A Mario Azzarini,
militante de la verdad histórica
-Vos fijate, si será genial este Borges, que se dio cuenta, y ojo que hasta ese momento nadie se había avivado ¿éh? que en el Corán no aparece ni una sola vez la palabra “camello”. ¿Te das cuenta? Con todo lo que el camello significa para los árabes, y más en aquellos tiempos. Como si en “Martín Fierro” no apareciera la palabra “caballo”…
-¿Que tendría de malo?
-¿Cómo que qué tendría de malo? Vos no me entendés. Se trata de una ausencia inexplicable, in-ex-pli-ca-ble. Y nadie la había advertido.
-Entonces no será tan importante.
-No entendés. ES importante. Que en el libro sagrado de un pueblo, no
aparezca mencionado un elemento central, esencial, de la vida cotidiana de ese pueblo, es asombroso. Quién sabe que ignota razón llevó a que no se utilizara el término, o más insólito aún, que por azar, ¿entendés? por azar, no apareciera. Pero lo más insólito de todo, lo que hace genial el descubrimiento de Borges, es que eso no hubiera sido notado por nadie.
-…¿y? que me querés decir con todo este asunto de los camellos?
-¿Vos me estás jodiendo? No puede ser que no te des cuenta…
El diálogo, sostenido estoicamente por el Profe fue interrumpido por algo más vivo que la indiferencia de Carlitos. Con su sonrisa cariada apenas sobresaliendo por encima del borde de la bufanda, el Flaco se arrimó a la mesa (de más, como siempre, pegándole al borde con el muslo lo que hizo tambalear los dos vasos que, justo es decirlo, tampoco esta vez cayeron) y se sentó. Olfateó que las dos miradas que coincidían sobre su persona más que saludarlo lo buscaban como el aliado salvador. No era perspicacia, era experiencia.
-Ayudame Flaco. No logro hacerle entender a esta bestia…
-Mirá Flaco, si vos también vas a ponerte a romper las bolas con camellos, me avisás porque yo me las tomo.
El Flaco amplió en dos caries su sonrisa, satisfecho de la jerarquía que implicaba el arbitraje, pero también saboreando las posibilidades de manija que el temprano enfrentamiento, que en general aparecía después de la segunda o la tercera, ofrecía. Pero se dio su lugar.
-Momento. Uno no tiene ni tiempo de sentarse y pedir una copa cuando ya lo están jodiendo con discusiones. ¡José, una con limón!… ¡Qué frío! ¿No, ché?
Los miró alternativamente, inquiriendo además con un arqueo de cejas, como si el tema del tiempo, como siempre, fuera el primero a considerar. Mientras, los otros dos le reconocían el espacio que ellos mismos le habían otorgado, pero controlaban que no abusase.
-…t´estaba diciendo…
Tanteó el Profe, prudente sí, pero no dispuesto a permitir que el Flaco se diera demasiadas ínfulas. El lo conocía bien, y sabía que si se regalaban, era capaz de pasarse la noche ejerciendo el arbitraje, haciéndoles oscilar entre el acuerdo y la ruptura pero sin permitir jamás que se resolviera la controversia que le estaba dando vida. Un tipo especial para integrar la Comisión Liquidadora de una industria fundida, intervenida por el Estado para cobrarse las deudas.
-El asunto es así. Yo le estaba explicando a Carlitos…
Mientras el Profe, en el más elocuente de los tonos se explayaba, ahora dirigiéndose únicamente al Flaco, sobre lo asombroso del hallazgo borgiano, Carlitos bostezaba una mirada sobre las otras mesas del boliche. Los paréntesis, a ambos lados de sus comisuras, hacían pensar que estaba realmente podrido. Pero también podían ser solo un mensaje para el “juez”.
Cuando el Profe, sin haber sufrido una sola interrupción terminó su ponencia, el Flaco se acomodó en la silla, se acarició el mentón y aprobó varias veces con la cabeza, no para darle la razón a aquél, sino para poner de manifiesto que el asunto era más importante de lo esperado y que, por consiguiente, la cosa iba para largo. Imagen misma de la equidad, volvió su mirada hacia Carlitos, y con un levantamiento de cejas, le otorgó la palabra.
