Una nueva invasión bárbara

En Uruguay, el desprecio por la ortografía ha llegado a algo tan indeleble como la numismática. Monedas de curso legal que muestran especies de nuestra fauna autóctona, denominan al tatú como tatu o al ñandú como ñandu. Tentado estuve de escribirle al departamento de emisión del Banco Central para hacérselo notar, pero desistí, no tanto por los meses que tardaría la respuesta (confío en que la habría, tenemos una burocracia, no por numerosa, menos responsable) sino más bien por el temor a que me aclararan que “el tatu es uno de nuestros armadiyos autoctonos, y el ñandu la mayor de nuestras sancudas, algo mas chica que el avestrus africano”.

Pero para qué insistir con los barbarismos ortográficos, si por más ejemplos que ponga, siempre el lector conocerá algún caso más espeluznante. Gente iletrada siempre ha existido, y la causa de sus carencias culturales, la gran mayoría de las veces en nada son de su responsabilidad, sino de la falta de oportunidades para superarlas, y demasiado hacen cuando igual se ganan la vida honradamente.

El problema actual no es el analfabetismo, felizmente eliminado, en las estadísticas oficiales al menos. El problema actual es que los autores de estos barbarismos suelen ser, entre otros, estudiantes y profesionales, universitarios de toda laya, jerarcas del ámbito público y privado, parlamentarios redactores de leyes, periodistas, profesores liceales, maestras y maestros de escuela. Es decir, una parte muy importante de nuestra sociedad con un nivel cultural que se supone superior al promedio. Los que más deberían cultivarlo o por lo menos preservarlo, son los mayores agresores de nuestro patrimonio cultural, del que el lenguaje es parte esencial.

Pero dentro del maltrato de nuestra lengua, tanto o más que las faltas de ortografía me resultan agresivos otros fenómenos, como el de las “palabras trans”, para llamar de algún modo a la moda de transformar en verbo a cualquier adjetivo o sustantivo, cuando le parezca oportuno al declarante de turno. Tiro solo algunos ejemplos, de personajes destacados: una ex intendente de Montevideo informó en su momento que se estaba “semaforizando el Corredor Garzón”. En tanto, un experto de CPA Ferrere nos explicaba “cómo se mide el riesgo reputacional”, el Mides daba cuenta de su “mejora comunicacional, otro ex intendente montevideano recomendaba “salarizar” determinada partida fija, el INAU afirmaba detener “el proceso de callejización, la gente de Ducsa se preocupaba por la posibilidad de que sus salarios “se vieran enmagrecidos y el presidente municipal de Piriápolis advertía sobre la  “presencia de floraciones algales vinculadas con las cianobacterias”

Pero los intelectuales no le van en zaga a los jerarcas. Por ejemplo, el Congreso de Sociología denunció el “aumento de la tasa de divorcialidad”, en tanto en un seminario de arquitectura se recomendaba “actualizar conocimientos en forma experiencial, el grado 5 en semiótica de la UdelaR nos aclaraba que “a pesar de todos los claroscuros y todas las incompletitudes… y un sociólogo e historiador hablaba de la figura que vino aemblematizar…”.

Y en el Parlamento no se quedan atrás. En una sesión de la Cámara Alta, por ejemplo, una senadora informaba que en la facultad en la que es destacada docente, “logramos tener profesores fulltaimizados…” mientras una colega aseguraba que “la principalidad hoy es trabajar para la segunda vuelta…”, y nuestro canciller declaraba que “ambos gobiernos, México y Uruguay, han externadosu preocupación porque el Parlamento venezolano impugnó la juramentación de Maduro”.

