Rodolfo M. Irigoyen
Setiembre de 2021
En un artículo que me enviara un vasco amigo (que alterna sus actividades como productor de queso con leche de oveja, con meditaciones sobre el devenir de la humanidad) se publica una entrevista a Branko Milanovic, economista serbio-norteamericano, profesor de varias universidades estadounidenses y ex economista principal en el Departamento de Investigación del Banco Mundial. La entrevista gira en torno al último libro de Milanovic “Capitalismo, y nada más” en el que el autor discute el futuro del capitalismo como sistema hegemónico de la economía mundial.
Sostiene Milanovic que el capitalismo es el “único sistema socioeconómico viable después del final de la guerra fría, cuyo éxito se fundamenta en su capacidad para alinear los intereses del sistema con los intereses individuales” Analizando el futuro que le espera a dicho sistema, el autor desarrolla las posibles opciones que nos permitirían mejorarlo, partiendo del hecho de que “Hay dos grandes tipos de capitalismo: el meritocrático liberal y el capitalismo político liderado por China”.
Sobre este último, hace un “análisis de sus características sistémicas, entre las que se encuentran tres principios inalienables como son una burocracia operante y eficiente, la arbitrariedad en la aplicación del estado de derecho y una corrupción endémica, que permite a su élite perpetuarse en el poder. Todo ello sostenido por un crecimiento económico sin el cual el modelo no podría funcionar, y que al mismo tiempo lo hace atractivo y susceptible de ser exportado”.
Entonces, la opción es clara: capitalismo liberal, o capitalismo totalitario. Renovable, modificable, con posibilidad de que la gente cada cuatro o cinco años cambie al gerente y castigue corruptos e ineptos uno; o con el inmutable apoyo de las tanquetas el otro.
La elección es tan obvia que no merece comentarios. Lo que enlentece nuestro crecimiento y desarrollo, llegando en ciertos momentos a empantanarnos, es la discusión subliminal, la que, con apariencia de querer mejorar el inevitablemente imperfecto sistema democrático, se dedica a ponerle palos en la rueda. Como acá todos nos conocemos, no hay que ser muy mal pensado para descubrir que los primeros y permanentes desconformes con “este” capitalismo, suelen ser los antiguos enemigos (más o menos reformados, más o menos arrepentidos) de cualquier cosa que se pareciera al capitalismo, del pelo que fuera.
Discúlpeseme el largo preámbulo, pero es inevitable insistir en que las discusiones que nos distraen de los problemas reales que limitan nuestro desarrollo económico y social están laudadas por la Historia desde hace décadas. Y que deberíamos dedicarnos más a lo instrumental y de gestión que a lo ideológico, confiando en que en lo esencial estamos en el mismo barco, el de la democracia liberal, y el rumbo en términos generales está marcado, y no es cuestionable.
Y el rumbo de nuestro desarrollo como sociedad tiene un indiscutible fundamento agroeconómico. Lo determina nuestra historia, nuestra dotación de recursos, tanto naturales como desarrollados por la acción humana, nuestra cultura, y, cada vez en mayor medida, la demanda internacional de alimentos, creciente en cantidad y calidad. Cualquier revisión de nuestros parámetros macroeconómicos y de nuestra inserción en los mercados internacionales, no hace más que ratificarlo.
Pero como estamos en plena revolución tecnológica, y el conocimiento y la información son el motor de toda estrategia de desarrollo, el “palo en la rueda” a que hacíamos referencia líneas arriba consiste en plantear como antagónicos, al “mundo del conocimiento” con nuestro tradicional modelo agroeconómico, al que se lo caricaturiza como una rémora del pasado, supuesto antagonista de una apuesta a un país proveedor internacional de servicios informáticos.
Pero es una dicotomía falsa derivada de una ignorancia prejuiciosa sobre las estructuras productivas de nuestro sector agropecuario, y del potencial de crecimiento simbiótico entre el mundo de la información y el conocimiento con el de la producción y distribución de alimentos a escala global.
