de la cultura urbana.

Como es de suponer, los deportes ecuestres derivan de las actividades productivas en las que el caballo participa o participaba.Jineteadas, paleteadas, pruebas de rienda, son destrezas necesarias para la doma o el trabajo con vacunos (el concurso del Freno de Oro que se desarrolla en Río Grande del Sur es una extraordinaria exhibición, en caballos y jinetes, de estas habilidades).También las pruebas de velocidad o resistencia (de “pura sangre” o de simples “criollos”) como las de salto, dicen relación con la historia del caballo para el trabajo o como medio de transporte, aunque en la actualidad se vinculen privilegiadamente con lo recreativo en la cultura rural.

Sin llegar a ese nivel de profesionalismo, nuestras “Criollas” camperas, o jinetadas, tienen hondo arraigo en la cultura rural. En relación a los caballos participantes, escribíamos  hace un tiempo: “…los caballos, tanto o más que por los reglamentos, son protegidos por los tropilleros, es decir por sus dueños. Para estos, los potros son su capital, y lo cuidan. Ningún bagual se monta más de una vez por mes, y las criollas se desarrollan aproximadamente desde setiembre hasta abril, no en los meses de invierno. O sea que a lo sumo “sufre” unas 8 montas anuales, de 8 a 10 segundos cada una. El resto del tiempo, en libertad, pastorea buenos potreros, porque al dueño le conviene que se mantenga en muy buen estado, porque mejora su cotización (“Las criollas ambientalistas”, 2013)

O sea que los caballos que despiertan el celo animalista no “sufren” esas actividades, porque no son otra cosa que la expresión de sus aptitudes naturalesdesarrolladas por el hombre mediante la selección. A lo que debe sumarse el trato privilegiado que reciben esos animales para potenciar sus aptitudes. Lo mismo ocurre con los galgos que “se divierten” cuando corren carreras o los perros pastores cuando cuidan la majada, porque manifiestan la mejor expresión de esas aptitudes.

La “explotación” en la perspectiva animalista, no es más que el cumplimiento de la cuota parte de los animales en el “pacto implícito” con el hombre, que justifica su existencia. Si ese pacto se rompiera por la prohibición de esas actividades, la existencia de esos animales perdería sentido, y desaparecerían. Y si  desaparecen precisamente los privilegiados dentro de cada especie, que suerte puede esperar a los excedentarios.

La mejor defensa para la existencia y el bienestar de los animales es que el hombre pueda usarlos con los fines para los que los creó, antes, principalmente vinculados a actividades productivas, en la actualidad,crecientemente vinculadas al ocio y al deporte. Y eso no tiene nada que ver con la “humanización” de las necesidades animales, como sugerir la “adopción” para los caballos abandonados por los hurgadores, o mantener un perro de tricota y en un apartamento con calefacción, cuando su ADN proviene de ancestros que vivían en la nieve. 

Otra cosa es limitar algunos excesos del pasado, reñidos con nuestro actual desarrollo cultural. En ese sentido es bueno conocer -antes de juzgar- los avances en los reglamentos de las criollas (ver el artículo antes citado), o en los controles de loscaballos que corren enduros. Algunas tradiciones sangrientas y salvajes, como las peleas de perros y las riñas de gallos, ya están prohibidas o van en retroceso en el mundo. Quizá un arte extraordinario como el toreo termine prohibiendo la muerte del toro, como ya ocurre en algunos países. Y el bienestar animal se extiende en la producción de carne vacuna, como nuevo requisito de los mercados más exigentes. 

Pero una cosa es promover la limitación de ciertos excesos, y otra atropellar valoresculturales porque no se los comparte. Y se los atropella cuando desde la cultura urbana se pretende prohibir manifestaciones de nuestra cultura rural (la del “criollaje), en aras de un supuesto modernismo “civilizador”. Porque los países más civilizados o desarrollados son los que más se preocupan de preservar esos valores culturales ancestrales, como elemento esencial de su identidad nacional.

