Rodolfo M. Irigoyen
Diciembre 2022
Oficio insalubre, si los hay, el de “Abogado del Diablo”. A mi suele tentarme –quizá por la irresistible atracción de la adrenalina- la esporádica incursión en este ejercicio retórico tan poco recomendable para quien aspire a vivir en paz con sus semejantes. O, quizá la tentación pueda provenir de un nivel de escepticismo o sarcasmo similar al de Mark Twain, quien aconsejó: “Cuando te encuentres del lado de la mayoría, es momento de detenerte y reflexionar”
Y como el paso de los años me induce a la utilización de términos o expresiones de uso desconocido para las nuevas generaciones, las que, dicho sea de paso, no son muy proclives a perder el tiempo averiguando el sentido de los mismos, me voy a detener un momento a explicarlo. Se le llamaba “Abogado del Diablo” al fiscal en los antiguos juicios o procesos de canonización de la i
Iglesia Católica. El oficio de este abogado, generalmente clérigo doctorado en derecho canónico, consistía en objetar, en pedir “pruebas” y descubrir “errores” en toda la documentación aportada para demostrar los méritos del candidato a beato o santo. No para debilitarla, sino, por el contrario, para fortalecerla al depurarla de “errores y omisiones”.
Una denominación menos pomposa, libre de connotaciones religiosas y de uso corriente en reuniones o asados que se prestan a las discusiones más o menos tumultuosas, es la del popular “contra”, que nunca falta en cualquier familia o rueda de amigos.
Pero el oficio por el que se tenía un docto respeto, se ha transformado en objeto de repudio, o por lo menos de burla inferiorizante, desde el momento en que el “oficialismo” dejó de ser ejercido por una religión y pasó a estar constituido por supuestos referentes de un colectivo de alcance universal, de carácter más abstracto y fines menos controversiales: la ciencia.
No porque dentro de la ciencia el espíritu crítico sea mal visto (todo lo contrario, el cuestionamiento, la duda, la puesta a prueba del conocimiento, de las “verdades” hasta el momento existentes, es el motor que hace avanzar a la ciencia) sino porque el rótulo de “esto es científico” con que se pretende defender ciertos hechos o afirmaciones denostando la visión de quien opine lo contrario, es manejado con impunidad por gente que en su vida leyó un artículo científico, y si lo leyera, no entendería una palabra.
Porque como nos explica Harari (21 lecciones para el siglo XXI, 2018) “los dogmas religiosos o ideológicos tienen gran poder de atracción en nuestra época científica justo porque nos ofrecen un refugio seguro frente a la frustrante complejidad de la realidad. Tampoco los movimientos laicos han estado exentos de este peligro”
La impunidad antedicha se logra alineándose con el dogma o la creencia (no uso en este caso el término “religión” para no irritar la susceptibilidad de algún creyente) mayoritaria en la sociedad actual: la de la corrección política. Y el candidato a la canonización por la “iglesia universal de la corrección política” es el cambio climático (CC).
El CC, se trate de calentamiento o enfriamiento global, está fuera de discusión, porque es una constante en la historia del planeta. Lo que está actualmente en discusión es si ese cambio es principalmente antropogénico (producto de la acción humana) o natural, resultado de la deriva de las placas tectónicas y modificaciones en las manchas de la superficie solar, que tienen gran influencia sobre los climas de la tierra, por supuesto que en forma absolutamente independiente de la acción humana.
El biólogo marino uruguayo Aramis Latchinian, en un libro de reciente aparición, denomina “la coartada del CC”, a la tendencia a escudarse en este fenómeno, para ocultar o disimular los errores (u horrores) de las acciones locales concretas que provocan desastres ambientales en zonas costeras de toda América.
Por la claridad de su exposición me voy a permitir copiar textualmente un párrafo donde lo resume: “El discurso ambiental global, particularmente en relación con los efectos del CC antropogénico sobre las zonas costeras, cada vez recurre menos a la ciencia como ámbito de validación y se soporta más en los medios masivos de comunicación, en el direccionamiento financiero de las investigaciones, en la necesidad de pertenecer a la opinión mayoritaria y en la corrección política, entre otros mecanismos de persuasión. Hoy se trata de una maquinaria política y económica, con serias implicaciones sociales, en la que hay ganadores y también perdedores”
A continuación presenta la contracara, “igual de perversa, (la actitud) de los gobiernos negacionistas del CC y otros problemas ambientales, que subastan los recursos naturales y promueven ecocidios, burlándose de quienes alertan de los riesgos ambientales reales y burlando también la legislación ambiental”.
