Las dos culturas

Rodolfo M. Irigoyen
Diciembre 2016

El físico y novelista inglés C. P. Snow denominó con la expresión “Las dos culturas” a la gran brecha, que según él, separan a la cultura científica de la humanística, cuyos integrantes están muy alejados y separados entre sí por una especie de muro cultural que dificulta la comunicación entre ellos.[1]

En su obra del mismo nombre (1959) definió a los humanistas (los “cientistas sociales” en la jerga actual), como “científicos literatos” argumentando que la ruptura entre estas dos culturas –ciencia y humanidades- ha sido en la edad moderna un obstáculo importante para la solución de los problemas mundiales.

Argumenta que personas que según las normas de la cultura tradicional se creen muy educadas, expresan su incredulidad ante “el analfabetismo de los científicos”. Pero si se les solicita que describan, por ejemplo, la Segunda Ley de la Termodinámica, dan una respuesta fría y negativa, aunque equivaldría a que ellos le preguntaran al científico si había leído algo de Shakespeare. Concluye que, “mientras el gran edificio de la física moderna crece, la mayoría de la gente inteligente en Occidente tiene el mismo conocimiento científico que habría tenido su antepasado del neolítico” (Wikipedia).

Este posicionamiento de los “científicos” ha sido rebatido por los “humanistas”, reclamando que las universidades se aparten de las enseñanzas de disciplinas prácticas, centrándose en cambio en la preservación y desarrollo de la historia, la literatura, la filosofía y demás ciencias sociales. Escuelas técnicas especializadas deberían complementar ese conocimiento unificador del humanismo, con la formación de técnicos idóneos en  las numerosas ramas de la tecnología, pero sin pretender ocupar el espacio propio de aquel, que sería el garante cultural de la sociedad ante el avance de una tecnocracia que, de triunfar, nos podría retrotraer a lo que Vargas Llosa[2] define como “actualizadas formas de barbarie”.

Según el escritor peruano, en el último medio siglo “el enfrentamiento entre estas dos visiones se ha desarrollado en un contexto de arrollador avance científico, en particular en los países de mayor desarrollo económico, en los que la ola tecnológica se asocia al concepto de “modernidad”. En tanto el “humanismo” aparece en general predominando en países de menor desarrollo relativo, aquellos que supuestamente perdieron el tren de la modernidad”

Pero en las últimas décadas, en todos los ámbitos de la sociedad tanto “científicos” como “humanistas” se vieron atacados por un enemigo común. Vargas Llosa lo define así: “Una cultura que no puede llamarse literaria ni científica, y tal vez en sentido estricto ni siquiera cultura, pero sí algo que hace sus veces para una vasta porción de la humanidad …  aquellas que fabrican, vulgarizan y diseminan los medios masivos de comunicación”

Si a esos medios masivos de comunicación se le suma el demoledor potencial de las “redes sociales”, donde todo vale y nada se debe probar, quedan delineados los aspectos básicos de la subcultura dominante. Y así, un artista como Paul McCarney declara que el consumo de carne es dañino para la salud, y el consumo global de carne disminuye –con su enorme impacto sobre el nivel nutricional y la economía de millones de personas en todo el mundo- o un político como Al Gore “demuestra” que estamos al borde del apocalipsis ambiental planetario, y “el hombre de la calle” culpa a los gases de efecto invernadero por un terremoto en América Central. La “tinellización” de la cultura, en una palabra.

La base cultural de nuestro “divorcio campo-ciudad”

Desde hace años, en este y en otros medios, hemos reiterado el concepto de que el viejo fenómeno del “divorcio campo-ciudad”, ha representado una pesada carga para las posibilidades de desarrollo en nuestro país. Expresión no muy feliz por cierto esta del divorcio, porque para que lo haya antes tuvo que haber matrimonio, y una somera revisión de nuestra historia como nación, no permite concluir que dicha unión haya existido. Pero dejando de lado las precisiones semánticas, es evidente el antagonismo histórico entre las visiones urbanas y rurales relativas a los temas socioeconómicos y culturales.

Dicho antagonismo, en su versión más primaria, es comprensible por las diferentes condiciones de vida, por los distintos contextos, que promueven en un caso la socialización de los problemas y las oportunidades, y por otro el aislamiento que genera individualismo, asociado a la convivencia con los riesgos derivados de la dependencia de fenómenos naturales poco controlables.

Pero en los países más desarrollados esas diferencias ancestrales se han ido moderando hasta alcanzar equilibrios de intereses y posibilidades,  sobre los que se asientan la prosperidad y la justicia social para el conjunto de la población, sin que por ello se reduzca o deje de reconocerse la importancia determinante del sector primario en la economía del país.