-Mirá Flaco, acá no hay nada que discutir. Toda la historia de lo que escribieron o se olvidaron de escribir los turcos, de lo vivo que es ese tal Borges que se dio cuenta de lo que faltaba, y de lo vivo que es este, que se dio cuenta de lo vivo que es Borges, me importa tres carajos.
Pobre de él si pensaba que el Flaco se iba a dar por vencido tan rápido. Mientras con la palma quieta de la derecha contenía los intentos de respuesta del Profe, con la izquierda empezó a dar cuerda, con un ir y venir dentro del espacio que lo separaba de Carlitos.
-Pará, pará, pará. Si yo no entendí mal, nadie pretende que a vos el tema te interese. Solo se trata de que aceptes la importancia de un descubrimiento…
-Bárbaro. Un descubrimiento bárbaro. Le mató el punto a Colón ¿’tan contento?
Como por encanto, la respuesta de Carlitos calmó la ira del Profe, cuya cara se distendió en una sonrisa condescendiente. Dedos abiertos en las palmas vueltas hacia arriba, hombros encogidos, cejas levantadas desde su zona central, todo apuntando al Flaco, todo apuntando a la evidencia de su razón.
-Vamos por partes. Una cosa es que a vos no te interese, eso nadie te lo puede imponer. Otra es que el asunto sea o no importante, y en ese aspecto, no podés darle la razón como a los locos, porque eso es faltarle al respeto a un amigo.
Mientras la expresión del Profe iba incorporando la pequeña dosis de pesadumbre que las circunstancias exigían, la de Carlitos empezó a cambiar, pasando del tedio al asombro.
-¿Así que si no le banco boludeces le falto al respeto? No se puede creer…
-No Señor, no tenés que bancar boludeces, pero ese es el asunto, que no es una boludez. Es algo que a vos no te interesa, que no es lo mismo.
-Es que no me interesa porque es una boludez.
La discusión había caído en un pozo. Sintiéndose obligado por su categórica victoria, que ni aún el Flaco lograba relativizar, el Profe levantó la derecha, y mirando hacia el mostrador, hizo girar el índice vuelto hacia la mesa. Mientras el gallego servía, el Flaco hizo un último esfuerzo por no salir también él derrotado.
-Escuchame gordo, ¿no se te ocurre otro ejemplo, que a Carlitos no le parezca una boludez, y que también muestre que algo que tenía que estar no está, y donde nadie se haya dado cuenta de la ausencia?
-Casi nada me pedís, pero a ver… dejame pensar…
Mientras el Profe, con la mano en el mentón levantaba los ojos al cielorraso, el Flaco sentía que la noche pendía de un hilo. Pero confiaba en la vanidad como musa inspiradora. Carlitos, que estaba y quería seguir estando en paz, empezó a resignarse a que los otros dos no lo dejaran.
El Flaco pudo neutralizar dos intentonas de Carlitos, la primera, obvia, sobre fútbol -el campañón de Liverpool- la segunda sobre el cambio que él estaba notando en la extracción social y la edad promedio de los que iban -en este caso no podía usarse “habitués” y mucho menos “parroquianos”- al boliche, donde ahora el mostrador se había empezado a llamar “barra”.
Cuando desesperaba de poder seguir manteniendo el mínimo de silencio que la concentración del Profe exigía, un violento chasqueo de dedos de éste, simultáneo con la elevación de una cara iluminada, le dio la respuesta que esperaba. El Profe lo tenía: la noche estaba salvada.
-¡Pero si lo tenemos acá!
Los diez dedos, desde las abiertas palmas verticales, apuntaban a Carlitos, la cara, radiante, al Flaco. Por primera vez, las expresiones de estos dos coincidieron. Asombrados, quedaron mirando al iluminado. Saboreando la expectativa generada, el Profe empezó, despacio, a hablar.