Todos somos orgánicos

Abril 2019T

“Comer sano” es, a primera vista, una expresión obviamente compartible. ¿Quién puede no estar de acuerdo con tener una alimentación saludable? Pero cuando se profundiza en qué se entiende por “sano”, por lo general asoma el pensamiento mágico siempre subyacente en los juicios “políticamente correctos”. Porque el “sano” no se limita a la incuestionable recomendación de incluir frutas y verduras frescas en la dieta, sino que va acompañado por lo general de un rechazo más o menos explícito a lo “procesado” (“vaya a saber que cosas le metieron”) y una abierta desconfianza a “la química” y susmalignos misterios.

Aclaremos algo elemental: la química orgánica o química del carbono, es la de los organismos vivos, animales o vegetales, mientras que la inorgánica, es la de los minerales. O sea que, por definición, tanto animales comovegetales, y por consiguiente todos los alimentos, no importa como hayan sido producidos, todos, sonorgánicos. Designar como “orgánicos” solo a los alimentos producidos con una tecnología que no utiliza insumos químicos, es un error, o más bien, una estrategia comercial.

Todos los alimentos tienen, naturalmente, infinidad de agentes químicos. Por ejemplo, los aceites esenciales de los citrus (esas gotitas que nos saltan a la vista cuando pelamos una mandarina) están compuestos por más de 200 sustancias químicas complejas, metabolitos cuyas funciones en nuestro organismo en gran medida se desconocen. 

Algunas diferencias reales entre los alimentos procesadosy los promovidos como “naturales” u “orgánicos” no radican en su naturaleza (sus moléculas son idénticas) sino en que los primeros, durante su elaboración, son sometidos a mayores controles que los segundos. O en que, en caso de existir contaminaciones, son probadamente más dañinas para la salud humana las de bacterias como la Escherichia coli o la Salmonella que pueden encontrarse en los llamados “orgánicos”, que las de eventuales residuos de fertilizantes y pesticidas de los procesados.

Por otra parte, la producción “orgánica” tiene un alto costo unitario de producción, y la eficiencia de esos procesos es mucho más baja que la de los cultivos convencionales. Por lo tanto el aumento o la generalización de la “producción orgánica” tendría como consecuencia una menor disponibilidad y mayores precios de frutas, verduras y hortalizas. La población de menores ingresos sería, en ese caso, la más perjudicada por el cambio. Esta es una de las principales razones que hacen que la “producción orgánica”, incluso en los países desarrollados con elevados niveles de ingreso per cápita, no alcance al 10% del totalproducido, a pesar del bombardeo mediático en su favor.

La moda del rechazo “a la química” en los alimentos procesados, no se manifiesta frente a otros muchosproductos como medicamentos, desinfectantes, protectores solares, jabones y cosméticos en general, que presentan niveles de procesamiento iguales o mayores que los de los alimentos. Esta discriminación, no disminuye sino que aumenta la confusión que está en la base de dicho rechazo, cimiento de la “producción orgánica” de alimentos. Y, nopor obvio conviene dejar de reiterar, que toda la producción animal y vegetal es, por definición, orgánica(sin comillas), que es lo opuesto a inorgánico, como son los adoquines o los bulones. El reino animal y el vegetal de un lado, el mineral, del otro. Cualquiera que haya pisado un liceo debería tenerlo claro.

Pero la irracionalidad de ciertas creencias no se limita a la aversión a la química. La obsesión anti científica avanza en paralelo con el avance de la ciencia, quien lo dude quevea los fundamentos del movimiento anti vacunas o de los tierraplanistas, tan en boga en la actualidad. En el caso que nos ocupa, la negación del avance científico llega a la ingeniería genética, rechazándola también como antagónico a lo “natural”.

En este sentido, la artillería “políticamente correcta” se orienta contra los organismos genéticamente modificados(OGM) y el uso del glifosato y otros agroquímicos, a los que impunemente los llaman “agrotóxicos”. Se ignora o se pasa por alto que la producción masiva de alimentos (la real, para millones de personas, no la de un club de amigos que hace una huerta en el fondo de una casa) libra una batalla permanente contra malezas, insectos, virus, bacterias, hongos, pájaros y otros factores ambientales adversos. Sin el apoyo químico de herbicidas, insecticidas,pesticidas, fertilizantes, semillas modernas y buenas prácticas agrícolas, dicha batalla estaría perdida, y con ella, la alimentación de la humanidad.

