Por las fuentes de Galeano

Por razones que no vienen al caso y que sería engorroso explicar, en el pasado febrero, junto con una nieta de 18 años, pasé diez días recorriendo Costa Rica. Con dos generaciones de distancia, pero más que eso, por vivir en dos mundos diferentes aunque residamos a pocas cuadras, es lógico que muchas de las vivencias del viaje y los recuerdos que las mismas me generaban, resultaran absolutamente ignotos para ella, tan incomprensibles como lo era para mí su eterno hurgar en la pantalla del iPhone.

Pasando por alto secuencias temporales o de itinerario, empezaré refiriéndome a la excursión realizada al volcán Poas y al parque nacional del mismo, en la cordillera central, cercanos a la capital, San José. Y sin detenerme en aspectos descriptivos que pueden ser consultados –con ventaja- en internet, rescato al personaje que hacía de guía y su postura ante un auditorio (3 parejas de países del primer mundo y nosotros dos, que también caíamos en la categoría de gringos) proveniente del mundo desarrollado.

Digno representante de un país chico y subdesarrollado (no ante sus vecinos centroamericanos, pero sí ante los países de los que real o supuestamente provenían sus clientes) asumía una conducta que inmediatamente asimilé a la que tenemos los uruguayos en circunstancias similares: destacar nuestras virtudes en relación con nuestros grandes vecinos, o el resto del mundo, pero conservando una modestia que les da credibilidad, a la vez que las enaltece, en especial teniendo en cuenta nuestra superficie y población.

Por ejemplo, yo desde la escuela tengo claro que el himno uruguayo es el más lindo del mundo, pero después de La Marsellesa… O yendo a un ejemplo parroquial, en mi pueblo el Charo Fernández, octogenario referente local, asegura sin género de duda que el agua de Piedra Sola, surgida por una perforación que atraviesa más de 100 metros de lava basáltica hasta llegar al acuífero Guaraní, es la mejor del Uruguay… pero después de la Salus.

El vicecampeonato en términos absolutos, significa en términos relativos a nuestra pequeñez y/o bajo número de habitantes, al campeonato que nuestra modestia no nos permite explicitar. El surrealismo del coeficiente entre campeonatos mundiales de fútbol conquistados y nuestro número de habitantes, que acostumbramos calcular, nos hace imbatibles (al menos hasta que no salga campeón Islandia) y resume perfectamente lo anterior.

Volviendo a Costa Rica, mientras nos trasladábamos en el minibús nuestro guía nos entretenía con pinceladas descriptivas del paisaje que atravesábamos, o de cualquier otro tema que considerara oportuno. ¿Ustedes saben cuál fue la primera ciudad en el mundo que tuvo agua corriente? Les voy a dar una ayuda: es una que tiene una gran estatua a la Libertad… ¡Nueva York! rugía la tropa. ¿Y la segunda? Ahí va la ayuda: es una que tiene una gran torre metálica… ¡París! Muy bien. ¿Y la tercera…? Y en el silencio provocado por la ausencia de ayuda, dejó caer, con la modestia de los grandes: San José de Costa Rica…

Relaciones entre número de volcanes, o especies de picaflores o variedades de mariposas por kilómetro cuadrado o por habitante, no hacían más que probar la excepcionalidad, positiva por supuesto, de ese pequeño país que estábamos conociendo. Me venía a la mente aquello de “conoce tu aldea y conocerás el mundo” como dijo un sabio de cuyo nombre no puedo acordarme.

En otra excursión, en la provincia de Guanacaste en la costa norte sobre el Pacífico, visitamos el Parque Nacional de Palo Verde, sobre el río Tempisque. Espacio natural protegido (área Ramsar), refugio de vida silvestre, zona de descanso de muchas especies migratorias, como anunciaban los folletos, era un programa que prometía. Lo primero que observé fue que el recorrido de dos horas de ida y otro tanto de regreso, para una distancia de unos 50 kilómetros, con solo una hora en la región y el río objeto de la excursión, no mostraba un balance muy redituable. Pero el guía, aparentando ser seguidor del Maestro, estaba preparado para demostrarnos con hechos aquello de que “el camino es la recompensa” (o algo por el estilo).

En la oficina turística de un hotel en que contratamos la excursión, se nos advirtió seriamente de que estaba expresamente prohibido dar cualquier tipo de alimento a los animales de la Reserva. Y el guía, empleado del mismo hotel, lo reiteró al iniciar el recorrido aunque con una sonrisa cómplice, a la vez que nos aclaraba que, en fin, para que nosotros los pudiéramos ver mejor, capaz que alguna cosita les daba. Por lo tanto la primera parada la hicimos en la carnicería de un pueblo donde compró unas alitas de pollo, que guardó junto a unas bananas que ya traía.

