Greta Torquemada

En su último libro “21 lecciones para el siglo XXI” (2018) Yuval Harari “aborda los asuntos actuales y el futuro inmediato de las sociedades humanas examinando algunas de las cuestiones más urgentes de nuestro presente, y ofreciendo una reflexión sobre el sentido de la vida hoy en día”. Sus  dos obras anteriores –con más de 12 millones de ejemplares vendidos y traducidas a más de 45 idiomas- le dieron rápida fama en el mundo entero. En la primera “De animales a dioses” (2014) realizó lo que llama “Una breve historia de la humanidad” donde explora “cómo las grandes corrientes de la historia han modelado nuestra sociedad, incluyendo a los animales y las plantas que nos rodean”. En la segunda “Homo Deus” (2016), exploró “los proyectos, los sueños y las pesadillas que irán modelando el siglo XXI, desde superar la muerte hasta la creación de la inteligencia artificial” De más está decir que se trata de obras cuya lectura es altamente recomendable.

Pero quiero detenerme en un pasaje, que trataré de resumir, de las “21 lecciones…” concretamente enla referida a la Justicia. Dice que “aunque de verdad lo deseemos, la mayoría ya no somos capaces de comprender los principales problemas morales del mundo” dada la enorme complejidad de  los mismos. “Al intentar entender y juzgar los dilemas morales a escala global, la gente suele recurrir a uno de cuatro métodos”: el primero es minimizar la cuestiónPoniendo como ejemplo la guerra civil siria, como si se diera entre dos personas, una representando al régimen de Assad y la otra a los rebeldes, una mala y otra buena. La complejidad histórica del conflicto es sustituida por una trama simple y clara.

El segundo es centrarse en una historia humana conmovedora, que presumiblemente represente todo el conflicto. Si se pretende explicar la verdadera complejidad del conflicto mediante estadísticas y datos precisos, la gente se pierde. Pero un relato personal, digamos sobre la suerte de un niño, activa las emociones generando una falsa certeza moral. En un experimento se pidieron donaciones para ayudar a una niña pobre,de siete años, de Malí, llamada Rokia, obteniéndose más donaciones que cuando se pidió ayuda mostrando el problema global de la pobreza en el África.

El tercero consiste en la creación de teorías conspirativas. “¿Cómo funciona la economía global, y es buena o mala? Esto es demasiado complicado para entenderlo. Es mucho más fácil entender que hay veinte multimillonarios que mueven los hilos detrás del escenario, que controlan los medios de comunicación y fomentan guerras para enriquecerse. Casi siempre, esto es una fantasía sin fundamento. El mundo actual es demasiado complicado no solo para nuestro sentido de justicia sino también para nuestras capacidades de gestión. Ni los multimillonarios, ni la CIA, ni los masones ni nadie comprende bien lo que ocurre en el planeta, por lo que nadie es capaz de mover efectivamente los hilos”

El cuarto método es crear un dogma, depositar nuestra confianza en alguna supuesta teoría, institución o jefe omniscientes, y seguirlos allí donde nos conduzcan. Los dogmas religiosos o ideológicos tienen gran poder de atracción en nuestra época científica justo porque nos ofrecen un refugio seguro frente a la frustrante complejidad de la realidad. Tampoco los movimientos laicos han estado exentos de este peligro”

La adolescente sueca Greta Thunberg se muestra en estos días como la síntesis más completa de la incapacidad para entender los grandes problemas morales del mundo –en este caso nada más ni nada menos que el manejo ambiental del planeta- exhibiendo simultáneamente las cuatro características definidas por Harari al respecto. En efecto, minimiza el problema (su generación contra la de sus padres), ella misma, con su militante síndrome de Asperger se constituye en una historia humana conmovedora, todo lo malo es producto de una conspiración –obviamente, de los poderosos- y toda su visión se basa en un dogma de pretendida infalibilidad científica.

Y como Greta se rige por el nefasto principio de que el fin justifica los medios, no solo no aporta nada a la solución del problema, sino que promueve (lo que es mucho más grave) un fanatismo autoritario de los que la historia de la humanidad no se cansa de mostrarnos ejemplos tan variados como terribles.

Pero detengámonos en lo del dogma, porque es la médula del asunto. El cambio climático, se trate de calentamiento o enfriamiento global, está fuera de discusión, porque es una constante en la historia del planeta. Lo que está actualmente en discusión es si ese cambio es principalmente antropogénico (producto de la acción humana) o natural, derivado de modificaciones en las manchas de la superficie solar que tienen gran influencia sobre los climas de la tierra, por supuesto absolutamente independientes de la acción humana.