Por supuesto que todas estas herramientas deben ser correctamente utilizadas, para minimizar su impacto sobre el ambiente, como debería hacerse en todas las actividades humanas. Pero no hay nada más contaminante que el hambre y la miseria, y esas serían las consecuenciasinsoslayables de la renuncia al uso del avance tecnológico.

Y conviene recordar, o informar al que no lo sepa, que la enorme mayoría de los alimentos (considero innecesario abundar trayendo también a colación la realidad de la industria farmacéutica o de la cosmética) contienen componentes transgénicos, ya sea en la composición de su producto primario (cereal, oleaginosa, hortaliza), ya en los alimentos que reciben los animales y aves para consumo humano (pasturas, granos, raciones), ya en los procesos agroindustriales de las industrias lácteas, molineras o cárnicas que los diseñan, procesan y conservan, para darles las formas finales con las que los consumimos. 

Por eso, un espectáculo curioso, es ver una rueda de ambientalistas denostando a los transgénicos y a sus empresas productoras, mientras visten jeans y camisetasde algodón (dos tercios de la producción mundial de esta fibra es transgénica), comiendo pizza con muzzarella (todo el cuajado de los quesos lo realizan enzimas transgénicas)y tomando unas cervezas, donde la transgénesis puede provenir tanto del grano de cebada como de los microorganismos que intervienen en el proceso de malteado de la misma.

Y un botón para muestra del formidable desarrollo de la nutracéutica, rama de la ingeniería genética dedicada a laproducción de alimentos que simultáneamente actúan como medicamentos. La producción de un cultivo de canola (una variedad transgénica de la colza, tercer productor mundial de aceite comestible después de la soja y la palma) puede producir en una hectárea de tierra (equivalente a una manzana de la ciudad) la misma cantidad de Omega 3 (antioxidante “antivejez”) que 10 toneladas de pescado.

Y a estas consecuencias particulares, se suman las generales. Los OGM son mucho más eficientes en el uso de tierra, agua y nutrientes que las correspondientes versiones convencionales, disminuyendo así los suelos necesarios para cultivos. Y además pueden adaptarse (diseñarse) para producir en suelos antes improductivos, ya sea por alta salinidad, topografía, escasez de agua,temperaturas extremas etcétera. La menor área de cultivo por unidad de producto reduce la necesidad de eliminar con ese fin, áreas de pastizales y praderas, que sonfijadoras de carbono disminuyendo así los gases de efecto invernadero (GEI)

Por estas razones, serían nefastas las consecuencias del “salto atrás” tecnológico que implicaría la prohibición de los OGM, para dejar espacio y recursos a la “producción orgánica y natural”. Porque el uso de los OGM es esencial para cubrir las necesidades nutricionales de los 7.600 millones de habitantes del planeta. En palabras del químico británico John Emsley de la Universidad de Cambridge, “La peor catástrofe que podría enfrentar la raza humana en este siglo (…) sería la conversión global a la agricultura orgánica, que pondría en peligro la vida de dos mil millones de personas” (Citado por Marcelo Aguiar, Departamento de Energía Renovable de la UTEC,en “Elogio de la Química”, semanario Brecha, 22/02/2013)

La generalización de la “producción orgánica”, lo mismo que la eventual prohibición del uso de los OGM, solo se pueden plantear por la tranquilidad que brinda saber que la materialización de dicho extremo es absolutamente imposible, lo que hace a la discusión puramente retórica.Es decir, para darla en tertulias, ruedas de café o talleres y seminarios para adeptos, no para los ámbitos en los que se definen los procesos productivos reales, determinantes  de la alimentación y la salud de la gente.

La extranjerización de la tierra

Rodolfo M. Irigoyen
Febrero de 2019

A la memoria de mis abuelos vascos
Jean Pierre Irigoyen y Marie Vidart,
los primeros extranjeros que conocí.

Hay temas conflictivos que atañen al conjunto de nuestra sociedad, pero que por su transversalidad, no encuentran solución por la vía electoral. Suelen ser de contenido ético o religioso (despenalización del aborto, erección de estatuas religiosas en lugares públicos, etiquetado de alimentos transgénicos), pero también los hay instalados fuera del ámbito de la moral individual, involucrando aspectos trascendentes de nuestra identidad nacional. Uno de estos temas es el de la extranjerización de la tierra.

