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Viñetas piedrasoleñas

De don Justo Sánchez

Contaba don Justo de una estancia, allá por Cardozo Chico, donde “había un casal de negros, él se llamaba Juan Olivera y ella Mercedes. El negro tenía la nariz blanca, y Pedro Ascué que era muy jodón le decía “el negro pampa” Al negro no le gustaba y lo amenazaba: “mirá vasco’ injuna gran puta…”

Contaba también don Justo que en esa zona tenía estancia Pedro Borderre que era un vasco petizo, fuerte. En la estancia la cocina de los peones tenía piso de piedra, pero como una cuarta más abajo que el resto de la casa. Tenía la costumbre de que, si aparecía un peón con un mate muy grande –la yerba era por cuenta de la estancia- lo ponía en el suelo de la cocina y le saltaba arriba y se lo rompía. Un día le dejaron puesta una bocha en el piso. No bien la vio le saltó arriba, pegó la costalada y cayó, dando la nuca contra el umbral de la puerta, de madera dura. Casi se mata, pero la cabeza del vasco era más dura que la madera.

Don Aurelio Arizaleta, de los de la estancia La Sombra, en Achar, era un vasco bandidazo para las mujeres. Una tarde en el boliche de Martínez, en Peralta, en una rueda grande de parroquianos, uno muy reconocido porque la mujer lo guampeaba sin descanso, tomó la palabra y dijo “que mujer que sabe ganarle el láo de las casas a la gente, es la mía” Se hizo un silencio, y siguió: “el otro día la vi besándose con el vasco Arizaleta” y cuando se lo dije, me dice: “pero no seas bobo. Le estaba pidiendo al vasco una lechera y una lata de grasa, y sabés que a él le gusta que la gente sea cariñosa” Entre miradas que se entrecruzaban, terminó el relato que probaba la habilidad de la doña: “¿ustedes podrán creer que a la semana la lechera y la lata de grasa estaban en mi casa?”

Noticias de boliche

En “l’Ancap”, el boliche de Rosso, un visitante que venía de Arbolito, traía una mala noticia:
-El que anda jodidazo es Machengo, el pobre. Se está tratando con un curandero que cura cáncer con mío-mío.
-¡No se puede creer! Con mío-mío que es veneno…
-Pero sí. El curandero este es medio polaco, tirando a gringo

-¿Y dónde vive?
-No sé pero es fácil dar con él. ¿Conocés en Paysandú la peluquería de Quintana? Bueno, vas allí y preguntás por el Ruso. En seguida te dicen cómo llegar.

Oliveradas

Un domingo de mañana el Nené Olivera llegó a la casa de su hermano Mario, con un lechón carneado. Venía a caballo como siempre, y traía el lechón enmaletado, prolijito. Y eso que de Rincón de Zamora, donde él trabaja, hasta Piedra Sola, donde vive Mario, hay más de 15 leguas. Seguro había salido como a las 2 o las 3 de la madrugada.
-¿Y eso Nené? Le preguntaron cuando presentó el lechón, orgulloso.
-Y… pa’ festejar…

-¿Pa’festejar que? El cumpleaños de la vieja es el mes que viene…
-Ya sé, pero ustedes ¿cuánto s’años de casáus llevan?
-…como 30 y pico ¿no Soña?
-Y bueno, por eso.
-¿Por eso qué?
-¿Y no es el día del Matrimonio hoy?
-Del Patrimonio, Nené, del Patrimonio
-¿Y eso qué es?
-Y yo que sé…
-¿Y ahora que hacemos?
-Y… vamos a ir haciendo fuego…

Aftósicas

Una. Eso de que la aftosa no ataca al humano, es relativo, al menos con “la de antes”. Hace años, el Charo Fernández estaba vacunando sus holandesas, cuando la jeringa se le empacó. Dale y dale, y nada, no pasaba. Sacó la aguja, y viendo que estaba tapada, la puso en la boca y empezó a soplar. El “remedio” le corría por los labios y el Charo firme, con los ojos y las venas del pescuezo saltones por el esfuerzo. Al final pudo destaparla y terminó la vacunada sin más problemas.

Al otro día ya no pudo tomar mate. “Hacía aire” al no poder cerrar los hinchados labios en torno a la bombilla. A los dos o tres días tenía la trompa llena de aftas. Pero a la semana ya andaba bien, pronto para hacer alguna otra barbaridad.

Otra. El Rengo Olivera andaba afligido con el asunto de la aftosa. Los focos ya estaban cerca, las vacunas no aparecían, él con la responsabilidad, y el patrón, por supuesto, en Montevideo. Un día la radio avisa que están distribuyendo vacunas en Tambores, pero el mismo veterinario recomienda a los vecinos apurarse, porque hay pocas. En pelo montó la moto y cuando ya salía le avisaron que se habían terminado.

