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El desarrollo del país-pradera

Como reconocimiento a mis amigos Jorge Chouy, Carlos Pérez Arrarte, Juan Peyrou y Joaquín Secco, que desde el acuerdo o la divergencia, con sus diferentes formaciones y posicionamientos políticos, me acompañaron, durante décadas, en el común intento de aportar ideas al desarrollo productivo de nuestro país-pradera.

Una década atrás…

“Es poco probable que se encuentre en el mundo otro país con tan alto potencial de producción agropecuaria per cápita como el que tiene el Uruguay. Si se dividen los grandes números de nuestro territorio entre los 3,4 millones de habitantes que tiene el país, nos encontramos con relaciones probablemente inéditas en una comparación internacional: 5 hectáreas de buenos suelos productivos de pradera por habitante, nivel 15 veces superior al del promedio mundial. Sobre las mismas se pueden desarrollar, sin limitaciones de otros recursos naturales ni de accidentes geográficos de importancia, toda la amplia gama de potenciales producciones de clima templado. Pero desde hace mucho tiempo, y en particular durante el último medio siglo, en el que el desarrollo tecnológico se ha acelerado exponencialmente, en el mundo se sabe que los recursos naturales por si solos no son suficientes para alcanzar un nivel de desarrollo económico acorde con los requerimientos de una sociedad moderna. La capacitación de los recursos humanos, el desarrollo de la infraestructura, la seguridad jurídica, los desarrollos agroindustriales, la inserción en el comercio internacional, las políticas de Estado de apoyo a la inversión, la investigación/innovación y el desarrollo organizacional de las empresas, conforman una “cultura” del desarrollo agropecuario tanto o más importante que la propia dotación de recursos naturales con que cuente el país”

Lo anterior lo escribí hace 10 años para la Edición Especial del Centenario, del Almanaque del Banco de Seguros del Estado, con el título de “El País Pradera”. Luego de la introducción precedente, hacía un punteo de los logros del sector agropecuario luego de las 4 décadas de estancamiento productivo de la segunda mitad del sXX, resultado de los mejores precios de exportación de nuestros productos (demanda China, disminución de barreras arancelarias europeas, etc) en conjunción con políticas internas no discriminatorias del sector agropecuario y el incipiente desarrollo de políticas de Estado (promoción de la forestación, estatus sanitario con la trazabilidad del ganado, “cajas negras” para el control de  los procesos de la industria frigorífica, estímulo a las inversiones, desarrollo de la operativa portuaria, creación del INIA con administración y financiamiento público-privado, etc…) Los cambios productivos registrados en la década 2003-2012 resultado de todo lo anterior -por mejores precios externos pero también por aumentos de la productividad- son espectaculares, cambiándole la cara al sector y al país. En titulares macroeconómicos: el PBI creció en promedio al 5,7% anual, cerrando el 2013 con tasas de desocupación e inflación de 1 dígito, y conservando, según Cepal, una de las distribuciones del ingreso más progresivas de América Latina”

Finalmente decíamos en el artículo citado del 2014: “Por último y quizá lo más importante, todos estos nuevos emprendimientos se llevan adelante con tecnologías de punta, que paulatinamente incorporan los avances científicos disponibles, como los organismos genéticamente modificados, variados procesos biotecnológicos, las mejores prácticas agronómicas desarrolladas en el país, la informática en todas sus aplicaciones, la geo referenciación, etc. Esto en un marco de nuevas organizaciones de las empresas, del trabajo en redes, del desarrollo de más y mejores servicios de apoyo a lo largo de las cadenas de producción”

Y por último un par de aspectos que resaltaba: “Existe en nuestro país el mito de que el sector agropecuario “agrega poco valor” porque en general exporta sus productos con bajos niveles de procesamiento. Se desconoce que el agregado de valor puede darse a nivel de producto (mayores niveles de industrialización) pero también a nivel de procesos, por aumento de la eficiencia de los mismos, lo que potencia el nivel multiplicador del sector. La actualización de la matriz insumo-producto realizada por la Facultad de Ciencias Sociales de la UdelaR muestra que el sector agropecuario es el de mayor poder multiplicador en nuestra economía, por lo que su desarrollo genera incrementos muy significativos a nivel de la industria y los servicios, tanto en el valor agregado como en la ocupación de mano de obra”