Continuamos el viaje para detenernos en un pueblito junto al que corría un arroyo en el que un muchacho, metido en el agua hasta la cintura, sacaba arena del fondo con un balde con agujeros –para que escurriera el agua– y la volcaba amontonándola  dentro de un bote que tenía a su lado. Y empezó el mensaje de contenido social que es otro de los componentes de las excursiones.

Con un histrionismo y un vozarrón dignos de otros escenarios, el guía se hacía preguntas y se las contestaba, ilustrándonos: “la arena para la construcción vale 40 dólares el metro, y ¿cuánto gana ese muchacho? Cuatro dólares por cada metro que saca, otros cuatro gana el dueño de los bueyes que tiran del carro para llevarla al mercado, y otros dos se van en otros gastos. Total: diez dólares. ¿Y quién se lleva los otros treinta? No había respuesta, pero quedaba patente la injusticia del sistema, que exigía un esfuerzo físico enorme –unos 10 viajes diarios del bote cargado– para que aquel campesino pudiera redondear el equivalente a un salario mínimo. A continuación aclaraba que un médico o abogado ganaba el equivalente a unos 15 o 20 salarios mínimos, y que los sueldos de los guías turísticos eran bajos, pero que los completaban con las propinas que les daban los amables turistas…

La siguiente parada fue frente a un cultivo por el que transitaba un pequeño y prehistórico tractor, con dos tanques con unas mangueras conectadas, que eran sostenidas cada una por tres campesinos que las mantenían perpendiculares al recorrido del tractor. “Y acá, ilustró el guía, vemos a los campesinos fumigando un cultivo de melones”. JUAAAT??? Chilló una de las gringas, ante lo cual el histrión dio un giro instantáneo –porque para la corrección política cualquier fumigación implica una agresión al planeta– levantando la voz para decir “fertilizando, dije fer-ti-li-zan-do los melones para que crezcan grandes y jugosos porque así los exigen en el país que los importa” Y tras algún otro comentario sobre los sueldos miserables de aquellos campesinos, similares a los del arenero, continuamos camino.

A continuación pasamos frente a un edificio importante, con un enorme portal que daba a la carretera, para enterarnos que “esta es la casa del pobrecito gerente general de la Del Monte, que es la empresa transnacional dueña de todos los cultivos de la zona” Aunque sin duda no era una vivienda sino, probablemente, la sede regional de esa empresa, atribuírsela a la vivienda del gerente, ponía de manifiesto la abismal diferencia de ingresos que seguro existía entre este y los trabajadores rurales que acabábamos de ver. Otra injusticia para cargar en la abultada cuenta del “sistema”, y mayor sentimiento de culpa de los gringos consumidores de melón.

Y al fin, llegamos al río y subimos a un barquito con motor fuera de borda. Resumiré la aventura diciendo que en total hicimos 3 paradas para observar, en las ramas más altas de un gran árbol parecido a un sauce, a dos o tres bultos oscuros, a los que el guía identificó inmediatamente como “monos aulladores”. En los minutos que estuvimos observándolos, los bultos no se movieron ni emitieron ningún sonido que justificara su nombre. En la segunda parada, pudimos observar un caimán de respetable tamaño en el borde del agua y otro más chico nadando a corta distancia de nuestro barco, que fueron atraídos por el “capitán” removiendo el agua con la mano, para arrojarles, cuando se acercaban a la borda abriendo la boca amenazadoramente, las alitas de pollo que el guía le proporcionaba.

Y finalmente, nos detuvimos nuevamente junto a la costa, porque allí se encontraba una familia de unos 5 o 6 monitos capuchinos (los de cara blanca) que saltaban de las ramas al techo del barco y volvían a las ramas, disputándose los trozos de banana que el guía les arrojaba. Tanto en el caso de los caimanes como en el de los monos, el guía se aseguró, en forma real o fingida, de no ser visto desde los otros barcos, mientras alimentaba aquellos animales. La pequeña corrupción, individual o colectiva, para satisfacer al cliente y ganarse la propina, apoyándose en la complicidad de unos pobres bichos vendidos al oro yanqui…

Vueltos al minibús, mientras atravesamos la zona boscosa que marginaba el río, el guía provocaba el estremecimiento de alguna dama particularmente sensible, enumerando todas las especies animales, a cual más feroz o venenosa, que ocultas en la espesura del monte observaban nuestra partida. Entre ellas, el Jabirú o “galán sin ventura” que yo no pude conocer para descifrar el motivo de su doliente apodo.

A continuación vino el almuerzo, que la excursión incluía, con el que nos esperaban en un restorancito cuya patrona, que por supuesto era amiga del guía, nos recibió con ostensible alegría e intercambio de bromas, de tono algo subido, que en este caso no fueron traducidas al inglés. Ubicados a ambos lados de una mesa angosta y larga, quedamos en un cara a cara que obligaba al diálogo. Y empezó con la pregunta de rigor: averiguar el origen de los únicos hispanohablantes del grupo. Y cuando oyó “Uruguay”, nuestro interlocutor quiso saber que era eso y donde se encontraba.