¿Y porqué esto es “un problema” que genera tantas controversias? Es obvio que la condición de extranjero per se no implica ningún demérito (salvo algún brote de xenofobia del que ningún país está libre) en particular en Uruguay, un país donde “todos somos nietos de emigrantes”. La buena acogida que damos actualmente a los miles de venezolanos y cubanos que llegan así lo demuestra.

Otra cosa es el juicio que nuestra sociedad emite sobre los extranjeros cuando eligen nuestro país para invertir en él. Puesto en jerga económica: cuando el extranjero aporta “el factor trabajo”, es en general recibido con beneplácito, cuando lo que aporta es “el factor capital” automáticamente entra, por lo menos, en la categoría de sospechoso. Con frecuencia se lo considera  directamente un usurpador de nuestras riquezas, y se lo suele caricaturizar con parche en el ojo y garfio en lugar de mano.

Parafraseando a Orwell en su genial “Rebelión en la granja”, podemos afirmar que todos los extranjeros son extranjeros, pero,  algunos son más extranjeros que otros. Con este caldo de cultivo, proliferan los estereotipos y nos empantanamos en dicotomías que enmascaran la realidad. Es lo que ocurre, en definitiva, cuando se entreveran las buenas tradiciones cívicas de un país de emigrantes, con la nefasta herencia de “Las venas abiertas…”

No renegamos del turismo porque el dueño del hotel sea estadounidense, ni de la actividad financiera porque los dueños del banco sean canadienses. Como que a esas actividades las viéramos más ajenas, y no violaran nuestro territorio como un argentino que siembra soja, un brasilero que inverna novillos o un chileno que planta eucaliptus.  

Es el viejo concepto de que la soberanía reside en la propiedad del territorio y que cualquier enajenación del suelo con fines productivos opera en desmedro de la misma. No importa que la nacionalidad del inversor sea cada vez más difícil de determinar, con la proliferación de sociedades anónimas, fideicomisos y otras formas jurídicas de propiedad, ni que el extranjero sea mejor productor o más cuidadoso del ambiente que su antecesor uruguayo.

Pero el nivel de extranjerización de la tierra no debe ser analizado con independencia de la estructura productiva de nuestro agro. En repetidas ocasiones hemos expresado que el factor más determinante de la viabilidad de una empresa agropecuaria, es la dotación de capital, incluyendo en él la tecnología y el gerenciamiento. Y lo hemos ejemplificado con un predio de 500 hectáreas, con 3 niveles hipotéticos de capitalización.

El primero, con hasta, digamos, 200 dólares por hectárea, se lo debe tipificar como un predio de subsistencia, de muy baja productividad. Un segundo nivel, con una capitalización del entorno de los 1.000 dólares por hectárea, puede definirse como un predio ya de mediano porte (en la escala uruguaya), económicamente viable en un régimen de libre competencia por los factores productivos.

Finalmente, el mismo campo, pero con una dotación de capital del orden de los 5.000 dólares por hectárea, puede constituir una gran empresa rural. El primero estará condenado a una ganadería extensiva de baja productividad, el segundo podrá ser una empresa ganadera eficiente, el tercero podrá elegir o combinar los rubros de mayor productividad y mejor resultado económico.

El extranjero inversor, dada su dotación de recursos, adopta mayoritariamente los modelos productivos agropecuarios de más alto nivel de capitalización y productividad.  Y en nuestro país, los procesos de crecimiento en el sector primario tienen un importante efecto multiplicador a nivel de la industria y los servicios asociados, generándose, cuando se dan esos procesos, un mayor valor agregado en el conjunto de la economía. Y ese mayor nivel de actividad abre nuevas oportunidades para pequeños y medianos inversores nacionales.

Resumiendo: el crecimiento económico se da en asociación con la inversión extranjera, por compra de empresas ya existentes o creación de nuevas, entre ellas algunos grandes emprendimientos. Pero ese mismo crecimiento, en simultáneo, genera nuevas oportunidades para inversores nacionales, principalmente en servicios de apoyo a las cadenas agroindustriales. Entonces, la extranjerización de la tierra no debe verse como la causa de los problemas, sino como la consecuencia del crecimiento de una economía que se desarrolla en un mundo globalizado.