El legado de Ricardo Pascale

Volviendo al presente, en octubre pasado se produjo el deceso de Ricardo Pascale, destacado economista  y profesor emérito de la UdelaR (además de artista plástico), de amplio reconocimiento a nivel internacional como experto en Finanzas y Economía del Conocimiento. Fue además un recordado presidente del Banco Central del Uruguay, en años críticos para la economía nacional.

En su último libro “El Uruguay que nos debemos” Pascale aboga por la necesidad de que nuestro país oriente su estrategia de desarrollo hacia el acceso a la “sociedad del conocimiento”, rasgo distintivo de los países hoy desarrollados, respecto a los que “divergimos” (nos alejamos de ellos en términos económicos) en forma creciente, como resultado de nuestras menores tasas de crecimiento. Para revertir esa situación, el país “sin duda debe ingresar decididamente en una economía que parta de la ciencia y la tecnología para trasmitirla al sistema productivo…Conforme a la evidencia empírica, el principal factor que explica hoy el crecimiento de un país es el conocimiento, aquel que pavimenta el camino de la innovación, el que empuja la productividad, base de una mayor competitividad para desde allí poder crecer a un mayor ritmo.” Y reiteradamente destaca que “en la economía del conocimiento está asumido que es la ciencia, y en ella particularmente la ciencia básica, el motor que impulsa las innovaciones más importantes”

Yendo a la situación particular de nuestro país, Pascale destaca que “Uruguay es uno de los pocos países no desarrollados que tienen una posición inusual en aspectos centrales, que pavimentan su capacidad para transitar un rumbo más fructífero. Es un país estable, con una alta cultura económica que propicia un muy buen clima de negocios, tiene un claro apego a los derechos de propiedad y a la existencia de un Estado de derecho muy arraigado y una Justicia imparcial. Es uno de los países del mundo con menor corrupción y está entre los diez primeros con democracia plena…Sin ignorar algunas dificultades propias como la aversión al riesgo de sus ciudadanos, el país está en una posición favorable para ingresar, ya en forma decidida, en una economía basada en el conocimiento, que pueda avanzar, en fases sucesivas, y reportar un gran beneficio a los uruguayos, reduzca nuestra diáspora e involucre a los compatriotas que desde fuera están deseosos de colaborar en ese proceso”

 En el tema de la especialización según ventajas comparativas, afirma entre otros conceptos que esta especialización “no solo genera ganancias de bienestar estáticas…sino que también tiene efectos dinámicos sobre el bienestar a través de la tasa de crecimiento económico…En ese camino… se destaca el auge de servicios intensivos en conocimiento, donde las ideas creativas conducen a innovaciones que generan valor agregado. Lo que no implica dejar de lado u otorgar menor importancia a sectores en los cuales países como el nuestro tienen mayores ventajas comparativas, como por ejemplo el agro. El conocimiento proveniente de la investigación científica y tecnológica debe aplicarse en forma intensa en estos sectores, para promover mayores ingresos al país” Y recomienda tener presente una frase de Paul Krugman (1990) “La productividad no es todo, pero en el largo plazo es casi todo…” resumiendo que “la única forma de alcanzar mejoras sostenidas y de largo plazo en el nivel de vida es aumentando la productividad”

Partiendo de la evidencia de que nuestro país carece de una estrategia de crecimiento de largo plazo, Pascale advierte que Uruguay, igual que muchos otros países, ha caído en “la trampa del ingreso medio”, entendiendo por tal a la situación de “un país de ingresos medios que ya no puede competir internacionalmente en producciones estandarizadas que requieren mucha mano de obra, porque los salarios son en términos relativos altos, pero tampoco puede competir en actividades de mayor valor agregado, en una escala suficientemente amplia, porque la productividad es en términos relativos demasiado baja” “El avance integral en instituciones y en las capacidades de ciencia, tecnología e innovación nacionales, junto a una inteligente inserción internacional y transferencia de conocimiento, están en la base para salir de esta trampa”