Nuestro inolvidable profesor de Geología, el doctor Jorge Bossi, entrevistado cuando estaba sobre el tapete el tema de los riesgos ambientales de la producción de hierro por Aratirí, tema que él había estudiado en profundidad (nunca tan bien empleado el término), respondió que “lo que más contamina es la miseria”. Latchinian brinda abundantes ejemplos en el mismo sentido, concluyendo que “en este escenario de discursos irresponsables y extremos, cargados de tergiversaciones y manipulación de la información, los que trabajan seriamente saben que las soluciones siempre son locales y concretas, que se ubican en el territorio y no en el ámbito de los discursos genéricos”
Hace algunos meses, Montevideo, tras varias horas de lluvia torrencial, sufrió una inundación de un nivel no alcanzado en décadas. No habían dejado de flotar y ser llevados por la corriente los autos y las volquetas, no se había terminado de bombear el agua que inundaba casas, garajes de edificios y en general las calles de las zonas más bajas de la ciudad, cuando las autoridades competentes ya estaban culpando al “fenómeno extremo” provocado por el CC. Y se cubrían a futuro: “fenómenos que serán cada vez más frecuentes y más extremos si no se toman medidas para mitigar el CC” (no a mejorar la educación o erradicar los asentamientos irregulares).
Las bolsas de basura arrojadas a los cauces de agua naturales, bloqueando los flujos de los mismos, por los habitantes de asentamientos marginales que nuestra sociedad y su sistema político no han logrado solucionar, lo mismo que otras “malas prácticas” ambientales (construcciones en zonas en que debería estar prohibido construir o lo está pero no se lo respeta, recolección insuficiente de residuos y deposición de basura y escombros en cualquier parte, extracción ilegal de arena etc) cuyas responsabilidades se eluden tomando “el atajo” del CC.
Las denuncias de problemas ambientales se acumulan y no se solucionan, en muchos casos por ineficiencia y mala gestión o por causas presupuestales, otras por “influencias” interesadas, pero en muchos casos porque tanto la denuncia como la posible solución suelen tener un tinte ideológico que la politiza, y por consiguiente medio país se pone en contra. En este terreno se destacan las críticas, en general originadas en los prejuicios y la ignorancia, de problemas reales o supuestos derivados de la producción agropecuaria, como los del uso de agroquímicos o de eventos transgénicos en la agricultura, la producción de gases de efecto invernadero por la ganadería y el arroz, el uso del suelo por la forestación, etcétera.
Pero volviendo a lo del título, ubicado en el contexto de los temas ambientales previamente esbozados, entiendo como obligaciones del “Abogado del Diablo” la denuncia de la toma del “atajo del CC” por autoridades omisas o culpables ante crisis ambientales derivadas de su mala gestión. O, más en general, las aclaraciones de que ciertos cambios, como el aumento o disminución de la temperatura global o del nivel de los océanos, se vienen dando con magnitudes no significativamente diferentes desde hace miles o millones de años. Y que las “pruebas objetivas” que se citan, no bien se analicen en profundidad por científicos “no conversos”, demuestran la debilidad, precisamente, de su sustento científico.
Pero el “abogado” que cumple con esas obligaciones inherentes a su oficio, resulta cada vez más marginado y mal visto por un segmento crecientemente mayoritario de la sociedad. Y este fenómeno, también es global.
Por supuesto que no faltan las teorías sicológicas que postulan interpretaciones de este “vacío social”. Una de ellas es la “Teoría de la espiral del silencio”, según la cual, la dificultad para oponerse a la opinión mayoritaria es el miedo al aislamiento, mientras que, quien reciba apoyo del entorno, tendrá más facilidad para expresar sus ideas. Los primeros tenderán a callarse, y los segundo a opinar. La reiteración de este tipo de comportamiento va conformando la “espiral del silencio” cuyo desarrollo se ve potenciado por la cada vez mayor influencia de los medios de comunicación en la determinación de qué matices de opinión son los aceptables.
Aquellos con vocación de “Abogados del Diablo” (o “espíritus críticos” en una definición más benévola) se ven por consiguiente cada vez más aislados, con menor reconocimiento social, rumiando en soledad sobre hasta dónde puede llegar el precio a pagar por mantenerse fieles a su vocación, a unos principios cada vez más reñidos con la empatía social, con un futuro cada vez más insalubre, mientras a su alrededor triunfa y prospera el alineamiento acrítico con las mayorías dominantes. Mayorías que en democracia legitiman, pero no necesariamente tienen razón.
Pero no todo se consigue, en estos temas ambientales al igual que en la vida. Conformémonos con nuestro desarrollo institucional en dichos temas, que nos permite tener un (o una) “Referente de género” en la Dirección Nacional de Cambio Climático. “Un lujo” que no todos pueden darse.
romairigoyen@gmail.com