No voy a borrar con el codo lo que escribo con la mano, dando explicaciones o pretendiendo dictarcátedra sobre un tema tan amplio, complejo y controvertido como el del cambio climático. Pero sí voy a afirmar, enfáticamente, que el origen del mismo no es algo científicamente laudado. Sí lo está, y hasta el hartazgo, en el plano de la corrección política, de la que Greta es un epítome. 

Porque hay muchos científicos (serios, de los que publican en revistas arbitradas, pero con poca prensa masiva) que desmienten las afirmaciones alarmistas de la burocracia ambiental. Porque si la “evidencia científica” de que el crecimiento económico y el desarrollo social (capitalista, recordémoslo) es el responsable del catastrófico calentamiento global, ¿cómo se explica que esa misma “ciencia” en los años 70 del siglo pasado anunciaba el enfriamiento global, datando el inicio de la próxima glaciación en la década de 1980? 

O más importante aún, ¿por qué en lugar de hacer tantas estimaciones del futuro (por definición, inciertas) no se hace alguna del pasado, sobre datos reales de las últimas dos o tres décadas, como forma de cotejar los anuncios realizados en su momento con los hechos constatados a posteriori, y de esa forma probar la confiabilidad de las proyecciones realizadas? Quizá así se pruebe que del calentamiento anunciado se concretó un porcentaje bastante menor, explicable por las variaciones naturales que siempre se han dado en la historia del planeta con o sin la presencia del hombre, como prueban los estudios de la estratigrafía geológica.

En definitiva, lo único seguro, es que quién sabe. O dicho de otra forma: acá puede haber lugar para mucha cosa, menos para el dogma, que es precisamente lo que caracteriza el pensamiento y las acciones de Greta. Incluyendo su síndrome de Asperger, por el cual ve las cosas solo en términos absolutos (blanco o negro, bueno o malo) siendo incapaz de cualquier relativización, justamente la condición esencial para analizar seriamente la problemática ambiental. 

Todo lo demás, es circo mediático. Desde la madre que asegura que su hija ve (del verbo “ver”) el satánico anhídrido carbónico (CO2) invisible para cualquier otro ojo humano, pasando por el yate de tres millones de euros, propiedad de la familia real monegasca, en el que cruzó el Atlántico para no contaminarlo (¿alguien le calculó la huella de carbono del barquito?) para ir a lanzar acusaciones de indignadita en la ONU, y un larguísimo etcétera.

Pero el circo pasa, y el fanatismo queda. Poniendo solo un ejemplo, que atañe a la economía de nuestro país. Desde que en el 2006 un estudio de FAO aseguró que la producción de carne era responsable del 18% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero (GEI), principales responsables del calentamiento global, la campaña contra la producción y el consumo de carnes rojas no dejó de crecer. Poco importó que el propio responsable técnico del estudio reconociera posteriormente la existencia de un grueso error metodológico que sobrestimaba significativamente el volumen de esas emisiones. El dogma anti carne quedó instalado y fortalecido por las autorizadas recomendaciones de estrellas del rock y similares. Hoy, en algunos países desarrollados ya se informa de la existencia de “escudos veganos” formados por militantes que impiden la compra de carne en supermercados. A eso hemos llegado.

En el siglo XV el fraile dominico Tomás de Torquemada, “Gran Inquisidor de Castilla”, lideróla persecución étnico-religiosa contra los judíos en España, convirtiéndose, para la posteridad, en símbolo de la intolerancia y el oscurantismo. Vaya si ha cambiado el mundo en los más de 5 siglosque han transcurrido desde entonces, durante los que se constató el mayor desarrollo socioeconómico de la historia de la humanidad. Cuánto más alto es el nivel de vida de Greta respecto al de los Reyes Católicos, los jefes de Torquemada, amos de medio mundo en su momento. Quécontraste entre el mundo de la ignorancia y el oscurantismo medieval, con el inédito resplandecer de las libertades, las artes y las ciencias, del que disfruta la generación de Greta.

Sin embargo, cuánta similitud entre los genes determinantes del fanatismo y la intolerancia, ya se trate de los del ADN de Greta o el de Torquemada. Y qué terribles las consecuencias, en cualquier siglo, de que el poder político caiga en manos de fanáticos intolerantes. Los ejemplos que nos brinda la historia, tanto antigua como reciente, son aterradores.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.