Hasta acá, un muy limitado bosquejo de algunas ideas-fuerza del excelente legado final de Ricardo Pascale. A continuación algunas breves menciones a Aportes Académicos que destacados técnicos nacionales, en diferentes áreas del conocimiento, realizan sobre este libro.

Aportes complementarios a la obra de Pascale

Uno es el del Ing. Agr. (PhD) Daniel Gianola “Ciencia, innovación y academia” (al que se suma un artículo de prensa con motivo del fallecimiento de Pascale; “Ciencia e innovación en el mejoramiento genético ganadero” El Observador, 13/Feb/24)

Gianola destaca que Uruguay ha sido un actor relevante a nivel mundial en producción animal, especialmente en rumiantes. En materia de mejoramiento genético Uruguay ha sido más adaptador que generador de conocimiento. La importación de razas y material genético de otros países ha jugado un rol significativo en la historia de nuestra ganadería, y la implementación de sistemas de evaluación genética a nivel nacional ha sido relativamente reciente.

Pero Uruguay no se puede caracterizar como un país que cultive o estimule la innovación. La inversión en I + D es del 0,4% del PIB (ANII 2021), en los países líderes en innovación ese % es 10 veces mayor. La investigación agropecuaria es principalmente de carácter adaptativo… posiblemente por falta de conexiones entre  la academia y el sector empresarial, o por deficiencias en la extensión.

El mayor énfasis lo pone Gianola en la necesidad de la interacción entre científicos de diferentes áreas del conocimiento, promoviendo los enfoques interdisciplinarios. “La estrategia actual de llevar la Universidad a muchos puntos del país, la “difusión regional”, es simpática y entendible, pero a la vez produce atomización y conspira contra la formación de polos de excelencia”

Afirma que “la estructura napoleónica existente en la Universidad basada en Facultades especializadas y profesionalistas, ha fomentado consanguinidades intelectuales produciendo islotes corporativos y visiones escasamente panópticas y contextuadas. Los agrónomos no interactúan con los veterinarios, estos no lo hacen con los ingenieros y estos últimos tienen una limitada apreciación por las humanidades… La rigidez curricular y la organización física en centros de estudios especializados y aislados entre sí dificultan enormemente la posibilidad de crear pasarelas que permitan explorar diversos campos”…“Generar espacios de comunicación interdisciplinaria es un objetivo severamente constreñido por el diseño de la educación superior en Uruguay…La agricultura y ganadería de precisión, la medicina personalizada, la biotecnología y el desarrollo de técnicas, algoritmos y aplicaciones son áreas que ofrecen importantes oportunidades para Uruguay”

El segundo Aporte Académico que nos interesa destacar, es el titulado “Hacia una estrategia de inserción internacional” del Dr. en Economía Marcel Vaillant. El autor comienza destacando que las condiciones en que se inserta el país en los mercados de bienes y servicios a los que accede en su comercio internacional, son fundamentales en cualquier estrategia de desarrollo, desempeñando los productos de origen agropecuario un papel fundamental en dicha estrategia.

