La gran ventaja que las teorías conspirativas brindan al usuario, es que siempre admiten una vuelta más de rosca. Si la conspiración, que todo lo explica, se estrella contra un absurdo, un contrasentido, si termina contradiciendo lo que inicialmente quería demostrar, el usuario no debe angustiarse. El mismo software le permite demostrar que otra conspiración previa -infinitas son las argucias del maligno- armó todo para que surgiera ese contrasentido. La contradicción es solo aparente. Tan es así, que no hace más que confirmar -previo análisis sagaz- que lo primero era cierto. Si el teórico es lo suficientemente sólido, la patraña siempre termina quedando al desnudo.
Así de fácil. Pero además de este invalorable recurso epistemológico, la teoría conspirativa es muy recomendada para el bienestar del ego. Quien la maneja, “está en el ajo”, no es un gil que se come cualquier amague. Es un esclarecido siempre capaz de poner al descubierto los poderosos intereses en juego que, tras bambalinas, manipulan al resto del mundo en su provecho. El resto del mundo, además de la opinión pública, lo constituyen, según sea el caso, la Justicia, la infancia, los jóvenes, la Educación, el Deporte etc. Todos colectivos que por ser parcial o totalmente idiotas, requieren del esclarecido para que devele la manipulación de la cual están siendo objeto. Siempre que no sean cómplices de la misma, como tan frecuentemente está ocurriendo con la Justicia.
La Justicia, ese poder del Estado del cual todos deberíamos ser celosos defensores, entusiastas impulsores de su desarrollo e independencia, además de las presiones y menguas presupuestales de los otros poderes tradicionales -el Legislativo y el Ejecutivo- y el acoso del “cuarto poder” -los medios de prensa- sufre, de la desconfianza de gran parte de la sociedad, muy en particular de los adherentes a la conspiración absoluta.
¿Que la Justicia se expide con rapidez? ¡Sospechosa celeridad! ¿Que demora en pronunciarse? ¡La prueba -si es que hacía falta otra- de que encubre a los culpables! ¿Que procesa y encarcela a alguien porque existe fundada presunción de que es un estafador? ¡Pero si andan sueltos otros que se sabe que son mucho más culpables! ¿Que cuando la Justicia trató de procesar a esos “mucho más culpables” no faltó un adalid de la teoría conspirativa que se ocupó de jaquearla e intentó engañarla con pruebas falsas? ¡Claro, esas pavadas no se le escapan, pero los grandes negociados, sí! ¿Que alguno de esos “mucho más culpable” está preso? ¡Justamente, hay que hacer creer a la gente de que se hace justicia, y por eso agarran a éste de cabeza de turco! Y así hasta el infinito.
Por supuesto que la confianza de la población, no es un bien gratuito, hay que ganárselo, y a la Justicia le caben las generales de la ley. Pero con sus limitaciones, sus errores, sus demoras o celeridades, creo que nuestra Justicia es bastante mejor de lo que se la quiere hacer aparecer. No olvidemos que debemos enmarcarla en la globalidad circundante, donde campea la corrupción y la “jetsetización” de la Justicia, cuando no directamente su ausencia, como en tantos regímenes totalitarios. Si toda la energía que se gasta en descubrir y denunciar las infinitas conspiraciones, se invirtiera en apoyar -de forma crítica y exigente, pero apoyando al fin- a nuestra Justicia, seguramente la misma sería más justa y eficiente.
Si estamos de parte de la Justicia, no podemos pensar que, por el hecho de que alguien a través de un medio de prensa ataque a un delincuente, real o presunto, automáticamente ese alguien está libre de toda sospecha en cuanto a la limpieza de sus procedimientos, y puede hacer cualquier cosa, amparado por la nobleza de su prédica. Porque si fuera así, estaríamos prohijando la impunidad para todos aquellos que se dicen defensores de causas nobles, como sin duda lo es la libertad de prensa. Este elemental principio, aplicado a otro contexto, tiene uno de sus mejores enunciados en aquello de que “el patriotismo es el último refugio de los canallas”.
El fácil recurso conspirativo -siempre hay uno “más malo” a quien echarle la culpa- nos mete en un callejón sin salida. Porque tirando de la punta de esa madeja, podemos llegar -según los gustos y las épocas- al Director General de la CIA, al principal capo mafioso, al Papa o al Secretario General del PC Chino. Y por lo tanto a implícitamente sostener que, mientras no se castigue a esos verdaderos culpables, no hay nada para hacer. Lo que es más o menos lo mismo que negar la posibilidad de la Justicia, la real, la de este mundo.
Por supuesto que todos tenemos nuestros prejuicios, y quién sabe a cuantos de los míos respondo cuando escribo estas líneas. Pero no podemos dejar que estos prejuicios nos obnubilen tanto, como para olvidar el viejo principio de que una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa. A riesgo de ser ingenuos.
Cuadernos de Marcha
Julio de 1998