Por estas fechas nos asaltan a los uruguayos algunas de nuestras tradicionales ambigüedades, en este caso entre la tradición católica y la de nuestro Estado laico. ¿Semana Santa o de Turismo? Como no lo definimos, lo confundimos, agregándole la Criolla, la de la Cerveza, la de la Vuelta Ciclista. Es una manifestación más de nuestra histórica crisis de identidad, que arranca con la constitución del Estado, tal vez debido a la constitución del Estado.
La Banda Oriental y luego la República Oriental del Uruguay fue desde sus orígenes, a decir de uno de sus inspiradores, “un algodón entre dos cristales”. Primero oscilamos entre el imperio Español y el Portugués, luego entre el Brasil y Las Provincias Unidas. Más o menos consolidada la independencia nos europeizamos bajo la tutela de la economía inglesa y de la cultura francesa, y ya entrado el Siglo XX, nuestra dependencia económica se fue dividiendo entre el declinante imperio inglés y el norteamericano en expansión. Tanta oscilación, tanto equilibrismo entre alternativas impuestas desde fuera –cuando no autoimpuestas- quizá nos haya impedido desarrollar con mayor vigor nuestra propia identidad.
En la primera mitad del siglo que terminó hace 4 meses, logramos cierta consolidación de nuestra identidad nacional, sobre tres planos interdependientes: el auge económico, la modernización –en el mejor sentido del término- de nuestra sociedad y los éxitos deportivos. En este terreno no menor para nuestra sociedad, en el segundo cuarto del siglo logramos un récord que ningún país ha alcanzado ni alcanzará: salimos campeones en los 4 certámenes mundiales de fútbol en que participamos (24, 28, 30 y 50), invictos, es decir sin perder un solo partido. Posteriormente, el fútbol pasó a ser el termómetro de nuestra decadencia. En el tercer cuarto del siglo vinimos “en el pelotón”, participando casi siempre, con un cuarto puesto en el 54 y otro en el 70. Pero en el último cuarto, desaparecimos. En los últimos 25 años se jugaron 6 mundiales, logramos ir solo a 2, terminando, en ambos, en el lugar 16º en 24 participantes. En los 2 últimos los participantes fueron 32, y tampoco logramos entrar. En una palabra, no existimos.
Pero dejemos el triste tema de la decadencia –deportiva, económica, social-, y volvamos al de la falta de identidad nacional que -sin pretender establecer relaciones causales- es probable no sea independiente de aquella. Quizá sean dos caras del mismo fenómeno, que se retroalimentan mutuamente.
En la era de la globalización del comercio y las comunicaciones, de la mestización de las culturas, es casi inevitable, para cualquier país, caer en cierta pérdida de identidad nacional, y precisamente Uruguay no iba a ser la excepción. El problema es que no sufrimos esas invasiones, sino que nos regodeamos con ellas. Tal vez el más evidente sea el de la estúpida destrucción de nuestro idioma, que hablamos mal y escribimos peor, al que masacramos como enajenados incorporando cuanto anglicismo nos llegue, no ya en el terreno tecnológico donde quizá alguno se justifique, sino en el más vulgar que se nos ocurra, como por ejemplo en los shoppings donde las tiendas no hacen más liquidaciones con % de descuento, sino “sale” con “%off”.
Cuán lejos estamos de la digna actitud de la ciudad mexicana de Zacatecas que repele los extranjerismos, no encontrándose ningún cartel que anuncie boite, snack, parking o Pepe’s so pena de sufrir una multa. Todo producto de la “Campaña de Despepsicocacolización” llevada a cabo por la Comuna.
En cambio nosotros nos solazamos negando lo nuestro y ensalzando lo extranjero. Los ejemplos son infinitos, que van desde lo más tonto a lo más trágico. Entre los primeros está el caso del boniato, como se llama acá al tubérculo que en Argentina se llama batata o en México camote. Pero hete aquí que cuando con nuestros boniatos se hace dulce, este se metamorfosea a “dulce de batata”…del que no se conoce la materia prima. Entre los segundos, los peores ejemplos se encuentran en el nomenclator montevideano, que es capítulo aparte.
En Punta Gorda hay una calle de una cuadra de extensión, que pretende honrar la memoria del último cacique charrúa, presunto ejecutor del genocida de su pueblo, Bernabé Rivera. Pero en vez de llamarse “Cacique Sepé” para su clara identificación, se omitió el “Cacique” y el nombre fue afrancesado -¿homenaje a la Francia que exhibió enjaulados como animales a los últimos charrúas?- como “Sepée”. De los vecinos, pocos saben a que se debe el nombre de la calle. También en Punta Gorda, una hermosa e importante calle homenajea a otro genocida de indígenas, en este caso extranjero, el general argentino José María Paz.
Pero el peor ejemplo en este terreno, que debería estar en el Guinness de lo indigno, sin duda lo constituye el hecho de que exista una hermosa avenida, que cruza el barrio más populoso de la ciudad, que homenajea la memoria del peor detractor de nuestro héroe nacional. Y como si esto fuera poco, la Avenida Sarmiento, además de existir, ¡cruza por encima del Bulevar Artigas! ¿Alguien puede imaginarse la recíproca en Buenos Aires, que una persona que hubiera creado una “leyenda negra” sobre San Martín tuviera una avenida con su nombre y que la misma cruzara por encima de la Avenida del Libertador? Pero en Montevideo sí ocurre, y la Intendencia Municipal ha pasado por todos los colores políticos sin que nadie moviera un dedo para impedirlo.
Pero estas denuncias en la prensa no pasan de ser quejas, a lo sumo desahogos que se lleva el viento. Para lograr algo concreto, el método es otro. Conseguir que nos dieran unos consejos sobre estos temas Susana Giménez o Marcelo Tinelli en sus respectivos programas de TV, seguramente sería mucho más efectivo.
Cuadernos de Marcha
Abril del 2001