Y afirma que en el contexto de la pequeñez de nuestro mercado y la globalización, los intentos gradualistas de apertura comercial ensayados en décadas pasadas finalizaron en estancamiento e incluso retroceso, cuando su ritmo no llega a acercarse a la velocidad de los cambios internacionales. Un número sirve para ilustrar esta situación: Uruguay de acuerdo a su ingreso per cápita y su tamaño económico debería tener un índice de apertura comercial de un 80%, que contrasta con el índice observado que es de un 40%. Brecha que evidencia la magnitud de los cambios que es necesario encaminar. Dicho proceso de apertura no debe implicar una amenaza a nuestros vecinos, mantener la apertura comercial regional es clave, dado que debemos seguir comprando y vendiendo bienes y servicios en la región”

“Además, es estratégico para Uruguay reducir los costos de comercio exterior, como mejorar los indicadores de desempeño en materia de tiempo y oportunidad. Nuestros competidores poseen acuerdos comerciales de los que nosotros carecemos, por lo que tenemos costos de comercio mayores. Pero los efectos más importantes de los acuerdos son dinámicos y se generan a través de la inversión y los cambios en la productividad. Finalmente, Vaillant destaca la “falsa oposición entre liberalización con la existencia de mecanismos de protección social que aseguren una distribución del ingreso equitativa, para lo que, el diseño institucional que le da credibilidad a las políticas compensatorias es fundamental”

El Dr. Rafael Radi (Presidente de la Academia Nacional de Ciencias) en otro de los “Aportes…” a la obra de Pascale, ejemplifica la interacción de las ciencias básicas en el desarrollo científico actual, con la experiencia de la creación de la vacuna contra el Covid-19, que se pudo producir rápidamente porque se reunieron los resultados de dos líneas de investigación (con 3 décadas de desarrollo cada una) sobre ciencias básicas, una hecha por químicos y otra por bioquímicos y biólogos moleculares. Totalmente básicas.

Es largo y con muchos obstáculos –tanto técnicos como institucionales- el camino que debe recorrer Uruguay para no seguir distanciándose de los países desarrollados, y diferentes autores de los “Aportes…” abundan en su descripción. La meta (de largo plazo) para el país podría resumirse en una frase del Dr. Carlos Batthyany (Institut Pasteur de Montevideo): “llegar a una sociedad del conocimiento sostenible y sustentable gracias a que una proporción significativa de su PIB proviene de “exportar” conocimiento en lugar de exportar seres humanos altamente calificados”

Y Pascale caracteriza así a la innovación que nos puede permitir alcanzar esa meta: “Para el Uruguay que imagino, la innovación debe ser inteligente (es decir generar las mejores ideas y resultados); debe ser verde (tener un gran cuidado por el medio ambiente) y debe ser inclusiva (propender a que haya una buena distribución del ingreso)” En definitiva, muchas reformas necesitamos realizar para lograrlo, empezando por la “madre” de todas, la reforma del Estado, y dentro de ella, la de la Educación.

¿Y nuestro Agro?

Nunca es tarde para adoptar nuevas perspectivas en la visión que se tenga en relación a las posibilidades y estrategias de desarrollo económico de nuestro país. Pero a los uruguayos con una formación de base agronómica, nos resulta novedoso el planteo que sostiene la necesidad de un desarrollo tecnológico propio, en el que las ciencias “duras” no pueden estar ausentes, si pretendemos alcanzar los niveles de desarrollo de los países más avanzados. Porque ese era un terreno supuestamente reservado a los grandes centros de investigación del mundo desarrollado, mientras nosotros nos limitábamos, en el mejor de los casos, a una adaptación inteligente a nuestras condiciones, de las innovaciones que ellos generaban.

Pero en el mundo actual, la globalización, el trabajo en redes interdisciplinarias, ha modificado la visión anterior. Estamos en presencia de “un cambio de paradigma”. Se solía usar el ejemplo de que la generación de un evento transgénico tenía un costo global superior a los mil millones de dólares, con lo cual automáticamente quedábamos fuera de la conversación: “eso solo pueden hacerlo los gringos”. Pero en la “sociedad del conocimiento” donde muchos agentes interactúan globalmente con innovaciones que generan valor, la conclusión anterior dejó de tener sentido.

