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Políticamente incorrecto

El tema del respeto a los derechos de las minorías, a la larga, cansa, aburre, y termina irritando. Todos los días oímos análisis de muchos aspectos de la realidad social “con una perspectiva de género”, para referirse a la situación de la mujer en dicha realidad. Dicho sea de paso, expresión errónea esta del género, porque las palabras tienen género (masculino, femenino y neutro) pero no tienen sexo, y las personas tienen sexo (masculino y femenino) y no tienen género, proviniendo el error, como no podía ser de otra forma, de la obsesión por usar directamente palabras en inglés, o parecidas, traduciendo “gender violence” por “violencia de género”) (Real Academia Española, informe del 19/5/2004).

Pero volvamos al tema de los derechos. Sin duda surgen en primer lugar los derechos de “la mujer” las que —a pesar de ser mayoría en todos los países del mundo— esgrimen derechos especiales, propios de las minorías, a ser respetados. En los países con regímenes democráticos como este “bendito Uruguay” (Sánchez Padilla dixit) eso sería fácil de solucionar por la vía de las urnas, dada la mayoría de votantes de sexo femenino. Lo impide un pequeño detalle: primero las interesadas tendrían que ponerse de acuerdo. Según esto una señora herrerista se vería mejor representada por una senadora comunista que por un caballero seguidor de don Luis Alberto. “Cuestión de género”, se dirá.

Una segunda minoría cuyos derechos se reclaman, es la racial. Aunque en Uruguay esto no es tan insistentemente tratado como en los países del primer mundo que reciben emigrantes de los subdesarrollados, los medios están llenos (si se me permite la expresión) de reclamos de este tipo. Acá por suerte es al revés: Rada se promociona como “el Negro”, el Ministro de Economía es “el Turco”, el crack futbolero es “el Chino”.

Los derechos de las minorías religiosas no se quedan atrás a la hora de los reclamos. Aunque todo el mundo conoce, desde el pasado más remoto hasta la actualidad, lo que ocurre cuando una religión (cualquiera) es mayoría y se hace realmente del poder: cercenar los derechos —muchas veces los cuellos— de todos los que profesan otras religiones, empezando por los sagrados derechos de los que no profesamos ninguna.

Mucho menos se quedan atrás en sus reclamos los homosexuales, varones y mujeres, que diariamente avanzan en el mundo entero, en el logro del reconocimiento de derechos rayanos en la contienda con la propia biología, como la maternidad de los hombres homosexuales (no me gusta la palabreja “gay”). Ni que hablar del reconocimiento social e incluso del casamiento entre homosexuales, que ha trascendido el ámbito permisivo de los Países Bajos y de los Escandinavos, para ser crecientemente aceptados (no sin los correspondientes escandaletes) en varios países del primer mundo.

No olvidemos los derechos de las franjas etarias más frágiles, incluso de los que no han arribado aún a este mundo de litigios: los derechos del embrión, los del feto, los del niño y del adolescente, y por supuesto de la tercera edad o “adulto mayor”. Y hablando de gente de menor potencial físico o intelectual, están los derechos de los grupos con alguna forma de minusvalía —o con “capacidades diferentes”— ya sea de origen genético o producto de guerras o accidentes.

Tengo un amigo rengo que logró acceder a la categoría legal de minusválido, por lo que pudo importar un auto especial libre de impuestos. Se los identifica (a los autos) mediante matrículas con letras SMI, que no reciben multas cuando estacionan en lugares prohibidos. Mi amigo estaciona en la acera derecha de la Avenida Uruguay, donde a la gente con piernas del mismo largo le está prohibido hacerlo, y sale a caminar por el centro.

Resumiendo, a título de ejemplo y aplicando la propiedad aditiva, una persona que simultáneamente reúna las características de ser: mujer, negra, umbandista, lesbiana, renga y de 61 años de edad, tiene derecho a reclamos sextuplicados, en relación a lo que puede tener o exigir alguien como el que esto escribe: hombre, blanco (demasiado, por lo que ni a la playa puede ir) agnóstico (o ateo, no lo tengo claro), heterosexual militante (no tanto como desearía), mayor de 21 años y menor (apenas) de los 60, que no puede reclamar nada, porque supuestamente nada le falta.

Uno es respetuoso defensor de la diversidad, tanto en lo biológico (no solo entre los humanos, sino también entre animales y plantas) como en lo social y político, pero al final se siente acosado. Y después de todo, ¿dónde está la mayoría opresora a la cual en teoría uno pertenece? ¿dónde los privilegios que cercenamos a los menos? Los frutos de tanto saqueo, a mí, al menos, no se me notan.

(Este panfleto es un borrador de los Considerandos de un proyecto de ley de “Defensa de los derechos de las mayorías”, que elevaré al Gobierno que se elija en octubre o noviembre próximo)

Internet, junio de 2004

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