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Guasáp

“Eso es mágica” le contestó el Rodríguez de Paco Espínola al diablo, que, desplegando ante él sus mejores trucos y argucias con el fin de seducirlo, le pedía explicaciones sobre sus poderes supuestamente sobrenaturales.

Lo mismo me pasa a mí con el Guasáp. Que con un aparatito del tamaño de un librillo de papel de fumar, se pueda hablar y mandar fotos o el documento que se le ocurra, a todo el mundo, en forma instantánea, desde cualquier lugar, durante el tiempo que se quiera, y todo completamente gratis, para mí “es mágica”. Yo sé que alguien siempre paga, pero en este caso francamente no sé de quién se trata.

O sea que las explicaciones, por imposibles, las relegué al cajón de las cosas que no me interesan. Lo que sí me interesa es el uso que se hace de tan maravillosa oportunidad que nos brinda la tecnología. Porque el uso es la interacción entre la mente de los genios que la crearon, y la de los comunes mortales que la utilizan. En palabras de Víctor Hugo (el original francés, no la copia criolla aporteñada) “Gracias a la ignorancia es como algunas de las doctrinas fatales pasan de la mente despiadada de los teóricos al cerebro confuso de las multitudes”

Y como adelanto, les aseguro que de la comparación de unos y otros, creadores y usuarios, alguna institución sagrada como la democracia, no sale muy bien parada.

Porque la gente ha transformado, por medio de internet y del Guasáp, al resto del mundo en un convidado de piedra en toda conversación, en cualquier intercambio de ideas entre personas, con el agravante de que eso lo deciden, unilateralmente, solo los involucrados que tengan y dominen el Guasáp. El que no cumpla con estas dos condiciones cada vez está más marginado, cada vez desempeña un papel más pasivo en esos intercambios, y por lógica consecuencia, a sus ideas no les queda otra que llevárselas la tumba.

Y la representación visual de lo anterior es la de personas supuestamente reunidas, porque lo están en términos espaciales, pero donde cada una de las cuales se aísla, con su celular, tecleando con pulgares voladores, intercambiando opiniones o conocimientos con otros habitantes de este planeta, sobre el tema en cuestión, o vaya a saber sobre qué otra cosa. Aunque no es necesaria la reunión, cada uno por separado se entrega, con frecuencia creciente, a estos placeres solitarios.

La opinión o el conocimiento que les llega, algunos usuarios lo exponen como propio sin conocer el más mínimo fundamento del mismo. Por ejemplo, hablando de una prima llamada Florencia, te aclaran que Florencia fue la cuna del Renacimiento, sin tener idea de en qué consistió el mismo ni en qué país se encuentra Florencia (¿o era Florianópolis?). Pero no importa, el furtivo vistazo a Wikipedia, que se corporizó en la pantalla de su celular tras un breve picoteo de pulgares, le permite hacer tan sustancial aporte a la conversación.

Pero la cosa no se limita a tan nefastas democratizaciones del conocimiento. La de que personas extrañas, sin que uno lo sepa, estén participando de una u otra forma en la conversación, resulta igualmente molesto y dispersante. Porque no es necesario llamarlas, también ellas vienen solas, con comentarios o informaciones que nadie les pide, y que nada tienen que ver con el tema en cuestión.

Por ejemplo, la conversación con tus hijos gira sobre el tridente del Barça, y tu mujer que estaba callada, levantando el celular para que lo observes, interrumpe para informar que la hija de una amiga de su infancia, que vive en Toronto. tuvo una nena. “¿Te acordás, la que no podía quedar? Hizo un tratamiento buenísimo en Canadá y ¡tuvo una bebota divina! Le van a poner Federica”.

¿Poner o perpetrar? te dan ganas de preguntar, pero te lo guardás en aras de la concordia familiar, mientras observás con sonrisa bobalicona a un renacuajo en el fondo de una cunita vaporosa. Y te quedás sin saber quién le hace más habilitaciones de gol a Messi, si Suárez o Neymar.

La dejo por acá, no quiero atosigarlos con sombrías reflexiones, pero les ruego que las juzguen con benevolencia, tengan en cuenta que provienen de un representante de la descreída tercera edad,

Internet
Febrero de 2016

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