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Vida de perros

Rodolfo M. Irigoyen
Marzo de 2022

Vivo en un barrio de perros. El de la casa pegada a la mía, que de noche queda en el pasillo que está del otro lado de la pared de mi dormitorio, empieza a ladrar puntualmente a las 7 de la mañana, cuando su dueño o dueña sale para el trabajo. Los viernes o sábados, cuando la pareja sale de noche, los ladridos son alternados con aullidos de agonía, hasta la madrugada, cuando sus amos retornan al hogar.

Por la vereda a la que da la ventana de mi dormitorio, pasa todos los días, en horas variables, un “paseador de perros” (supongo que se llama así este nuevo oficio si es que no tiene nombre en inglés) llevando por lo menos una media docena de correas, cada una con su correspondiente can. Despiertan la unánime envidia de sus hermanos de especie, cautivos tras las rejas de los portones o los frentes de las casas desde donde los ven o los olfatean a su paso. Envidia que se traduce en un coro de ladridos de protesta que se va renovando metro a metro, hasta que el grupete de privilegiados, a los que sus dueños han privatizado sus derechos a disfrutar -aunque sea relativamente- de los espacios abiertos, se pierde por las callecitas del barrio.

Pero no me quejo. Al menos los perros no me han contagiado alguna zoonosis, como la leishmaniasis, ni me han mordido ni provocado un accidente de tránsito, como le ocurre a ciclistas y motociclistas. Eso sí, tengo que pedir permiso a las mascotas atadas en las puertas de supermercado, local de pagos o farmacia cuando voy a entrar o salir de estos comercios, a los que llego mirando con atención para ver en dónde piso, porque no todos los dueños de canes tienen la educación cívica de la señora que, seguro para no olvidarla, deja atada a la reja de mi ventana una bolsa de nailon destinada al futuro depósito de los excrementos de su mascota.

Por el contrario, cuando paso unos días en la casa familiar que conservo en mi pueblo, los únicos animales que me despiertan son los gallos, al amanecer, por lo que duermo a pata suelta. Y camino sin aprehensiones, aunque hayan perros en todas las casas, porque la relación entre los perros y la gente, es en esencia diferente de la que prevalece en la ciudad. A mi juicio, por dos razones: la primera, porque en general, los perros viven en su hábitat natural -al aire libre en los espacios abiertos del campo- en contraposición con el abrigado encierro claustrofóbico de la vida de apartamento de la mascota urbana.

Y la segunda, porque en el campo, también en términos generales, los perros, aunque además sean mascotas, siguen siendo perros y por lo tanto, más que mimarlos, se los educa. En consecuencia, cuando los ladridos molestan a la gente, se les chista y se callan la boca, o cuando se les dice que se echen quedan echados y no le saltan arriba al visitante, a lamerle la cara “para demostrarle su cariño”.

Haciendo un balance de ambas formas de vida, si fuera perro yo preferiría mil veces la dura vida del perro campero, casi siempre a la intemperie y en permanente contacto con la naturaleza, alimentándome, conforme a mi condición de carnívoro, con los huesos y restos del asado o el puchero, y no con las balanceadas pastillas de colores, “que contienen todas las proteínas y vitaminas que tu mascota necesita” a las que se ven sometidos sus parientes urbanos, los de brillante pelaje.

Un riesgo que corren ambos especímenes, el urbano y el rural, es el del irresponsable abandono por parte de sus dueños. Cuando el abandono se produce, de mascota o de “perro de las casas”, derivan en la subespecie de “perro callejero” que una o dos generaciones más tarde, terminan constituyendo las jaurías asilvestradas que, especialmente en zonas suburbanas o en pueblos del interior, viven con lo que consiguen en basurales y vertederos municipales, y en cacerías nocturnas de animales domésticos, en particular ovinos.

Multiplicándose en libertad, se constituyen en una plaga muy resiliente, porque no tienen enemigos naturales que los controlen, y en cambio disponen de organizaciones y ONGs con fines “humanitarios” (ecologistas, ambientalistas, protectoras de animales etc) que los protegen, reivindicando la supuesta condición de mascotas. Como resultado de estos procesos, también por este tema se ha abierto una “grieta” en la sociedad, con dichas organizaciones de un lado y las de productores rurales del otro.

