Las citas a trabajos propios suelen resultar antipáticas, por el tufillo a autobombo que emana en general de las mismas. Asumido ese elevado costo, no puedo evitar la tentación (“Apresurémonos a sucumbir a la tentación antes de que se aleje” como aconsejaba Epicuro) de citar un artículo titulado “Se acuerdan de la boya? que publiqué en El País Agropecuario* de mayo del 2006, en el que describía las iniciativas de la militancia catastrofista en las décadas previas, similares en esencia, a las que ahora me referiré.
Como sospecho que no lo van a leer, repaso, en titulares, las principales batallas perdidas por dicha militancia en aquella época, y los supuestos motivos que las sustentaban:
* la construcción de la ruta 26, transversal al norte del país (para facilitar la inevitable invasión brasilera en caso de que ganara el FA en el 71)
*la forestación con Eucaliptus (“bombas de succión” hídrica que iban a secar las napas subterráneas)
*la instalación de la boya petrolera de Ancap en José Ignacio (para favorecer la llegada de los superpetroleros de las “7 hermanas” transnacionales del petróleo)
*la instalación de las centrales telefónicas digitales (también para beneficio transnacional, con desempleo nacional de telefonistas)
*la autorización del uso de los primeras semillas transgénicas en la agricultura, que junto con la forestación iban a destruir el ambiente además de provocar la ruina de los pequeños productores (no hace falta mencionar quién salía beneficiado)
*y finalmente –para no atosigar con la lista- la cruzada contra la instalación de las plantas de celulosa de Botnia y UPM (objetivo que contó con el solidario y militante apoyo del “gobierno K”)
Este bosquejo en titulares de los temas tratados, muestra que la militancia en cuestión ha apuntado, históricamente, a la línea de flotación de todo nuestro desarrollo agroindustrial y de las comunicaciones.
Desarrollo que hoy nos ubica en un sitial privilegiado tanto en la consideración internacional como en los niveles de calidad de vida alcanzados por el conjunto de nuestra población. Hablando, por supuesto, de realidades objetivas, mensurables, y no de sensaciones térmicas pasajeras o electorales. De haber tenido éxito (más allá de los permanentes palos en la rueda) esas militancias “catastrofistas” habrían logrado, en cambio, que hoy fuéramos parte de la patética imagen que brinda el conjunto de sus “hermanos ideológicos”.
Nuestra tradición agroindustrial se aceleró por razones internas y externas a partir de la década de los 90. La “explosión agrícola” producto del permanente avance tecnológico y la mejora de las prácticas agronómicas locales, fue liderada por la soja transgénica y contemporánea con las mejoras de la producción ganadera, dada la simbiosis entre la agricultura (en el sentido amplio, incluyendo la forrajera) y la ganadería, que mejora significativamente al conjunto de los parámetros de la producción vacuna. Y todo dinamizado por el sostenido crecimiento de la demanda china, en paralelo con la vigorosa irrupción de una nueva cadena agroindustrial, la forestal celulósica, y con el lamentable derrumbe local (y mundial) de la producción lanera.
En un segundo plano respecto al monto actual de sus exportaciones, pero muy importantes por su impacto en el producto y el empleo y su potencial de crecimiento, deben mencionarse las exportaciones de servicios informáticos y de energía eléctrica, junto a otros rubros tradicionales como los de las cadenas láctea, arrocera y citrícola.
Esta visión optimista no es compartida, entre otros, por el Movimiento “Uruguay Soberano” que está abocado a la obtención de 300.000 firmas para habilitar un plebiscito en simultáneo con las próximas elecciones nacionales, para impulsar una reforma constitucional “que permita a los ciudadanos conocer y regular los contratos entre el Estado y las grandes empresas, que involucran nuestros principales recursos naturales, tales como el agua”
En buen romance: ponerle fin a la inversión en este país. Porque todo el desarrollo agroindustrial bosquejado líneas arriba, es producto del desarrollo tecnológico sustentado en inversiones en nuestros recursos naturales (suelo, agua, luz solar, viento, etc) Incluso, el proyecto de instalar un Data Center en Canelones, que está en estudio de Google, entusiastamente apoyado tanto por el ministro Paganini como por los intendentes Orsi y Cosse, dependería en definitiva de la opinión que tuvieran sobre el mismo don José y doña María. Porque la obra incluiría refrigeradores que consumen importantes volúmenes de agua.
