Es casi un lugar común, pero no puedo empezar sin declarar que Nueva Zelandia y Uruguay son dos países con muchas diferencias pero también con varias similitudes. Por ejemplo, las tiendas kiwis (como se les dice habitualmente a los neocelandeces) han adoptado nuestra nomenclatura, y utilizan “sale” y “%off” para promocionar sus ventas. Seguro algún becario uruguayo, de los que allá hay muchos, les llevó el dato.
Otra coincidencia grande se da en el plano musical, dado que toda la música que se escucha en Nueva Zelandia es cantada en inglés. También las similitudes se dan en el plano paisajístico. Hicimos un viaje por carretera desde Wellington a la Universidad de Massey –unos 100 kilómetros- y daba la impresión de ir pasando por los jardines de Punta del Este o de nuestros cementerios privados.
Otra característica común, es la presencia de limpiavidrios, de los que abundan en Montevideo. Allá también vimos: dos en Auckland, juntos, disfrazados de payasos. Pero ninguno en Wellington, Christchurch ni Hamilton.
Pero las coincidencias no van mucho más allá, si dejamos de lado las producciones pecuarias, que en el caso de ellos incluye a los ciervos. Les falta calor humano. Por ejemplo en las ciudades, el tránsito es un discurrir monótono de vehículos, nuevos sí, pero manejados por autómatas, todos a la misma velocidad, todos respetando en forma enfermiza las normas, sin un bocinazo, ni un pintoresco cruce de palabras entre conductores. Para aumentar el tedio, todos los semáforos parecen programados, y se recorre una larga avenida sin una sola detención.
Pero no es solo el tráfico. En general, se trata de ciudades deshumanizadas, donde no logré ver una botella o una bolsa de supermercado tirada en las calles. Además, se ha perdido aquel tradicional espíritu de aventura que distinguió a los colonizadores sajones. La adrenalina está ausente. No existen motos zigzagueantes como las de nuestros deliveris (otra…), dicen que las hay, pero solo se las usa para pasear en los domingos y feriados. Y la cobardía de los ciclistas es asombrosa: tienen un carril propio, de 1,5 metros de ancho ¡donde solo pueden circular ellos! ¡Y la gente se lo fomenta, nadie se las invade a ver si así aprendan a hacerse hombres!
El paisaje monocorde no se ve matizado siquiera por un milico, ni por nuestro clásico y simpático linyera. Perros no hay (salvo en las granjas y únicamente para el trabajo, atados mientras no trabajan) por lo que el hombre de la calle no cuenta con su mejor amigo, ni puede tener un presagio de suerte pisando sus fecas. Y para colmo, ni un solo grafiti que exprese un arranque de ingenio ¡ni siquiera en un baño público! Estoy seguro que en ningún otro lado del planeta la meada es más aburrida.
Seguro que esta falta de chispa es producto de que todo el mundo vive muy ocupado trabajando. En las calles no se ve una persona al pedo. La conclusión obvia es que no saben estarlo. Porque hay que saber estar al pedo, no es para cualquier enhebrado. Como no hay nadie que pueda dar un dato, se han visto obligados a tener todo absolutamente señalizado. No hay una sola esquina que no tenga los nombres y las flechas de las dos calles en un lugar bien visible, con las correspondientes numeraciones que alcanza la cuadra respectiva. Con lo que volvemos a la pérdida del espíritu de aventura, que nosotros sabemos cultivar cuando nos enfrentamos a la búsqueda de una dirección cualquiera.
Pero la obsesiva laboriosidad es más aparente que real. Se rompen el mate inventado cosas para no laburar. Me hablaron de una balanza para ovejas que no solo las pesa, sino que, también electrónicamente, lee la caravana del animal y envía la información a la computadora, desde la cual se le ordena, por ejemplo, hacer 3 lotes en función de los pesos, y embretarlos separados. Y lo hace. Solo trabaja el gringo con la PC, porque el que embreta es un perro. Si a esto se le puede llamar trabajar…
En las agroindustrias, lo mismo. En un laboratorio de Fonterra vimos trabajar a un robot, que analiza 900 muestras en 12,5 minutos, sin un solo error. Antes lo hacían 4 personas, que en 15 minutos analizaban 600 muestras. Pero como cometían errores, los capacitaron y los mandaron a trabajar a otra sección. Y en todas partes lo mismo, para no trabajar, terminan trabajando más.
Pero el colmo es con los peajes ¡los eliminaron! Seguro las señoritas gringas se aburrían… Tienen un sistema de cuenta kilómetros, que consiste en un aparatito que va en la punta del eje del rodado, y cumple su misión, es decir cuenta los kilómetros que se van recorriendo. El dueño del vehículo “compra” por adelantado una determinada cantidad de kilómetros, por ejemplo 5 o 10 mil, cuyo precio varía en función del tonelaje que desplace el vehículo correspondiente, a plena carga. Ese rango de kilómetros “pagados” figura en un sticker (otra palabra que nos copiaron…) que se pega en el parabrisas. Si los para la cana, y el cuenta kilómetros del eje marca un número que está dentro del kilometraje “comprado” que figura en el sticker, todo bien. Si se pasó, agarrate Catalina… ¡le dan con un fierro!
Con ese rigor, nadie se atreve a denunciar la verdad, que es la que ya les adelanté: ¡se matan pensando en cómo no laburar! ¿Acaso es tan dramático que unos miles de mujeres se pasen, en 3 turnos de 8 horas, las 24 horas (cómodamente sentadas!) desparramadas por todo el país en las casetas de peaje, como hacen nuestras abnegadas funcionarias? ¿Y los miles de empleos que se pierden? Porque el argumento de que cada uno paga exactamente en función de lo que usa (en kilómetros y toneladas) ahorrando además miles de sueldos, es, obviamente, una falacia tecnocrática para promover el ocio.
Además, son terribles alcahuetes de los oligarcas, Cualquier pelagatos que anda por la calle, que no tiene ni donde caerse muerto, si le preguntás, te habla de la carne, la leche o la lana como si fuera un agrónomo, o mejor. Y le da el rostro para decirte que quiere que a los “farmers” (como le llaman ellos a los terratenientes) les vaya bien, que valgan más la leche y la carne, porque eso es bueno para el país, ¡y por lo tanto para él!. ¡Le sale más cara la comida y el muy cornudo festeja!
Todas estas falencias tratan de ocultarlas, trasmitiéndole al visitante, en el campo y la ciudad, la misma cantinela que todos tienen bien aprendida: “esto” se basa en el trabajo, el orden, el cumplimiento de los compromisos y las obligaciones, la rendición de cuentas de todo el mundo, en particular de las instituciones públicas, etcétera.
Se creen que somos unos indios agarrados a boleadora, que no nos damos cuenta que lo que pasa, es que no saben vivir la vida, que disimulan la envidia que sienten, ¡porque no tienen ni una pizca de nuestra viveza criolla!
Agosto 2010