Rodolfo M. Irigoyen
Marzo de 2023
La sequía es el tema del momento. Como sociedad, creo que esta toma de consciencia constituye un logro nada despreciable. Los más veteranos recordamos nuestra indignación, cuando solo dos o tres décadas atrás, en situaciones similares a la actual, se hablaba de “buen tiempo” cuando el turismo estival era estimulado por los reiterados anuncios de “ausencia de lluvias”, para beneplácito de la opinión pública y las autoridades. Mientras que en el campo, la sequía calcinaba pastizales y cultivos, secaba vertientes y arroyos, y transformaba tajamares en lodazales. Y ante la desesperada impotencia del mundo rural, en “la ciudad” primaba la indiferencia y el desconocimiento ante el desastre productivo generado por la anomalía climática.
Claro que en la actualidad persisten relictos de aquella ignorancia prejuiciosa, pero con mucho menos prensa que la de antaño. Sobrevive, paradojalmente, enquistada en cenáculos elitistas o en la ignorancia pura y dura. Y nunca desaparecerá, porque la persistencia de creencias y prejuicios, por más que sean absurdos y ajenos a toda realidad objetiva, parece inherente a la condición humana.
La mayor consciencia colectiva actual surge del hecho de que a esta altura de nuestro desarrollo económico, la gente sabe que la sequía afecta, en mayor o menor medida, a todos los uruguayos, porque la actividad del sector primario es el motor que dinamiza, con su elevado poder multiplicador, a la mayoría de nuestras industrias y servicios, generando riqueza y empleo, y explicando las tres cuartas partes de nuestras exportaciones.
Como la producción de alimentos y materias primas, acá y en todo el mundo, se hace en su gran mayoría a la intemperie, la inevitable pregunta es si la sequía no podía preverse. Y ahí llegamos al meollo del asunto. Lo primero a tener en cuenta es que nuestro clima se caracteriza por su variabilidad, no sigue un patrón definido, más allá de la básica estacionalidad propia de un clima templado. Existen, claro, registros de los promedios históricos de variables climáticas como temperatura y precipitaciones, pero solo son datos que rara vez coinciden con los reales de cada momento, y nunca uniformemente en todo el territorio. El “año promedio” es solo una abstracción estadística.
Entonces, como se ignora cuáles van a ser las condiciones objetivas de producción en el futuro inmediato, el manejo del riesgo (si, dije bien, del riesgo no del riego) es un determinante esencial de cualquier estrategia productiva. Porque el riesgo climático deriva en riesgo biológico, y el riesgo biológico deriva en riesgo económico. Y esto es por plata.
Los avances tecnológicos son espectaculares, en todos los planos y disciplinas, y la climatología no es la excepción. Por eso, ahora podemos conocer con relativa certeza lo que va a ocurrir en los próximos 7 días, cuando hace no muchos años esa certeza no iba más allá de las 24 o las 48 horas. Pero esa semana nos puede abrir una “ventana” de siembra para implantar un cultivo o un verdeo, para apresurar o demorar una cosecha o los trabajos con un rodeo. Pero son ajustes “en el margen” de los procesos productivos.
Los plazos que realmente definen los resultados y por consiguiente, de los que necesitaríamos conocer cómo va evolucionar el tiempo, son de por lo menos 5 o 6 meses en un cultivo agrícola (desde las labores de preparación del suelo hasta la cosecha) o de 2 o 3 años en la producción ganadera. En la forestación, en un turno productivo de por lo menos 10 años, se apuesta a que, promediando años buenos y malos, el resultado final será positivo, dada la mayor resiliencia de un árbol en comparación con la de una gramínea o un ternero. Pero en períodos muy malos como los dos últimos años, además de la menor producción, se han secado completamente montes jóvenes, con las enormes pérdidas que esto representa. Y lo mismo ocurre con los frutales, la vid, etcétera.
Hasta acá, es de esperar que en lo esencial todos estemos de acuerdo, pero a partir de este punto empiezan las dudas o las discrepancias. Porque el meollo del asunto, es la confiabilidad de los pronósticos climáticos de más largo plazo, de por lo menos 3 meses, cuya certeza, de existir, mejoraría notablemente los resultados económicos esperados en el sector primario, y en consecuencia, como ya vimos, en el resto de la economía.