Pero el Bocha Báez, que “andaba ativando” con lo de las vacunas, le avisó que en Tres Árboles habían sobrado unos frascos y los llevaban a Tambores. Atajaron al hombre al cruce, en Piedra Sola, y con los Dicose de por medio, hicieron el reparto. El Rengo, que para variar andaba sin un peso, por las dudas preguntó, respetuoso
-¿Qué se debe?
-Nada, es gratis.
-¿Gratis?
-Sí, señor, gratis. Métale nomás, que esta vez paga Batlle.

De Doña Maruja

-“¿Usted cuántos años tiene doña Maruja?
-Yo ochenta y dos. Pero les llevo uno y pico “de arriba’e las bolsas”…
-¿Y eso cómo es?
-Y, porque antes no era como ahora. A mi me anotaron cuando ya tenía como un año y medio. Pero esos no valen, así que no los cuento…”

-“¿Cómo es eso del Culto, doña Maruja, dicen que hay que pagar?
-¡A sí! Son dos cosas. Una cuota de 5 pesos por mes, para mantener la iglesia. Pero además está el diezmo…
-¿Y eso cómo es?
-Y que hay que entregarle al pastor el diez por ciento de lo que uno gane, sea sueldo, pensión, jubilación, lo que sea… Yo le dije bien clarito al pastor que los 5 pesos los pagaba, pero el diezmo ni loca, a mi no me dá.
-¿Y la gente paga?
-¿No va a pagar? Don Cacho está como loco, porque Estela, la mujer, que es muy del culto, vive diezmando y diezmando… Pero con el que no tuvieron suerte fue con el Bocha…
-¿Qué pasó?
-Y que lo llevaron al culto a ver si dejaba de tomar…
-¿Y no dio resultado?
-¡Qué va’dar! Como estaba borracho, cuando el pastor se puso a hablar, el empezó a gritar ¡viva dios!. Le decían “silencio hermano” pero de dónde, gritaba de nuevo “¡viva dios, nomás”. Y así siguió. Lo terminaron echando”

Refiriéndose al Jazmín, su perro: “Lo hago gente o lo deslomo’a palos” Y a la Carmela, la cotorra que desde su jaula no dejaba de “cotorrear”: “callate atrevida, no te metas en la conversación de la gente…

Del Gringo Aroldo

En una conversación sobre gente arriesgada, de aventureros, Aroldo opinó que pasarse de prevenido tampoco sirve, como le pasó al viejo Miguel Young, de los “legítimos” de Young, el dueño de la estancia La Tortuga. Tenía un ganado Durham malazo. Era un gringo grandote, medio loco. Presintiendo la cercanía de la muerte, mandó hacer un cajón, a su medida, para cuando se muriera, y lo puso abajo de la cama. Pero duró como 20 años, y cuando murió, tuvieron que tirarlo (al cajón) porque estaba todo apolillado, inservible.

Locazo el gringo. Tenía un peón, el negro Pito, que le seguía la corriente.
“¿Hizo todo lo que tenía que hacer, Pito?
Si señor, hice.
¿Galopió los gansos como le ordené?
Si señor, los galopié.

¡Mirá que bicho el ganso para que lo anden galopeando!”

Cuando el viejo murió, los gansos se los quedó Pito. Pero dejado como era el negro, en poco tiempo se le asilvestraron, y en su retorno a los orígenes, recuperaron su potencial de vuelo. Y se volvieron aves migratorias. Cada primavera, cuando volvían a las casas, Pito esperaba 15 o 20 días para que se recuperaran del largo viaje, y carneaba el más gordo. Lo hacía estofado, como le gustaba al finado patrón.

Otra. Y en una conversación sobre gente guapa para el trabajo, recordó Aroldo: “Hombre guapo para el trabajo fue don… este… no me acuerdo del nombre, murió no hace muchos años en el hospicio de Young. Fue 29 años seguidos único agarrador de una máquina de esquila de 12 tijeras. Y eran épocas de unas caponadas Romney machazas. Y no falló un solo día…”

Y otra más. Una vez venía Aroldo del Zapatero con la comparsa de esquila, cuando en una bajada se le salió la barra de la dirección del “Forocho”. El camión, sin gobierno, salió campo afuera rompiendo el alambrado de la calle, con los alambradores tirándose por la baranda. Cuando al fin Aroldo pudo detener su rodado, el Nené Olivera le gritó: ¡pare Aroldo que nos va a matar! A lo que el gringo contestó, indignado: “prefiero acarrear chanchos y no esquiladores, porque protestan menos…”

De Pirulo Martínez

Con Pirulo –acordeonista de viejos bailes en piso de tierra en Piedra Sola, Arbolito y otros pueblos de la zona- compartimos abuelos, maternos para él, paternos para mí, cuya ascendencia –Irigoyen Susperreguy “abuelito”, Vidart Aramburu “abuelita”- no es difícil de adivinar.

