Mientras se desplazaba por el aire, la taba giraba lentamente hacia atrás, como queriendo volver a la mano que, luego de lanzarla, había quedado tiesa, expectante, a la altura de la rodilla del tirador. En un par de segundos, esa palma, vuelta hacia el cielo, florecería en un agradecimiento o se crisparía con una interjección, en caso de que el tiro resultara en “suerte” o “culo”. Si no se daba ninguna de esas dos posibilidades extremas, y la taba quedaba caída de costado, la apuesta no se definía, y el tirador contrario tendría a su vez la posibilidad, ahora activa, de ganar o perder.
Los que jugaban de afuera, apostaban a favor o en contra de la banca, según cálculos o simpatías. Acá también, como en todos lados, hay hinchas de cuadros grandes –los mejores tiradores por lo general juegan de compañeros- y de cuadros chicos, de los que desafían la prepotencia ganadora del que se sabe o cree superior.
El coimero, circunstancial empleado del bolichero, “dueño” de la cancha, le cobra al que gana un 5 por ciento aunque, para hacer cuentas redondas, le hace el 10, cada dos veces que la “suerte” propia o el “culo” ajeno, le permiten a un jugador alzarse con lo apostado.
La tabeada se inició en ambos “club políticos” desde un mes y pico antes de las elecciones, cuando las primeras visitas de candidatos dieron el implícito visto bueno. El boliche en que está el club de los blancos, que se encuentra en la parte del pueblo que corresponde a Tacuarembó, empezó antes, no por “tráfico de influencias” sino porque ese departamento siempre ha sido más “liberal” en los permisos de juego.
En cambio el club colorado, ubicado del lado de Paysandú, debió sortear algunos impedimentos legales, “porque de este lado se controla más”. El bolichero debió poner unas chapas de zinc que impidieron que la cancha de taba se viera directamente desde la calle. Esto evitó la competencia desleal, y en el mes previo a las elecciones el nivel del juego sólo dependió de las respectivas concurrencias a ambos boliches, sin que la policía “molestara”.
El día de las elecciones, la actividad empieza temprano. Ambos bolicheros se multiplican en el cumplimiento de sus variadas tareas. Por un lado la “parte política” de entregar listas, llevar a los delegados de mesa, ir a buscar a algún correligionario “que si no, no viene”. Y las otras, que son tanto o más políticas, de organizar los asados, incluyendo que el asador “esté atendido”, la venta de bebidas, ver que en la cancha todo siga en orden, incluyendo “algún tirito pa’despuntar el vicio” etcétera. Durante todo el día, hay dos fiestas en el pueblo. En esto el bipartidismo sigue intacto.
Ese día hasta las mujeres y los gurises juegan a la taba. “Esto ya es relajo” comenta un empleado de OSE, preocupado tanto por la parte moral del asunto, como por el espaciamiento en sus oportunidades de “tirar el hueso”. El Fabio, que llevaba perdida “media esquila” –y es esquilador de 130 afuera- se recupera y gana con una increíble serie de suertes propias y culos ajenos. “Lo que pasa es que don José está muy culero, porque ayer vendió la lana”… El aludido, con una mirada ceñuda que queda flotando sobre el comentario, deja en claro que no hay lugar para el doble sentido.
A media tarde, doña Pocha, sentada en una silla de mimbre en la puerta del boliche, mientras sostiene una botella de Norteña con el índice y el pulgar, estira los otros tres dedos mientras repite –lo empezó a decir al principio de la campaña- que ella va “a acompañar” con su voto a quien le regale una bolsa de boniatos. Con sonrisa pícara aclara que con lo que ha subido el boniato, “capaz que con media bolsa me arreglan”.
Cuando llega la noche, los que quedan en pie siguen firmes en la tabeada. El cuarto quilo de hueso “calzado” con metal, va y viene, recorriendo los ocho pasos que separan a los que tiran. Como la taba, la plata va y viene entre los jugadores. El Polo, que había puesto sus últimos pesos apostando a su tiro, siente que en frente, su rival, Castrofán que gana por tirar bien pero más por calentar al contrario, canturrea el verso criollo que dice “la taba picó y se fue como una cosa perdida…” Como venganza, antes de irse, limpio, el Polo, mirando la inefable nariz, a esa altura violeta oscuro de su oponente, le dice: “un besito pa’lanzar, Castrofán”…
Cuadernos de Marcha
Noviembre 1994