Sobre los fenómenos climáticos del Niño y de la Niña, se han gastado ríos de tinta, por lo que no nos detendremos en su discusión. La información de base es generada por la OMM (Organización Meteorológica Mundial), ajustada a nuestras condiciones regionales por la Universidad de Columbia de los EEUU. Sintéticamente, se entiende que la temperatura del agua superficial en el océano Pacífico ecuatorial, influye en el régimen pluviométrico de estas latitudes, con cierto rezago temporal. Si dichas temperaturas son mayores a las normales (“el Niño”) por acá las probabilidades de lluvias aumentarán, en el caso contrario, si las temperaturas oceánicas son menores a la media (“la Niña”) dichas probabilidades disminuirán. Si no existen desvíos en uno u otro sentido, son esperables registros de lluvias del orden de los promedios históricos.
Pero sobre nuestro territorio, además del fenómeno anterior influyen, desde el norte los vientos cálidos originados en el Planalto brasileño, y desde el sur nos llegan las aguas frías de la Corriente de las Malvinas, todo lo que aumenta la aleatoriedad del tiempo, dificultando su predicción.
El punto esencial a tener en cuenta, es que en las predicciones se manejan probabilidades, por lo que debe hacerse una interpretación estadística de los pronósticos realizados. Y eso no es fácilmente percibido por los usuarios de la información, en muchos casos, porque tampoco algunos medios que la brindan dejan claramente establecida la condición probabilística del anuncio, que no se compadece de las necesidades individuales de las empresas o productores involucrados.
“La posibilidad de que lo poco probable ocurra, es lo que le da sentido al concepto de probabilidad”. Este aforismo es tan viejo como certero. Todo puede pasar, pero los pronósticos nunca serán de 0 o de 100%, es decir, nunca habrá certeza, en ningún sentido. La difusión de los pronósticos no puede usarse para sembrar esperanzas, alarmar con catástrofes ni generar tranquilidad. Solo sirven para ir “acomodando el cuerpo” ante la mayor o menor posibilidad de que ocurra determinado fenómeno.
El informe de febrero de la Universidad citada, que difunde nuestro INIA, estima para el próximo otoño (meses de marzo, abril y mayo) y para la región Norte, Noreste y Este de nuestro país, una probabilidad del 40 al 45% de que las precipitaciones sean menores a las normales, mientras que para el resto del país, las probabilidades se dividen en tercios, es decir que las desviaciones “de lo normal” pueden no existir, o ser mayores o menores, con igual probabilidad.
Si en este contexto un productor ganadero se está planteando invertir en un verdeo que mejore su oferta forrajera de otoño/invierno, la situación actual de sequía y el pronóstico del futuro cercano, le sugerirían (en particular si su predio está en el NE del país) seleccionar un cultivo o variedad que tenga mayor resistencia al estrés hídrico (por la presencia actual y mayor probabilidad de ocurrencia de “la Niña”) por sobre otra variedad de mayor potencial productivo pero que requiere de mejores condiciones ambientales (por la menor probabilidad de “el Niño”).
Pero los datos nunca le dirán al productor que siembre o no siembre, eso depende tanto de las condiciones particulares de su predio (por ejemplo la disponibilidad actual de agua en el suelo) como de las características biológicas de los procesos productivos involucrados, y de los aspectos económicos de su situación financiera. En resumen, debe hacer una compleja síntesis de la interacción de un cúmulo de variables, a lo que llamamos “manejo del riesgo”.
Pero el afán de dar “la primicia” o de sentirse autorizado a transmitir esperanzas o advertencias, hace que muchas veces, a lo que solo es más o menos probable, en algunos medios (influencers en la jerga actual) se le atribuya un grado de certeza que no posee. Y de tanto practicarlo, se ha modificado incluso la nomenclatura, porque “Niño” o “Niña” son denominaciones de un fenómeno lejano (desviaciones de la temperatura del agua en el Pacífico ecuatorial) pero que no pueden ser enunciados en relación a nuestro régimen pluviométrico fuera de su carácter predictivo, es decir incierto. O sea que es válido decir que en las dos primaveras pasadas tuvimos “una sequía”, pero no “una Niña”, como sí podemos denominar a lo que es probable que ocurra en el próximo otoño.
Esta “falsa certeza” es la invocada por los críticos que desde el prejuicio o la ignorancia acusan a los productores agropecuarios o al gobierno de no tomar, en cada caso, las medidas pertinentes para prever la sequía, “ahora que se sabe cuándo va a ocurrir”. Salvando las distancias metodológicas entre una y otra predicción, se les podría responder que no se quejen de penurias económicas, si no jugaron a la Lotería, cuando el Horóscopo les había anunciado que la fortuna les iba a sonreir.
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