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El tránsito

El tránsito –también llamado tráfico- ha adquirido en los últimos años un estatus de “noticia”, que lo eleva muy por arriba, en la consideración ciudadana, del simple fluir de vehículos y peatones. Esta característica, la de ser noticia diaria, abre insospechadas posibilidades a la truculencia, al sensacionalismo y al afán de protagonismo de personajes que se dicen informadores y que, mal que nos pese, forman opinión.

Lugar de confluencia de individuos con muy diversos intereses en lo que a tránsito se refiere, la calle puede ser escenario de una armoniosa compatibilización de aquéllos, o de la guerra. Se dan todos los matices, pero en la medida que el parque automotriz montevideano en los últimos años se ha duplicado, se han creado las condiciones para que las facciones se vuelvan cada vez más beligerantes.

Por otra parte, como la esperanza de vida de los uruguayos felizmente sigue creciendo, promedialmente son cada vez más los ancianos (de todas las edades) que transitan, ya como medrosos conductores, ya como audaces peatones. Si a estos ingredientes agregamos las deficiencias en la señalización vial, la mala educación cívica de muchos conductores y peatones, y algún desaforo juvenil, está todo dado para que vayamos a la guerra, a no ser que una inteligente Dirección de Tránsito arbitre con modernos criterios técnicos que den seguridad y agilidad a la circulación.

Al haber más autos en la misma superficie de calles, aumenta su concentración y con ella disminuye la velocidad promedio de los vehículos. Los conductores, individualmente, pretenden subsanar esto, presionando peligrosamente sobre los límites de lo permitido por las normas, lo que lleva inevitablemente a un aumento del número de choques, atropellamientos, etcétera.

Dije seguridad y agilidad, porque si se pretende dar seguridad taponeando, lo que se logra es que explote. Y es lo que, lamentablemente, ocurre en la actualidad. Ante el aumento del número de accidentes y de víctimas de los mismos, las autoridades tienden a instrumentar soluciones que dan seguridad a los peatones obstaculizando la circulación de vehículos.

Topes y lomos de burro en las calles, semáforos en carreteras, constantes controles de agentes y policías de tránsito, etcétera, buscan solucionar el problema concreto de una esquina peligrosa o la salida de un liceo, pero simultáneamente aportan su granito de arena al creciente bloqueamiento de la circulación. Por ver el árbol, se pierde de vista el bosque.

Un par de ejemplos pueden ser ilustrativos. A la Av. Giannatasio (jurisdicción de la Intendencia de Canelones) que es tal vez la principal salida de Montevideo, luego de hacerle doble vía, le han puesto semáforos. El problema original empieza por ubicar una carretera en medio de una zona densamente poblada. Dado el tráfico que tiene, se hace la doble vía para agilizar, pero como se producen muchos accidentes, porque no se pusieron vallas que obliguen a los peatones a utilizar los puentes de cruce, como debe ocurrir en toda vía rápida, entonces se ponen semáforos para asegurar el cruce, y se tranca el tráfico. En definitiva se logra tener una carretera lenta pero insegura.

En los accesos a Montevideo (jurisdicción de esta Intendencia) que comunica a la ciudad con las rutas 1 y 5, se han puesto semáforos en la ex calle Paraguay, entre las vías de AFE y la Zona Portuaria, para permitir el acceso a la ahora carretera, del tráfico proveniente de la zona de la Aguada. Se producen unos embotellamientos de autos y camiones que hacen que para salir o entrar por la vía rápida, haya que esperar tres o cuatro cambios de luz en cada semáforo. Conclusión, se sale más rápido por la vieja y destrozada calle Rondeau, por entre medio de la gente, con los riesgos que ello implica.

Las soluciones a los problemas del tránsito, deben contemplar a todas las partes involucradas. Deben atenderse los casos concretos, sin atentar contra el interés general. El peatón requiere seguridad, pero también debe cumplir normas. Y también está interesado en que el tránsito se agilice, porque cuando va en auto o en ómnibus, no tiene ningún interés en que un trayecto que debería insumirle 10 minutos, le demore media hora. Todos en algún momento somos peatones y en algún momento transitamos en un vehículo, por lo que no debe caerse en el planteo maniqueo de los “automovilistas” contra los “peatones”.

Pero este planteo es justamente el preferido de algunos informadores a los que hacía alusión al principio. Mostrar, con la mayor truculencia posible, los resultados del accidente, y a continuación plantear que nuevamente una parte de la población resulta víctima de otra, es la receta para buscar el encendido apoyo de la mayoría, hacia el paladín que exige justicia. El “informador” logra volverse protagonista.

Muchas veces los que ocasionan los accidentes no participan en definitiva de los mismos. Los conductores que van despacito por el carril izquierdo, en Garzón, Avenida Italia o la Rambla, y que obligan a que los demás los rebasen por la derecha cometiendo así una infracción que puede derivar en un accidente, esos, como van despacito, son considerados prudentes, y en consecuencia inocentes. Pero son tan pasibles de una multa, o tan culpables en el accidente, como el “loco” que en definitiva chocó, y que carga con toda la culpa.

En definitiva, creo que el tránsito solo puede mejorarse si evitamos caer en las dicotomías simplificadoras de los “buenos” y los “malos”. Hay que ver el árbol, como la directora del Liceo que junta firmas para pedir el semáforo en “su” esquina, pero también el bosque, que representa el interés del conjunto de la ciudadanía, a quien interesa que por la ciudad se pueda circular con seguridad y fluidez. Cuando lo logremos, todos resultaremos favorecidos, con excepción de alguna estrella de los medios de comunicación, que verá disminuir su “réitin.”

Cuadernos de Marcha
Octubre de 1994

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