Los cuentos de vascos eran por lo tanto frecuentes en mi casa, y Pirulo me recuerda uno que hacía mi padre, de un vasco Lateulade, alambrador -hace por lo menos un siglo- en la zona de Peralta. El vasco Lateulade (abuelo de Nereo Lateulade, rematador, que fuera diputado colorado y embajador uruguayo en República Dominicana) estaba haciendo un trabajo grande en una estancia de Braga, un brasilero, propietario de muchos miles de hectáreas en el departamento de Tacuarembó.

Cierto día, Lateulade fue a la estancia a cobrar parte del trabajo. El brasilero lo hizo esperar toda la mañana, y al medio día, por medio de un sirviente, le mandó decir que no lo podía atender, que volviera al otro día.

El vasco se fue para su carpa, la residencia habitual de todo alambrador en el lugar donde estuviera alambrando. Pasaron unos días, y Lateulade no volvía por la estancia. Al final, Braga fue hasta la carpa a pagarle. Cuando llegó, lo atendió un peón de Lateulade, que le dijo al estanciero que su patrón –que estaba en la carpa- no podía atenderlo, que volviera al otro día.

De Jesús Heguaburu

(Presidente de la “Aparcería del Queguay” participante de la “Patria Gaucha” en diálogo con otro parroquiano, refiriéndose al “Negro Danilo” González, un gran jinete)

-“El Negro en el Prado no anda, porque seguro, se relaja…
-Y si, las copas…
-No señor, el Negro no toma nada. Pero de “aquello” ¿sabés cómo hay? Cardume. ¿Vos sabés lo qu’es cardume? Bueno, cardume.
-Psss…
-De a doscientas, de a trescientas, y vos eligiendo y sacando de la pata ¿Quién aguanta?
-Séeguro…
-Sacando de a una, de a dos, o de a tres, lo que quieras. Y el Negro qu’es bandidazo, calculale. No es fácil.
-Como pa’ser…”

Los fretachos

Cuando se cerró el ferrocarril, allá por 1987, como parte de la “racionalización” de los recursos humanos que quedaban desocupados, se definió que los mismos serían redistribuidos en otras dependencias oficiales de la misma localidad en que cumplían funciones.

Por esos vericuetos burocráticos, el Tarta Gómez y el Manucho Sánchez pasaron de obreros del riel a auxiliares de Primaria. Nadie estipuló cuales podían ser las funciones de aquellos recursos humanos, pero la maestra tuvo una idea brillante.

-¡Que suerte! ¡Ahora con dos hombres y todo el terreno que tiene la Escuela, podemos hacer una buena quinta, para producir verdura y mejorar la dieta del almuerzo de los niños!

-So, so, soy herniáo, la paró en seco el Tarta. La maestra, entristecida, guardó silencio. No iba a ser tan luego ella, la educadora del pueblo, quien pusiera en tela de juicio el inalienable derecho al reposo de un trabajador minusválido.

A la yunta del Tarta y Manucho, don Cacho Silva los bautizó “Los fretachos” porque vivían todo el día recostados a la pared. Durante el invierno, a la que quedaba para el lado del solcito, en el verano, en la que daba para la sombra. Eso sí, sin faltar un solo día, no fuera cosa que los complicaran cuando les llegara la merecida jubilación.

Baile de escuela

Estos sucedidos son de la Escuela de Arbolito, el pueblo vecino de Piedra Sola, 25 km “hacia adentro” de Paysandú.

En un baile “a beneficio” al inicio de los cursos, había gran expectativa por la presencia de una maestra nueva, venida de Paysandú, que nadie conocía. Y empezado el baile, por timidez, nadie la “sacaba”.

Hasta que al fin el Chiquitín Olivera, apuesta de un “chop” mediante, se animó y la sacó a bailar. Y no va y le toca (o con mayor probabilidad, se lo hicieron a propósito) una de las interminables polcas del Negro Macedo y Pirulo Martínez, el dúo de acordionistas del pago. Salió la “pareja” en la vuelta. dale y dale, sin intercambiar ni una palabra.

Cuando al fin terminó la polca, el Chiquitín no alcanzó a oír el suspiro de alivio de la maestra, porque la largó y huyó hacia el mostrador, a cobrarle la apuesta a sus amigotes.

-Y ¿de que hablaban? lo interrogaron ansiosos.
-No, ¡yo iba meta no decirle nada, nomás!

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Luna sobre lo de Aroldo
Pirulo Bernardo y yo

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