Planteadas así las cosas, como país deberíamos tener claro cuál es la opción política que preferimos: la del crecimiento y el desarrollo que, con altibajos, hemos recorrido en el último cuarto de siglo, con la condición sine qua non del aumento de la extranjerización de la tierra (y del conjunto de la economía inherente a la globalización de la misma) o el retorno al país de hace 25 años, más “soberano” según la óptica de los que reclaman el combate a la extranjerización.

Se impone entonces una evaluación de las consecuencias que dicha elección tendría. Si se elije libremente, se debe asumir responsablemente las consecuencias (aunque este ejercicio haya caído en desuso) de esa elección. La facilita mucho el hecho de que conozcamos los dos modelos: el actual, con 16.000 dólares de ingreso per cápita y el de un cuarto de siglo atrás, en la que ese ingreso solo alcanzaba a 5.000 dólares. Aunque la cifra actual sea en cierta medida consecuencia del atraso cambiario, en términos reales, su poder de compra no debe ser menos del doble del anterior.

Y una muestra del modelo anterior lo seguimos teniendo a la vista con el Instituto Nacional de Colonización, “modelo productivo” que podríamos  asimilar, aproximadamente, con el primer nivel de capitalización del predio en el ejemplo anterior. En él, se priorizan absolutamente los aspectos sociales por sobre los económicos de la tenencia y propiedad de la tierra, con muy bajos niveles de capitalización y por consiguiente de productividad, pero con propiedad nacional (estatal) y usufructo a través de arrendamientos a pequeños productores a precios subsidiados (a la mitad o menos del valor de mercado) y por supuesto, sin extranjeros a la vista.

En la comparación de nuestra sociedad actual con esa otra anterior de, digamos, no un tercio pero si la mitad del ingreso real actualmente disponible, debemos imaginar un país con mayores carencias en infraestructura, con una educación, una salud, una seguridad con la mitad de los recursos de los que dispone la sociedad actual. Y lo que se aplica al gasto social, extendámoslo al de las familias. Adiós a los 20.000 “Cero km” anuales, menos viajes, mayor desocupación, salarios y jubilaciones muy disminuidos. Pero eso sí: ¡“tolerancia cero a la extranjerización”! Cuando se discute el tema que nos ocupa, estas implicancias no pueden quedar afuera del análisis.

Para finalizar, párrafo aparte merece el gran hito extranjerizante que está hoy sobre la mesa, y que tanto ilusiona pero a la vez complica al gobierno nacional, al chocar con su discurso tradicional de rechazo a la extranjerización, que su “ala dura” no deja pasar un minuto sin recordarle. Y que también (relictos del pasado) divide las aguas de la oposición: la planta de UPM2.

Quienes se oponen a su instalación lo hacen desde distintos planos. Uno es el del reclamo ya mencionado de pedir igualdad de condiciones para las empresas nacionales, otros al alarmismo ecológico (no alcanzó la experiencia de las plantas anteriores que iban a matar al río Uruguay, disparate permanentemente desmentido por una década de controles oficiales). Pero el argumento más frecuente es el tradicional “se la llevan toda”, ignorando la “que queda” por dinamización y crecimiento de toda la cadena forestal, ni la que los extranjeros pueden dejar enterrada acá, si las cosas no les marchan bien.

Como que los finlandeses tuvieran un gen de maldad. Ocurre que tienen ojos, y ven. Ven el estado calamitoso de nuestra infraestructura vial, ven la pasividad (cuando no complicidad) oficial ante el chantaje sindical que padece, por ejemplo, la industria láctea uruguaya, ven el nivel de precios y la calidad de los servicios que brindan los monopolios estatales, ven, en fin, la burocratización, el ausentismo, las carencias en educación básica y técnica. Y saben que así, las cosas no funcionan, por eso exigen (sí, exigen, no dejemos de recordar que planean invertir miles de millones de dólares) que esos problemas los solucione quien corresponda, o la inversión no se hace.