En cambio en la sociedad uruguaya siguen vigentes las visiones antagónicas, que podríamos bosquejar así: para el campo, “la ciudad” (o su equivalente, “la burocracia”) es un parásito improductivo que vive a expensas del duro trabajo de la gente del campo, disfrutando además de mejores condiciones de vida y mayores oportunidades de desarrollo.

Para la sociedad urbana, en cambio, “el campo” disfruta de lo que nos regala la naturaleza, sin esforzarse por mejorar, eterno reclamante de la ayuda del gobierno -al que financia el conjunto de la sociedad- ante el surgimiento de dificultades que nunca se preocupa de prever.  Como ocurre en cualquier divorcio: para cada parte, siempre “la culpa” la tiene la otra.

Estas visiones antagónicas dentro de nuestra sociedad, pueden, en su base cultural, ser asociadas con el antagonismo entre “científicos” y “humanistas”. El hombre de campo prioriza lo práctico, el conocimiento empírico que le permite resolver sus problemas cotidianos, tanto en el plano de los procesos productivos como en las cuestiones del ámbito social  y hogareño.

Sin que siquiera haya oído hablar de las ciencias naturales, y mucho menos de las fórmulas en que las mismas expresan sus leyes y postulados, el alambrador basa su trabajo en la aplicación de muchos principios de física, lo mismo que el tractorista con los de la mecánica. Todo hombre de campo “sabe” del comportamiento animal, aunque no sepa que es la etología, y de su capacidad de predecir el tiempo, depende en gran medida la eficiencia que pueda alcanzar en la producción. Y nunca recibió una clase de climatología.

Claro que las habilidades del trabajador rural, del “siete oficios”, tienen un fundamento científico, que es provisto por las ciencias naturales que están en la base de la agronomía, de la veterinaria, de la ingeniería, y que el trabajador manual, cultor de “la práctica” suele  despreciar por “teóricas”. Pero como no hay nada más práctico que una teoría correcta, el conjunto formado por las ciencias naturales y su aplicación en la vida y el trabajo cotidiano del campo, son inherentes a la base cultural de la ruralidad.

Por el contrario, el poblador urbano, tiene las cosas prácticas por lo general resueltas, al tener fácil acceso a servicios que se encargan de proveerlas. Sus necesidades de desarrollo en mayor medida son satisfechas a través de las múltiples interacciones con los demás miembros de la sociedad, y en las mismas, el bagaje cultural necesario es de base “humanista”, proviene de las ciencias sociales, de la literatura y la filosofía, de la psicología, del cultivo de las artes para el enriquecimiento del espíritu.

Y a partir de estos dos bosquejos, no es difícil inferir que la sociedad urbana se autoproclama depositaria de la cultura y de las posiciones políticas de avanzada, considerando a la rural como el reducto del atraso y de los posicionamientos políticos más reaccionarios.

En definitiva

Cuando se produce un divorcio, nunca falta alguna persona de espíritu componedor, o profesional de la comunicación que intenta un acercamiento entre las partes. Se llega a la conclusión de que el problema es producto de la mala comunicación, de que no existe el diálogo, y en caso de que exista, de que no se habla en el mismo idioma.

Y la apuesta a que las discrepancias entre personas o colectivos, en asuntos de importancia, se solucionan mejorando la manera de comunicarse, presupone cierta identidad de intereses que subyace a los problemas de la falta de comunicación y que, solucionada esta, esos asuntos quedarían satisfactoriamente resueltos.

A nuestro juicio, las atávicas discrepancias y conflictos de intereses “del campo y de la ciudad” no pasan por la forma del lenguaje o los mecanismos de comunicación, sino que se originan en los distintos desarrollos culturales, y por lo tanto seguirán existiendo a pesar de los esfuerzos que se hagan en el sentido de corregir las deficiencias formales de comunicación Sin que esto implique despreciar esos esfuerzos (como dijo Juceca: “no es que la tortuga sea lenta, lo que pasa es que no quiere ir”).

Permanecer en el nivel anterior equivale a quedarse en la superficie de los problemas, sin ir a las causas profundas que los generan. Los países desarrollados sí lo han hecho, integrando, en plano de igualdad, los intereses, obligaciones y oportunidades de las sociedades rurales y urbanas. Las “dos culturas” han ido así flexibilizando sus límites, integrándose en una cultura nacional única, que engloba a todos sus grupos sociales, sin que esa integración implique la pérdida de sus rasgos culturales esenciales.

Escrito en la primer semana de diciembre del 2016

 

[1] Citado por John Allen Paulos  en “La vida es matemática”  (Ed. Tusquets, 2015)

[2]  En “Desafíos a la libertad” (Ed. El País/Aguilar, España 1994)

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