Y al medio el gobierno y los legisladores, que no le encuentran la vuelta al asunto. Con iniciativas elogiables como la creación del Instituto Nacional de Bienestar Animal, que apunta a la “tenencia responsable” promoviendo entre otras medidas, la castración e identificación de mascotas como forma de evitar el aumento del número de perros callejeros y su derivado, la jauría predadora. Pero sin brindar soluciones al problema de las jaurías ya existentes, y su permanente reproducción.

Pero mucho menos practicable que las medidas para promover una tenencia responsable masiva (en caso de que esta fuera aceptada por los dueños de mascotas) son las iniciativas parlamentarias para el control de los muchos de miles (según estimaciones de técnicos de la Facultad de Veterinaria) de perros callejeros ya existentes.

Según versiones de prensa, existe un proyecto de ley que, además de la castración e identificación por chipeado de las mascotas, obligaría a una declaración jurada anual de tenencia, incluyendo descripción, pelo y foto de frente y perfil de cada animal, documentos que acrediten propiedad y estado sanitario en el caso de traslados, etc. Pero seguimos dentro del universo de perros con dueño. Para los sin dueño, el proyecto dispone que “serán de entera responsabilidad de las Intendencias Departamentales, el control de los perros que habiten en los vertederos municipales, así como los daños causados por los mismos” (multas incluídas). Me gustaría conocer los comentarios que le merece esta propuesta al Congreso Nacional de Intendentes.

El “blanqueo” de la situación legal del perro, tanto en opinión de organismos oficiales como de las ONGs, pasa siempre por la captura e internación en refugios, donde los perros callejeros serían higienizados, curados, alimentados, castrados etc. En una palabra: “mascotizados”, en espera de ser adoptados por demandantes solidarios que anden en busca de una mascota.

Aclaremos que ya existen refugios, cuyas capacidades están colapsadas. Ante los reclamos de las ONGs en el sentido que los refugios se deben multiplicar, responden las autoridades dando cuenta de los altos costos de los mismos, y de que se llenan, pero después no se vacían, porque la demanda de mascotas está sobreestimada, o se satisface por otros mecanismos.

A esta altura me parece ocioso aclarar que, a mi juicio, todas estas propuestas de solución a los graves perjuicios sociales, ambientales y productivos que generan los perros callejeros, equivalen a querer tapar el sol con un dedo. Y como yo no tengo votos que perder, y la “corrección política” no es una virtud que me adorne, puedo darme el lujo de decir la verdad, y proponer la única solución verdadera, aunque “eso no es del siglo XXI” como he oído comentar por ahí.

El proceso que lleva a la vida predadora y sin leyes de los perros callejeros, es un proceso sin retorno. La gente del campo, que vive y trabaja con perros, lo sabe bien: “después que se volvió dañino, el perro no tiene arreglo”. Así que además de onerosa, burocrática y lenta, la propuesta que se busca instrumentar, es inútil. Pero la peor solución, es no intentar ninguna, y dejar la cosa como está.

Sin volver a la odiosa “perrera” de nuestra infancia, la captura e imprescindible eliminación de los perros sueltos, ya constituidos en jaurías o en proceso de hacerlo, debe hacerse de la forma más civilizada posible, sin someter a los perros a sufrimientos innecesarios. Pero sabiendo que eliminándolos, estamos evitando crueles sufrimientos y muertes de otros animales, tan domésticos como el perro, e incluso de humanos, mejorando la seguridad y calidad de vida de la sociedad, tanto urbana como rural.
No soy enemigo de los perros. De niño, lloré cuando “Batuque” se murió de viejo. De adulto, mis hijos y yo sufrimos cuando por razones laborales tuvimos que dejar a “Estocástica” en una estancia en Rivera. Ahora disfruto cuando veo a “Kale”, mi perra ovejera, trabajando en Piedra Sola con la majada de Roberto Sosa, su instructor, respondiendo con increíble precisión y presteza a cualquier instrucción dada con una palabra, un gesto o un silbido de su amigo, el hombre.

Y por supuesto no desconozco los grandes servicios que muchas mascotas brindan a sus dueños, en el plano de la compañía, de la seguridad, del juego y la educación de los niños. Mi rechazo y protesta se dirigen a la tenencia de perros sin asumir la necesaria educación de los mismos, a la falta de un mínimo nivel de civismo, que lleve a reconocer que los derechos como propietario de la mascota llegan solo hasta donde empiezan los derechos de los demás, tengan o no mascotas, y finalmente, mi repudio al irresponsable abandono de los animales. Pero esos son problemas de los hombres, no de los perros.

romairigoyen@gmail.com

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