Al menos quien esto escribe, no ha visto ninguna solicitud finlandesa pidiendo que esas soluciones no alcancen a los empresarios uruguayos, seguro si llegaran a todos, también las empresas extranjeras saldrían beneficiadas. Pedir “que se nos dé a los uruguayos lo mismo que a los finlandeses” es una ingenuidad, porque no es un tema de nacionalidades, es de modelos macro económicos: para que eso ocurriera, tendría que cambiar el nuestro, dejando de priorizar el consumo para pasar a privilegiar la competitividad.

Y eso implicaría darle oxígeno a la economía pero, nada más ni nada menos que a costa de alejarse de los votos, es decir del poder. Y esos sacrificios se hacen excepcionalmente, solo cuando el que lo “solicita” pone sobre la mesa de negociación un argumento con nueve ceros.

La confusión primaria

Rodolfo M. Irigoyen
Enero de 2019

Se suele calificar a nuestra estructura productiva de base agropecuaria como generadora de modelos de desarrollo que se definen  con expresiones del tipo de “destino pastoril” o “productores de bienes primarios no diferenciados”. Lo que implica una percepción bastante peyorativa sobre los procesos productivos que la integran. Según este diagnóstico, estaríamos amarrados a un destino de simples reproductores de formas arcaicas de producción, de escasa generación de valor y baja demanda tecnológica, lo que nos impediría alcanzar los estándares de bienestar propios de las economías industriales con elevada participación de los servicios en la producción global. Entre ese diagnóstico y la conclusión de que es imprescindible la superación de la estructura productiva de base agropecuaria para que nuestra economía se desarrolle y modernice, hay un paso. Y la necesidad de darlo, parece estar en el código genético de la gran mayoría de los uruguayos.

Quienes comparten este difundido diagnóstico, suelen además asignarse la condición de adalides del desarrollo tecnológico y la modernidad. Proclives a las dicotomías simplistas, nos advierten que se agota el tiempo para optar entre vacas y computadoras, y que seguir prefiriendo los rubros tradicionales de la producción agropecuaria antes que, digamos, el desarrollo de la inteligencia artificial, nos aleja cada vez más de la virtuosa senda que conduce al primer mundo.

Y visto de lejos, o cuando no se conoce el real funcionamiento de las piezas que lo componen, el modelo resulta atractivo, legitimado por un formato de actualidad, correctamente estructurado, políticamente correcto. Pero como tantas veces ocurre en Economía, la falla está en los supuestos, en los preconceptos que se dan como verdad revelada y que están en la base, y contaminan, toda la racionalidad posterior. El resultado es recurrente en nuestra historia económica: “buenos modelos”, apadrinados por la cátedra y socialmente aceptados, pero que no funcionan.

A nuestro juicio, la “confusión primaria” radica en confundir primario con extractivo, conservando una visión malthusiana de los procesos agrícolas, donde la productividad de los mismos es constante, porque no se incorpora al análisis el resultado del cambio tecnológico. Cuando se define a priori al empresario rural como conservador, priorizador del rentismo por sobre la tasa de ganancia empresarial, con alta aversión al riesgo y por lo tanto de nula o muy baja propensión a la incorporación de tecnología (sin entrar en detalles en relación a si la inversión que la misma requiere es rentable) el “destino pastoril” deja de ser una hipótesis para convertirse en un dato de la realidad. Nuestra historia económica, en particular de la primera mitad del sXX, es determinante de esta interpretación de la realidad.

Sin desconocer la existencia de productores agropecuarios con ese perfil (en un universo de más de 40.000 integrantes, hay ejemplos de todo tipo) una cosa es la casuística, el argumento basado en el caso particular, y otra la respuesta global que da el sector ante las condiciones económicas a las que se ve enfrentado. Porque como sostiene Umberto Eco, “todo problema complejo tiene una solución simple, y está equivocada”.