Por ejemplo, en la lechería, los “Sistemas voluntarios de ordeñe robotizado” y que en contra de los que intuitivamente puede pensarse, no tienen como objetivo eliminar empleos, sino el mejoramiento de las condiciones laborales, basándose en el bienestar animal y mejorando además la cantidad y calidad de leche producida, empiezan a instalarse en el país. Con modificaciones nacionales para su adaptación a nuestro sistema de alimentación de las vacas en base a una combinación de pastoreo directo con el suministro de raciones (los del primer mundo son solo en base a raciones) lo que además mejora la “calidad ambiental” de los productos finales.
El rodeo nacional para la producción de carne, nunca ha sido tan numeroso ni de menor edad promedio que el actual, lo que permite una mejora de la eficiencia en los parámetros productivos y reproductivos del mismo, potenciando además la calidad de los productos finales. La ingeniería genética para la selección animal y la mejora de las pasturas está en la base de esta evolución, junto con los avances en el conocimiento de los procesos simbióticos entre ganadería y agricultura.
En esta última, con los vaivenes que imponen los mercados, avanza la utilización de la agricultura de precisión, usando algoritmos que minimizan el uso de insumos productivos (recursos naturales y agroquímicos) por unidad de producto logrado, alcanzando, como en la ganadería, aumentos de producción en superficies menores, con el consiguiente beneficio ambiental.
El tema es enorme, y un experto podría abundar en los avances tecnológicos asociados a las TICs en toda la cadena forestal, que alimenta la producción celulósica; en las potencialidades de la nutracéutica que asocia la producción de alimentos con la industria farmacéutica; en la automatización de procesos que solucionan las carencias laborales en los cultivos hortifrutícolas; en el ejemplo uruguayo de reducción de la emisión de gases de efecto invernadero en la producción arrocera por medio de las rotaciones arroz/pasturas; y un largo etcétera.
Pero la intención era dar algunos ejemplos de la absoluta complementariedad de una estrategia de desarrollo con base en la producción primaria y los agronegocios, en asociación con un desarrollo paralelo de las tecnologías de la información y las comunicaciones. Y por supuesto ambas complementadas con la mejora de nuestra inserción internacional, con el desarrollo de la infraestructura vial y portuaria, con el fortalecimiento institucional y el cuidado de nuestra imagen de país serio y confiable para las inversiones, para redondear un escenario de objetivo optimismo en relación con las potencialidades de nuestro futuro como sociedad.
De entre los brumosos recuerdos de mis años liceales, me viene la imagen de la ley de los vasos comunicantes, con la demostración teórica de Pascal y las aplicaciones prácticas de dicho fenómeno. Y aunque en principio no exista ninguna relación entre una ley de la Física con nuestras posibilidades de desarrollo, quizá me haya surgido la asociación por ver que la interconexión entre los distintos ámbitos y sectores económicos del país funciona en forma parecida a la de los vasos comunicantes.
Mientras no haya “obstrucciones” en ninguna parte, esos ámbitos, (los tradicionales y los innovadores) se equilibran en función de las posibilidades y restricciones que las condiciones externas vayan determinando, alcanzando de esta forma el nivel óptimo al que el sistema puede llegar, de la misma forma que la presión atmosférica y la gravedad determinan que los niveles de un fluido en un sistema de vasos comunicantes alcance el mismo nivel en todos los recipientes.
Podemos sufrir “obstrucciones” fuera de nuestro control, como una crisis internacional o un desastre climático, pero debemos cuidarnos de las que son de nuestra responsabilidad, como el deterioro de la imagen externa del país o los desequilibrios macroeconómicos graves, producto de políticas populistas o de cualquier otro manejo irresponsable de la economía. O por no tener las necesarias prevenciones sobre posibles limitantes futuras, como las vinculadas al bienestar animal, al cuidado ambiental o al avance de la sustitución de productos naturales por sintéticos, entre otros.
Releo lo anterior y francamente, ya no me parece tan traída de los pelos la comparación de las posibilidades de desarrollo económico con la imagen de los vasos comunicantes. Y, por último, en un país donde haya “vascoguayos” ovejeros que lean y discutan sobre el futuro de la humanidad, imágenes medio surrealistas como la anterior no nos deberían de extrañar.
romairigoyen@gmail.com