Octubre 2016
En su editorial del domingo 9 “La próxima frontera” el ingeniero Jorge Grünberg nos advierte, una vez más, sobre los riesgos que nuestro creciente rezago educativo representa para las posibilidades presentes y futuras de desarrollo de nuestro país. Los países más prósperos y competitivos son, y lo serán crecientemente, los que generen nuevas tecnologías y se especialicen en productos y servicios con alto contenido de conocimiento y propiedad intelectual, con un aumento permanente del valor agregado a los mismos, mientras que los que no pueden competir a este nivel, se refugian en la producción de bienes con poca diferenciación. Hasta acá lo esencial del plenamente compartible mensaje del Rector de la ORT.
Ahora bien, dentro de los “bienes con poca diferenciación” se clasifica habitualmente a los productos primarios, considerándose también que el agregado de valor ocurre si, y solo si, el producto primario se industrializa, convirtiéndose en otro producto visual y funcionalmente diferente. No más carne, arroz o leche: comidas elaboradas, y otras comparaciones por el estilo.
Dos comentarios. El agregado (o desagregado) de valor puede surgir de la transformación del producto, pero también de la del proceso. En los últimos 25 años, por aumento de la eficiencia en los procesos productivos, se duplicó la productividad en el sector lácteo y en el arrocero, surgieron y se expandieron la forestación y la soja, se triplicó el trigo, se mantuvo la carne en una superficie cada vez menor. Pero además la calidad de estos productos no solo no disminuyó, sino que mejoró ¿cuánto aumentó el valor integrado total, agregando las agroindustrias y los servicios de pre y post producción, como resultado de la mejora de la eficiencia de la producción primaria?
Y la segunda y no menos importante: no existe ninguna incompatibilidad entre el desarrollo de las industrias del conocimiento y el de las actividades agropecuarias. Por el contrario, presentan un alto grado de complementariedad. Cada vez más, el desarrollo de la genómica en la mejora de plantas y animales, de la informática en que se basa la agricultura de precisión y todos los procesos agroindustriales, se constituyen en demandantes y a la vez en banco de prueba para nuestras industrias de la información y el conocimiento.
La mejora en la calidad de los alimentos, en la eficiencia del uso de los recursos naturales y en la preservación ambiental, son elementos tanto o más diferenciadores que la industrialización convencional de los productos primarios. Las impostergables mejoras en la educación y en la inserción internacional de nuestros bienes y servicios, son tan imprescindibles para las industrias del conocimiento como para las cadenas agroindustriales, no existiendo ninguna incompatibilidad entre las mismas.
Rodolfo M. Irigoyen