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Hoy me defraudó un ídolo

Hoy vi el video de una larga y antigua (50 minutos) entrevista de la TV española a Atahualpa (“el que viene de lejos”) Yupanqui (“contador de historias”). Como anillo al dedo la etimología del aymará para el nombre de un argentino residente en Europa, autor de canciones que relatan magistralmente las pequeñas alegrías y los seculares sufrimientos de su nación mestiza.

Una sorpresa fue enterarme de que su primer libro se llamó “Piedra Sola” igual que mi pueblo del centro-norte uruguayo. Pero en su caso, el nombre deriva de un fenómeno telúrico ocurrido en Jujuy, Argentina. Resulta que en la cima de una montaña existía una roca muy grande, que fue arrancada por un rayo, y rodó montaña abajo deteniéndose al borde de un camino en el valle. Allí, dadas sus dimensiones (“como una casa de dos pisos”) brindó desde entonces abrigo y sombra para los viajeros que lo necesitaran, siendo bautizada con la descripción de lo evidente. De este hecho toma Yupanqui el nombre para sus primeros relatos.

Pero lo que motiva el título de estas líneas fue una respuesta a mi juicio indigna de un hombre como él. Ante la pregunta de en qué año escribió “Los ejes de mi carreta”, contesta que lo hizo en 1941 o 42. El periodista le comenta que es su canción de mayor difusión en el mundo, y Yupanqui le cuenta que en una oportunidad, en Málaga, un lustrabotas estaba cantando alguna estrofa de la canción, y entonces él le preguntó de donde era esa canción. Y el muchacho le contestó: “es de acá, es malagueña, mi padre la canta”.

A continuación comenta Yupanqui que al oírlo le corrió por el cuerpo un cierto orgullo, a pesar de que (agrego yo) como dice el poeta Manuel Machado (hermano de Antonio) en La Copla “Hasta que el pueblo las canta/las coplas coplas no son/y cuando las canta el pueblo/ya nadie sabe el autor”. Pero esto es solo un dato anecdótico.

Lo sorprendente, al menos para mí, es que Yupanqui haya aceptado la autoría de “Los ejes de mi carreta”, adjudicada por el periodista español, cuando en realidad pertenece al poeta uruguayo Romildo Risso, autor de varios poemas musicalizados por Yupanqui, además del ya citado, como “El aromo”, “Hay leña que arde sin humo”, “Canción de los horneros” (originalmente “Que no te pase lo mismo”) y varias más. Aunque quizá no hubiera sorprendido a Risso, que en vida acusó a Yupanqui de plagio.

Porque no cabe la disculpa de que en la aceptación de la autoría se refiriera a la música, que sí es de Yupanqui. Porque “Los ejes de mi carreta” es conocida en el mundo por su letra. Yupanqui, a decir de un amigo eximio guitarrista, solo “le puso una milonguita”. Ni tampoco que haya sido un descuido momentáneo, porque de esta canción se habló durante varios minutos en la referida entrevista.

Pero no se debe dejar de reconocer que Yupanqui fue un importante difusor de la obra de Risso. A decir de Wenceslao Varela en “Hasta siempre don Ata”: “…sacaste a Romildo Risso de injusto badal de olvido”. Obra de difusión completada por Santiago Chalar con sus excelentes musicalizaciones e interpretaciones de poemas como “Serenidad”, “Valles hondos”, “El perro”, “Heladas” y otras obras de Risso menos conocidas.

En definitiva, este incidente me reafirma en el convencimiento de que, cuando uno admira a un artista, lo que debe admirar es su arte. Porque si se profundiza en el conocimiento del individuo, se suele sufrir desengaños, al constatar que por más sublime que sea su obra, como persona no está libre de padecer las mismas miserias que padecemos todos los humanos.

Montevideo
Diciembre 2017

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