-A vos Carlitos, te pasó algo similar a lo del Corán. Disculpame que me meta con tus cosas, pero es lo mismo.
La críptica afirmación logró su objetivo primario. Los dos receptores quedaron igualmente desconcertados, mientras el emisor se tomaba un tiempo excesivo para beber un no tan largo sorbo, y saborearlo sonoramente. Los otros dos solo interrumpían la observación del Profe para intercambiar rápidas miradas, cada uno esperando que el otro hubiera entendido y aclarara algo.
Carlitos, que de poder hablar ya lo hubiera mandado a la mierda, fue cerrando la boca y se agarró la cabeza, perdida la esperanza de librarse de aquella conversación que amenazaba demolerlo. El Flaco, recompuesto, frunció el ceño y tras breve carraspeo encaró.
-¿Podrías explicarte un poco mejor? No alcanzo a comprender del todo, que tiene que ver…
-Es muy sencillo. Carlitos es hijo de Gardel ¿verdad? Nosotros lo sabemos, lo sabe todo Montevideo, lo sabe media Barcelona ¿Y? ¿Consiguió probarlo? Cuando llegó al Uruguay ¿por el cincuenta y pico, no Carlitos? traía los documemos, las cartas del Mago a su vieja hablando del hijo, etcétera, etcétera. Fue y vino a Tacuarembó, a Buenos Aires, removió cielo y tierra, que testigos, que peritos calígrafos y nada. Claro, los intereses creados, los derechos de autor, el patrioterismo absurdo.
Muy lentamente, Carlitos había ido enderezando la cabeza hasta quedar mirando, atónito, al Profe. La boca, siempre entreabierta, dejaba ahora escapar un hilillo de baba por la comisura derecha. El tono grisáceo de su semblante se había acentuado. El Flaco procuraba, tras el ceño fruncido, ocultar el desconcierto. Protagonista absoluto, el Profe continuó, soberbio.
-A mi juicio, se estuvo muy cerca de demostrar la verdad. Al fin, lo de la guita no era el problema mayor. Muchos derechos ya habían perimido, o se habían perdido hace años en los tejemanejes de Defino, Razzano y doña Berta. Creo que lo determinante del fracaso de Carlitos, fue la preservación de la imagen del ídolo, del mito, en el imaginario colectivo. Terminar con el misterio era matarlo, ahora definitivamente, y en el Río de la Plata no estábamos preparados para eso, y quizá nunca lleguemos a estarlo.
Lo dijo con expresión de estadista, de estar interpretando el sentir colectivo, pasando por encima, es más, borrando, las mezquinas fronteras nacionales. Carlitos se pasó el índice derecho por la comisura y poniendo las manos (menos los pulgares que quedaron hacia abajo) sobre la mesa, estiró el pescuezo acercando la cara al Profe y alcanzó a tartamudear:
-¿Me querés decir qué carajo tengo yo que ver…?
No pudo articular más nada, por lo que miró al Flaco, pidiendo ayuda. Pero este, con la pera afirmada en la palma de la mano, miraba al vaso, buscando en él, una vez más, las respuestas a sus dudas.
-Se que así no es fácil de entender, pero si me dejás puedo explicártelo perfectamente. Toda la patraña del Gardel francés, basada en la partida de nacimiento de Charles Romuald, el hijo muerto de doña Berta, la pudieron mantener, contra viento y marea, porque no se pudo demostrar le-gal-men-te que ese niño no era Gardel sino otro ¿verdad?
El interrogante, obviamente, tenía como único fin darse tiempo para ordenar las ideas. No pretendía tener respuesta, y no la tuvo. Cada vez más aplomado, el Profe siguió descubriendo su hallazgo.
-Fíjense que dije “legalmente”. No se pudo de-mos-trar que el testamento era falso, aunque obviamente, para que no lo fuera tendrían que haber pasado una serie de cosas que todo el mundo sabía que no habían pasado. Y este es el punto adonde quería llegar.
