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El arco charrúa

En una tarde de verano de hace una punta grande de años (por no hablar de décadas) nos bañábamos en una laguna del Zapatero en el campo de mi primo Pirulo Martínez, con él, mis hermanos y unos amigos de Piedra Sola. De la laguna con exactitud no me acuerdo, pero tenía que ser en la del potrero del Ombú -lindero del camino a Arbolito- o más abajo en el de los Novillos, porque el potrero del Perao, que quedaba al medio, no tenía laguna grande. Uno de los visitantes era el Titi Lachaisse, mecánico del pueblo, que soportaba ese apodo, poco masculino para las costumbres de la época, para no tener que usar el nombre de Séptimo, con el que le habían perpetrado el bautismo. Además de buen mecánico, el Titi era lo que llaman un hombre “curioso”. Por tal, en el campo, debe entenderse a una persona que se interesa por esas cosas interesantes que tiene la vida rural, y que los paisanos, por convivir toda la vida con ellas, no las consideran dignas de atención.  Sin esa característica, la curiosidad, este relato no existiría, y el acervo antropológico del país carecería de un elemento de importancia: el original de una de las armas esenciales en la vida de nuestros indígenas, por la zona, presumiblemente charrúas.

La cosa fue así: nadando el Titi cerca de  la orilla, medio se enredó en unas ramas hundidas, provenientes de los sauces o mataojos que poblaban la margen del arroyo. Como hacía pie, se detuvo y las empezó a sacar del agua y a tirarlas para afuera, porque eran peligrosas para alguna zambullida. Y en esas estaba cuando de repente se detuvo y se quedó observando la “rama” que tenía en la mano y estaba por tirar. La miró con detenimiento, la palpó con cuidado, y salió con ella del agua para observarla con detalle. Así constató que andaba por el metro y medio de largo, que tenía una ligera curvatura a medida que se acercaba desde el centro a las puntas, y que estas se afinaban simétricamente acompañando las curvaturas. Y en toda su extensión, la superficie de la madera mostraba pequeñas zonas planas, como talladas. Y madera es un decir: estaba completamente petrificada. No le quedaron dudas: se trataba de un arco indígena, por su grosor y extensión solo podía haber sido usado por hombres de gran fuerza física, y que por la zona donde fue encontrado seguramente era de origen charrúa.

Recordemos que los arroyos Zapatero y Salsipuedes nacen el primero al oeste y el segundo al este del pueblo de Piedra Sola, y corren los primeros kilómetros en paralelo, a ambos lados de un ramal de la cuchilla de Haedo. El primero a desembocar en el Queguay, y el segundo en el Río Negro, constituyendo este último el límite entre los departamentos de Paysandú y Tacuarembó, la región donde los charrúas fueron prácticamente exterminados en la década de 1830. Como el hecho que relato ocurrió a fines de la década de 1950, se puede suponer que el arco pudo haber pasado más de un siglo enterrado o abajo del agua, tiempo más que suficiente para alcanzar una petrificación total. Años más tarde me enteraría, en el curso de Geología de la Facultad de Agronomía, que la presencia de nontronita, uno de los minerales constituyentes del basalto, el material geológico del NW de nuestro país donde se encuentra Piedra Sola, facilita, por su alto contenido de hierro, el proceso de petrificación de la madera.

Por esas épocas, existía en la ciudad de Tacuarembó, un “museo del indio” de carácter privado, iniciativa de don Washington Escobar, coleccionista de relictos indígenas que exponía en su propia casa, abriéndola a los visitantes interesados. Tiempo después Pirulo (bueno, voy a presentarlo: Edgardo Martínez Irigoyen) le “prestó” a don Washington el arco para que este, como conocedor en el tema, hiciera las constataciones pertinentes. Y el tiempo siguió pasando. En tanto, el Titi había emigrado a Australia, instalándose en Sidney donde seguía ejerciendo su profesión de mecánico (locación que, reconozcámoslo, presentaba algunas diferencias inocultables con la que lo había visto nacer, lo que acentuaba sus añoranzas de Piedra Sola). Un buen día Pirulo se decidió a recuperar “su” arco, y ante su sorpresa, don Washington no se  lo entregó, aduciendo que ya no le pertenecía porque el museo había dejado de ser privado, pasando con todas las piezas que lo constituían a ser propiedad de la Intendencia de Tacuarembó.

Ante esta novedad, y en consulta con el Charo Fernández, otro de los participantes del “descubrimiento” del arco (en realidad tanto de este como de cualquier otro hecho destacable que se haya constatado en la historia de Piedra Sola) y por carta con el Titi Lachaisse, los tres “copropietarios” del arco por haber participado en su descubrimiento, decidieron oficializar la donación del mismo, que pasó así a enriquecer el acervo cultural de la nación. Se lo puede conocer visitando el Museo Departamental del Indio en la ciudad de Tacuarembó, que, en homenaje a quien fuera el principal recopilador de las piezas que lo componen, lleva el nombre de don Washington Escobar.

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