“Solo sé que no sé nada” El famoso aserto de Sócrates tiene dos lecturas. La literal, que recoge la humildad del hombre más sabio de su tiempo, que reconoce su ignorancia ante los límites infinitos del conocimiento. La segunda, de entre líneas, en la que se rescata la soberbia implícita, por la misma razón. Si el hombre más sabio reconoce que es un ignorante, ¿qué le queda al común de los mortales? Si Sócrates reconoce su ignorancia, ¿cuán ignorante debe sentirse quien lo lea o escuche?
“Solo soy un viejo ignorante” habría manifestado Mujica según trascendidos de prensa. El propósito de establecer una comparación, al menos implícita, con Sócrates, no es una hipótesis descabellada. Total, mucha gente -no importa si nunca asistió a una clase de filosofía- le vive reforzando a nuestro Presidente su auto promovida imagen de “filósofo de barrio”.
Lo que no es una hipótesis sino un hecho palpable, es el mensaje destinado a sus electores, que lo ungieron como Presidente de la República. Si con la más absoluta libertad eligieron para la máxima jerarquía del país a un viejo ignorante, cuando el único atributo que eventualmente se le reconoce a la vejez es el de la sabiduría ¿cómo deben sentirse esos electores? Mujica lo sabe, o lo intuye.
Y con sus declaraciones, fogonea las profecías autocumplidas. En épocas en que se miden hasta las intenciones inconscientes, las declaraciones que mueven la aguja de la aceptación de la gestión o de las intenciones de voto, difícilmente sean casuales.
(quien desee abundar en comentarios respecto a este personaje, puede hacerlo en “La fortuna de los Mujica-Topolansky, en la columna “Cartas desde el café” en esta misma web)