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Defensa de la Chismosa

Las señoras gordas pululan por los supermercados el sábado y el domingo de mañana. Aunque tengan todo el tiempo disponible los demás días de la semana, ellas prefieren ir cuando va todo el que no tiene otro momento para hacerlo. Inseparables del carrito, forcejean entre la maraña metálica que forman los mismos para llegar hasta la góndola de los lácteos, donde recogen un paquete de manteca de 100 gramos, para volver sobre sus pasos reiniciando los choques, ambas manos firmes sobre la barra que hace las veces de volante.

Con penelopeano instinto, son capaces de tejer una trama de carros, con urdimbre de nalgas y brazos. Quien quede atrapado en esta tela, que se arme de paciencia. Saldrá cuando el tejido se desarme, pero seguramente más lejos de su objetivo de lo que estaba antes de quedar atrapado, con un tobillo machucado, y mirando para el lugar de donde venía.

Pero esos son gajes del oficio, y no generan más que un mal humor para el fin de semana, una suba de presión, a lo sumo algún infarto. Mucho más grave es el fenómeno, contemporáneo a, y exacerbado por, el desarrollo de los super, hiper, maxi y demás mercados donde el consumismo eclosiona: me refiero al uso y abuso del plástico, el nailon, el PVC o como se llame, en sus más variadas formas.

He observado el fenómeno en la sección «Fiambrería», en «Verduras» y en las cajas, pero seguramente se repite en otros puntos. Si va a comprar fiambres o quesos, observará que la señorita o el joven que lo atienda dispone de bolsas de nailon en rollos, de nailon cortado en cuadros que ofician como separadores, y toda otra serie de adminículos para envoltorios, fuentecitas, bandejitas, etc.

Cada compra -tanto un proletario «100 de mortadela», un «cuarto de paleta» mediopelo o un neoliberal «medio kilo de jamón crudo»- reciben democráticamente su envoltorio individual, con los respectivos separadores en caso de que se trate de más de una unidad, para luego ser contenidos en un solo paquete dentro de una bolsa de nailon más grueso. Además hay otros fiambres –a veces importados- que ya vienen en su envase de plástico al vacío, además de hacerlo la popular butifarra o el «franfruter» de dudoso origen. En total, metros cuadrados de plástico para cada doña que quiere hacer una torta de fiambre.

A esto hay que sumarle la infinidad de alimentos que ya traen un envase original de plástico, como todos los lácteos, los cortes de carne ya hechos, las verduras congeladas y un largo etcétera. Cuando después de terminar las compras se llega a las cajas, abundantes bolsas con el logo del super, dan cabida a las bolsas anteriores que en su interior llevan los envoltorios, además de algún refresco con envase no retornable.

El problema consiste, no en la existencia de envases de plástico y demás materiales contaminantes, a esta altura parte indisoluble de nuestro estilo de vida, sino en el uso abusivo, innecesario y despilfarrador, de la fruición con que se los usa. Seguramente con la mitad, todo se podría envolver correctamente, reduciendo en la misma proporción la basura y la contaminación que producen.

Quien haya visto los matorrales ribereños a los arroyos montevideanos después de una creciente, donde millones de pedazos de nailon de todo tipo y origen queda colgando, habrá percibido, sin necesidad de visitar basurales ni entender sobre índices de contaminación, la magnitud de nuestra irresponsabilidad. Por eso mis respetos al caballero o la dama que para usar menos bolsas de nailon, siguen fieles a la vieja y querida chismosa.

Cuadernos de Marcha
Julio de 1997

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