Lo anterior es solo un ejemplo hipotético, pero en realidad, y atentas a la evolución de los tiempos, las “baterías soberanistas” se están reorientando hacia una de las nuevas actividades que en pocos años podrían constituirse en el cuarto pilar de nuestro empuje exportador y de apertura al mundo, complementando a los tres actuales, carne, soja y celulosa: nos referimos a la exportación de derivados de la energía eléctrica de fuentes renovables.
Esa “reorientación de las baterías” de los augures del desastre, debido a una nueva “entrega” de nuestros recursos naturales al poder transnacional, deriva del hecho de que está a estudio el ingreso de un nuevo jugador global, portador de las últimas tecnologías, dentro del auspicioso panorama energético nacional. Se trata del Hidrógeno Verde (H2) que consiste en la producción de combustibles y materias primas en base a Hidrogeno, usando agua, energía eléctrica de fuentes sustentables y biomasa, recursos disponibles en especial en el Norte de nuestro país.
Uruguay, que genera más del 90% de su energía eléctrica en base a fuentes renovables (hidráulica, eólica y solar) ha exportado en los últimos años energía eléctrica a Brasil y Argentina en el orden de los 200 a 400 millones de dólares anuales. El Foro Económico Mundial (Informe 2021) ubica a Uruguay como el primer país de América Latina y 13º en el mundo (de un total de 115) en la evaluación de la seguridad, accesibilidad y sostenibilidad ambiental de la energía eléctrica, las que se verán reforzadas cuando en el 2025 entre en funcionamiento el Anillo de Transmisión del Norte, que la empresa china CMEC está construyendo para UTE.
La clave estratégica para la producción de H2 es la disponibilidad de “energía verde”, y no la de agua. Pero se alarma a la opinión pública con un supuesto “saqueo” hídrico, aprovechando la coyuntura crítica de la disponibilidad de agua potable en Montevideo. El agua para la producción de H2 está disponible en muchas partes, pero la disponibilidad y seguridad de suministro de “energía verde”, no. Por eso los inversores eligen a Uruguay –a partir de su solidez institucional, por supuesto- para llevar adelante estudios de factibilidad como el que se está desarrollando por empresas alemanas en la zona de Tambores, en el límite entre Paysandú y Tacuarembó.
Y de nuevo, el caballito de batalla es el agua, ya sea para el Hidrógeno Verde, los eucaliptus, UPM o el que sea, haciendo comparaciones que no resisten el más elemental de los análisis. Comparación espuria porque se hace entre dimensiones no comparables, como la de las personas con la de las industrias o el riego, mezclando supuestas certezas científicas sobre complejos procesos productivos (explicadas con dibujos escolares) con el “sentido común” de quien no tiene idea de lo que realmente ocurre en esos procesos.
Por ejemplo el Proyecto de H2 en Tambores, prevé un consumo de agua equivalente al triple de lo que consume actualmente el pueblo, de 1.500 habitantes. Agua que se puede extraer del subsuelo –lo mismo que hace OSE- o recoger en superficie agregando al proceso una planta purificadora. Como UPM2 que iba a comprometer el cauce del Rio Negro, y este año, con la mayor sequía de la historia y la planta funcionando, nadie se acordó del supuesto peligro. Veremos el año que viene, si efectivamente se aprueba el proyecto del H2, que fantasma se agita para ponerle palos en la rueda.
Aunque la receta es conocida: conseguir (construir) algún supuesto apoyo que le de calor local a la oposición al proyecto, del tipo “Tambores contra el H2”, como en su momento estuvo el de “Piedra Sola contra el fracking” (¡¡¡!!!) e intercalarlo con campañas globales de las ONGs ambientalistas, que claman por el respeto a los objetivos definidos por el Foro de San Pablo (o de Puebla o como ahora se llamen) defendiendo el Soberanismo de los pueblos frente a la conjura del Foro Económico Mundial reunido en Davos (o contra “George Soros y sus amigos” o como sea que ahora los llamen). Y todo bombardeado a través de las redes, junto con los mensajes políticos e ideológicos, fieles a aquello de que la mentira, entreverada con la verdad, es más perjudicial que la mentira pura.
La filial local del Soberanismo global, ese penoso “soberanismo de almacén”, el de la cuenta chica que va contra el crecimiento y el desarrollo, vive y perdura a la sombra de políticos y partidos que, con disimulo para no quemarse, los toleran o promueven por los mezquinos cálculos electorales de siempre.
Frente a ellos, dialogando con objetividad, y respetando los intereses y las decisiones de las mayorías bien informadas, sigamos estando orgullosos de ser como somos: “una penillanura levemente ondulada, laica, gratuita y obligatoria”
romairigoyen@gmail.com
Rodolfo M. Irigoyen