Carlitos, con gesto de zombi, pidió otra, mientras el Flaco asumía que era imprescindible que dijera algo. Al fin y al cabo, el era el juez.
-Profe, todo esto es conocido. Tuvo su espacio en la prensa durante años, se editaron varios libros. Estoy inclinándome a pensar, como Carlitos, que no tiene nada que ver con el motivo original de esta conversación.
El primer aludido respiró hondo, dando a entender que con cierta gente había que tener paciencia de alquimista. El segundo, que no lograba cambiar la expresión, se quedó ahora mirando al Flaco, sin entender porqué él, que podía hablar, no lo puteaba.
-Habrán notado que dije los dos nombres, Charles Romuald, es decir Carlos Romualdo. Y acá está la madre del borrego. Si el Mago se hubiera llamado Carlos Romualdo como dice la partida de nacimiento francesa ¿me quieren decir porqué, en vida, siempre apareció el “Carlos” solo? ¿Cómo puede ser que nunca ¿me entienden? nun-ca, alguien le haya dicho, en algún papel haya aparecido el “Romualdo”? Una ausencia inexplicable, in-ex-pli-ca-ble, que tampoco prueba por sí sola que Gardel fuera uruguayo, pero que deja en evidencia la falsedad de atribuirle la partida de nacimiento francesa.
Se echó para atrás, poniendo a prueba el respaldo y las patas traseras de la silla. Las cejas levantadas y la mirada pretendidamente ingenua, que paseaba de uno a otro de sus interlocutores, denotaban la genial simplicidad del argumento.
A Carlitos, el estado de shock le había hecho volver el hilillo. El Flaco trató de disimular cierto deslumbramiento. Insuflado por el estupor de los otros dos, el Profe remató:
-Una vez demostrada la falsedad del origen francés, no iban a quedar dudas sobre la otra versión, la nuestra, la de Tacuarembó, Escayola etcétera. El conjunto de esa versión ¿m´entienden? Y dentro de ese conjunto, lo del hijo natural en Barcelona. En una palabra: vos, Carlitos.
El silencio que siguió inundó todo el boliche. Confabulados, los hielos no tintinearon, la Clarín hizo una pausa entre dos tangos, las toses y carraspeos desaparecieron. Los dos testigos del descubrimiento estaban petrificados contemplando al Borges vernáculo. Este, después de paladear el momento, rompió el encanto haciendo chasquear los dedos por sobre el hombro, en dirección al Gallego. Se la merecía.
José trajo el ruido. Sirvió la vuelta sin preguntar si esa había sido la intención del Profe, en parte por su impronta maximizadora, pero más que nada porque instintivamente percibió que aquel silencio denotaba algo trascendente, y en esos casos no hay duda: es la vuelta.
-¿Tan calladus éh? Algu estarán tramando ustedes…
Al ver la cara de Carlitos, se dio cuenta de que había metido la pata. Miró a los otros dos, buscando una salida. El Flaco, con la frente apoyada en la palma de la mano, ni lo había oído. El Profe, dueño de la situación, lo exoneró.
-Andá, andá nomás, Gallego.
Tan de golpe se mandó la grappa Carlitos, que se atoró, cosa que, por ese motivo, hacía años que no le ocurría. Era lo que le hacía falta. La tos le desató el nudo de la garganta y pudo empezar a hablar. El tono, los del boliche no se lo conocían. Era más bajo, le salía de más hondo, seguro hacía años lo estaba incubando. Empezó extrañamente sereno. Los ojos rojos, entrecerrados, miraban con rara fijeza a los del Profe.
-¿Sabés una cosa? Sos un grandísimo hijo de puta. Hacía tiempo que te lo quería decir y ahora me das…
No oyó el “pero Carlitos…” ni el “pará, no te lo tomés así” con que el Profe y el Flaco quisieron aplacarlo. Siguió, hasta se diría que manso, si no fuera porque los ojos estaban cada vez más achinados, las manos cada vez más crispadas.
