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Clases sociales

La primer camioneta era una Nissan pick-up, nueva, blanca, que tenía la caja con unas barandas de madera lustrada, en los costados y también en la puerta trasera, de forma de que no podían saltar ni escaparse -en caso de que a alguno le interesara- pero sin dar esa sensación de cárcel y encierro que genera la caja cuando tiene una especie de jaula hecha con tejido de alambre sobre una estructura de caños.

La otra era una Bedford del 60, aparentemente, en su origen de color marrón, color que por el momento no había sido modificado por el hombre, sí por la naturaleza. Empezaba a doblar después que el chofer le había dado por lo menos una vuelta entera a la dirección, y cuando frenaba, se desviaba bruscamente hacia la derecha. La caja era de chapa, tatuada de soldaduras, y tenía encima una especie de jaula hecha con tejido de alambre sobre una estructura de caños.

Los ocupantes de la Nissan lucían pelambres cortos o largos, pero siempre lustrosos, cabezas erguidas, miradas vivaces, estampas listas para el salto o la carrera, perfecto estado de salud y ánimo. La completa satisfacción de sus necesidades les otorgaba un equilibrio psico-físico que había desterrado inútiles agresiones mutuas. Agresividad que algunos de ellos reservaban, potenciada por generaciones de selección orientada en ese sentido, para descargarla sobre quienes sus amos señalaran.

En cambio los de la Bedford, no se podía decir que lucieran pelambre alguno. Lo que les quedaba del mismo, -sucio, raleado, opaco como de nacimiento- alternaba con zonas desnudas o con costras de heridas o sarna. Cuero pegado al hueso, colas entre las patas, gruñidos o mordiscos entre ellos, denotaban una vida de luchas y derrotas, contra el mundo.

Los de la Nissan provenían de estirpes bien definidas, sin mácula de hibridaciones, las que, en caso de existir, como en las mejores familias, eran eliminadas discretamente del pedigrí. Se reproducían solo por encargo, con tarifa en dólares para la descendencia. En su sociedad alternaban apellidos ilustres, como Ovejero Alemán, Cocker Spaniel o Dálmatas -con tradición de cuidar casas o rastrear patos o perdices- con nuevos ricos como los Fila, Doberman o Rottwiler, que, más adaptados a la impronta de los tiempos, se habían especializado en cazar esclavos fugitivos o asesinar merodeadores o niños imprudentes.

Los de la Bedford eran claramente más emparentados entre sí. De tan feos eran parecidos, o daban esa impresión por el estado en que estaban, porque la miseria empareja. Su estirpe era una, la callejera. Merodeadores y ladrones consuetudinarios, vivían al día, a la hora, al minuto, desparramando bolsas de basura en busca de comida, peleando entre ellos en la persecución de hembras en celo, o pariendo en cualquier rincón camadas de hijos variopintos que se desparramaban gratis por el barrio, para indignación y escándalo de la gente.

Las dos camionetas se cruzaron en Pedro Bustamante, a la altura de Galarza. La Nissan iba para abajo, hacia la playa y las áreas verdes del Puertito del Buceo. La Bedford iba para arriba, rumbo a la Facultad de Veterinaria.

Cuadernos de Marcha
Agosto del 2000

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