Para rebatir el diagnóstico anterior, remitámonos, como no puede ser de otra forma, a los hechos concretos. Escribíamos en 2010: “En los últimos 20 años, la productividad promedio (en Kg por hectárea) de la agricultura creció al 3,7% anual, pero a partir del 2002/03 lo hizo al 7,8% anual, duplicándose en menos de una década. En el mismo período, la edad promedio a la faena de los novillos bajó de 4 a 2,5 años, sin disminuir el peso de la res y mejorando la calidad de la carne. La lechería (de 1500 a más de 2500 litros/hectárea) y el arroz (de 5 a más de 8 ton/há) también prácticamente duplicaron su productividad diversificando y mejorando la calidad de sus productos finales en apenas dos décadas. En tanto la forestación implantó 800 mil hectáreas de nuevos montes (5% de nuestro territorio productivo), plataforma primaria para las dos mayores inversiones industriales del país”

Este dinamismo continuó en el quinquenio siguiente (2011-2015) -el de mejores precios de exportación recibidos por nuestro país desde que se tienen datos- hasta que a mediados de la década se inició el derrumbe de esos precios internacionales (50% en el caso de los lácteos, entre 20 y 30% en los granos) que dejaron en evidencia que el nivel de nuestros costos de producción, mayoritariamente determinados por la política económica, era incompatible con una estrategia de país competitivo, o “agrointeligente” como empezó a denominarse a dicha estrategia.

Los procesos que determinaron este dinamismo del sector primario, en Uruguay y cualquier otro país del mundo, tienen un común denominador: son cada vez más intensivos en capital y en conocimiento. Esto no es novedad en lo referido al capital inmobiliario y al necesario para la inversión en equipos e insumos productivos: capital semoviente, infraestructura, fertilizantes, semillas, agroquímicos etcétera.  

Lo novedoso (si se puede usar este adjetivo en un proceso que se viene desarrollando durante el último cuarto de siglo, pero que corresponde porque dicho proceso aún no ha llegado a oídos de los numerosos defensores del diagnóstico descrito inicialmente) es el hecho de que nuestro agro, cuando existen al menos las condiciones económicas mínimas para que exprese su dinamismo, es un activo demandante de las TICs (Tecnologías de la Información y las Comunicaciones), nave insignia, paradojalmente, de los que declaran a ese agro como arcaico y “vía muerta” en una estrategia de desarrollo sostenible.

La actividad agropecuaria materializa un enorme volumen de conocimiento existente sobre las más variadas disciplinas, que el hombre ha acumulado a lo largo de su historia, pero que ha crecido exponencialmente en el último medio siglo. A título de ejemplo, y en titulares, mencionaremos algunas de esas disciplinas.

El mejoramiento genético convencional de animales y plantas, basado en modelos matemáticos de manejo informático, se complementa, cada vez en mayor medida, por la ingeniería genética y los marcadores moleculares. Una cosechadora, y en general toda la moderna maquinaria agrícola, es manejada por una computadora, y esta por un operador calificado. Y estos equipos, manejando programas georeferenciados, multiplican sus funciones ajustando los trabajos a niveles cada vez más detallados, mejorando la eficiencia en los rendimientos y la economía de tierra, agua e insumos.

Las prácticas agronómicas exigen crecientemente de un manejo informático calificado, demandando técnicos de alta capacitación y de software y otros insumos intensivos en conocimiento. Además de las incipientes agricultura y ganadería de precisión, las mismas demandas tecnológicas se manifiestan en las ramas industriales de preproducción, como los fertilizantes, las raciones, la ingeniería de riego, o las proveedoras de equipamiento para las industrias molineras, láctea, frigorífica, forestal, textil etcétera, son también cada vez más intensivas en el uso de las TICs. Recíprocamente, para las empresas nacionales de esta rama, la demanda de sus productos por parte de procesos agroindustriales es fundamental. Lo que existe es simbiosis, no antagonismo.

La lista de los servicios de post producción intensivos en conocimiento también es difícil de agotar. Las tecnologías de secado o maduración, de diferenciación de productos, de conservación y empaque, los requerimientos de infraestructura y logística de almacenamiento y traslados, y un largo etcétera, demandan y a su vez generan continuamente nuevo conocimiento que se incorpora al conjunto de los procesos productivos de los bienes de origen primario. Y la mayor eficiencia en estos procesos, no se alcanza siguiendo un protocolo o un manual de procedimientos importado, es el producto de una larga acumulación de conocimiento y experiencia local, que si no se usa, se pierde.