En el artículo de hace 10 años resumido al inicio de este, había una explícita apuesta al hecho de que, desarrollando y aumentando en cantidad y calidad, aquellos rubros en que la privilegiada dotación de recursos naturales del “país pradera” nos hacía más competitivos (junto a su desarrollo cultural e institucional) teníamos un potencial de crecimiento del PIB per cápita difícil de igualar por otros países. Y esa apuesta sigue vigente, ahora como condición necesaria, como “pavimentadora” (usando el léxico de Pascale).del camino de desarrollo que nuestro país se debe.

Pero en la visión actual del nuevo paradigma, en el largo plazo ese potencial o dotación de recursos “es necesaria pero no suficiente” porque, como crecemos menos, “divergemos” de los países desarrollados, cuando podríamos, incorporando una estrategia de promoción de las innovaciones, transitar por un camino que nos lleve a la “convergencia” con esos países líderes.

En definitiva, no existe antagonismo alguno entre el desarrollo agropecuario y el de  la innovación con base en las ciencias “duras”. Es más, el primero puede ser financiador del segundo, como ha ocurrido en países hoy desarrollados pero que fueron y siguen siendo productores de bienes primarios, como por ejemplo Finlandia, Irlanda o Nueva Zelandia.

Ojalá el país fortalezca los tibios (y muy controvertidos) intentos que ha iniciado en ese camino de reformas. Pero por bien que nos vaya, nos llevará mucho tiempo. Mientras tanto, conscientes de que “eso no es todo pero es casi todo” (con las disculpas por parafrasear a Paul Krugman) sigamos mejorando nuestro agro, donde, como suele ocurrir, como mucho se ha hecho, ahora sabemos que más es lo que queda por hacer.

Y a título de ejemplo, mencionemos algunas potencialidades de alto retorno económico, sin que el orden implique priorización: volvamos a poner en funciones a la totalidad de la red ferroviaria del país para terminar con el absurdo transporte en camiones, de productos de tan bajo valor unitario como son los troncos, lo que hará viable esa y otras producciones en regiones del norte más alejadas de los puertos o las industrias; usemos la aptitud forestal de la Cuchilla Grande, que se quedó sin ovejas, pero puede producir celulosa con eucaliptus y energía eléctrica y probablemente Hidrógeno Verde con molinos eólicos; exploremos otras actividades agrícolas que aprovechen nuestra privilegiada dotación de recursos hídricos; naveguemos la Laguna Merim para llegar con productos de esa zona a Brasil o a puertos oceánicos más cercanos que el de Montevideo; encaremos con seriedad los crecientes problemas sanitarios del ganado especialmente en el norte del país (garrapata además de las bicheras); mejoremos los accesos y la eficiencia del puerto granelero de Nueva Palmira y sigamos trabajando para convertir el de Montevideo en el hub regional, facilitando la creación y mantenimiento de los innumerables servicios de apoyo o complementarios a todas estas actividades.

Los ejemplos anteriores apuntan sobre todo a disminuir los costos de transacción (especialmente fletes) mejorando la competitividad global del sector. Eso ayudará a atraer las imprescindibles inversiones (acaban de otorgarnos el mayor Grado Inversor de nuestra historia) que viabilizarán esos y otros emprendimientos, generando empleo y riqueza en  zonas tradicionalmente rezagadas.

Todos emprendimientos que respeten las normas ambientales y de bienestar animal que el comercio mundial (y nuestro propio desarrollo cultural) hoy nos exigen, y para las cuales existen tecnologías económicamente viables (ganadería de precisión, fumigación selectiva, tambos robotizados, etc) Pero sin caer en radicalismos absurdos, que en lo personal cualquiera tiene derecho a practicar (asumiendo los costos correspondientes) pero nadie a imponer al conjunto de la sociedad.

Aceptemos que aunque cambie algún  entrañable paisaje (incluso humano) de nuestro país-pradera, será para mejorar las condiciones de vida del conjunto de nuestra gente, disminuyendo las diferencias en oportunidades laborales y de calidad de vida del campo con la ciudad, poniendo fin o incluso revirtiendo la secular migración que ha despoblado nuestra campaña.

Rodolfo M. Irigoyen

www.rodolfomartinirigoyen.uy

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