Gracias al perfecto inglés de mi nieta, se pudo aclarar que era un país que estaba en América, a pesar de lo cual no se encontraba en Estados Unidos. Porque América además de ser un país, era un continente, que en su parte Sur incluía a Uruguay y otros países, y para darle una pista mencionó a Brasil y Argentina. “Okey, okey” aceptó el fin el gringo. “En el Norte –y señaló con la mano hacia el techo– está América, en el Centro –y puso la mano horizontal a la altura de sus ojos– Costa Rica, y en el Sur –y apuntó la mano hacia el suelo– Uruguay”. Tierraplanista el gringo ignorante…

Otro gringo, en otro momento, también nos preguntó de dónde éramos, y cuando se lo dijimos aprobó, con sonrisa canchera “Ah, claro, Uruguay, Uruguay ¿Y de que parte de Uruguay, de la capital o de…otro lado?” De la capital, de Montevideo. “Ah claro, Montevideo, Montevideo… Yo tengo un amigo que vive en Quito!” Como si estuviéramos hablando de Belvedere y el Paso Molino…

Durante el viaje, pero con mayor frecuencia luego de nuestro regreso, mi memoria fue rescatando imágenes de esa misma región, originadas en las lecturas de mi juventud, durante la época del boom de la literatura latinoamericana de los años 60 y 70. En ellas, mezcladas con el “realismo mágico” encontrábamos las denuncias de las terribles condiciones sociales imperantes en gran parte de nuestro continente, en particular en América Central. Y a partir de esa realidad, el auge de la “literatura comprometida”.

Y como había ocurrido con el cercano antecedente de los relatos sobre la guerra civil española, primaban los posicionamientos extremos, de izquierda o de derecha (con clara predominancia de los primeros), no quedando lugar para el centro, los “paños tibios” no arreglan nada. Con la revolución cubana triunfante, la propuesta de la extrema izquierda consistía en dinamitar “el sistema” y después se vería cómo construir la nueva sociedad, no faltaría alguna utopía que lo explicara. La de la extrema derecha la instrumentaba la CIA y el macartismo, promoviendo y financiando la pléyade de dictadores que caracterizaron a la región en esa época.

La herencia histórica de ambos extremos es bien conocida. De la primera, cuando tuvo éxito –Fidel y el Che, los sandinistas, más tarde Chávez– hoy el mapa solo registra ignominiosas manchas de autoritarismo, falta de libertad y democracia, corrupción y miseria. A la segunda, la pinta con su proverbial maestría Mario Vargas Llosa en “Tiempos recios” su última novela histórica. Allí relata como la CIA, en apoyo de la empresa norteamericana United Fruits “se lleva puesta” la experiencia reformista del presidente constitucional  guatemalteco Jacobo Arbenz, colocando en el poder al militar golpista Castillo Armas, con participación de otros dictadores afines como el dominicano Trujillo, retrasando en más de medio siglo el proceso de desarrollo democrático de la región.

Los extremos tienen el “discreto encanto” de la solución rápida, la del atajo al largo camino del desarrollo de una democracia liberal, que priorice la educación, la salud, la institucionalidad, el crecimiento económico con movilidad social. Pero la vía rápida nunca cumple sus promesas, el remedio termina siendo peor que la enfermedad (la dictadura de Fulgencio Batista duró 7 años, la de los Castro que la derrocaron lleva más de 60). Además, como dice Darwin Desbocatti “el problema del centro (político) es que no tiene épica. ¿Quién se va a entusiasmar con un discurso sobre el tema Mirá que las cosas no son tan así…?” 

Y ya que cité al peruano Vargas Llosa, ganador del Nóbel por sus novelas y ensayos, en su gran mayoría vinculados con la realidad latinoamericana, los uruguayos también tuvimos un “famoso”, que con ingenio y estilo literario fogoneó el camino revolucionario, defendiendo los regímenes dictatoriales resultantes de su triunfo con un sacerdocio literario de estricta observancia.

Me refiero por supuesto a Eduardo Galeano, cuya obra muchos compatriotas veneran, y que reiteradamente vino a mi memoria al observar las muy duras condiciones de vida del campesinado que perduran en Costa Rica, aun tratándose del país centroamericano de mayor desarrollo relativo. Eso sí, ni los mayores admiradores de Galeano se atreven a decir que fue el mejor escritor del boom. Fieles a su condición de uruguayos, solo llegan a decir que fue “uno de los mejores”, como nuestro himno o el agua de Piedra Sola.

Regresamos a este Bendito País (Sánchez Padilla dixit) un domingo temprano, vía Bogotá. La nieta, al otro día iniciaba sus estudios universitarios en ingeniería informática. Y el Tata, se ponía a hurgar en los recuerdos de los tiempos en que él era un adolescente.

Escrito en la segunda semana de marzo del 2020

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