¿Y cómo evoluciona el Valor Agregado sectorial y total con los aportes tecnológicos incorporados? En 2011, el autor realizó un trabajo sobre el tema para el caso de la cadena arrocera, para las 4 décadas previas: años 70s, 80s, 90s, y 00s. En ese período, la producción promedio por década a nivel de chacra pasó de 4 a 7 toneladas por hectárea, y el área sembrada de 44 a 165 mil hectáreas. Los principales hitos del desarrollo de la cadena productiva, además del aumento de la superficie y la eficiencia primaria (que involucró enormes avances en la mejora genética y las tecnologías de manejo y preservación ambiental) fueron el de pasar a exportar el 100% de la producción en forma de arroz procesado (años 70s), el desarrollo del proceso de parbolizado (años 80s), de la producción de aceite (años 90s) y del uso de biomasa para la producción de energía eléctrica (años 00s)

Todo ello determinó que el Valor Agregado Bruto del conjunto de la cadena pasara, tomando como 100 el valor en el promedio de los 70s, a 827 en el promedio de los 00s, mientras que la participación del VAB de la producción primaria (a pesar del espectacular crecimiento de su producción física) fue cayendo, en las 4 décadas, del 56, al 52, al 47 y al 44% del total de la cadena. Y los mismos cálculos (también en base a datos oficiales fácilmente constatables) pueden hacerse para las otras cadenas agroindustriales, y los resultados son parecidos.

Entonces, cuando se duplican los volúmenes y la eficiencia en las producciones de arroz, trigo, leche o carne, cuando se desarrollan desde cero grandes producciones de soja o celulosa, el producto, en esencia, no ha cambiado (aunque haya mejorado su calidad, como ha ocurrido). Más que el producto final, lo que cambian son los procesos para alcanzarlo.  El churrasco, la leche, el grano de arroz o la harina siguen presentando sus características tradicionales, pero se producen en forma económicamente más eficiente, con menos tierra e insumos por unidad de producto generado, y con menores costos unitarios. ¿Cuánto del enorme caudal de conocimiento antes mencionado se incorporó para multiplicar la eficiencia de esos procesos productivos? Ser el más eficiente ¿no es también un “activo especializado”?

Y dejando lo tecnológico para pasar a su expresión en las Cuentas Nacionales, el tan meneado fantasma de la “baja participación del Agro en el Producto y en el Empleo” es muestra de dinamismo y no de baja importancia, como lo evidencia nuestro ejemplo del arroz y cualquier comparación internacional que se realice. La concepción original de las Cuentas Nacionales presupone un sector primario con posibilidad de crecimiento puramente horizontal, porque cualquier intensificación y/o encadenamiento de los procesos productivos implica una “fuga” de los resultados de los mismos hacia el sector secundario o al terciario, es decir hacia la industria o los servicios.

Y lo que ocurre con el Producto, también se expresa en el nivel de Empleo.

El sector primario se desarrolla reduciendo el número de trabajadores directos (empresarios y empleados), requiriendo mayor capacitación y otorgando mejores remuneraciones. Pero los aumenta en forma más que proporcional (al Producto y al Empleo) en forma indirecta en la industria y los servicios asociados, por tener el mayor poder multiplicador de nuestra economía (Red FAO-Mercosur, Fac. Ciencias Sociales, UdelaR, Inés Terra coord.)

Por eso, las opciones de reinserción laboral para los desplazados por el avance tecnológico, no deben ser visualizadas como necesariamente ajenas al sector, porque un agro dinámico genera demandas de nuevos empleos en la industria y los servicios, económicamente más atractivas y culturalmente más cercanas, y que en principio no exigen modificar el “sistema de vida” del involucrado y su familia.

Por todo lo anterior, un camino de desarrollo basado en nuestra “agrointeligencia” debería ser un objetivo nacional y como tal, ser encarado por el conjunto de la sociedad. No es promoviendo el antagonismo entre segmentos de esa misma sociedad que vamos a alcanzarlo.

Las cuentas que lo demuestran son muy sencillas, pero mucha gente no las entiende. Existen incluso Ingenieros que no las entienden. Si será grande la ignorancia. O peor aún, si será grande el poder de los prejuicios.