-…la oportunidad. ¿Vos, genio, resolviéndome la vida? ¿conque ahora si lo voy a poder demostrar, aunque ya no sirva para nada, y todo gracias a vos? ¿y me querés decir para qué? ¿para que me vuelvan a agarrar para el chijete? ¿para que se caguen de risa del pobre viejo que sigue con el mismo verso?
Había ido levantando la voz, aclarándola, mientras las manos, ahora, se afirmaban con las palmas sobre la mesa, buscando apoyo en la madera, como si fuera la tierra. Sin saber bien por qué, el Flaco se había puesto decididamente de su lado. “Está bien, que se pudra todo” pensó mientras de reojo observaba la reacción del Profe. Pero este parecía de yeso, mirando sin pestañear a Carlitos, la boca entreabierta, las manos en los muslos.
-Y te voy a decir un par de cosas. Eso de Romualdo ya lo dijo alguien, no me acuerdo en que libro, así que no inventaste nada.
-Te juro que no lo leí…
-Segundo, que yo se que soy hijo de Gardel, porque él y mi vieja lo sabían, y ella me lo dijo. Por lo tanto, me importa un soberano carajo que los demás, empezando por vos, lo crean o se caguen de risa. Y especialmente los tipos como vos, que viven diciendo lo que hay que hacer, y nunca hicieron algo decente en su vida.
Largó la parrafada con una fluidez que los otros no le conocían, sin oír la tímida excusa del Profe. Se había ido parando, y cuando terminó de hacerlo sacó del bolsillo del pantalón unos billetes arrugados, tipo plata de timba, y trabajosamente apartó dos, que aplastó sobre la mesa.
-Yo invité…
-Te podés meter la invitación en el culo, yo no tomo con un gordo de mierda como vos.
Apartó la silla como un metro para atrás, y salió al tranco largo, sin mirar a nadie, pechando a dos o tres adolescentes, de esos de los que él mismo decía que “no saben ni pararse en un boliche”. El Profe pudo girar la cabeza hasta enfocar al Flaco, pero este no lo vio. Tenía los ojos a veinte centímetros de la mesa, y estaba en otro mundo.
-¿Te das cuenta con lo que me salió? ¡Me insultó! Además no tiene derecho…
-Claro que tiene.
La voz del Flaco, siempre flexible y dispuesta al matiz, esta vez sonó seca, cortante. Aunque habló en tono apenas audible, la afirmación sonó más fuerte que si hubiera gritado. Al menos para el Profe, que lo desconoció y empezó a mirarlo con la misma cara que unos minutos antes gastaba con Carlitos.
-Sos un animal. ¿Acaso no sabés que con el loco ese tema está prohibido? Lo basurearon, le dijeron de todo, que era un sinvergüenza, que se quería hacer pasar por hijo de Gardel en base a un par de rumores y unas cartas viejas, con una caligrafía que cualquiera podía imitar. El nunca pidió un peso, ni un derecho de autor, ni nada. Solo quería ser quien era, y que se supiera. Y mirá como terminó. En la re-lona. Y hoy, justo hoy, vos le revolvés el cuchillo en la herida, con esa comparación idiota.
-¿Hoy? ¿qué pasa hoy?
-Nada, no pasa nada. Chau, yo también me voy. Si no fuera porque tenés cincuenta años y pesás cien quilos, serías igual que un pendejo de estos que vienen ahora al boliche, y no entienden nada de nada.
El Profe agachó la cabeza sin poder cambiar el gesto de incomprensión con que había recibido las últimas palabras del Flaco. Al cabo de un par de minutos, se encogió de hombros. Recobró la compostura al recordar lo que había aprendido en la terapia, que no debía hacerse mala sangre por culpa de los otros.
En ese momento, en la radio del boliche, como siempre sintonizada en la Clarín, el Mago empezó con “Cartas viejas”, a cumplir con su última media hora del día, a pagar su cuota de inmortalidad. Eran las 10 de la noche del 24 de junio.
Montevideo, octubre de 1996