Los periodistas e informativistas también merecen un lugar en el podio de la barbarie lingüística. Sin citar nombres ni medios para no alargar demasiado, nos hablan por ejemplo de “la tematización de los asuntos”, de la necesidad “de etapabilizarse en el tiempo”, del “propósito de protocolizar los procedimientos”, del “oscarizado director de cine”, de “la etapa procedimental”, de “la entrevista en su complitud y de “la cantidad peticionadapor la fiscalía” entre otros muchos barbarismos. Sin dejar de informar que la gente, cuando sale a vacacionar, escucha canciones versionadas por distintos cantantes. Pero el primer premio yo se lo otorgaría a la empresa Syka, la que asegura que su pintura tiene “un gran poder cubrilizante”.

Inserto una joyita importada de México, extraída del “Relato feminista de La Marcha de las Putas en Puebla”, sobre el que informó La diaria el 4/11/2019: “Insistentemente en esta marcha se traen a escena otras performatividades. En ese sentido, cabe preguntarse como anteponer, o no solapar, la autonomía corporal, el placer sexual y el derecho a la eroticidad frente a las gramáticas sentimentalesdel miedo, la violencia, y su correlativo corporal, la pasividad inmovilizante”.

Pero tengo mis dudas respecto a si la impune barbarie ortográfica y la moda de la transmutación sintáctica o gramatical son las principales agresiones a nuestro lenguaje. El uso tan agobiante como innecesario de palabras o expresiones en inglés (del que nos hemos ocupado en otras oportunidades) puede que sea aún peor. Y además se lo mezcla con formas gramaticales del español, como la ya citada fulltaimización para denotar un proceso de aumento de la dedicación total en el trabajo o la docencia, o la esponsorización que tanto enorgullece a Antel cuando del patrocinio de “la celeste” se trata. Y ni hablar del “lenguaje inclusivo” que transforma a nuestro bello idioma en una cacofonía grotesca.

Y todo con el argumento de que el idioma es “algo vivo”, que siempre está en proceso de cambio e incorporación de términos de otras lenguas. Cosa cierta sin duda, y el español además de recibir aportes de las otras lenguas romances, derivadas como él del latín, se ha nutrido además de infinidad de términos de origen árabe, griego, germánico, vascongado, del propio inglés e incluso de idiomas y dialectos indoamericanos y de otros orígenes.

Pero una cosa es incorporar un término nuevo que no tiene una traducción exacta en nuestro idioma y que en consecuencia lo enriquece, como puede ser probablemente “software”, y otra es usar indiscriminadamente expresiones foráneas despreciando las propias que indican exactamente lo mismo, como “dedicación completa” para el caso de “full time” o “patrocinante” para el de “sponsor”.

Nuestro español, el “rioplatense”, es también el resultado de las incorporaciones que realizaron los contingentes migratorios recibidos por estos países principalmente en el siglo XIX y primera mitad del XX. Ellos enriquecieron con sus lenguas a la castellana de los conquistadores, desarrollando localismos que son parte de la enorme riqueza de nuestro idioma, que irresponsablemente parecemos dedicados a destrozar.

Pero a la migración física, se ha sumado en este siglo XXI la informática, de mucha mayor potencia para el mestizaje de lenguas y costumbres. Los malos hábitos antes bosquejados, quizá no sean más que “daños colaterales” del inevitable proceso globalizador de la economía y la sociedad que, nos guste o no nos guste, estamos y seguiremos transitando.

Lo preocupante, me parece, es la actitud, o, como diría un paisano, “empujar el chancho en la bajada”. Es decir, que en vez de defender nuestra cultura usando de la mejor forma posible nuestro idioma, compitamos por ver quién es el que en mayor medida lo maltrata, convencidos de que esa agresión nos otorga una pátina de modernidad. O quizá, inconscientemente, creyendo que así se disimulan nuestras propias carencias culturales.

En aras de esa actitud de defensa de nuestro idioma, es que me he atrevido, no teniendo ninguna formación en temas lingüísticos (como alguien que la tenga ya habrá notado) a tratar de poner este modesto “palo en la rueda” a un proceso de decadencia cultural, que en lo personal me resulta irritante, pero que ante todo considero vergonzante para nuestra sociedad.

Diciembre de 2019

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